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Entrevistas

5 de Julio de 2024

Pablo Aguilera, el hombre de 83 años con la voz más escuchada de Chile: “La muerte no me aflige”

Fotos: Felipe Figueroa/The Clinic

Figura nuclear de nuestra historia radial, Pablo Aguilera reconstruye la génesis del programa más popular del país, en una frecuencia del dial que era sinónimo de élite y circunspección. Suicidios al aire, prejuicios sociales, periodismo y trolleo en la era digital, y por qué jubilarse no figura entre sus planes. "Pablito", como le dice su público fiel, abre las líneas con The Clinic.

Por Marcelo Contreras

“Ya, habla no más hueón, habla, habla”, le ordenó un operario medio ebrio desde la sala de control de radio Araucanía en Concepción, “y ahí empecé a hablar”. Han pasado más de 60 años desde que Pablo Aguilera escuchó esa orden y no se detiene. El programa identificado con su nombre en Pudahuel es el favorito de la mañana por décadas, líder y pionero de un estilo radial que revolucionó para siempre la banda FM en Chile.  

Relajar las voces e introducir la conversación en la frecuencia modulada es mérito que se suele atribuir a Rock & Pop en los 90. Pero fue Pablo Aguilera quien, desde el 2 de enero de 1986, impuso una programación donde el protagonismo se comparte con el auditor para revelar historias de ribetes dramáticos y amorosos, o dar opiniones en segmentos como “El Tribunal”, donde esos mismos relatos se someten al arbitrio popular. 

Los prejuicios sociales hacia Pudahuel -”le decían ‘Rascahuel’”, apunta el animador y periodista de la Universidad de Chile- probablemente han operado en contra del sitial histórico que amerita la marca de Pablo Aguilera, independiente de los 38 años de transmisión ininterrumpida. Abrió el dial FM para la masa popular. 

Bautizado primero como “Las mañanas hogareñas”, luego “La mañana amorosa de Pudahuel” en 1990 y, finalmente, ”La mañana de Pablo Aguilera” desde 2000, la estructura del espacio se mantiene inalterable, mediante música romántica en español y conversación con el público. El programa es un ejemplo de tradición y fórmula inalterable -el conductor confirma que no ha introducido giro alguno-, en una era en que el cambio y la actualización se promocionan como claves para el éxito. 

Sus orígenes se rastrean en 1984 en la desaparecida radio Cien, propiedad de Antonio Vodanovic, Jorge Saint-Jean y Ernesto Clavería. Agradecido de las gestiones de Aguilera a su favor ante el celoso Sindicato de Locutores, el exanimador del Festival de Viña le ofreció un turno por la tarde. 

“Me pagaban re poco”, cuenta Aguilera, que había sido despedido de radio Aurora “por caro”. 

Primera encuesta y el espacio apenas marca. 

“Antonio me dice: ‘Pablo, estás 14. No puede ser. Hay que hacer algo distinto’”. 

Aguilera propuso abrir los micrófonos “para que la gente participe”.

“Haz cualquier hueá”, replicó Vodanovic, confiado en que el experimentado animador y periodista de la Universidad de Chile, a esas alturas un veterano con carrete en radio y televisión desde los años 60, encontraría una manera de captar mayor sintonía.

“Yo siempre había conversado con la gente -evoca Aguilera-, pero no de una forma sistemática. Hice entonces El Tribunal. Lo empecé allá, dos años antes”.

En paralelo, comenzó a acumular datos -info para resolver asuntos cotidianos- a punta de anotaciones, cuando faltaba más de una década para la masificación de Internet. “Este es mi computador”, dice, mostrando un cuaderno voluminoso y ajetreado, repleto de nombres, historias y números. 

A los dos meses el programa escaló al cuarto lugar, y luego al segundo. Llegó entonces el telefonazo desde radio Pudahuel. Al otro lado de la línea, los dueños Jaime Vega y Joaquín Blaya, mucho antes de que la emisora se identificara como “la radio de Chile”. 

“En ese momento, la FM era todo grabado con esas voces profundas y pura música en inglés”, cuenta Aguilera. 

Vega y Blaya le proponen que haga lo mismo que en Aurora por el doble de sueldo.

Hasta entonces, Pudahuel, fundada en 1968, programaba música anglo con la costumbre de morder las canciones para evitar el pirateo. Lo hacían traduciendo los títulos:

”Todo lo que ella hace es mágico… The Police”. 

Con la llegada de Aguilera se introduce la música en español en Pudahuel, dejando “algunos temitas en inglés bien seleccionados, y el llamado del auditor”.

No llevaba mucho tiempo en su nueva casa radial, cuando el comunicador experimentó un punto de inflexión al aire. Una joven que recién había dado a luz pidió consejo. “‘Pablito -me dice-, quiero que me dé un remedio para mi guaguita que tiene el potito cosido y no mejora. Me aburrí de las cremas, que la gente me dé algún dato casero que pueda ayudar’”. 

“Ahí me di cuenta -sigue el animador- que habíamos dado un golpe a la cátedra, porque ninguna radio se había atrevido en FM a un lenguaje más normal. Era todo grabado, perfecto y totalmente ajeno a lo popular”.

***

Corre 1966 y en un viaje de vacaciones a Santiago, mientras estudiaba derecho y trabajaba en una estación radial de Concepción, Pablo Aguilera fue a la radio Corporación a buscar suerte. Las comunicaciones le interesaban más que las leyes desde que jugueteando con una grabadora junto a sus primos, la familia se dio cuenta que “tenía voz de locutor”. 

La emisora alineaba cracks como el disc jockey Miguel Davagnino y el joven locutor César Antonio Santis. “Una radio nueva, una radio joven”, describe Aguilera, con Javier Miranda en la dirección. Se presenta como locutor, le hacen una prueba, queda y le dan el turno de 6 a 8. Aguilera regresa a Concepción para gestionar su cambio de derecho a periodismo en la Universidad de Chile. 

“Salía y tomaba la liebre para llegar a la escuela -recuerda- que estaba detrás del pedagógico. En la noche hacía otro turno hasta la una de la mañana, y vivía en Gran Avenida. Me quedaba dormido en la micro”. 

La radio era una industria de grandes contingentes con nombres que aún persisten como Cooperativa y Agricultura, y otros desaparecidos -Minería- y la propia Corporación, una de las tres estaciones junto Magallanes y Nacional, que logró transmitir el último mensaje del presidente Salvador Allende la mañana del golpe. Entre radioteatros, departamentos de prensa y equipos deportivos, el medio radial era una importante fuente laboral, que ofrecía cientos de puestos de trabajo.

Como era el único estudiante en el equipo de Corporación, Aguilera se perfiló como conductor juvenil, una casilla que lo acompañó largos años -sobre todo en su trayectoria paralela en televisión entre TVN y Canal 11-, cuando el carné señalaba más de 40. 

“Empiezo a hacer de disc jockey -cuenta-. Me tocó presentar, por ejemplo, los discos de Los Beatles, las canciones de La Nueva Ola, el Neofolclor”.

En 1969 se fue a radio Chilena. La estación trabajaba con la revista Ritmo formando “un conglomerado periodístico y radial enfocado netamente en la gente más joven”, sintetiza. Ahí nació “el primer programa de música rock que hubo en Chile”, asegura, donde dio a conocer bandas como Pink Floyd, Led Zeppelin y Genesis, con nombre 100% rockero: “Alto voltaje”.

“Ahí empiezo a descubrir todas estas producciones inglesas que no llegaban a Chile. De hecho, los propios auditores me llevaban sus discos”.

“Había un mercado persa los fines de semana en la estación Mapocho -continúa-, los cabros canjeaban sus discos que se los había traído el papá, un amigo, una tía azafata”. 

“Incluso saqué una revista con el nombre de Alto Voltaje”, cuenta, “que la escribía, la producía, la distribuía, la cobraba y la pagaba. Y me gané dos úlceras. Pero fue el primer programa de rock progresivo en Chile, antes de Pirincho (Cárcamo)”. 

***

Así como no pueden faltar los dramas en el programa estrella de Pudahuel, hay artistas sinónimo del espacio. El rey es Luis Miguel seguido de Ricardo Arjona, Ana Gabriel y Marco Antonio Solís. “La AM estaba muriendo y ninguna de las otras radios los pescaba cuando vinieron las primeras veces -cuenta Aguilera-, y eso lo saben ellos perfectamente bien. Montaner todavía me agradece el hecho que lo hubiéramos presentado”. 

Pero son los auditores con sus historias, penurias y consejos, los protagonistas de “La Mañana de Pablo Aguilera”. Entre incontables relatos, el conductor se detiene en recuerdos estremecedores, como el joven que hace largo tiempo se contactó para anunciar que se quitaría la vida. Había llegado a la capital a los 10 años, a vivir directamente en la calle. En la intemperie hizo amistad con un chico de 18. 

“Se hacen pareja, se van a vivir juntos, empiezan a crecer y consiguen trabajo -relata Aguilera-. Tenía 26 años y estaba desesperado porque su pareja lo había abandonado por otro. Me dice ‘lo estoy llamando porque me voy a suicidar’. Me empezó a llamar la gente, un cura, un psicólogo. Y yo no lo solté, seguí conversando con él. Quería que su pareja supiera lo que iba a hacer ‘porque yo no puedo vivir solo, no puedo vivir sin él. Me orientó en la vida, una ciudad totalmente inhóspita. Me dio un lugar para poder vivir, la razón de vivir’”.

“Hice todo lo que pude -continúa Aguilera- y cerramos el programa a la una”. 

Al día siguiente, atiende el llamado de una auditora. “‘Pablito, le quiero contar que soy vecina de este joven, vivo al lado. Todos lo conocemos acá y sabíamos que era gay y que tenía su pareja. Después de la una se sintió un balazo. Se mató’”.

Otro contacto que lo remeció fue el de una madre. “Estaba desesperada porque el marido la había abandonado. Tenía tres hijitos”. La mujer estaba en la estación del metro de la Universidad de Chile. “‘Quiero avisarle que me voy a matar con mis niños’”.

Aguilera intentó calmarla y ganar tiempo. La habían echado de donde vivía por no pagar el arriendo, y no tenía para dar de comer a sus hijos. Esa mañana no hubo desayuno. 

“Es lo que me queda por hacer”, sentenció al aire.  

“Justo el control me dice ‘corta porque vamos a la tanda’. Entonces yo le digo a la señora que me espere un poquito en la línea”. 

Desconcertada, la mujer responde que cómo va a esperar en la línea, si precisamente pretende arrojarse a la vía del metro. 

“‘No’, le digo, ‘en la línea del teléfono’”. 

Ambos rieron.

Pablo Aguilera aprovechó el breve relajo para convencer a la mujer de ir a la radio y conversar. “Le juntamos unas platitas acá, algunas cosas, y vino con sus tres cabros. No se suicidó, no se tiró a la línea, por haberle dicho ‘espereme en la línea’”. 

En otra ocasión, el telefonazo de una madre afligida porque su hijo había salido del clóset -”¿cómo voy a aceptar que yo que lo crié, lo formé, sea gay?”, lamentó al aire-, gatilló una respuesta conmovedora de otra auditora. 

“Era un momento en que había una posición de la sociedad bastante más dura -contextualiza Pablo Aguilera-, con ataques y asesinatos”. 

“Me llama otra mamá -cuenta- y me dice ‘hace un año yo tenía un hijo que estaba estudiando medicina. Lamentablemente en el verano tuvo un accidente y falleció. Yo daría cualquier cosa porque él estuviera vivo. No me importaría si fuera gay, esto o lo otro, pero que estuviera vivo’”. 

“Dígale a esa mamá -continuó la mujer- que disfrute de su hijo, que lo apoye, que lo oriente. Yo no lo tengo y lamentablemente nunca más lo voy a tener”.

Otra auditora reveló hace pocos días una doble vida, tras 25 años de matrimonio. El marido mantiene la casa y es buen padre, pero también es un plomazo. La mujer lo describió como fome, mañoso y regañón. 

“Me critica todo, no le gusta nada lo que yo uso”, contó en Pudahuel, “y me enganché con el dueño del almacén de la esquina, que siempre que voy a comprar me encuentra que estoy bonita, que el vestido y el peinado me queda bien”.

“Y yo le dije a mi marido -siguió la mujer- ‘si tú no cambias, de repente alguien me va a mirar y vas a perder’”. 

”Quién se va a fijar en ti”, refunfuñó de vuelta el aludido, hoy cornudo.

“Ese tipo de cosas que te cuentan -apunta el conductor-, abre las puertas para que un montón de otras personas te vayan contando sus confidencias, y eso lo hemos tenido desde el comienzo, aunque hoy día te lo confiesan abiertamente. Antes era más disimulado, conflictos sentimentales fundamentalmente, pero no te hablaban así de engañar al marido”. 

—¿Y cómo anda el juicio de los auditores cuando opinan de estas historias? 

—En general hay muy buen juicio. Encuentro que son súper asertivos y muy abiertos en todos sentidos, y eso hace bastante tiempo en realidad. El asunto, por ejemplo, de la homosexualidad, hace 15 o 20 años, de los 38 que llevo con el programa, era casi prohibitivo.

Las copias de su programa son un elogio para Pablo Aguilera. Durante diez años gozó de un reinado en solitario, hasta la llegada de “El Chacotero sentimental”, con el Rumpy en la Rock & Pop, “orientado a un público generacional mucho más joven”, observa el animador. 

“Ahí fue la primera vez que hubo una copia, un esquema más o menos similar, en el sentido de que la gente contaba su historia bastante más escabrosa que lo que yo hacía, indudablemente”. 

***

A la edad de Pablo Aguilera -83 años-, la gente suele estar retirada. El animador reconoce que pasados los 65 comenzó a decir que se iba. Creía, en referencia al programa, “que esta cuestión ya había terminado”. Pero a) las encuestas seguían confirmando su liderazgo en el horario matinal y b) la paga es buena. 

“La verdad es que me tratan muy bien económicamente -confiesa el comunicador-, y me entretengo montones con la gente, que me refresca y retroalimenta. Es una situación bien grata”.

“En la casa me decían, ‘¿para qué te vas a retirar?’ ‘Bueno, me gustaría viajar -respondía-, y terminar de escribir las cosas que tengo’, que a estas alturas no las voy a terminar nunca”. 

Pablo Aguilera concluyó que no había motivos para jubilarse. 

“El asunto de la edad es un problema que está en el carné -explica-, pero yo siento exactamente lo que sentía a los 20 años, con las limitaciones físicas normales. Ahora tengo una pata media mala por un accidente cerebrovascular, pero sigo andando en moto. Caminar me cuesta un poco, pero logré subir el Cerro San Cristóbal en bicicleta, que era mi gran anhelo, con una trampita claro, una bicicleta asistida, pero igual tienes que pedalear. La verdad es que mientras pueda hacerlo, no tiene mucho sentido ir a vegetar a la casa”.

“Hace ya muchos años -subraya- que esto no lo tomo como un trabajo”.

—A lo largo de todo este tiempo como periodista y animador radial, ¿cuántas veces le han dicho que la radio va a ser relegada por un nuevo medio de comunicación? 

—Varias veces, especialmente con la televisión en los 60. Pero la radio sigue más fuerte que nunca.  

—¿Por qué? 

—Creo que hay una razón bastante lógica. Las plataformas que han surgido han sido una herramienta más de beneficio para la radio, a diferencia de la televisión abierta que los tiene de patitas, digamos, buscando una solución. Para nosotros no, ha sido un aliado, porque la gente está escribiendo en el computador, haciendo distintas cosas y puede escuchar la radio y participar. Llaman de una comisaría por ejemplo o del supermercado, y digo al aire ‘oye, esto es maravilloso estar metido en la actividad diaria de distintas personas’. Es un medio muy fácil y aliado de la gente, que no te exige una atención total.

—En su calidad de periodista con título universitario, ¿qué le parece cuando los colegas en categoría de rostros se suman a campañas o promueven marcas? 

—Lo encuentro pésimo. Uno debería mantenerse al margen de la publicidad y la política. Creo que son temas que uno debería respetar, porque la gente te sigue a ti no como una figura política, un candidato de esto o de lo otro. Y meterse con las marcas, lamentablemente, es una forma de prostitución también. 

—Artistas, productoras y hasta periodistas musicales suelen achacar a los medios poco apoyo a los artistas nacionales. El reconocido productor y músico Leo García me dijo que los periodistas musicales de los 60 y 70 apoyaban la escena chilena, no como ahora. Según su experiencia, ¿los medios nacionales invisibilizan a nuestros artistas? 

—En estricto rigor, diría que no. Antiguamente, espectáculos era diferente. Había colegas de diarios que más bien sabían de boites y los atendían bien en los locales. Era una especie de farándula media piluchesca. Y había otro periodismo más serio. Hubo una etapa en que la música popular chilena tuvo características políticas bastante fuertes durante la Unidad Popular, una orientación totalmente clara. Sin embargo, diarios como El Mercurio, que estaban en la vereda opuesta, le daban pie igual para hablar de Víctor Jara, de esto, de lo otro, y no se hacían mayor problema. Pero claro, hoy día está circunscrito más a pequeñas páginas dentro de los pocos medios que van quedando. 

—¿Cómo evalúa la injerencia de las redes sociales en el periodismo? 

—Han creado una especie de autocensura bien desagradable y terrible. De repente me dicen que no diga esto o lo otro, porque “mira lo que están poniendo aquí”. Yo jamás leo los comentarios en las redes sociales. A estas alturas de mi vida no me voy a regir por eso. Pero sí, indudablemente, editores o personas que tienen responsabilidad, de repente te tiran la oreja y te dicen, “oye, cuidado, mira la reacción que hubo de lo que dijiste”.

—Como cuando habló de flaites en Puente Alto… 

—Por dármela de chistosito cuando aparecieron unos pumas allá, luego se fueron y dije “¿cómo no se iban a ir si hay tanto flaite?”, pero pensando en la delincuencia y no en los habitantes de Puente Alto. Traté de aclarar, pedí disculpas, me llamó el alcalde. O sea, hicieron una cuestión política, un escarnio, digamos, cómo este señor habla de toda una población. Yo decía, ‘oye, yo viví en Puente Alto. La Daniela, que trabaja acá en la radio, nació en el Sótero del Río y en su carné dice Puente Alto’. Entonces, no tengo nada contra Puente Alto. Fue por tirar un chiste improvisado y me sacaron la cresta.

—Ya, pero el trolleo en redes no le interesa

—No, a mí no me interesa esa cuestión. 

—¿Y si trollean a su hija ministra de salud? 

—Bueno, lamentable, porque ella se metió en el cuento y la han troleado bastante también, por supuesto. Pero el trolleo equivale al que escribe en la muralla. Y desde chico aprendí que la muralla era la pizarra del canalla. O sea, el hueón que no puede decir algo de frente, o hacer una crítica con nombre y apellido responsablemente, pone cualquier cuestión ahí ofendiendo. Y lamentablemente las redes sociales se han transformado en eso. Hay gente que le da mucha importancia y hay gente como yo que no le da ninguna.

—A pesar de la buena salud y de estar no sólo vigente, sino en el número uno según datos de Ipsos, ¿piensa en la muerte? ¿Es algo que le preocupa? 

—Sí, por supuesto. Pero no me aflige ni nada. 

—¿Es religioso? 

—Fui católico, digamos, pero a esta altura soy bastante libre porque, en primer lugar, las religiones han hecho uso y mal uso de su dogma para influir en la gente, crear temor y jugar con el más allá. El reino de los cielos va a ser para los pobres y ahí vas a tener toda la riqueza del mundo y disfrutar de la riqueza de los poderosos. Creo que uno es fundamentalmente espíritu, sin ponerle nombre ni religión determinada. Algún día sabremos qué es lo que hay realmente, y si estabas bien o estabas mal en lo que pensabas. Pero si la persona ha procedido bien en su vida, fuera de los pecadillos que podemos tener, va a llegar a un buen plano. Sí, lo creo. Sí.

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