Entrevistas
26 de Noviembre de 2023Una mujer en el podio: Alejandra Urrutia, la primera directora de la Orquesta de Cámara del Teatro Municipal de Santiago
Designada en este puesto en 2018, Alejandra Urrutia asegura que la etiqueta de ‘la primera mujer”,la agota, porque en un punto resulta limitante. “No voy a invitar ni a un hombre ni a una mujer directora si no tienen el nivel para dirigir mi orquesta”, dice la directora. Sobre su labor, asegura que es bien concreta: “Ser muy claro de lo que quiero escuchar y cómo lograrlo, pero lo que quiero escuchar es la ensoñación, porque viene desde la imaginación”.
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La luz es cálida, las sillas son de terciopelo ocre, el techo de un ornamento fino, del cual penden dos grandes lámparas de cristal. La sala Claudio Arrau, en el tercer piso del Teatro Municipal de Santiago, aunque vacía de público, se llena con un caos contenido. El primer violín da la nota, el resto de los músicos lo siguen. Mujeres, hombres, jóvenes de entre 20 y 30 años, de ropa casual. Violines, violonchelos, contrabajos, corno, flauta. La afinación se prolonga por unos segundos, y un director de orquesta, vestido de ropa deportiva, podría caminar sosteniendo ese mismo vaso blanco de té de máquina y pasar por delante de los músicos que, en total arrobo, siguen encontrando el ajuste preciso en la clavija a la cuerda.
—Nadie pasa desapercibido.
Una orquesta de cámara es reducida, pero suena grande. La del Municipal llega a los treinta integrantes, por lo que un director de orquesta podría decir lo mismo: que nadie pasa desapercibido. Y antes de levantarse de una de esas sillas vacías de la gradería, mientras espera a que la orquesta haga el ajuste exacto, paradójicamente un director también podría tener ese mismo matiz difuminado, desapercibido de su presencia. Hasta antes, al menos, de subirse al podio.
Hasta que desde ahí pida silencio con un gesto, un ruido mínimo. Hasta que el director haga funcionar su voz, cálida, terciopelo, fina. Suave. Hasta que diga “compás 41, por favor”. Hasta que el silencio se rompa con el sonido de las hojas de las partituras pasando y vuelva a caer sobre la sala cuando alce la batuta, para romperse definitivamente cuando los acordes de los violines truenen, lloren, suenen en la sala vacía, llena, ahora, de la intimidad de la frase de una obra. Es ahí cuando entonces, aparece.
Y podría no haber diferencia entre un director y una directora, pero en ese podio existe una mujer: se llama Alejandra Urrutia. La única, la primera.
—Cada detalle se nota. Cada sutileza.
Hasta ahí, no hay diferencias. Pero sí detalles, sutilezas.
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—Siempre digo que el violín me eligió a mí.
Alejandra Urrutia Borlando tiene 48 años, nació en Concepción en 1975, y es directora de la Orquesta de Cámara del Teatro Municipal de Santiago desde 2018. El nombramiento, aunque asignado por mérito propio, sigue concitando la atención desde ese año a causa de lo mismo: Alejandra, en los 30 años de la Orquesta, es la primera mujer en dirigirla.
—Comencé a estudiar a los 8 años, y a los 12 empecé a tocar en la Orquesta de la Sociedad Bach, que era una sociedad que había y tenía una orquesta juvenil. Fui parte de esa orquesta. Doce músicos, todos teníamos entre 12 y 16 años, y los que estudiamos ahí seguimos haciendo música, con excepción de una persona, a nivel profesional. Fue una experiencia muy bonita, muy inspiradora.
Sentada en una de las mesas del café del Municipal, Alejandra Urrutia ligará la palabra “música” con la ensoñación, el rigor emparentado al amor y la exigencia distanciada del arquetipo autoritario de un director de orquesta. También se referirá al hecho de ser la primera mujer solo como eso: ser la primera mujer. El hecho constatable, sin la redundancia del lugar común. Porque para ella las cosas hasta ahora han tenido más que ver con su origen que su naturaleza: las texturas de los recuerdos, el espacio íntimo de la música, el juego interminable de una niña que hoy, al menos en la mirada, sigue ahí.
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—Somos los únicos hermanos que salimos músicos, por eso siempre hemos sido súper apegados. Ella como violinista, yo como pianista, estábamos todo el tiempo tocando juntos, desde chiquititos. Y como muchos instrumentistas, ella siempre necesitaba acompañamiento, en mi caso de piano, entonces yo aprendí mucho el repertorio de violín de ella. Siempre tocábamos juntos -dice Eugenio Urrutia, hermano de Alejandra.
Años 80 en Concepción, y Eugenio Urrutia tiene 7 años, uno y medio menos que su hermana mayor, Alejandra, que por entonces tiene 8 y aprende a tocar el violín. Eugenio aprende piano, y de los cuatro hermanos que son en total —Mónica y José, mayores que ellos, completan el cuadro—, solo él y Alejandra se dedicarán a la música. Su mamá, Mónica Borlando, por esos años tiene 35, con formación en educación musical y amante de la música, tal como su esposo, el papá de ambos, Luis Eugenio Borlando, de 40 años, contrabajista de la Orquesta de la Universidad de Concepción, compositor y luthier.

—Durante mucho tiempo en nuestro colegio teníamos clases en las tardes. Y era común que en las mañanas fuéramos a los ensayos de la Orquesta, porque siempre han ensayado en la mañana. Y nos sentábamos tranquilitos, a mirar los ensayos, a escuchar, a veces habían solistas que queríamos escuchar, pero era muy seguido. Y seguramente Alejandra se acuerda mucho de eso, porque ella siempre fue muy apegada a mi papá, porque él era muy versátil, entonces tenía mucho de qué aprender con él -reflexiona Eugenio Urrutia.
La relación de Eugenio y Alejandra en torno a la música se forja bajo el alero de su padre, con quien comparten horas de ensayo, estudio y práctica. Sin obligación, sin afanes forzosos. Y es que con el tiempo, más allá de los conocimientos traspasados por el papá contrabajista, tanto el hijo pianista como la hija violinista notarán que su formación —por muy relevante que sea su fondo— adquirirá una sustancia especial en el futuro a partir de la forma. La figura de Luis Eugenio toma una presencia especial en la vida de ambos, especialmente en la de Alejandra.
—Él fue siempre muy tranquilo de personalidad. Muy paciente. Entonces, hacerle cualquier tipo de pregunta o si nosotros teníamos algún tipo de curiosidad, siempre se daba el tiempo para explicar o mostrar algo. En el caso de ellos dos, eran más afines, porque como los dos eran instrumentistas de cuerda había más que compartir, cómo tocar, afinación, pasar el arco. Había más afinidad por ahí -explica Eugenio Urrutia.
Luis Eugenio Urrutia también tenía una beta de dirección. En la casa donde vivían, en la calle Colo Colo, a un costado del Parque Ecuador en Concepción, Alejandra lo miraba en esa coreografía extraña cuando ensayaba: brazos extendidos, postura erguida, manos levantadas, ojos cerrados, breves movimientos con la cabeza. La imaginación era el elemento primordial, y desde ahí vino todo luego. Eugenio, por teléfono, recuerda que cuando era niña Alejandra comenzó a sentir curiosidad por ese lado de su padre. Luis Eugenio viajaba a estudiar y perfeccionar su técnica, y cuando volvía, le contaba a ambos. Eugenio dice en la casa habían batutas, con las que Alejandra poco a poco comenzó a intrusear, inspeccionar, sopesar, jugar.
Por esos años, y mientras Alejandra avanzaba en su capacidad como música, se dio la posibilidad para tocar como solista algunas ocasiones en la orquesta donde tocaba su papá. Ahí, ella, sus primeras veces en solitario, el centro de atención de todo un teatro; detrás, en el contrabajo, él, su padre, mirándola.
El futuro para ella contemplaba formación rigurosa, estudios, roce con maestros de renombre, conocimientos, perfeccionamiento, viajes, dirección, enseñanza. Dirigir (la Orquesta de Cámara de Santiago, la Orquesta Filarmónica de Santiago, la Sinfónica Provincial de Santa Fe, la Sinfónica Biel Solothurn de Suiza). Premios (Sociedad Mahler en 2020, Special Prize de Only Stage International Conducting Competition de Reino Unido 2021 ). Festivales (Festival y Academia Internacional de Portillo —52 músicos jóvenes concentrados 10 días en la Cordillera—, Gran Concierto por la Hermandad —gran coro de gente común bajo su dirección desarrollado en Estación Mapocho—). También, etiquetas: “la primera mujer”. Jóvenes en formación aprenderán de ella, y no verán a una mujer tocando un violín: verán el suave gesto de la mejilla sobre la figura contorneada en madera, formada la mirada enternecida de la atención.
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—El violín me dio identidad. Y yo ya desde los 12 años tenía claro que iba a ser violinista. Porque fue como, no sé, todo tocó muy profundo en mí. Yo todo el día escuchaba música, en la noche me quedaba dormida con audífonos. Empecé a crear este mundo… imaginado, pero al final muy real y concreto. Lo concreto era eso: hacerlo todos los días para que se hiciera real lo imaginado -define Alejandra Urrutia.
Alejandra Urrutia recibió su educación formal como instrumentista recién a los 14 años, con el violinista Patricio Cobos. Pero el aprendizaje por ósmosis a través de su padre, los días de práctica con su hermano menor y de las altas cantidades de horas de lecturas —partituras, libros—, sirvieron para adelantar camino: para su edad, Alejandra contaba con un virtuosismo reluciente, pero sobrio.
—A esa edad él me guió con cierta metodología. Una persona que logró entrar a mi cabeza y que se dio cuenta qué era lo que yo necesitaba en ese momento. Y a los 18 años me fui con uno que era todo lo contrario, que no me decía nada de lo que tenía que hacer. Entonces él me enseñó a yo descubrir lo que tenía que hacer, yo resolver las cosas técnicas. Él me daba las herramientas, pero yo decidía qué hacer -asegura la directora de orquesta.
Para Alejandra Urrutia, que un director sea capaz de ‘entrar en la cabeza’ de alguien, para determinar si tiene buen oído, si tiene capacidad de imitación, si es más de llevar un método conducido, es lo que distingue a los buenos de los grandes. En el caso de ella, su cabeza es una especie de contradicción. Por una parte sostiene el sueño, la ensoñación de niña, el juego; por otra, la concretud, la consistencia de la partitura aprendida al pie.
—Yo no estoy en control de lo que voy a recibir de los músicos, uno tiene una cierta idea, una cierta imagen, y uno va reaccionando a eso. El trabajo es bien concreto, ser muy claro de lo que quiero escuchar y cómo lograrlo, pero lo que quiero escuchar es la ensoñación, porque viene desde la imaginación. Tienes una partitura en frente, que es concreta, pero cómo la interpretas es donde entra la imaginación. Tu formación, tu experiencia, las cosas que has visto -señala la directora.
Dos años más tarde, con apenas 16, Alejandra se va de Concepción e ingresa a estudiar Artes Musicales en la Universidad de Michigan. Egresa a los 23 años, con un máster y un doctorado a cuestas, donde arraigó sus inquietudes y gusto por la dirección. Es discípula de Paul Kandor, violinista estadounidense, y asistente de Iván Fischer más adelante (director de la Konzerthausorchester de Berlín, la filarmónica más importante de Berlín, y de la Budapest Festival Orchestra).
—Mantengo lo de asombrarse por las cosas, por la belleza. Al principio del ensayo le decía a los músicos: tienen que tocar esto como si fueran niños, como para que no se dejen de sorprender por la belleza. Eso está muy presente en mí, podría decir que es una característica de una niña -asegura.
Alejandra Urrutia dice que la música es su vida, y que una obra puede tener tanto humor como drama. Y al revés. La vida, entonces, también.
Jairo González, integrante de la orquesta: “La profe Alejandra Urrutia fue muy empática“
En lo alto de la sala Claudio Arrau, en los costados norte y sur, se ven ocho pequeños bustos de mármol. No tienen inscripción, pero según dice el Centro de Documentación de las Artes Escénicas, son de Beethoven, Ponchielli, Gounod, Verdi, Bellini, Wagner, Berlioz y Mozart. Apellidos de hombres. Alejandra está rodeada de músicos jóvenes, que la miran con atención mientras mueve los brazos, corrige pasajes, sugiere énfasis, articulaciones, extender una nota, dramatizar otra, “PA, PA, PA”, “turu, turu, turu”, “bom, BOM, bom”, y volver a entregar una orden en su más cálida nota de voz: “Cellos, bajos, todo tiene que estar súper exagerado”, “articuladísimo”, “bravo, orquesta, bravo, muy lindo”.

Desde su egreso hasta hoy, todo para Alejandra Urrutia ha sido distinciones y reconocimiento. Asimismo, la búsqueda de la intimidad en una sala como esa, un método basado en el traspaso del conocimiento en un ambiente cuidado y amoroso, según ella misma dice, donde nadie pase desapercibido. Ahí, flanqueada por bustos de hombres de semblante adusto y desafiante, donde no hay bustos ni apellidos de mujeres, salvo el de ella, de pie en el podio, parece revestir el sentido del éxito de una manera más bien introvertida, que se gesta hacia adentro, en armonía con una orquesta acotada.
—Es como una colega más. Aunque obviamente todos respetamos la figura y la jerarquía del director, ella siempre ha sido de esa política empática, no sé cómo describirla, de que todos somos… músicos -cuenta el violinista Jairo González.
El joven de 31 años es venezolano y llegó a la Orquesta de Cámara en 2021. Hace dos meses es primer violín —o concertino—, es decir, quien de alguna manera traduce al resto de la orquesta la idea —la imaginación— de la directora.
—Ingresé de invitado a una gira que hubo a Frutillar, y ahí fue gracioso porque lo profesional es tú adaptarte a la orquesta, pero la filosofía venezolana en música es completamente distinta. Uno tiene autonomía y se escapa. Y ahí la profe Alejandra fue muy empática en apretarme las tuercas y enseñarme el método chileno, que es más refinado, más cuidado, con prioridad en la música, el tratamiento del arco es muy muy depurado -relata el violinista.
Jairo González comenzó a tocar a los 10 años, y tomó el violín porque su mamá pensaba que, al ser más pequeño, era más barato que una guitarra, su instrumento por entonces predilecto. Llegó a Chile en 2019 con dieciséis años de carrera encima, y antes de entrar a tocar en el Teatro Municipal —recomendado por una amiga que ya tocaba en la Orquesta de Cámara—, quien hoy es el primer violín, que en dos años pasó del último atril al primero, tocaba en la calle.
—En el pasillo de afuera del Museo de Arte Precolombino, en la calle Nueva York, en el paseo Bandera, luego me fui a Manquehue porque era más rentable la calle, digamos. Tocaba música clásica, Elvis, Sinatra, pop, merengue, salsa, pura música oreja -narra el músico venezolano.
El concertino se encarga de ‘cantar’ la obra, poner el tema, darle la personalidad.
—Muchos lo comparan con una botella de vino, el violín sería la etiqueta, la presentación. El segundo violín y la viola serían el contenido, y la botella en sí serían la parte grave, que son los cellos y bajos -plantea Jairo González.
Si la orquesta fuese un cantante, el primer violín sería el timbre de su voz.
—Así poco a poco fui entendiendo cómo ella piensa la música. Siendo pesimista, yo diría que el 80% de las veces estoy de acuerdo con sus ideas, con sus propuestas. Y desde que llegué hasta ahora, he sentido que he ido subiendo mi nivel técnico para responder esa demanda musical suya -explica el violinista.
En sus años tocando violín profesionalmente, Jairo solo ha sido dirigido por hombres, y dice que si bien abundan los directores que se dejan llevar por el ego y encausan las orquestas por su obstinación, toparse con Alejandra ha cambiado de alguna manera ciertas nociones en torno a la música.
—Ella no tiene ese estilo de dirección, se le nota genuinamente que siempre está buscando las más óptimas formas de que las cosas funcionen, de que sus marcas ayuden a la orquesta y ayuden a la música. Sí es la primera mujer que me dirige, pero es excelente, su trabajo habla por sí solo -afirma el venezolano.
Jairo González dice que todo pasa por la personalidad, más allá del mero hecho de que sea mujer. Su forma de liderazgo, dice, es coherente a lo que ella prodiga: desde el amor. Antes de despedirse en el primer piso del Teatro, por la salida de calle San Antonio, el músico dice que mucho —o todo— radica en la comunicación: “Comunicarse puede considerarse un arte, y ella es una artista”.
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Alejandra Urrutia mira pasar a las bailarinas de ballet que salen del ensayo y van a hacer la fila en la cafetería. Está en silencio. Piensa.
—Yo creo que sin dudas ellos (los músicos) tienen que haber sentido algo, por el hecho que yo era mujer… Habían momentos como que yo me preguntaba de dónde vino eso, luego de que alguien decía algo, algún músico decía algo, que yo quedaba un poco sorprendida. Esa respuesta. La manera en que se expresaban, en cómo se comunicaban a veces. Un poquito de enojo, formas de decir un poquito duras, y yo decía “no es necesario” -plantea la directora.
En 2018, Friedrich Chambert, director del Teatro en esos años, nombra a Alejandra Urrutia como directora de la Orquesta de Cámara del Municipal. La orquesta fue creada en 1993 y hasta antes de su nombramiento había tenido dos directores: Jaime Mancilla y Sergio Prieto. En 25 años de historia, dos hombres.
—Todavía hay mucho de micromundo masculino. De ‘el amigo ayuda al amigo’. Y nosotras no tenemos tanto eso, y tenemos que hacerlo -expone.
El miércoles 22 de noviembre pasado, se lanzó uno de los proyectos que más enorgullece a Alejandra. Se llama HUB de Directoras de Orquesta, y consiste en convocar a mujeres directoras para que tengan una mentoría junto a ella en cuatro días. Este año son nueve mujeres de todas partes del mundo.
—La iniciativa parte de Alejandra y Fanjul&Warth, la agencia que la representa —dice Carmen Gloria Larenas, la directora del Teatro Municipal, por videollamada desde Londres—. Llegaron con varias ideas y esa era una súper innovadora, y yo me preocupo de que el Teatro pueda innovar. Conversamos y decidimos junto a Amigos del Municipal (socios que hacen aportes al Teatro) llevarlo adelante.
A Alejandra Urrutia, ‘la primera mujer directora’, la etiqueta la agota. Y como toda etiqueta, en un punto resulta determinante, unívoca, limitante.
—Esto tiene que ver con el nivel musical. O sea, yo no voy a invitar ni a un hombre ni a una mujer directora si no tienen el nivel para dirigir mi orquesta. Sea hombre o sea mujer me es indiferente -dice la directora de orquesta.
Respecto a la posición de Alejandra Urrutia como primera mujer, Carmen Gloria es voz autorizada: también, es la primera mujer en la dirección del Teatro Municipal.
—Creo que la relación que tenemos las mujeres con el poder aún es distinta a la que tienen los hombres. Digo aún porque en la medida que más posiciones sean ocupadas por mujeres nos iremos topando con esos desafíos -afirma la directora del Teatro Municipal.
Para Carmen Gloria Larenas, la virtud va más allá del lugar común.
—No solo la motiva la música, sino que también el poder que tiene la música en las personas, ella como un puente entre la música y las personas -cuenta.
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—No es un plus ni tampoco algo negativo. Es lo que es, es donde está. Yo la definiría como una persona muy bonita. En todos los ámbitos. Bonita y decidida. Muy esforzada y muy atrevida. Donde está ahora, como mujer, se lo ha ganado, se lo ha merecido. Podría haber sido un hombre, pero hay muchos hombres que no hacen el esfuerzo y no se ganan lo que merecen. Yo a ella la veo como una gran músico, como un ser absolutamente decidido -agrega.
Mientras Alejandra estudiaba en Michigan, Eugenio hacía lo mismo en Indiana. Para el examen de doctorado de ella, su hermano la acompañó en el piano. Él hoy vive en las afueras de Concepción, y por teléfono la recuerda revestida con ese velo de niña curiosa, de pelo tomado junto a su padre mirando una partitura. Concepción, años 80. La casa de tres pisos en la calle Colo Colo es antigua. El suelo de madera cruje, los tres están rodeados de vinilos, y alguno suena en un equipo de música que fabricó el hermano de Luis Eugenio, Antonio. Lo puso, quizás, Mónica. La madre hoy tiene 75 años, y aún los acompaña cuando Eugenio toca, cuando Alejandra dirige. Luis Eugenio, el padre, falleció en 2019, a los 80 años, un año después que Alejandra asumiera como la primera, la única.
Antes de terminar el ensayo, cuando todos los músicos ya cierran sus partituras, atrás, al fondo, un contrabajista levanta la mano. Le sugiere a Alejandra que el si de una frase del último compás que tocaron podrían extenderlo un poco, darle más amplitud, que se expanda. “Me gusta, me parece buena idea”, dice, con la candidez de quien ahora mira desde otro lado, desde otro tiempo, al contrabajista. La mirada, sin embargo, es la misma: el resabio enternecido de la atención; lo que ve una niña que juega a dirigir, lo que ve y siente una mujer en el podio.



