Opinión
10 de Enero de 2025
Megalópolis, la nueva película de Francis F. Coppola: un delirio de grandeza
Por Cristián Briones
El columnista de The Clinic Cristián Briones, escribe sobre Megalópolis, la última cinta de Francis Ford Coppola. "Coppola es ese sermón en carne viva. Apostó patrimonio y prestigio en producir una utopía que pregona que el cine todavía significa algo. Que es un arte, no un producto", señala sobre la cinta.
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En un momento al inicio de Megalópolis, su protagonista detiene el tiempo mientras una demolición controlada derrumba construcciones en las cercanías. Es una escena que resume la película. Cargada de deficiencias y evidenciando desinterés por los detalles, refleja a un hombre atormentado, contemplando cómo el mundo se derriba a vista e impotencia de todos, y que con el poder en su mente captura un momento en esa decadencia, pero sin hacer nada por evitarla.
Es demasiado obvio que César (Adam Driver) es un personaje que encarna las inquietudes del director y quíntuple ganador del Oscar, Francis Ford Coppola. Su idea de instalar una utopía en una Nueva York retrofuturista llamada Nueva Roma, enfrentado a los poderes fácticos que solo desean preservar un status quo y obtener ganancias mientras la sociedad decae.
Las nuevas generaciones de líderes nacidas de los supuestos capitanes de las industrias y sustentadores de una república de mentira, remarcados en la bacanal de los flashes y el coliseo de la popularidad. Allí, navegando entre oportunistas aliados y rivales: el alcalde Cicero (Giancarlo Esposito), el banquero Crassus (Jon Voight), el artero Clodio (Shia LaBeouf); e intereses románticos, Nathalie Emmanuel, Aubrey Plaza; el protagonista trata de forzar el emprender rumbo hacia un espacio habitable en dónde los debates sean un intercambio de ideas que se tienen para avanzar como humanidad. Una prédica entregada desde una tribuna maldita.
Coppola es ese sermón en carne viva. Apostó patrimonio y prestigio en producir una utopía que pregona que el cine todavía significa algo. Que es un arte, no un producto. Un lugar en donde aún es posible que un arma pueda ser ocupada con intenciones nobles. Como fue el arte alguna vez, en los tiempos del bufón en la corte. Desde la retórica bellamente elaborada para inspirar a ser mejores. Los tiempos en que una fotografía de un corresponsal de guerra con encuadre perfecto, impulsaba profundamente a demandar la paz.
Pero ya nada de eso ocurre. Mank (2020) es un ensayo bastante nítido de cómo el cine en sus cualidades narrativas, terminó convirtiéndose en una arma afiladísima, pero ya había llegado a otras manos. Megalópolis, por su parte, viene a exponer una verdad algo difícil de aceptar: Que el cine se ha vuelto un arte incapaz de resonar. Y no tan sólo a nivel temático, que puede entenderse a propósito de la ola anti-intelectual y reaccionaria que no tolera que la reflexión de una película les aleccione o sermonee. Si no también a nivel narrativo.
En estos días, solo dos formas fílmicas quedan en las retinas: las que se convierten en memes, y las que uno puede grabarse emocionado mientras la ve en la sala u hogar. ¿Una secuencia perfectamente lograda en donde se narre de forma impecable? Mucho cigarrito para el meme, pero poca elaboración en la apreciación.

Coppola decide abordar todo eso, y le suma además una mirada desesperada a la decadencia del imperio americano. Es curioso que dos películas del 2024 revisaran ese aspecto con tanta fuerza, pero mientras Civil War de Alex Garland la enfrenta desde el más absoluto cinismo asumiendo que todo está perdido, Coppola se sube al cinematográfico caballo y entra a la conversación con rebenque en mano. Llega con una solución, incluso asumiendo los excesos de su querida nación: que los EEUU son un imperio, que tienen vicios y sus formas de hacer política son derechamente oligárquicas, y aún así, se puede cambiar todo y aspirar a crear una fábula con ello. Impresiona que el autor de Apocalypse Now esté en tan poca sintonía con las audiencias para increpar incluso más que interpelar.
Y es que puede que a su edad, sienta que no tiene el tiempo. Desde la vereda completamente opuesta, que a sus 85 años un director sea capaz de arrojar a la pantalla lo que es realmente una ídola del pop, qué es lo que en realidad está vendiendo y cuánto puede mutar su producto para seguir haciéndolo, habla de una lucidez que sobrepasa la falta de sutileza.
Y puede que esto atraviese los buenos y malos momentos que tiene Megalópolis. Lo sutil versus lo expositivo. La contumacia del director en crear símbolos por sobre construir personajes termina siendo casi un mérito en sí mismo. Coppola decide dar una cátedra de historia destinada a repetirse, y lo hace textual. Abarrota de citas e ideas la película y muchas de las últimas, huyen de la narrativa para no volver, mientras las primeras terminan siendo meras excusas para apuntar con el dedo. Y es que los inconvenientes de Megalópolis no pasan porque Coppola haya despilfarrado el presupuesto en efectos especiales que muchas veces no cuadran con el diseño de la película, que sea demasiado evidente con los jockeys rojos, que Talia Shire tenga un personaje tan confuso de captar, o un etc. que podrán ampliar. No. El mayor problema está en que Don Francis Ford tiene razón. Es solo que se terminaron los tiempos en que eso significaba algo. Simplemente, dejó de importarnos.

Coppola es William Holden al final de La Pandilla Salvaje. Acaba de arrojar la última botella y sus compañeros no exigen arenga. Se dispone a salir una última vez, porque siente que tiene la obligación de hacerlo. El resultado es una balacera que pareciera no tener sentido, pero lo significa todo. La última obra de una leyenda que será desmerecida por crítica y público. Y puede que con justa razón. Expositiva en exceso, discursiva, sin miramientos, al borde de la caricatura, sin poder validar la sátira, con una insistencia en indicar paralelos que rozan la torpeza.
Y, sin embargo, y esto no intenta exculpar las falencias, es una obra de arte de tomo y lomo. Porque hay una razón en ello. Es ese arte que nace de las tripas y el dolor del corazón, que se expone con el talento del artista. Uno que se levantó a mirar al mundo y se debe a la responsabilidad de poner un espejo y convertirlo en fotogramas. Un cineasta. Destrocen esta película si así gustan. Por mi parte, alzaré mi copa y brindaré por el delirio que es Megalópolis, y la grandeza de Francis Ford Coppola.



