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Reportajes

Fiebre de Bingo por la noche: los viernes de juego que conquistan en Ñuñoa

Desde hace cinco meses que grupos de jóvenes, parejas y hasta familias con niños repletan el local de Barra de Pickles, siguiendo el canto de pelotas y la tómbola. Liderando está un ingeniero convertido en maestro del bingo, que transforma el encuentro en una verdadera fiesta. ¿Cómo un juego tan tradicional se convirtió en el carrete de moda?

Por 15 de Marzo de 2025
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Es viernes y aún no anochece, aunque se comienza a ir el sol. Afuera del restaurante Barra de Pickles, a pasos de la Estación Irarrázaval del Metro, se ha formado una fila de unas veinte personas jóvenes esperando entrar; son las ocho y media y ya no quedan mesas libres. Si se tiene la suerte de que los amigos que llegaron antes están guardando espacio -ante las miradas asesinas de quienes siguen de pie al otro lado del ventanal- hay que apurarse y sentarse entre el caos de gente, ruido, mozos, niños, hipsters, parejas, mesa de puras mujeres, las hamburguesas, los sándwiches, los hot dog.

El lugar es una especie de fuente de soda con espíritu de sede social, propiedad de los hermanos Manuela y Lucas Iribarren, dueños de los productos ByMaria, una línea chilena de kétchups, ajíes, encurtidos y salsas varias. El local fue un éxito cuando abrió originalmente los findes de semana en Franklin, y desde mediados de 2024 que reabrió sus puertas en la calle San Eugenio, con más espacio y toda la semana.

“¿A quién le falta cartón?”, grita, de pie bajo un enorme tablero de pared con números electrónicos, un tipo con micrófono tipo “Chayanne”, enfundado en pantalones celestes kitsch, una corbata a tono y excesivo entusiasmo. José Miguel Friz, 41, el Maestro del Bingo.

“Ya, vamos a jugar primero una columna, el siete y el codiciado cartón completo”, anuncia Friz, y le da paso a su asistente que oficia de DJ, para que comience la música: esta noche hay especial divas mexicanas, de Yuri a Pandora a Daniela Romo, con escapes a otras nacionalidades. La gente comienza a cantar, mientras van anunciando los números: “¡Solito, solito el 6!”; “¿Cuántos millones ganaba Marcela Cubillos? ¡El 17!” y así. Pasan platos, vasos, los mozos apenas pueden con la demanda, todo se va llenando de risas, abucheos frustrados, celebraciones exaltadas. Entre medio Friz hace pequeñas pausas para que todos canten. Algunos reclaman cuando otros gritan ‘bingo’, hay premios sorpresa con un si se la sabe cante y todo termina en una especie de enorme karaoke. Un afortunado ganador de cartón completo se lleva un tremendo frasco de pepinos dulces, para la envidia de los demás comensales.

Un clásico eterno

El bingo, juego tradicional y preferido, eternamente presente en las playas chilenas, en juntas de vecinos, en encuentros solidarios para juntar plata a lo largo del país, se ha convertido en el rey del viernes.

Foto: Andrés Sáez/Barra de Pickles.

“Vivó ocho años en Buenos Aires, y ahí vas a un bar y juegas ping pong, vas a otro y hay noche de vinilos, y así; no es sentarse a comer y gastar plata, es una experiencia más completa”, dice Manuela Iribarren, la dueña del local. El espacio que tuvieron inicialmente en Factoría Franklin ofrecía sándwiches fríos con sus productos y tenían pocas mesas; aunque intentaron hacer un par de encuentros más entretenidos, no lo permitía la logística. Así que cuando se instalaron en domicilio nuevo, querían ofrecer rica comida y transformarse además en punto de encuentro de barrio. “Empezamos a armar el calendario con las ideas y los juegos eran fundamentales. Uno era bingo, otro cachos, otro día cuenta cuentos, ahora un amigo va a hacer curatoría de videos. Queríamos cultura y actividades, que la barra fuera un club social”.

Buscando quién podría animar un bingo, contactaron a amigos actores. Luego por Instagram –“fue una suerte”, dice Manuela- llegaron eventualmente al Maestro del Bingo.

“Fue un amor instantáneo”, dice él. “Fuego desde el primer chispazo”.

Ingeniero de día, maestro del bingo de noche

“Yo no tenía gran acercamiento con el bingo, lo asociaba en mi cabeza a recuerdos de premios como ollas y tarros de durazno. Y esos premios me gustaban. Cuando mi hija cumplió dos años, de celebración organicé mi primer bingo”, dice Friz.

Ingeniero Civil, trabaja en una empresa de paneles solares para residencias particulares y empresas, donde maneja la parte de la data y tecnológica; además es profesor de sustentabilidad empresarial. Después de ese primer bingo a amigos hace unos siete años, vino la pandemia. “Y así como algunos hacían pan en pandemia, yo hice bingos por zoom”, recuerda. Luego animó uno para la empresa donde trabajaba o para su cumpleaños: bingo tradicional, con premios tradicionales.

Foto: Andrés Sáez/Barra de Pickles.

Friz, aunque se dedique a números, tenía una inclinación artística: estuvo en teatro en el colegio, en la universidad, “siempre tuve una veta, encontré dónde canalizarla”, explica. Pasó a animar bingos en colegios. Y en la primera fonda grande que hubo en Ñuñoa post pandemia, Friz armó un puesto de bingo. “En tres días hice treinta bingos. Ahí ya apareció el personaje, pero sin traje”, dice. “Con lo que gané ahí quise invertir: tenía visualizado el personaje, con esta onda más retro, vintage medio imaginario. Con la música que uso, que es la música que me gusta a mí. Compré el traje y una tómbola buena”.

Aparecieron empresas llamándolo para animar eventos internos y fue haciendo uno de esos en Requínoa, que quien lo acompañaba empezó a colarle la música de manera más protagónica. “Me puso Juan Gabriel y me puse a bailar. Empezó a torearme. Y ahí la música y el asistente se volvieron fundamentales: lee al público y lo va prendiendo y me prende a mí”, explica.

Bingo es cultura

Con ese formato estuvo animando bingos una vez al mes en el bar El Retiro de Bellavista y saltó luego a Barra de Pickles, en noviembre pasado, con el éxito instantáneo. “Van familias, amigos, la gente a veces baila, todo muy transversal. Es como un rito de los viernes”.

Friz dice que su doble militancia hace que esos días sean un poco caóticos para él, entre muchas reuniones de su trabajo de día, correr a la casa a buscar la tómbola y el traje, y llegar a animar. “El año pasado hice un bingo y estaba tan cansado, que se me confundían las pelotitas y el público me empezó a decir ‘bingo Joe Biden’, por lo errático”, dice y se ríe, “por lo que igual terminó todo siendo chistoso”. A veces lo acompaña su mujer y sus hijas; la menor cuando ya tiene sueño y no gana premio, se queja de que su papá es “el peor maestro del bingo”.

El bingo de Barra de pickles es un rito alegre: se compran los cartones, pasa una garzona con pequeños sellos de colores para marcar los números y mientras va avanzando la tómbola, aumentan gritos, aplausos, competencia. Todos los presentes parecieran volver a ser niños. ¿Qué tiene el bingo que prende tan bien?

Foto: Andrés Sáez/Barra de Pickles

Manuela Iribarren tiene su teoría: “Hay muchas cosas culturales chilenas que están solapadas, que los locales comerciales santiaguinos ni se les ocurre, pero existen y están. Mas que un carrete queríamos que esto fuera un espacio cultural, familiar, de barrio. Un panorama, reivindicando lo chileno de los juegos. A la gente encanta”.

Friz ve que el entusiasmo por el bingo tiene que ver por la ilusión de poder ganar y de que todos pueden participar. “Siento que tiene demasiado por crecer el bingo todavía en términos culturales”, piensa, y agrega: “ Me encanta esto, es parte de mí el Maestro del bingo, me gusta lo que se está creando, me gusta el bingo y el lugar que yo ocupo en el bingo”.

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