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Gendarmería y el anuncio de nueva cárcel de alta seguridad: funcionarios acusan sobrepoblación, largas jornadas y una deteriorada salud mental

La vida de los gendarmes está marcada por el constante enfrentamiento con la realidad de la actual crisis carcelaria y las condiciones laborales extenuantes. Luis Peralta, cabo 2° en el Complejo Penitenciario de La Serena, vivió en carne propia el impacto de este sistema cuando un colega atentó contra su vida para obtener una licencia médica. La crisis de sobrepoblación y las largas jornadas han llevado a un deterioro significativo de la salud mental entre los funcionarios. A nivel nacional, la sobrepoblación en las cárceles alcanza un 34%, complicando la vigilancia y los procesos de reinserción social. La situación ha generado problemas graves, incluyendo suicidios y adicciones entre los funcionarios. The Clinic recogió el testimonio de tres gendarmes de distintos grados y orígenes para conocer de cerca esta realidad.

Por 28 de Julio de 2024
Gendarmería de Chile
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Luis Peralta (32), gendarme y cabo segundo del Complejo Penitenciario de La Serena, aún recuerda un momento que refleja la cruda realidad de su trabajo. A mediados de 2012 -a tres años de haber ingresado a la institución- presenció a uno de sus colegas atentar contra su propia vida, lanzándose desde una torre de vigilancia. Sobrevivió. Pero según comprobaron posteriormente, lo hizo con el fin de obtener una licencia médica para estar cerca de su familia, luego de que falleciera su esposa.

“Fue debido a la cantidad de días encerrado en este sistema penitenciario, cruel e ingrato por momentos. Lo hizo después de meses trabajando 24 horas diarias, sin salir. En la torre de vigilancia, en procedimientos, allanamientos, encierros y desencierros de internos”, explica el también representante de la Asociación Nacional de Funcionarios Penitenciarios (Anfup).

Esta ha sido una semana convulsa para su institución. A propósito del anuncio de una nueva cárcel alta seguridad en Santiago, el pasado 18 de julio, la Anfup respondió con un comunicado en donde señalan su apoyo a la iniciativa. Pero también advierten la necesidad de inyectar más personal y mejorar la capacitación. Asimismo, la Asociación Nacional de Oficiales Penitenciarios (ANOP) comunicó que es necesario abordar el “récord histórico de hacinamiento” en las cárceles. Declarando, además, que su personal se encuentra “agobiado”, con “una carrera estancada”, y “deplorables condiciones laborales”.

Según Gendarmería, a nivel nacional existe una sobrepoblación cercana al 34% por sobre la capacidad de plazas en recintos penales. “Es una condición histórica del sistema penitenciario que, en los últimos meses, ha experimentado un crecimiento exponencial, pasando de 42 mil internos a 56 mil en un período corto de tiempo, haciendo más complejo segmentar y clasificar a la población penal, (…) y complejiza las labores de vigilancia del personal y la implementación de procesos de reinserción social”, explica Víctor Provoste, subdirector operativo de la institución.

Peralta explica que esta crisis carcelaria, junto a las extenuantes jornadas y la poca valorización del rubro, ha impactado gravemente en la salud mental de los funcionarios. “Una de las experiencias más ingratas de este trabajo es sentir la soledad, el abandono. Estar treinta días trabajando en frente a una muralla, solo, sin que nadie te venga a ver”, comenta. Un sentimiento que resuena en gendarmes de distintos grados y orígenes.

Licencias médicas y jornadas extenuantes

Marcos (30) fue oficial de Gendarmería durante ocho años. Prefiere reservar su identidad, ya que se retiró de la institución y actualmente se dedica a impartir asesoría legal a gendarmes, mientras finaliza sus estudios de Derecho. En algún momento de su carrera, presenció algo similar a Peralta respecto a uno de sus compañeros. Con la diferencia de que este sí consiguió su cometido.

“En Quillota tuve un muchacho que entró a la escuela a los 17 años. Y a los 18 ya era gendarme y estaba en contacto con la población penal. Estuvo horas, días en esa torre de vigilancia. Hasta que terminó suicidándose”, relata.

Se trata de un hecho que ocurrió en la madrugada del 11 de septiembre del 2016, en donde un joven llamado Mauricio Aravena se disparó con su propia arma de servicio en una garita de la cárcel de Quillota.

Las experiencias que el exoficial vivió en carne propia lo llevaron a especializarse en las condiciones laborales del rubro. Señala la extenuante rutina a la que debió someterse, al igual que sus colegas. A los 23 años debió trasladarse desde su lugar de origen: desde la Quinta región hasta el Centro Penitenciario de Iquique. Lejos de su familia y sin ninguna conexión en su nuevo lugar de residencia. Le tocaron turnos de hasta 42 días seguidos. “Te sacas el uniforme para dormir. O para hacer un par de trámites, y ya tienes que estar volviendo”, comenta.

Tanto Marcos como el subdirector operativo Víctor Provoste señalan que, en la actualidad, estas extenuantes horas de trabajo se han reemplazado por turnos rotativos de cuatro horas. Sin embargo, el exoficial explica que la saturación mental persiste. Además, el alza de licencias médicas por causas psiquiátricas ha provocado un déficit de gendarmes en las unidades penales, respecto a la población de internos.

“Hace poco volví a Iquique, pero por temas de asesoría. Y me di cuenta que, aproximadamente, 15 personas en un par de años ya estaban internados. Otros, por lo que escuché de los relatos que me contaban mis ex colegas, estaban en la calle, en condición de indigencia”, relata el oficial en retiro. Incluso, se ha enterado de gendarmes que han caído en problemas de alcoholismo y drogadicción. 

“Este año tenemos que lamentar la pérdida de un funcionario, por causa de suicidio. Dando cuenta que, con un universo de más de 20 mil funcionarios a nivel nacional, no estamos ajenos a esta realidad mundial”, comenta el subdirector Víctor Provoste. “Hemos implementado, por ejemplo, el programa “Abrazando el Buen Vivir”, que abarca diversas acciones concretas que apuntan al bienestar del personal. Como una plataforma telefónica de atención psicológica 24 horas. Actividades recreativas y deportivas, e intervenciones psicológicas individuales o grupales”, añade.

Lejos de la familia

“Cuando uno ingresa a la Escuela sabe que te pueden destinar a cualquier punto del país. Esto produce la mayoría de las veces un desarraigo familiar importante para los funcionarios. Entre los gendarmes existe mucho el ausentismo maternal y paternal”, explica Ayleen Rodríguez (40), cabo primero y dirigente de la Asociación Nacional de Suboficiales de Gendarmería (Ansog).

El primer desarraigo que le tocó vivir fue a los 22 años, cuando debió trasladarse desde Talca -su ciudad de origen- hasta el Centro Penitenciario de Antofagasta, sobreviviendo por sus propios medios. Era la primera vez que se alejaba tanto de su familia, y también la primera ocasión en que entraba a una cárcel. De pronto debió estar inmersa en el ambiente lúgubre y frío de esa prisión de más de cien años. Formando carácter. Acostumbrándose de a poco a los constantes gritos y amedrentamientos de los internos, mientras los vigilaba desde las alturas. 

El segundo desarraigo fue después de tener a sus dos hijos. “Tú llegas a tu casa con esa presión psicológica y necesitas descargar, de cierta forma, con todo lo que llevas. Y si bien tratamos de equilibrar una vida familiar, muchas veces no lo logramos”, comenta. Y tristemente menciona las ocasiones en que debe volver a su hogar mientras sus hijos están durmiendo, sin siquiera alcanzar a saludarlos.

Para Ayleen fue crucial formar una red de apoyo entre otros gendarmes. Para que de esa forma, pudieran cuidar los hijos de sus colegas entre cada turno: “en el fondo, tú entregas la responsabilidad a alguien de tu hijo por ir a trabajar. Es súper complejo lidiar con eso”.

“Un gran cambio que se ha impulsado en la Institución, es la incorporación de personal femenino en todas las dotaciones y labores de Gendarmería, en tareas que antes eran exclusivas para varones”, menciona el subdirector Provoste.

La dirigente de Ansog destaca la necesidad de que Gendarmería cuente con un jardín infantil institucional. Además, comparte que existe un grave problema de salud mental afectando al gremio, señalando que hay unidades penales que no cuentan con psicólogos para el personal.

“Los gendarmes deben estar alertas en todo momento, sin ningún espacio para distracciones. Y, lamentablemente, ellos tienen 24 horas para pensar en suicidarse (…) La verdad es que, hoy en día, la Gendarmería tiene un nulo presupuesto para la salud mental de los funcionarios”, alega.

El auge del crimen internacional en las cárceles

A la fecha, la presencia de población penal extranjera representa un 14,8% del total nacional, con un importante auge de bandas criminales de origen venezolano y colombiano. Para el subdirector operativo de Gendarmería, esto ha sido un cambio crucial en el paradigma al que deben enfrentarse las nuevas generaciones que ingresan a la institución:

“Estábamos acostumbrados a un trato con población penal común, donde incluso aquellos internos de mayor connotación solían tener códigos (…) Hoy, con la llegada de población penal extranjera, nos enfrentamos ante personas que están en prisión por delitos altamente violentos. Que tienen escaso apego por la vida, con un comportamiento refractario que busca en todo momento vulnerar a este sistema penitenciario que no les ha permitido reorganizarse para continuar con sus delitos desde la cárcel”, explica.

Para la cabo primero Ayleen Rodríguez, es crucial identificar estos nuevos códigos para individualizar a cada uno de los internos:

“De una población de 200 internos, como funcionario debo darme el trabajo de conocerlos a todos ellos. Y de esa misma forma yo logro identificar quiénes son los líderes. Pero también saber identificar cuando, por ejemplo, un interno anda agresivo, o anda con problemas. Porque el primer agente de reinserción en el sistema penitenciario es el funcionario”, explica.

“Ellos actúan bajo amenazas. Y uno nunca sabe si van a acceder o no van a acceder a esas amenazas. Te puedo señalar también que hay colegas por ejemplo que han sido agredidos de gravedad dentro de la unidad penal por internos. Que han terminado en el hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte”, relata el gendarme Luis Peralta.

Respecto al anuncio de la construcción de una nueva cárcel de alta seguridad en Santiago, como respuesta a la sobrepoblación penal a la que ha colaborado la llegada de estos nuevos internos, Peralta se muestra crítico:

“Si vas a empezar a construir una nueva cárcel de alta seguridad, estás respondiendo a que el sistema penitenciario no está funcionando, porque se está yendo de las manos. Entonces, tienen recursos para crear una nueva cárcel, pero no para capacitar a su personal”, explica. Y, además, apunta a la desatención en la infraestructura de las actuales cárceles concesionadas, denunciando “condiciones inhumanas” y antihigiénicas, tanto para los gendarmes como para los propios internos.

La tentadora corrupción

El pasado viernes 19 de julio detuvieron a un gendarme de Santiago I por el delito de extorsión a privados de libertad. Asimismo, en junio de este año, detuvieron a 10 funcionarios por hechos de corrupción y tráfico de armas

Hechos como estos no son desconocidos para Marcos, oficial en retiro del CCP de Iquique. Ya que recuerda -con una risa amarga- que a mediados del 2015, uno de sus compañeros se robó una ametralladora para vendérselas a los traficantes. Lamentablemente, no es una anomalía que esto le haya ocurrido, ya que, según el Centro de Estudios Justicia y Sociedad de la UC, un 63% de los gendarmes se ha enterado de actos de corrupción de alguno de sus colegas.

“Hay gente que en su mayoría viene de estratos sociales vulnerables, que en esta primera etapa laboral se meten a crédito, salen endeudadísimos. Y lamentablemente esto los vuelve presas fáciles para la corrupción por parte de la población penal”, explica Marcos.

“No creo que no existe una forma de justificar el hecho de que un funcionario caiga en una medida de corrupción”, recalca Ayleen Rodríguez; “pero, al trabajar con población penal que tiene mucho dinero –como es, por ejemplo, el crimen organizado– obviamente, si en algún momento se ven acorralados por alguna deuda, es tentador. Pero es injustificable, porque hay un tema de valores”, añade.

La motivación de vestir el uniforme verde boldo

El actual subdirector operativo de la institución ingresó como gendarme el año 1991: “En ese tiempo las condiciones eran bastante precarias, tanto para los funcionarios como para la población penal, pero uno sabe a lo que viene”, relata Víctor Provoste.

Considera que Gendarmería ha incursionado en importantes modernizaciones desde que ingresó a la institución hasta la actualidad. Relata, además, que fue crucial el apoyo incondicional de su familia durante el desarrollo de su carrera, en la que logró ascender a cargos de jefatura.

“Creo que sumando y restando, los costos de ejercer el trabajo penitenciario me ha generado satisfacciones y beneficios, tanto en lo personal, en lo familiar y en lo profesional”, comenta Provoste.

En contraste, la representante de Ansog menciona la “nula carrera que existía para los gendarmes”, así como las dificultades para ascender de rango. Cuestión que ha ido cambiando, a su parecer, gracias a la lucha sindical: 

“Yo siento que las asociaciones dentro de Gendarmería tuvieron un rol muy importante. Han logrado ir mitigando la espera en los ascensos. Por ejemplo, el año pasado se generaron cerca de 3.600 ascensos, gracias al trabajo asociativo (…) todas estas mejoras han ido de la mano de la lucha sindical. Nunca hemos logrado nada por parte de Gendarmería propiamente tal”, explica Ayleen Rodríguez.

Luis Peralta, por su parte, indica que recién ha sido ascendido a cabo segundo después de 15 años de carrera: “Un carabinero sería sargento primero en 15 años, imagínate. El Estado no ha tomado en serio la carrera de funcionario de los gendarmes”, crítica el representante de la Anfup. 

Sin embargo, también destaca que el motivo que lo llevó a entrar en la institución en primer lugar, fue “sentir que tenía una responsabilidad y que estaba satisfecho de lograr lo que yo quería. Estar donde siempre quise estar y hacer bien mi trabajo”.

En su uniforme verde boldo, bajo la insignia de un castillo, se lee la inscripción Labor Omnia Vincit Improbus (“El trabajo constante todo lo vence”). Uniforme que Peralta sigue vistiendo en cada jornada, a pesar de haber admitido que gran parte de dicha labor es “cruel e ingrata”.

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