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Reportajes

15 de Junio de 2024

México lindo y querido: el camino de los artistas chilenos para conseguir el “sueño mexicano”

Artistas nacionales de diversos géneros y trayectorias han elegido el país norteamericano como su hogar. Una industria más profesional, la posibilidad de llegar a más gente y el entusiasmo del público local son algunas de las razones que motivan el cambio de aire, aunque admiten que el camino no es fácil y que hay que ir dispuestos a dejar el ego de lado. Hoy por hoy, entre los nombres que viven en el país del norte o que pasan largas temporadas allí se encuentran Francisca Valenzuela, Pedropiedra, Cancamusa, Fármacos, Benjamín Walker, entre otros.

Por Raimundo Flores S.

No hay ninguna duda de que México ha sido el escenario de algunos de los hitos más importantes de la música chilena.

En ese país fue donde Lucho Gatica alcanzó su estatus de leyenda, donde Palmenia Pizarro logró ser una figura habitual de la televisión y donde Los Ángeles Negros impusieron un sonido que sería ampliamente imitado por los grupos de allá. Décadas después, sería el lugar donde La Ley se establecería y viviría sus años más populares, donde Los Bunkers encontrarían un nuevo aire para su carrera y donde Mon Laferte se convertiría en la artista nacional más exitosa de la era del streaming.

De alguna manera, esa historias de éxito han abierto paso para nuevas generaciones de músicos que han decidido instalarse en México para buscar un camino propio. Hoy por hoy, entre los nombres que viven en el país norteamericano o que pasan largas temporadas ahí se encuentran Francisca Valenzuela, Pedropiedra, Cancamusa, Fármacos, Benjamín Walker, Rubio, Dulce y Agraz, Francisco Victoria, Kode, Emilia Borleone y varios más, que se suman a productores, ingenieros e instrumentistas que también han decidido migrar hacia allá.

Los Bunkers

“En México hay una industria potente e importante, que incide probablemente en Estados Unidos, en toda Latinoamérica y en España. Es una industria real, algo que en Chile no conocemos verdaderamente. Chile quisiera ser una industria pero es un almacén, versus México que es un supermercado”, explica Carlos Salazar Isla, radicado allá desde 2021, donde trabaja con artistas como Chico Trujillo, Macha y El Bloque Depresivo y Benjamín Walker. Además, abrió una oficina promotora de conciertos, que se ha especializado en llevar a artistas a tocar a México y Chile.

Las cerca de 130 millones de personas que viven en México son la explicación más lógica a las dimensiones que tiene el mundo cultural allá. Así lo ha constatado Pablo Stipicic, ganador en tres ocasiones al Premio Pulsar a Mejor Productor, por sus trabajos con Princesa Alba, Gianluca, Nicole, Fernando Milagros y Javiera Mena, entre otros. Stipicic está viviendo en México desde marzo del año pasado y admite que la importante presencia de sellos multinacionales hace que se respire un ambiente de abundancia.

“Al productor le pasan un presupuesto que es mayor al que suele ser en Chile y con ese presupuesto tu también te conviertes como en un administrador que decide a qué estudio ir, a qué músicos contratar. En Chile estamos acostumbrados a hacer todo y hay súper poca plata para hacer ese todo. Acá yo siento que el productor no solo tiene un rol en la música, mezcla y todo eso, sino que también un rol más ejecutivo porque hay más recursos”, dice Stipicic, que recientemente ha puesto su firma en diversos lanzamientos internacionales.

Algo similar ha podido experimentar Dulce y Agraz, el proyecto solista de Daniela González, quien se instaló hace un par de meses en Ciudad de México. Aunque está trabajando en un nuevo disco, el volumen de la industria en el país azteca hizo que se planteara un camino paralelo, el de escribir canciones para otros artistas. Aunque no tenía ninguna experiencia en ello, le comentó a un colega su intención y una semana después ya la habían invitado a un songwriting camp, donde trabajó mano a mano con personas que tenían créditos en temas de artistas como Karol G o Sebastián Yatra.

“Siento que México es un lugar donde puedes conocer a muchas personas y donde lo que tú quieras lograr está a la vuelta de la esquina. Obviamente no es llegar y concretar las cosas que tú quieres, pero la industria es tan grande que donde tú quieras trabajar hay un espacio para ti”, valora Dulce y Agraz.

Daniela González, la cantante tras Dulce y Agraz

Empezar de cero

Diego Ridolfi, el hombre detrás de Fármacos, vive hace un poco más de dos años en México. Incluso antes de migrar, más de la mitad de sus oyentes mensuales en Spotify eran mexicanos, por lo que la decisión de radicarse allá tenía sentido. Sus primeros pasos en el DF validaron la apuesta, ya que apenas llegó agotó un concierto para 300 personas y posteriormente se presentó en el Lunario, un espacio alternativo con el que cuenta el emblemático Auditorio Nacional y que tiene capacidad para 1.000 personas. Además, el sello Virgin Music México lo sumó a su catálogo.

Más allá de estos hitos, Ridolfi ha buscado expandir su propuesta por todo México. Así, el año pasado realizó una gira que incluyó 12 paradas. Según cuenta, cada vez que viajaba a una ciudad grande, aprovechaba para hacer un show en alguna localidad pequeña cercana. 

Así, conoció lugares de los que hoy ni siquiera recuerda el nombre y tocó en bares de mala muerte para algunas decenas de personas, donde él mismo tenía que oficiar de sonidista de su concierto. El caso más extremo sucedió cuando llegó hasta la dirección donde se presentaría en unas pocas horas y se dio cuenta de que ese día cantaría en una bar de karaoke.

“Sonaba pésimo. Pensé: ‘Tengo que amar esta hueá para seguir haciéndolo y no bajarme del escenario y ponerme a llorar”, recuerda Ridolfi y agrega: “En México he tenido que bajar peldaños, perder comodidades y volver a hacer cosas que no hacía hace años en Chile. Hice una gira solo con un iPad y una guitarra eléctrica y eso en Chile no lo hubiera hecho. Pero aquí tengo que ir a la guerra. Estoy en un proceso de conquista y gracias a eso han resultado cosas bacanes”.

Diego Ridolfi, de Fármacos

A Ridolfi le parece importante desmitificar algunas creencias sobre la facilidad con la que se dan las cosas para los músicos en México. Algo parecido es lo que hace Pedropiedra en el libro “Canciones de lejos. Complicidades musicales entre Chile y México” (Ediciones UC, 2022), de Gonzalo Planet y Enrique Blanc, donde el músico escribe un capítulo sobre las vivencias de Jorge González en el período que vivió en el DF, entre 2006 y 2009.

Pedropiedra, que se instaló por primera vez en México en 2007 y vivió en la casa de González algunos meses, recuerda cómo el líder de Los Prisioneros no logró hacerse un espacio en la escena musical mexicana, a pesar de que sí fue un puente entre muchos artistas que vivían ahí. 

“Como todos lados tiene sus cosas buenas y malas. De ninguna manera es ‘coser y cantar’, hay que venir con paciencia, energía y los mejores contactos posibles. Sin esas tres cosas es difícil quedarse mucho tiempo, creo”, dice ahora Pedropiedra, quien hace poco más de un año volvió a instalarse en México indefinidamente, aunque esta vez acompañado de su familia. 

La voz de “Inteligencia dormida” explica que su regreso estuvo motivado por la ganas de retomar el trabajo de promoción que había hecho en México y que había quedado “medio tirado” después de la pandemia. 

Se cuenta que cuando Lucho Gatica llegó a vivir a México, llamaba a las radios disimulando su voz para pedir que tocaran sus canciones. Aunque ahora las estrategias han cambiado, la idea de retroceder peldaños que postula Ridolfi se mantiene. En el caso de Pedropiedra, el año pasado protagonizó un recorrido que bautizó “Gira en kasas”, donde se presentó es seis escenarios íntimos de distintas ciudades de México.

La respuesta fue muy buena, con todas las fechas agotadas. Igual eso significa que vuelves después de unos años y hay que remar el reingreso en el circuito. Los shows chicos te ayudan a recuperar terreno y son una manera super directa de conectar con el público, la gira estuvo inolvidable. Después, en octubre, llenamos el teatro de la Ciudad Esperanza Iris acá en CDMX. Se mantiene un cariño e interés y la idea es seguir trabajándolo a pulso”, cuenta.

México, el mejor público

Rubio, el proyecto musical de Fran Straube, estaba más que consolidado en la escena alternativa de música chilena. El problema es que la ubicación geográfica de Chile hacía muy caro que pudiera salir a tocar a otros países, por lo que más de alguna vez tuvo que rechazar ofertas de festivales en el extranjero. Por lo mismo, hace un poco más de un año decidió instalarse en Ciudad de México, opción que en su caso le ha posibilitado adentrarse también en el mercado estadounidense, país donde toca casi todos los meses.

Pedropiedra

A la conveniencia práctica de estar más cerca de escenarios importantes también se suma el hecho de que en Norteamérica hay más espacio para estilos de música que en Chile son considerados un nicho. “En Estados Unidos hay un montón de festivales alternativos, under, que son increíbles, donde hay bandas que admiro un montón. Entonces me siento menos sola en el ámbito musical”, dice Rubio y agrega: “En Chile hoy en día es casi puro reggaetón y trap. Yo veo a muchos artistas chilenos que están ahí y tratan de ser un poco como ellos pero uno no es ellos. Tu esencia no es esa”.

Straube destaca además el entusiasmo del público mexicano y los expresivos que son, algo con lo que concuerdan sus colegas. En el caso de Fármacos, Diego Ridolfi cuenta que hoy en día considera obligatoriamente que un concierto viene sucedido por un tiempo para compartir con los seguidores que llegan a verlo, que en algunos casos termina siendo más largo que el propio show. En esos encuentros le entregan cartas, regalos e incluso han habido fans que le han dicho que se tatuarán su autógrafo, además de una pareja que le contó que habían usado una de sus canciones para bailar el vals de su matrimonio.

Shows agotados

Dulce y Agraz ha tenido experiencias similares y una de las pruebas para graficar ese cariño que recibe es el éxito con el que se vende su merchandising. Cuando estrenó en Chile “Albor”, su último disco, editó un poemario manufacturado, que esperaba que se agotara en los conciertos de lanzamiento en Matucana 100 y en el Teatro Biobío, pero que no tuvieron mucha salida. En México, los puso a la venta en sus dos primeros shows y se agotaron completamente.

“Ellos valoran mucho estas cosas, como que son coleccionistas”, explica la cantautora y añade: “Yo creo que el público mexicano es el mejor público del mundo. Hay un respeto hacia el artista pero también mucha pasión involucrada. Creo que se mueven mucho desde el corazón y valoran mucho lo que a ellos les conmueve. Desde el artista más indie, al artista más comercial, siempre va a haber alguien que resuene con su trabajo”.

Según Dulce y Agraz, ese contexto ha significado un aprendizaje grande en ella y le ha quitado presión a su labor artística, estando dispuesta incluso a trabajar en un ámbito ajeno a lo musical para mantenerse si es que fuera necesario. 

“Ya no me importa tanto tener que vivir de la música. Quiero vivir para la música. Creo que viene de sentirme un punto en esta ciudad tan grande. Hay tantas cosas pasando que me pregunto qué pasa si trabajo en cualquier otra cosa y dejo que la música ocupe un espacio sin tanta exigencia. Me he dado cuenta que tengo cero ganas de ser la artista masiva y de comerme el mundo. Y en Chile no se puede vivir de la música si no tienes esa posibilidad. Para que te vaya bien tienes que ser famoso e ir al Festival de Viña y aquí no es necesario. Hay espacio para todos”, dice.

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