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Las largas noches del bar Insomnio en Bellavista: un local que recibió desde Pedro Lemebel a Enrique Correa en los 90

Un bar en pleno barrio Bellavista que nació con la vuelta a la democracia y que apagó la luz en pleno apogeo del Laguismo. Un lugar que en silencio supo congregar a una fauna que quería charlar, brindar y divertirse en libertad. Un sitio que aunque fue breve, supo marcar una época muy distinta a la actual. "En una época preinternet, el Insomnio era como un pequeño espacio donde uno veía cosas que no estaban pasando en el resto de Santiago”, comenta la diseñadora Carolina Zañartu, quien trabajó atendiendo la barra entre los años 93 y 94.

Por 11 de Mayo de 2025
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic
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La primera vez que visité el bar Insomnio, que funcionaba en la Avenida Bellavista, fue en 1994, cuando necesitaba ubicar al pintor Ricardo Bezerra, un habitué del lugar. Alguien que lo conocía bien pero que había perdido su contacto me dijo: “Hay un bar en Bellavista que se llama Insomnio, anda cualquier noche bien tarde y seguro lo encontrarás”. Y eso hice. Un viernes a eso de las once y media de la noche aparecí por el local, pero para mi sorpresa en su interior solo había una persona limpiando el pequeño y único salón del bar. “Ven más tarde y encontrarás a Bezerra”, me aseguró.

Así que me di varias vueltas por el barrio, visité un par de locales y a eso de las tres de la mañana volví al Insomnio. Obviamente en una de sus pequeñas mesas estaba instalado Ricardo Bezerra. Este pintor, fallecido en 2016, “era parte del inventario del Insomio”, como dice el periodista y escritor Gonzalo León, quien también frecuentó este bar durante los años noventa y principios de la década siguiente. 

Bezerra era amigo de la dueña del bar, con quien había compartido en París, donde ambos habían vivido durante los años setenta y ochenta. Tal era la afinidad de este pintor con el Insomnio, que varias mesas del lugar estaban tapizadas con ilustraciones suyas y en algún momento hasta hizo un canje por consumo, pasando algunas de sus pinturas. “Se daba mucho eso de los canjes por arte entre la Carla (la dueña) y los pintores que eran clientes del bar”, recuerda el abogado Rodrigo Castillo, otro habitué del Insomnio sobre todo en sus últimos años. Además de los canjes por pinturas u otras obras de arte, también se dio por esos años que varios habitués del bar pagaban la boleta de la luz del Insomnio a cuenta de futuros consumos. 

“Siempre se manejó un poco así el bar, medio al lote”, rememora Castillo.

Pedro Lemebel en el Insomnio. Foto: Redes sociales.

Los inicios

​En algún momento de 1990 abrió sus puertas el bar Insomnio en el número 127 de Avenida Bellavista. Justo en la mitad de la cuadra que se extiende entre las calles Purísima y Bombero Núñez, en un edificio que por esos años era de color rojo y en el que en su segundo piso funcionaba un hotel muy poco acogedor. 

La propietaria del bar era Carla Castro, una mujer de pasado mirista que tras de más de una década de exilio en París -donde estudió cocina-, y ya de vuelta en Chile, decidió embarcarse con este pequeño bar de no más de seis mesas y que vivía sus mejores horas bien entrada la noche. 

“Yo trabajé atendiendo la barra los años 93 y 94”, cuenta la diseñadora Carolina Zañartu, agregando que “se trataba de un lugar pequeño pero que lograba juntar una fauna más o menos importante”.

“Recuerdo que había un núcleo duro que era el de los amigos de la Carla, muchos que venían del exilio en Europa igual que ella, también muchos escritores que para mí eran viejos en esos años y también gente más joven que venía de la música electrónica, lo que para mí en esos tiempos hacía más entretenido el ambiente”, comenta Zañartu.

Emplazada a definir el ambiente de esos años en este bar, Carolina reflexiona: “En una época preinternet, el Insomnio era como un pequeño espacio donde uno veía cosas que no estaban pasando en el resto de Santiago”.

Para Gonzalo León el Insomnio “era un pequeño gran secreto, un espacio de libertad en el que la gente no se iba de tarro sobre las cosas que podían darse ahí. Un bar donde aparentemente estaban todas las condiciones para que quedara alguna cagada pero donde finalmente no pasaba nada malo”.

El lugar donde estaba ubicado en el bar Insomnio en la actualidad.

La dinámica del Insomnio

​Este bar le hacía honor a su nombre y tenía su apogeo en la madrugada. “La onda se armaba tarde, siempre pasada la medianoche, como mínimo”, cuenta Rodrigo Castillo. Y agrega: “De ahí la cosa se podía alargar y mucho. De hecho, muchas veces el bar se cerraba por dentro qué sé yo, a las seis de la mañana, y seguíamos ahí por varias horas más”.

Es que el ritmo del Insomnio no era fácil. Carolina Zañartu reconoce que “me habría sido imposible trabajar por más años ahí, yo estudiaba arte en esa época y esas noches tan pero tan largas al final te pasaban la cuenta”.

Según Gonzalo León “nunca era la primera opción de la noche ir al Insomnio, más bien era la última. No creo que mucha gente se juntara ahí, sino más bien que se terminaba la noche en el Insomnio. Yo vivía cerca, así que por lo general caía ahí en mi camino de regreso a casa. Como uno era flojo, llegaba un momento en que no quería moverse más por la ciudad”. 

Según Rodrigo Castillo este bar se llenaba “con una mezcla de gente del barrio, otros que iban especialmente al Insomnio desde cualquier parte de Santiago y también los que simplemente caían ahí en la medida que el resto de los locales nocturnos comenzaban a cerrar”. 

Mención aparte merece Carla Castro, la dueña del bar, quien en palabras de Carolina Zañartu “era un imán muy potente del lugar. Podía estar atendiendo un rato, pero también en otro momento compartiendo con amigos que estaban en una mesa. Tenía carácter, lo que la convertía en un motor para animar la fiesta pero también para echar sola a los borrachos que se portaban mal si fuese necesario”. 

Al final eso era el Insomnio, un lugar pequeño en el que costaba que arrancara la noche, pero que después no paraba e incluso se resistía a terminar. “Muchas veces terminamos carreteando ya de mañana en la casa de la Carla, que también vivía cerca”, cuenta la actriz Rebeca Téllez.

El Insomnio era un lugar pequeño, con pocas mesas, paredes con algunos espejos y que por lo general permanecía a media luz. En la parte superior de la barra había unas vitrinas que parecían peceras y la puerta de entrada era de vidrio y de alguna manera aislaba al bar del movimiento -y más en la madrugada- de la soledad de la Avenida Bellavista. 

Los baños eran diminutos y en sus paredes se podían apreciar unos collages armados con recortes de diarios y revistas confeccionados por la propia Carla. Y como dijo un antiguo parroquiano del Insomnio, “en esos baños se hacía cualquier cosa, menos pipí”. En cuanto a la oferta de comida y bebida del bar, era algo acotado, como todo en esos años. Cervezas, vinos y destilados; pero nada del otro mundo. Quiches que se hacían en otra parte y que solo se calentaban en la pequeña cocina del Insomnio, más algunas tablas de queso y un par de postres. “Más los porotos negros con tostadas en la madrugada”, recuerda el fotógrafo Javier Godoy. 

“Dudo que alguien quedara para juntarse a comer en el Insomnio”, cuenta entre risas Gonzalo León. Aún así, podríamos decir que este lugar fue durante varios años un éxito. O al menos, un éxito acotado y medio en secreto para muchos. “No era un lugar de fiesta, era literalmente el insomnio”, reflexiona León.

Fotos en el bar Insomnio. Fuente: redes sociales.

Una lista interminable

La cantidad de gente que pasó por el Insomnio en sus más de diez años de existencia no fue menor. Hablamos de gente que pasó, pero que también volvió una y otra vez. Pintores como el ya mencionado Ricardo Bezerra, Andrés “Titi” Gana y Hugo Cárdenas. Escritores como Jorge Edwards, el propio Gonzalo León (que por esos años escribía crónicas en La Nación Domingo) y Pedro Lemebel, quien además era vecino del barrio, al igual que Cynthia Rimsky. 

El periodista Santiago del Campo también solía aparecer por el lugar, así como también un joven Pablo Mackenna cuando aún no aparecía en televisión, muchas veces junto a su hermana Nina. A los integrantes de Los Tres, por separado, se les vio más de una vez en el Insomnio. Otras personalidades de la época que deambulaban por este lugar eran Patricia Rivadeneira y Jacqueline Fresard, del colectivo Las Cleopatras, además de la diseñadora Paula Zobek. 

Tal como lo cuenta Lemebel en una crónica de su libro Serenata Cafiola titulada “Las agitadas ojeras del Isomnio”, también eran habitués de este lugar intelectuales como Nelly Richard, Carmen Berenguer y Rita Ferrer. Además, alguna noche a estas alturas famosa -según varios testigos- llegó al bar la actriz española Victoria Abril a tomar algo. Al parecer, venía de grabar un programa de televisión en un canal cercano. De tanto en tanto se divisaba a gente de la tele como Sergio Lagos o El Rumpy. 

Y sobre todo en los primeros años del Insomnio un habitué fue el en ese entonces ministro de la Secretaría General de Gobierno, Enrique Correa, “que no paraba de ir en ese tiempo”, como contó la propia Carla Castro en una nota a La Tercera. “Creo que llegó al Isomnio porque su secretaria y asistente, que se llamaba Angélica, vivía muy cerca de ahí”, cuenta Carolina Zañartu.

El principio del fin

Sin embargo, a pesar de que al Insomnio nunca le faltó gente (al menos de madrugada), la cosa se fue complejizando. “Empezaron a salir bares clandestinos muy cerca, y ya no podía competir con ese gusto por lo prohibido. Colapsé. Además, fueron 14 años de noche, sin parar, y todos los días hasta las siete de la mañana”, dijo Castro, quien por motivos de salud se excusó de colaborar en esta nota, hace algunos años a La Tercera. 

Además, vale la pena recordar que en 2004 comenzó a regir una nueva ley de alcoholes, que existe hasta la actualidad y que fija las cuatro de la mañana como el horario de cierre de todos los recintos donde se expende alcohol. De esta manera, las mejores horas del Insomnio pasaron de un momento a otro a la ilegalidad. “Tengo la impresión que esa ley los terminó matando”, recuerda el abogado Rodrigo Castillo.

De ahí en más poco pasó. Lo que sí está claro es que poco antes del cierre definitivo hubo un remate de las mesas, los cuadros y casi todo lo que quedaba en el local. Pero se trató de algo piola, organizado para los últimos parroquianos del Insomnio. Mucho más que eso no hubo, hasta que se cerró para siempre la cortina. 

“Sin ser habitué, una noche pasamos con un amigo de vuelta del Telonius o El Clan, no recuerdo bien, camino a mi casa que quedaba en Lastarria y entramos un rato al Isomnio. Ahí nos encontramos con el bar algo vacío, con muy pocas sillas. En algún momento de la noche la dueña contó a los presentes que ese día se cerraba el Insomnio e hicimos un último brindis”, recuerda alguien que pide reserva de su nombre pero que sí tiene claro que la noche aquella “fue en agosto o septiembre de 2004”. 

Se acababa así un lugar que sirvió de punto de encuentro entre los que volvieron del exilio y los que nunca se fueron o estaban por partir. Un punto de encuentro entre viejos y jóvenes, entre gente que venía de vuelta de la vida -o de la noche- y otros que recién partían en esas lides. Al final, un lugar pequeñito y a media luz. Con mucho humo de cigarrillo y, por sobre todo, con mucha libertad. 

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