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Un funeral postergado por casi treinta años: el tardío adiós de Isabel y Eduardo, las víctimas desconocidas de Hugo Bustamante

El sábado 29 de marzo, los familiares de Isabel Hinojosa y Eduardo Páez realizaron la misa fúnebre de las víctimas de 1996 de Hugo Bustamante, quien en 2020 -mientras gozaba de libertad condicional por el doble homicidio de la parvularía Verónica Vásquez y su hijo Quenito- asesinó a la adolescente Ámbar Cornejo. Los restos de Isabel y Eduardo fueron recuperados el 7 de junio del año pasado desde la casa de Bustamante en Covadonga 641, luego de que el psicópata le revelara estos crímenes desconocidos a la periodista Ivonne Toro durante las entrevistas para la investigación del libro La niña Ámbar.

Por Ivonne Toro 6 de Abril de 2025
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic
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—Me cuesta respirar.

Los pasos firmes de Mari por calle Orella, en Valparaíso, se transformaron en un andar vacilante, hasta que se detuvo por completo, se apoyó en su hija, Bárbara, y le describió, agitada, un dolor punzante en el pecho.

—Me cuesta respirar—, repitió, y soltó un quejido profundo. Como el estruendo que precede a un terremoto, ese sonido anticipó un llanto tan intenso que Bárbara temió que su madre -una mujer menuda, de casi 65 años que rehúye cualquier signo de fragilidad- no pudiera mantenerse en pie y se estrellara en el suelo entre los autos estacionados frente al Servicio Médico Legal (SML).

“Nunca la había visto llorar así. No podía parar”, me contó Bárbara la tarde del pasado viernes 21 de marzo.  Horas antes, habían firmado frente al director regional del SML, Marcos Faundes Pinto, los papeles que certificaban que esa jornada una funeraria retiraría los restos de su abuela, Isabel Hinojosa, y su tío, Eduardo Páez asesinados en 1996 por el psicópata Hugo Bustamante Pérez.

Durante ocho meses los vestigios de sus familiares -recuperados el 7 de junio de 2024- habían sido sometidos a distintas pericias para corroborar científicamente sus identidades y causas de muerte. Fue un trabajo especialmente difícil, les explicó Faundes, por el deterioro de las osamentas que permanecieron casi treinta años ocultas en un antiguo pozo séptico en calle Covadonga 641, en el sector de Peñablanca en Villa Alemana, a pocos metros de donde el 29 de julio de 2020 Bustamante violó, asesinó y descuartizó a la adolescente Ámbar Cornejo Llanos.

Hugo Bustamante, a quien entrevisté en seis ocasiones en la Cárcel de Rancagua durante la investigación para mi libro “La niña Ámbar”, me “regaló” en agosto de 2023, durante nuestro tercer encuentro, los nombres de Isabel y Eduardo como una respuesta tardía, estudiada por semanas, a mi pregunta de si antes de los homicidios de 2005 de la parvularia Verónica Vásquez Puebla y su hijo Quenito, ya había arrebatado otras vidas.

Lo de Hugo Bustamante una confesión incompleta, inexacta, de la que se arrepintió más de una vez. Me llevó casi un año constatar que tras esos nombres existía una historia donde la justicia se había asomado con desidia y un duelo inconcluso.

Cuando Mari vio por las ventanas de la carroza que trasladaba los cuerpos de su mamá y su hermano para cremarlos, apenas dos cajas pequeñas, constató lo poco que quedaba de quienes amó. Era un alivio tener certezas sobre su final, pero aún sintió que un objeto filoso se le había incrustado en el pecho.

***

Conocí a Mari el sábado 20 de enero de 2024 en el terminal de buses de Valparaíso.

En ese entonces, ya llevaba cinco meses hablando de forma intermitente con una de sus hijas, Angie, y acudiendo con regularidad al juzgado de letras de Villa Alemana, donde se encuentran los archivos del antiguo juzgado del crimen, a revisar obsesivamente libros de antaño escritos a mano donde esperaba encontrar alguna pista que me permitiera acorralar a Bustamante y, con suerte, convencerlo de decirme dónde estaban los cuerpos de sus víctimas desconocidas.

Sin embargo, entre el 4 de agosto de 2023, en que Hugo Bustamante mencionó por vez primera a Isabel y Eduardo, y fines de ese año no conseguí dar con ningún otro dato que lo ligara directamente con “las personas que desaparecieron” (así los llamó en un escrito que me entregó). Sólo corroboré que desde hacía demasiados años no existía rastro alguno de ellos y que un familiar lejano recordaba que Eduardo estuvo preso. Bustamante desde los 22 años salió y entró de la cárcel. El crimen de Ámbar lo cometió cuando gozaba de libertad condicional luego de haber cumplido sólo once de los 27 años a los que fue condenado por el doble homicidio de 2005. Era probable que en sus primeros pasos en prisión hubiera coincidido con Páez. Descarté eso con rapidez: Eduardo, según los registros oficiales de Gendarmería, jamás había estado en un recinto penitenciario y no tenía antecedentes penales.

Cuando me reuní con Mari, en un café cerca del Congreso Nacional, ella estaba al tanto del trabajo que estaba desarrollando. Temí que sus expectativas chocaran con la realidad de las paupérrimas respuestas que le podía dar. Escuchó con paciencia lo poco que le tenía que decir y apostó porque la suerte de ambas podría cambiar. Me insistió en que, con o sin papeles para probarlo, debía creerle: su hermano, Eduardo, sí cumplió condena a inicios los 90 -por delitos que prefería no mencionar-, en la cárcel de Limache. Bustamante, constaba en su expediente, estuvo preso allí en aquel periodo. En esas circunstancias, se hicieron amigos. Ella lo sabía porque visitaba a Eduardo y conoció a Hugo Bustamante.

A mediados de esa década, los dos estaban en libertad y una tarde ese hombre acudió a la casa de su mamá en Troncos Viejos -en la misma población en Villa Alemana donde Bustamante ocultó en 2005 los cuerpos de Verónica y Quenito-con la excusa de ayudarla porque Eduardo estaba secuestrado. Mari no vivía con Isabel pero ella la había llamado y estaba allí cuando su mamá se marchó confiada con Bustamante porque era un amigo de confianza. Nunca la volvió a ver. Marí, me dijo, realizó trámites en Carabineros para denunciar lo extraño de la situación. No tenía cómo demostrarlo, no recordaba la fecha en que lo había hecho. Tal vez existía en alguna referencia en los registros de Villa Alemana que yo aún no revisaba.

No obtuvo en ese momento respuesta alguna de los organismos estatales y olvidó con los años los datos de Hugo Bustamante hasta que por casualidad lo volvió a ver en televisión. En la cobertura por el femicidio de Ámbar en 2020, un reportaje mostró imágenes de su detención de 2005. Lo reconoció y se lo dijo a sus hijos que no le creyeron.

***

Bárbara, la hija mayor de Mari, era una adolescente cuando su tío y su abuela desaparecieron. Isabel tenía 55 años y Eduardo, 26 y eran muy amigos. Recordaba con exactitud las fechas de las desapariciones.

Gracias a eso, se hizo menos complejo avanzar. El 26 de enero de 2024 di con la causa por presunta desgracia interpuesta por la desaparición de Isabel y Eduardo y con una escuálida carpeta de investigación de 40 páginas con los testimonios de Mari, de una tía materna de ella y de Hugo Bustamante. Él ratificó en esa indagatoria su rol en el supuesto secuestro y contó una historia inverosímil sobre hombres armados vestidos con ternos negros que lo habían amenazado al saber que estaba ayudando a Eduardo quien tenía un lío de drogas. Reconoció que Eduardo e Isabel habían estado entre el 22 y el 23 de junio de 1996 en su casa, pero dijo que se habían marchado, seguramente huyendo de sus captores. Con su versión, el caso se cerró. Desde 1992, el expediente de Bustamante en Gendarmería tenía su diagnóstico: “personalidad psicopática antisocial (desalmado)”. Al parecer, eso no fue relevante para cuestionarlo.

Cuatro días después encontrar este archivo, confronté por última vez a Hugo Bustamante. Llevé impresas una fotografía de Isabel, otra de Eduardo y su testimonio. Sobre este último, escribí con un plumón rojo su dirección y le insistí en que por su patrón de conducta de siempre procurar estar cerca de sus víctimas yo creía que ellos nunca salieron de Covadonga 641. En aquella ocasión, se negó a confirmar mis sospechas.

En la investigación periodística aún quedaba por resolver una inconsistencia importante: el paso de Eduardo por la Cárcel de Limache. Entre los meses de febrero y mayo de 2024, busqué zanjar esa incongruencia. Logré dar con un legajo que contenía la prueba de que fue sometido a proceso y condenado. La causa contenía un secreto que Mari tenía decidido no revelar ni siquiera a sus hijos. Eduardo había violado a dos niños de 6 y 7 años.

***

Cuando Bárbara supo lo que había hecho su tío, le costó creerlo. Esa no era la persona que ella conoció y quiso. Y si lo era, entonces nunca lo había conocido. Como fuera, necesitaba saber qué le había pasado y contarle al resto de la familia.

Nos dimos un plazo que no pudimos cumplir. Todo se precipitó el 4 de junio de 2024 cuando un oficial de Gendarmería de la Cárcel de Rancagua me contactó por WhatsApp por “el tema de Bustamante”: “Me dijo que te había confesado que había matado a dos personas más”, escribió. Bustamante había admitido que los cuerpos estaban donde yo creía. El 6 de ese mes, se hizo la denuncia interna y en el Ministerio Público.

Hugo Bustamante declaró que Eduardo había acudido a su casa para arreglar un problema de dinero, que discutieron y lo golpeó una y otra vez con un “diablito” en la cabeza. Después fue a buscar a Isabel, la convenció de que su hijo estaba en problemas y debía acompañarlo. Ya en la ampliación que ocupaba Bustamante atrás de la construcción de su mamá en Peñablanca, Isabel intuyó que algo no estaba bien. Intentó agredirlo con unas tijeras que encontró en el lugar y él la asfixió. Esa noche, Bustamante durmió con ambos cadáveres. El de Eduardo lo había escondido bajo su cama; el de Isabel, lo acomodó a su lado. Al día siguiente, los arrojó al pozo séptico que usaban y lo clausuró. “Del lugar donde enterré a Ámbar no fueron más de tres metros, y de profundidad deben ser aproximadamente dos metros y medio”, sostuvo.

Al día siguiente del testimonio, el fiscal de Villa Alemana, Osvaldo Basso, ordenó realizar una excavación en el sitio señalado: fueron encontrados los restos de un hombre y una mujer. Eran las osamentas que Mari y su hija recibieron hace algunas semanas.

En los certificados de defunción que fueron emitidos a fines de febrero, se fija como fecha de muerte de Isabel y Eduardo el 27 junio de 1996. Corresponde al día en que Mari y una de sus tías descubrieron que la casa de Isabel estaba vacía e iniciaron los primeros trámites para encontrar a sus familiares sin éxito alguno. Se consigna también que él falleció por traumatismo cráneo encefálico por golpe con objeto contundente y ella por asfixia mecánica por compresión cervical externa. Sus muertes están calificadas como homicidios:

El 3 de marzo de este año, el fiscal Basso informó que los homicidios serían indagados por el antiguo sistema de justicia. El caso quedó a cargo de jueza Javiera Opazo Vaccaro.

El penalista, Carlos Cortés, quien asumió la representación de Mari y Bárbara explica que interpuso una querella por homicidio calificado reiterado en contra de Bustamante ante el Juzgado de letras de Villa Alemana: “Ahora se debe tomar declaración indagatoria al querellado y procesarlo, ya que se encuentra confeso. Posteriormente se cerrará sumario, acusará y condenará. Esperamos una pena de a lo menos veinte años de cárcel efectiva. En lo personal, es sorprendente y emocionante acompañar a una familia que ha sufrido por tanto tiempo y que hoy ha recuperado el cuerpo de sus familiares para darles una sepultura cristiana”.

***

Habían huido juntos. Ese fue el mito que se instaló en la familia de Isabel y Eduardo cuando los días sin ellos se transformaron en años.

Quizá lo intempestiva de la marcha se relacionaba con los problemas judiciales de él y por eso no habían podido hacer el camino de regreso.

Víctoria, una de las hermanas de Isabel, me lo contó el sábado 29 de marzo, en la Parroquia San Vicente de Paul en Valparaíso, cerca de la Universidad de Playa Ancha.

—Pensábamos que estaban viviendo en Argentina, que estaban bien.

La verdad era diferente, más terrible y oscura, pero aún así, dijo era preferible porque podía, al fin, despedirse. Eso fue lo que ocurrió el sábado que recién pasó: un adiós tardío para Isabel y Eduardo al que llegaron cerca treinta personas.

A las 12.30 horas el sacerdote Carlos de la Rivera inició la predica de una misa fúnebre postergada por casi tres décadas. Intentó explicar el misterio del mal y la esperanza de un reencuentro en otra vida.

Luego, ofreció el estrado a la familia.

Bárbara había preparado un escrito, pero estaba demasiado conmocionada y me pidió que yo lo leyera. Lo hice. Hablaba de las cosas donde a veces hoy todavía puede encontrar a su abuela y a su tío. De la comida y la risa de su Yaya; de la amistad que la unía con Eduardo. Y de la incertidumbre que se prolongó por tanto tiempo: “Mi mamá los buscó con amor y porfía. Y protegió, como pudo, el recuerdo que nosotros teníamos. Hay en eso una profunda compasión que yo abrazo sin juzgar”.

Una hermana paterna de Eduardo se refirió a cómo era él de niño -risueño, amable- y una sobrina de Isabel relató cómo al abrazarla se impregnaba en su perfume.

Ya fuera de la iglesia, cuando el responso había terminado, la familia compartió anécdotas alegres, memorias de cumpleaños y comidas donde sobraba cariño y sazón.

Isabel y Eduardo se quedaron para los suyos detenidos en los 90: ella escuchando música, muy arreglada, con los labios pintados de rojo; él, muy apegado a su mamá, como en la fotografía que se ubicó entre las ánforas bajo el altar. En la imagen, ella está sentada y el de pie, con una mano sobre su hombro. Miran directo a la cámara. Están serios, pero tranquilos, juntos, como siempre. 

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