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19 de Septiembre de 2022

El camino de Manuel Osorio para llenar de volantines los cielos de Chile

Cuando don Manuel Osorio acompañaba a su tío a encumbrar volantines, probablemente no se imaginaba el papel que tomaría una cometa en su vida. Hoy ocupa un lugar especial en su hogar, desde donde diseña y confecciona volantines que mantienen viva esta tradición. Aquí, nuestra cuarta y última entrega del especial "Lo que nos hace dieciocheros".

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Manuel Osorio (65) conoce muy bien el cielo. En algún momento se desempeñó como paracaidista, pero no es precisamente lo que más destaca de su historia personal, pues su pasión se compone de algo más simple: papel, varas e hilo.

A los 7 años, su tío le mostró el taller que tenía en la comuna de Independencia donde creaba cometas que terminarían en los cielos del Parque O’Higgins. Todo por entretención o fines deportivos, como apunta don Manuel. Pero allí sus ojos de niño no solo descubrió un nuevo pasatiempos, además conoció las esenciales reglas con las que debe cumplir un volantín en su confección. Desde ahí, esto se volvió parte de su vida.

«Para mí hablar del volantín es pasión, o sea, yo prefiero mil veces el volantín antes que la pelota» cuenta don Manuel. Con más de 50 años en el arte de la confección de volantines, ha podido ver la formación de clubes de competencias, perfeccionar sus conocimientos en aerodinámica y buscar formas de preservar esta tradición.

Archivo familiar de Manuel Osorio.

Un negocio familiar

Cada mañana don Manuel Osorio trabaja medio día como taxi colectivo. En casa, Julia Monterríos, su esposa por más de 40 años, comienza a poner los palillos al papel. Todo lo realizan en el taller que tienen en su hogar y que han ido forjando con los años.

«Mi señora también trabaja en esto. En las mañanas ella trabaja aquí. Coloca el palillo derecho al volantín. Yo llego, almuerzo y después me pongo a armar el volantín poniéndole el arqueado», detalla el artesano volantinero sobre su día a día. 

En agosto y septiembre, su casa y taller en la comuna de Puente Alto se llena de papel volantín de distintos tamaños: 40 X 40; 45 X 45; y 50 X 50. Todos ellos se reparten en clientes que los utilizarán para competir y otros que se irán para abastecer la venta que vive su auge durante las Fiestas Patrias.

Esta es sin duda una de las mejores fechas para el negocio familiar. Aún así, el volantín es una práctica que se realiza todo el año, principalmente en los clubes de volantineros. «Actualmente  hay cuatro asociaciones de volantines y cada asociación alberga entre 15 o 20 clubes. Cada club consta de entre 35 y 60 personas inscritas. Uno puede decir pero cómo fue creciendo esto y es porque la gente se dio cuenta de que el volantín no es dañino».

A lo largo de su vida, don Manuel participó también en competencias. Pero dejó atrás aquello para embarcarse en un desafío mayor: formar la Asociación Gremial de Artesanos del Volantín, compuesta hoy por cerca de 230 personas en el país. Junto con ello, también comenzó su búsqueda por la regulación del hilo, la gran sombra que ha recorrido la historia de este deporte en Chile. 

Regular el uso de hilos

Desde el tiempo de la colonia, ya existían la competencia de cometas en Chile, y por consecuencia, el uso del hilo curado con vidrio para cortar el vuelo del volantín adversario. Una práctica que se extendió durante el siglo XX.

En los años 90, el cuarzo microgranulado vino a modificar el hilo para uso deportivo y hacerlo más seguro. «Este mineral no tiene punta, es redondo. Ese producto corta por roce y por fricción, y es exclusivamente para competir», explica don Manuel.

A los 7 años, su tío le mostró el taller que tenía en la comuna de Independencia donde creaba cometas que terminarían en los cielos del Parque O’Higgins. Todo por entretención o fines deportivos, como apunta don Manuel. Pero allí sus ojos de niño no solo descubrió un nuevo pasatiempos, además conoció las esenciales reglas con las que debe cumplir un volantín en su confección. Desde ahí, esto se volvió parte de su vida.

La Ley 20.700 promulgada en 2013 llegó a regulizar su uso: «El hilo de competencia es el que tiene un color visible y está conformado exclusivamente de algodón, de no más de tres hebras trenzadas, que no excede 0,5 milímetros de grosor, al cual se adhiere, con un adhesivo constituido únicamente por gelatina de origen animal o vegetal, cuarzo microgranulado de tamaño entre 0,042 y 0,053 micras».

Hilos de competencia producidos por Manuel Osorio.

Para poder lograr la normativa, Manuel Osorio se hizo partícipe activo. «Yo me demoré tres años en sacar esa ley a flote. Luché tres años en eso porque nunca jamás estuvo en tela de juicio el volantín. Lo que me hicieron ver es que si tú quieres hacer esto, ve cómo puedes solucionar la situación de los hilos porque es el hilo lo que está causando problemas. Entonces, obviamente estudié y trabajé en esto. Conversé con mi familia porque también demandó mucho tiempo en reuniones en el Congreso con senadores y diputados». 

La ley vigente autorizó a don Manuel a comercializar el hilo de competición a mayores de 18 años que tengan inscripciones de clubes y asociaciones de volantistas. «A nosotros todos los años nos fiscalizan: el producto que yo tengo, el grosor del hilo, el cuarzo. Todo está normado».

Mantener los volantines en el cielo 

Si bien la regulación del hilo permitió que los volantines puedan seguir adornando el cielo chileno en primavera, todavía hay algo que para don Manuel está pendiente. «Donde no tenemos la norma nosotros es para que las autoridades nos presten terrenos y digan ‘aquí pueden venir a jugar’». 

Manuel Osorio, artesano de volantín.

Es un deporte sin hogar, siente don Manuel. Sabe que la pasión por encumbrar volantines moviliza a personas donde pueden llegar hasta 200 personas a un lugar para practicarlo, pero hoy no tienen un espacio donde realizarlo y potenciarlo debido a las construcciones que se distribuyen en la ciudad. 

Para dar cuenta dde la pasión por el volantín, cuenta qu puede llegarle a vender 100 mil unidades a un solo cliente en esta fecha. «Entonces si una persona tiene esa cantidad de mercadería en volantín, yo creo que entenderá que esta cosa es masiva».

Manuel Osorio también destaca otras bondades que entrega el encumbrar volantín. Para él es una terapia. No solo crearlos, sino también encumbrarlos en el cielo: «Usted ve un volantín y se olvida de todo lo que está al lado, todo lo que le pasó.. Yo les digo ‘tomen un volantín y métanse, no sé, en una plaza, en su parque, en su casa, en un terreno vacío donde no hay nada y en un volantín va a encontrar una paz y tranquilidad».

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