Tiempo Libre
26 de Enero de 2025Patti Smith, entre el misticismo, la extravagancia y un mundo mejor
En un espectáculo no apto para todo público, la solista estadounidense convenció a un auditorio que sigue su singular propuesta artística. Recitando desde el sombrío estado del planeta a la alta cultura y con intervenciones musicales mínimas, la noche terminó arriba con un invitado de honor y la protagonista feliz por la cercanía con la gente.
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Todo lo que rodea a Patti Smith está impregnado de alta cultura, misticismo y buenas intenciones. Es un mundo de difícil acceso de buenas a primeras, principalmente, porque al auditor o lector primario de sus obras su manera tan particular de enfrentar la existencia puede parecer sospechosa. O sucede lo contrario: que el arte expuesto por la estadounidense sea tan elevado que la mayoría de las personas no lo podamos comprender porque somos extremadamente superficiales. Las opiniones en una sociedad diversa dan para todo. Michael Stipe, el líder de R.E.M., le rinde reverencias. Mick Jagger, la voz de los Rolling Stones, siempre fue un descreído de su propuesta. La definía como una pretenciosa y sin talento.
Pero Smith, a sus 78 años, sigue avanzando en su evangelización artística. Cada uno de sus nuevos proyectos -sean literarios, cinematográficos o musicales- siempre encuentran una corte de aduladores que la observan como a una elegida. Esa sensación de estar frente a un ser distinto adquirió realidad apenas se asomó al escenario del teatro Coliseo. Prácticamente lleno, el auditorio se puso de pie para recibirla y le regaló una ovación. Asistida por un colaborador, la mujer se mueve lentamente, con dificultad, pero al estar frente a un micrófono entra en un trance. Como si el contacto con la gente le inyectara vigor a sus venas y reviviera veinte años.
Su proyecto “Correspondences”, en alianza junto a Soundwalk Collective, es un trabajo de investigación donde Stephan Crasneanscki, el capo de ese colectivo, registra grabaciones en lugares apartados y los transforma en una memoria sonora de esos mismos sitios que han visto el paso de artistas, políticos con ganas de revolución y la alteración de la naturaleza por el cambio climático.
Para un auditor despistado, este no es precisamente el tipo de espectáculo que te va a entretener o divertir. Patti Smith arranca recitando sobre Chernobyl y la resistencia de los ecosistemas bajo un murmullo de sonidos áridos, que semejan caminatas y hojas que caen por la sequedad. Es un show algo anticuado, inspirado en el siglo XX, pero que, sin embargo, unos quince minutos después de un continuo monólogo estalla en aplausos cuando deja de hablar, como si estuviera mostrándonos la luz.

Hay permanentes silbidos, ruidos extraños y mínimos, extrañeza en estado puro, pero la preocupación declamatoria permanente de la cantante por el estado del mundo, de los océanos, de los animales y, por supuesto, del arte. Hacia el final, la autora de “Horses” (1975) nos recuerda el último paseo romano antes de morir de Pier Paolo Pasolini, uno de los más grandes intelectuales europeos del siglo XX. Toda su exposición, además, está acompañada de visuales que funcionan como un perfecto contrapunto a lo que recita y empuja a que su concierto adquiera un espesor más artístico.
Para el final, vino el momento más animado. Con sus colaboradores fuera del escenario, invitó a muchos jóvenes y a Peter Buck, guitarrista de R.E.M. -que lleva unas semanas de vacaciones en Chile- a interpretar “People Have the Power” (1988), tema de completa vigencia en el peak del sombrío ultraderechismo mundial. Relajada -se dio tiempo hasta de lanzar un escupitajo-, Smith puso ganas y fuerza y demostró que su capacidad vocal es sorprendente para una persona que bordea los 80 años. Terminó con el auditorio en éxtasis y dichosa porque conocían la letra. En Chile, al menos, se le quiere y respeta.






