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5 de Abril de 2025El regreso de María Izquierdo al cine y la TV: “Me volví a enamorar de la cámara”
La actriz y directora vuelve a las tablas con tres montajes y alista también su regreso a la pantalla: será parte de "Biobío", la serie de Fábula y Netflix basada en el caso Matute Johns, y protagoniza la película "Latir", que filmó en el verano con dos costillas rotas. Aquí habla del nuevo impulso en su carrera y del reencuentro con los sets de grabación. Defiende al gobierno de Boric y no cree que la derecha triunfe en las elecciones de noviembre, aunque reconoce: “Tengo el trauma del Rechazo; aún pesa”. También reflexiona sobre las denuncias de abuso que han impactado el medio artístico, incluida la que recayó en su expareja, el actor Willy Semler, que luego fue desestimada, y de su larga ausencia de las teleseries: desde 2011 que no la llaman para un papel. "Tendrías que preguntarles a ellos por qué no lo han hecho", dice.
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Una semana antes de iniciar el rodaje de Latir —la película que marcará su regreso a la pantalla grande, en un rol protagónico, después de La memoria incendiaria (2021)—, María Izquierdo tuvo un accidente en el patio de su casa que la dejó con dos costillas rotas.
“Fue un descuido estúpido. Me aceleré y terminé cayéndome y sacándome la cresta”, cuenta ahora entre risas y cada vez menos adolorida en un café al aire libre en la Comunidad Ecológica de Peñalolén, donde vive hace 35 años.
Lejos de seguir las recomendaciones de reposo absoluto, decidió seguir adelante: “La productora me dio la opción de bajarme y dije: ni cagando, yo la hago igual”, relata.
“Me dolía respirar, me dolía moverme, me dolía hasta el pelo, pero estaba feliz actuando y se me olvidaba. El dolor físico no se manifestaba en mis emociones. Era como si, al actuar, me metiera en otro carril donde todo eso quedaba fuera, pero terminaba las tomas y volvía el dolor”.
Filmada en enero de este año en Concón, Latir –primer largometraje del realizador chileno Patricio Loutit– cuenta la historia de un exprofesor universitario, interpretado por Rodolfo Pulgar, cuya vida cambia radicalmente al tomar un taller de percusión corporal impartido por una antigua alumna suya (Francisca Gavilán). Izquierdo interpreta a la esposa del protagonista, quien padece un cáncer terminal.
“Leí el guion, me encantó y acepté sin pensarlo mucho”, cuenta la intérprete de 64 años. Su personaje pasaba la mayor parte del tiempo en cama, pero así y todo el rodaje le pasó la cuenta: “No consideré que igual había que acostarse en la noche, tomar desayuno, subir y bajar escaleras, trasladarse en auto. Todo eso dolía”, recuerda.
Volver al ruedo la abstrajo. Adrenalina pura: “Era un dolor, chao; el resto era puro goce”, asegura.
“Llevaba harto tiempo sin actuar, y siento que me volví a enamorar de la cámara. Me volví a enamorar del cine. Y también de la patota, de esa convivencia rica que se arma en los rodajes, con los equipos, con los actores, con la producción. Me embalé. ¡Quién lo diría a estas alturas!”.

Su postergado reencuentro con las producciones audiovisuales, en realidad, se había materializado poco antes de eso. Entre septiembre y diciembre del año pasado, María Izquierdo participó en el rodaje de Biobío, la serie de Netflix producida por Fábula e inspirada en la desaparición de Jorge Matute Johns, ocurrida el 20 de noviembre de 1999 en la discoteque “La Cucaracha”, de Concepción.
Dirigida por Fernando Guzzoni y María José San Martín, fue grabada entre Santiago y la capital del Biobío, y cuenta con un elenco encabezado por Paulina García —en el rol de la madre—, Clemente Rodríguez como protagonista, y Alfredo Castro en un papel que aún se desconoce.
La producción —cuyo título era otro misterio, y que aún no tiene fecha de estreno— ha generado controversia desde su anuncio debido al rechazo público de la familia, que acusa no haber autorizado el proyecto.
“En la versión final ya no se usan los apellidos reales. La historia está inspirada en el caso, pero no los nombra. Es una ficción. Una reflexión sobre cómo las instituciones no estuvieron a la altura”, explica María Izquierdo, quien interpreta a una jueza poco diligente que lideró la investigación en los primeros años.
“La serie habla del fracaso de las instituciones, y mi personaje es uno de esos eslabones. Ella fue la primera magistrada que tomó el caso y no se comprometió demasiado con la investigación. No hizo la pega. Hay una responsabilidad ahí que se representa, y que a la vez va develando las demás fallas del sistema”, señala.
María Izquierdo debutó en el cine hace casi cuatro décadas, con Imagen latente (1987), película dirigida por Pablo Perelman que abordó la búsqueda de los detenidos desaparecidos durante la dictadura de Pinochet y en los descuentos del régimen.
En los siguientes años, participó en algunos de los filmes emblemáticos de la época, como Historias de fútbol (1997) y La fiebre del loco (2001), de Andrés Wood, además de la exitosa comedia Sexo con amor (2003), dirigida por Boris Quercia, en la que estelarizó una memorable escena en el ginecólogo.
Volver de lleno al set después de algunos años, le recordó eso que creía extraviado: el gusto por actuar frente a cámara. “Quedé feliz. Cuando terminaron las grabaciones, yo decía: ¿Y ahora qué viene? ¡Quiero seguir!”, cuenta. No pasó mucho tiempo antes de que la llamaran para grabar Latir.
María Izquierdo también dejó su huella en la televisión de fines de los 90, cuando participó en teleseries de Canal 13 como Marparaíso y Cerro Alegre, donde interpretó a mujeres de clase alta con un toque de ironía. Pero fue en la serie Los Cárcamo donde desplegó una de sus facetas favoritas: el humor. Su última aparición en la pantalla chica fue en Témpano, de TVN, en 2011. No volvieron a llamarla. No se lo explica: “Tendrías que preguntarles a ellos por qué no lo han hecho”, dice.
Desde entonces, la actriz se volcó por completo al teatro, su hábitat natural, dice, y, más esporádicamente, al cine.
—¿Echa de menos la televisión?
–Echo de menos la patota. Eso de verse todos los días, como una familia que se arma. También echo de menos hacer reír. Eso era lo que más me gustaba hacer en televisión. Te diría que eso es lo que más echo de menos: hacer humor. Un poquito. Siento que aporta un granito de arena entre tanta noticia negativa y tanta tragedia de las que nos enteramos a diario.
—¿Y las teleseries? ¿Las ve?
—Muy pocas, poquísimas, pero a veces las veo por mis compañeras y compañeros. Como te digo, un poco por esa nostalgia del grupete. A muchas de esas personas las quiero y no las veo nunca. Quizás porque yo también soy así, y porque vivo aquí, un poco lejos de todo, y me fascina.
María Izquierdo: “Siempre he sido habitante de la periferia”
A comienzos de los noventa, cuando María Izquierdo llegó a vivir a la Comunidad Ecológica de Peñalolén, en la precordillera de Santiago, no había luz ni agua ni teléfono. Solo un camino de tierra y una red dispersa de vecinos que, como ella, buscaban otra forma de habitar la ciudad justo cuando ésta empezaba a desbordarse.
“Era la única posibilidad que tenía uno de intentar tener algo propio, una tierrita, hacerse una cabañita”, recuerda la actriz, sentada siempre en el mismo café, ubicado a solo unos cuantos metros de su casa y junto una antigua micro abandonada que muy pronto se convertirá en un comedor más del local. Contra todo pronóstico, el lugar ha empezado a llenarse, y vecinos y colegas actores se acercan a saludarla.
“Me gusta mucho aquí porque sigue siendo un lugar distinto. En ese entonces, había muy poquita gente. Era silencioso, libre. Y tenía esa cosa periférica que a mí siempre me ha identificado. Yo siempre he sido habitante de la periferia”, dice María Izquierdo.

Por esos años, la intérprete estaba casada con el actor Willy Semler, con quien tuvo a sus dos hijos, quienes crecieron entre camarines, salas de teatro e improvisados escenarios montados en plazas y parques. Hoy, ambos son músicos. En paralelo a sus trabajos en cine y televisión, la pareja formaba también parte del Gran Circo Teatro dirigido por Andrés Pérez, una de las compañías más influyentes de los años de la transición democrática en Chile.
Allí, María Izquierdo dio vida durante años a la Japonesita en La Negra Ester, de Roberto Parra, un clásico del teatro local. La popular obra es montada hasta hoy bajo la dirección de Rosa Ramírez, actual directora de la agrupación, y en memoria del multifacético actor y director fallecido en 2002, a quien la intérprete considera aún su maestro.
El elenco original del montaje –que también integraban Semler, Boris Quercia y Ximena Rivas, entre otros– no volvió a reunirse desde ese mismo año, cuando ofrecieron una última función solidaria para ayudar a costear los gastos médicos del histórico líder de la compañía, quien estaba gravemente afectado por las complicaciones del sida. “Andrés estaba hospitalizado. Ya estaba muy mal. Lo hicimos por él”, recuerda María Izquierdo.
“¿Que si me dolió no seguir haciendo La Negra Ester? No, la verdad no me duele”, retoma. “La hice por siete años. Mis dos hijos nacieron en plena época de La Negra: ensayé embarazada, actué con la guata gigante, después daba pecho entre bambalinas… Mi vida personal estuvo entremezclada con esa obra. Me dejó mil regalos y me encanta que se haga y que el público pueda seguir viéndola, porque es parte de nuestro patrimonio cultural. Yo la llevo en el corazón, pero no tengo necesidad de estar ahí de nuevo. Una ya hizo lo que tenía que hacer”.
—¿Qué enseñanza le dejó Andrés Pérez?
—Andrés fue mi escuela absoluta. Trabajar con él –aparte de quererlo a morir– era exigente y mágico a la vez. Tenía un liderazgo tan potente, tan inspirador, que uno tenía que estar a la altura nomás. Él buscaba la verdad sobre el escenario. Decía: no fabriquen. Nada de artificios. Al hueso. Nos entrenaba para ser el personaje, no para representarlo. En improvisaciones, él detectaba al tiro qué era honesto y qué no, e iba sacando lo falso. Imagínate lo que era tener esa escuela. Para mí fue fundacional.
Yo venía de la Universidad de Chile en dictadura, donde no nos enseñaban a Stanislavski porque era ruso, ¡mira lo ridículo! Todo era Shakespeare y teatro gringo. Con Andrés conocí el teatro popular, de calle, con contenido social pero también poético. Cuando montamos Alicia o las maravillas en la sala del Ictus ensayamos durante siete meses, hoy nadie podría dedicar tanto tiempo. Nosotros éramos felices, fanáticos, militantes de la belleza, como decía él. Andrés nunca aflojó esa militancia.
—¿Encarna alguien hoy en día esa ética, ese modo de hacer, según usted?
–Pienso en Jaime Lorca, a quien le quitaron el Anfiteatro Bellas Artes, donde tenía una sala hermosa, exitosa, y a puro pulso. Es lo mismo que le pasó a Andrés cuando le quitaron los galpones de Matucana. Jaime ha seguido haciendo teatro con una poética coherente, con profundidad, con humor, con humanidad. Siempre ha trabajado desde ahí, con esa precariedad asumida. Para mí, él comparte absolutamente esa manera de pensar el teatro desde los márgenes que Andrés tenía.
—¿Y usted, comparte aún esa visión?
–Yo, con los años, me puse medio cómoda (ríe). Soy una burguesa que lleva esa militancia en el corazón y la ejerce de vez en cuando. Ya no ando haciendo teatro callejero ni levantando galpones a pulso como en los 80, es verdad. Pero ojo, que cuando dirijo me repito a mí misma las lecciones de Andrés: acción, emoción, verdad. Esos eran sus principios, y yo los tengo tatuados, siempre conmigo.
Multiplicada en escena
Pudo borrarse de la pantalla, pero María Izquierdo nunca se ha bajado de los escenarios. Permanecer sobre las tablas a lo largo del tiempo ha sido, dice, una forma de resistencia y un regalo que agradece: “El teatro es lo mío, es mi hábitat”.
Prueba de ello es su recargado regreso a la cartelera con tres montajes a partir de este domingo 6, en la Feria del Libro de Vitacura, donde presentará Papelucho, casi caaasi huérfano, obra familiar basada en el clásico de Marcela Paz, que ella misma adaptó. El montaje fue estrenado en 2022 junto a su compañía Teatro del Canto, agrupación que este año celebra su primera década, y que integra junto a Antonia Santa María, Elvira López, Cristián Molina y Mario Avillo.

“Es una obra exquisita de hacer. Muy liviana, muy linda, con muchas risas y reflexiones”, dice la actriz y directora. “A niños y adultos les gusta mucho, y a nosotros nos fascina hacerla porque es como una pieza redondita”.
Seguirá con una nueva temporada de La historia de la gaviota y el gato que le enseñó a volar, adaptación de la novela de Luis Sepúlveda también a cargo de Izquierdo y su compañía. El montaje se ha convertido en la sandía calada del grupo, con presentaciones en distintas ciudades del país, y durante abril y mayo volverá con nuevas funciones al Teatro UC los fines de semana.
“Ese montaje es como nuestro hijo regalón”, dice la intérprete, para quien el proyecto posee también un componente emocional tras la repentina muerte del escritor chileno radicado en España, quien falleció por Covid-19 en 2020. Izquierdo aún lamenta su pérdida: “Recuerdo que estábamos en plena función cuando supimos que estaba hospitalizado. Y cuando murió la verdad, fue una mierda, muy triste”, dice.
María Izquierdo conoció al autor en 2013, durante una lectura dramatizada del texto en Puerto de Ideas, en Valparaíso: “Nos subimos a escena muertos de susto porque sabíamos que él iba a estar ahí”, cuenta. “Después se me acercó y me dijo que era lo más intenso que había visto a partir de una novela suya. Intenso, esa fue la palabra que usó”.
Tiempo después, Sepúlveda le envió una carta donde le cedía los derechos de la novela. La actriz aún la conserva. “Nos autorizó para que hiciéramos lo que quisiéramos y cuando quisiéramos con ella. Fue muy generoso”.
María Izquierdo volverá también a compartir escena con el elenco original de Amores de Cantina, la tragicomedia musical escrita por Juan Radrigán y dirigida por Mariana Muñoz, como parte de la celebración por los 15 años del GAM. El montaje vuelve a cartelera entre el 22 de mayo y el 8 de junio.

Estrenada en 2010, la obra fue uno de los últimos grandes títulos estrenados en vida por Radrigán —el más importante dramaturgo chileno de las clases excluidas y Premio Nacional, fallecido en 2016— y ha tenido una larga ruta internacional, por países como Estados Unidos, Suiza y España, y presentaciones en varias ciudades de Chile. Con estructura de coro griego y canciones originales compuestas por Ángel Parra Orrego, la obra entrelaza humor, dolor y la poesía de Radrigán en una cantina de personajes rotos y habitados por el fracaso, la esperanza y la ternura.
“Esta obra ya es un clásico reciente. Nos define mucho. Es triste, cómica, cruda y está escrita en verso y con una belleza tremenda. Hay un alma chilena representada ahí, que a la vez es un retrato de la humanidad; es universal”, dice Izquierdo sobre el montaje, cuyo elenco completan Iván Álvarez de Araya y Claudia Cabezas, entre otros. Agrega: “A mí me encantan los elencos originales. Es importante sostener el equipo todo lo posible, porque en la siembra hay mucho compromiso e intimidad”.
“Los abusos existieron siempre”
Cuando la pandemia detuvo la actividad teatral en seco, María Izquierdo, como tantos otros artistas, se encontró por primera vez sin escenario. El teatro virtual no fue una opción. “Fatal. No me pude adaptar a la pantalla, para nada. El teatro por Zoom nunca fue teatro”, sentencia la intérprete.
María Izquierdo cuenta que intentó mantenerse activa con lo mínimo: algo de escritura, proyectos en pausa, un par de reuniones que nunca cuajaron. La inercia de las pantallas la desmotivaba por completo y lo único que logró concretar durante ese periodo fue esa versión sonora de Buchettino, inspirada en el cuento clásico de los hermanos Grimm.
Mientras varios de sus colegas sorteaban como podían el apagón de la actividad cultural, Izquierdo reconoce que su situación fue distinta. “No me puedo quejar. Como te decía antes: soy una persona muy privilegiada. Vivir acá me permitió salir a caminar, ver verde, pisar tierra… También me bajoneé harto”, confiesa. “Pero, dentro de todo, no la sufrí como otros. Tenía mi espacio, mi huertita, ahorros”.
—¿Y qué hizo con ese tiempo detenido?
—Me dediqué a hacer canciones en mi pieza –dice antes de largarse a reír–. Inventé miles de canciones que nadie va a escuchar jamás. Me salía una al día, como un ejercicio. Nunca las grabé. Eran más bien una terapia. No eran para nadie.
Me sentí tan agradecida de vivir acá y de tener un colchoncito, entonces traté de ayudar en lo que podía, más que de lamentarme. Desde acá organizábamos redes, apoyos, lo que fuera necesario. En vez de quedar paralizada, puse manos a la obra.
A la pandemia le siguió otro momento aún más difícil de enfrentar en lo personal. En 2023, su expareja y padre de sus dos hijos, el actor Willy Semler –con quien estuvo casada entre 1984 y 2003–, fue denunciado ante la Fiscalía Metropolitana Centro Norte por presuntos actos de violencia física, psicológica y sexual. La causa fue investigada por meses y finalmente desestimada por el Ministerio Público, al no encontrarse antecedentes para acreditar los hechos.
María Izquierdo nunca habló públicamente del tema, hasta ahora. A la luz de otros casos en los que también se han denunciado abusos dentro del medio actoral, accede a abordarlo desde una mirada más amplia: “Es un tema bien doloroso. Y difícil, porque uno puede opinar y salir trasquilada de un lado u otro”, dice.
“Los abusos existieron siempre. En mi generación universitaria pasaron cosas muy terribles, que en esa época no sabíamos ni cómo manejar. Había un silencio cómplice de la sociedad en general. Hoy ese silencio se rompió, y me parece bien, pese a todo el dolor que ha traído. Los tiempos están cambiando para bien, aunque muchas familias estén viviendo pesadillas como parte de esa transición”, define.
“Es lamentable por toda la gente que se ha visto involucrada, porque muchas veces las denuncias no terminan en nada concreto. Tampoco hay sanción judicial, quedan en el aire. Pero, ¿sabes? Insisto en que esto forma parte de un cambio positivo. Se están cayendo los velos. Está quedando clarito que no se pueden tolerar más ciertas conductas. No se puede volver atrás en estos temas. Ya no”, agrega.

“No me entra en la cabeza que la derecha gane”
No da entrevistas con frecuencia. Reacia a hablar de temas personales o a hacer eco de las polémicas del medio, María Izquierdo prefiere, por ejemplo, pasar por alto y no referirse a las críticas que varios de sus colegas actores han dirigido hacia la gestión del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.
Sí pone sobre la mesa su postura al respecto: “Lo primero que diré es que apoyo totalmente al gobierno del Presidente Boric. De verdad. Los respeto y agradezco, porque les ha tocado ‘bailar con la fea’. Lo que han logrado, con todo en contra, es admirable”, opina la intérprete.
“Es tan fácil criticar. Yo escucho cada comentario mala leche, que me da rabia y encuentro injusto cómo los tratan. Sé que han intentado impulsar cambios importantísimos. Y claro, muchos no resultaron, pero no por culpa de ellos solos. Así que, yo me banco y apaño completamente al gobierno”.
—Habrá elecciones presidenciales en noviembre. ¿Cómo ve ese escenario, hasta ahora liderado por candidatos de derecha?
—Lo que viene pinta bien feo. Te soy sincera: tengo miedo, pero a la vez no quiero creerlo del todo. Me pasó para el plebiscito de la primera propuesta constitucional: yo no creía que iba a ganar el Rechazo… y ¡pum!, ganaron los malos (ríe). Quedé con el trauma del Rechazo; aún pesa. Entonces, ahora todos dicen que va a arrasar la ultraderecha. Y yo, yo no me la creo. No quiero creer que Chile va a elegir a esa gente. Si llegara a pasar, habrá que ver cómo nos protegemos, porque sería terrible.
—Pero entonces, está en una suerte de negación…
—Es que no me calza. No me entra en la cabeza que la derecha gane. No somos tan huevones, creo, ¿o sí? Yo confío en que algo de sentido común nos queda. Además, ¿qué van a hacer con todo ese poder? ¿Van a salir con locuras tipo Trump? ¿Van a negar el cambio climático, decir que en dos meses seremos potencia mundial? ¿Van a eliminar el Ministerio de la Mujer, como dijo Kaiser? Es ridículo.
Lamentablemente, ya pasó en EE.UU., pasó en Argentina: llegó la derecha y los resultados están a la vista. Pero, también vi pasar lo contrario en México y en Brasil, donde la derecha no fue reelegida porque nadie la toleró. Entonces, quiero pensar que en Chile no vamos a comprarles el cuento a los iluminados estos. Quizá yo soy la ingenua, pero prefiero eso a instalarme en la desesperanza.


