El deteriorado presente del Cementerio General de Santiago: robo de objetos valiosos, destrucción de mausoleos y personas instaladas en rucos
El primer camposanto de Chile atraviesa tiempos de lamento. El lugar de las más de dos millones de personas enterradas, distribuidas en 86 hectáreas, ha sido víctima de constantes robos a objetos patrimoniales, como manijas de bronce o esculturas. También, los rayados con consignas ideológicas ha sido un problema anual, y la presencia de personas en situación de calle que entran al cementerio a pasar la noche ha ido en aumento, como también los rucos que se han instalado por los muros colindantes y las respectivas entradas. Las drogas, los papelillos de pasta base, el alcohol barato, los asaltos, las altas tasas de gente durmiendo en las veredas y la agresividad de estos ha aumentado la inseguridad de los visitantes y sus funcionarios. Según José Pacheco, inspector general del establecimiento, esta es una situación que ha ido creciendo con los años, donde cada semana tienen que sacar entre diez a quince personas.
Sigue a The Clinic en Google News Por Juan Oportot Campillay 5 de Abril de 2025
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Como todos los días, Héctor Soto (56) llega a las 07:45 de la mañana al Cementerio General de Santiago. A las 86 hectáreas que componen el camposanto más antiguo del país las conoce como la palma de su mano. Héctor pertenece a la cuarta generación de una familia que ha dedicado su vida a trabajar en el cementerio. Su primer trabajó comenzó a sus seis años ayudando a su padre, quien era sepulturero.
Pese a que lleva cincuenta años transitando el cementerio, Héctor no ha trabajado toda su vida en el mismo lugar. Ingeniero constructor de profesión, las peripecias de la existencia, las deudas y las malas decisiones le hicieron volver a la necrópolis. Pese a todo, le encanta su oficio. Lo atesora con muchos recuerdos, sobre todo los familiares, y ha realizado de todo. Fue sepulturero, trabajó en los hornos de cremación, en la oficina de partes, en los jardines, y más. Hoy en día, con escoba de paja en mano, barre las hojas, el polvo y la basura del primer sector visible por la entrada de Avenida La Paz.
“Llegó el otoño y ya se están cayendo las hojas de los arbolitos. Mi función ahora es que esto se vea presentable, y la cumplo”, dice Héctor Soto.
Cinco décadas no pasan en vano. Los ojos de Héctor son testigos de cómo los años han transcurrido para el Cementerio General, y reconoce que el tiempo no ha remado a favor del panteón. Y es que el establecimiento se ha vuelto un punto constante de robos, deterioros, rayados e inseguridades.
“Todo lo que sirva para ganarse unas cinco lucas se roba. Las manijas de bronce, las cruces de cobre y las estatuas son el plato fuerte. Acá se roban hasta las puertas”, comenta Héctor.
En 1821, el Cementerio General fue fundado por orden de Bernardo O’Higgins. De esos años aún se mantienen algunas tumbas. Taciturno y solemne, es el espacio de descanso, tregua y paz de más de dos millones de personas inhumadas, donde figuran presidentes, diplomáticos, militares, artistas y otras importantes personalidades nacionales.
Pensado desde sus inicios como un panteón, es considerado como un “museo al aire libre”. En su arquitectura se pueden apreciar construcciones de alto valor que recogen estilos góticos, griegos, aztecas, egipcios, modernos y más. También destaca su paisaje con la presencia de araucarias, palmas chilenas, cipreses, magnolios, olmos, entre otras especies.

En 2010, y bajo el decreto n°72 del Ministerio de Educación, las 28 hectáreas que componen el casco histórico del Cementerio General fueron declaradas como monumento histórico. Sin embargo, pese a la norma, el deterioro es evidente. Una cantidad importante de mausoleos se encuentran rayados, y algunos hasta destruidos. Las razones son varias: los conflictos políticos, la radicalización de los dogmas entre los ciudadanos, los vandalismos y los terremotos. Hay sepulturas que aún presentan heridas del cataclismo de 1985, y con la catástrofe de 2010 muchas quedaron delicadas.
Pero eso no es todo. La presencia de personas que han utilizado al cementerio como albergue ha aumentado con el paso de los años. En su mayoría se trata de gente en situación de calle que busca un rincón para pasar la noche, pero también de delincuentes que ven en este lugar un escondite. Encontrarlos es difícil, más aún cuando el cementerio constituye un espacio público al que no se le puede negar el acceso a los visitantes. Debido a lo extenso del establecimiento, es difícil saber si quienes entraron, salieron.
Los muros y alrededores del Cementerio General tampoco están libres. En las afueras de la entrada por Avenida Recoleta, a pasos de la estación de metro Cementerios, se ubican los puestos de floristas. No todos los espacios están ocupados por estos trabajadores, pues en algunos puestos se han instalado rucos de personas en situación de calle. Rucos que habitan entre las planchas de madera, plástico y la basura.
“Hay como siete locales que están tomados. Hemos tenido varias reuniones con los floristas y ellos pidieron que se tapara todo con planchas de metal. Pero las abrieron a los dos días e incluso las usaron para sus rucos. Peor aún es que se pusieron violentos con los trabajadores”, dice Gianinna Repetti, directora del Cementerio General.
La imagen de la calle Unión, Profesor Zañartu y Avenida La Paz no es diferente. Las esquinas se han convertido en baños públicos corroídos por la orina, y la hediondez por el olor de las fecas marca la pauta del sector. También abundan las botellas vacías de ron barato, de cervezas, de cajas de vino, pero más es la cantidad de papelillos botados en el suelo, y por todos lados. Tratar de conversar con las personas de los rucos es complejo, pero reconocen que la pasta base es la droga fuerte, pues es la más económica.
“Estoy acá botado porque la he cagado toda mi vida. No tengo papás, ni a mi señora, y a mis hijos no los veo. ¿Cómo van a querer ver a su papá así? No quiero molestar a nadie papito, ni que me molesten. Me dedico a machetear nomás, hacerme una moneditas para comprarme un pan o gastarla en la pasta. De alguna forma me tengo que sacar la angustia”, dice Juan, uno de las tantas personas en situación de calle que transitan por el Cementerio General.
Para los funcionarios no es una novedad, más aún considerando la cercanía del Cementerio con Juárez Larga, la “calle zombie de Recoleta”, como ha sido conocida últimamente por la alta presencia de personas tiradas por la vereda bajo el efecto de las drogas. Pero tampoco es un problema para quienes habitan la calle. Se drogan sin tapujos, con sus pipas improvisadas y oxidadas, con sus brazos quemados y lleno de pinchazos, con sus ojos rojos. Caminan con la vista gacha, evitan ser mirados, aunque algunos se ponen agresivos ante quienes los están observando. Otros, miran el suelo buscando uno que otro cigarro que aún se pueda fumar.
“Tenga cuidado papito”, dice Juan. “Por andar sapeando, sacando fotos o cualquier cosa te pueden cogotear. Acá en la calle no hay ley, total no tenemos nada”, agrega.
Vagancia y rucos en el Cementerio General
Como todos los días, Héctor Soto llega a las 07:45 de la mañana y reconoce a los vagabundos que duermen frente a la entrada del Cementerio General. A él lo conocen, y él los conoce a todos. Se sabe sus nombres y sus historias. Muchos no pasan los 40 años, pues atravesar esa edad es un lujo para las condiciones en las que viven. Aparentan más, pues están flacos, no tienen dientes, están tapados con enfermedades y no comen.
Cuando los pilla en la entrada por Avenida La Paz los despierta para que se retiren. “Hijito, son las ocho de la mañana, levántese, vaya a comer algo”, les dice, pero siempre vuelven. Los ve entrar al cementerio y les pide que no hagan ninguna tontera, pero muchos no hacen caso, pues se ponen a buscar qué cosa robar para vender. Los ve angustiados y totalmente perdidos en la pasta base, y los entiende.
“Yo se que esto es una enfermedad, porque también estuve metido en la pasta. Me metí falopa hasta el cansancio, pero ahora llevo doce años limpio. Doce años feliz. A los cabros los entiendo y me da pena verlos botados en la calle angustiados. Trato de hablar con ellos y me conocen. Les digo ‘sale de ahí cabrito, erís joven, lo único que te lleva esto es robar y gastarte toda la plata. Búscate una pega’. Pero son porfiados. Se gastan la plata en un mono y cuando no tienen vienen para acá a robarse lo que pillan”, dice Héctor.
“Si te fijas en las tumbas, casi ni quedan placas o manijas, porque se llevan todo lo que se puedan robar para sacarle una o dos lucas. Me da pena, porque también anduve en la calle, pero ¿quién va a ayudar a estos cabros si todos los discriminan? La gente, compadre, en vez de ayudar al drogadicto lo hunde. Lo discrimina, y aquí la discriminación es muy grande”, agrega.
Pese a todo, el problema de la presencia de personas en situación de calle que viven en las afueras, que se meten a dormir al cementerio, o que se esconden, es latente. Para los funcionarios se ha vuelto un miedo constante toparse con alguien dentro, por el peligro que puede significar. Incluso, según comentan trabajadores pertenecientes a la Asociación de Funcionarios, algunos han salido con golpes y fracturas. Algo que para la directora del Cementerio General, Gianinna Repetti, no ha pasado desapercibido.

En más de 200 años de historia, el Cementerio General nunca tuvo una directora mujer. O así era hasta el pasado 7 de marzo, cuando el alcalde de Recoleta, Fares Jadue (PC), presentó en el cargo a Gianinna Repetti como la representante municipal en el camposanto. Arquitecta de profesión, y alcaldesa subrogante de la comuna entre el 3 de junio de 2024 y 26 de julio de 2024 —luego de que Daniel Jadue, exalcalde de la comuna, entrara en prisión preventiva por el caso de las farmacias populares—, la profesional no es ajena a los problemas de inseguridad que se viven en el cementerio.
“El fenómeno de la gente en situación de calle es un tema nacional. Lo vemos día a día, pero los problemas de las personas que están alrededor o dentro del cementerio no los podemos solucionar solos. Estamos tratando de llevar soluciones con Independencia y Recoleta, porque es una locura pensar que con los pocos funcionarios de guardia que tenemos se puedan cubrir las 86 hectáreas”, dice Gianinna Repetti.
“Hemos trabajado en conjunto con seguridad ciudadana, organizaciones comunitarias, las municipalidades de Recoleta e Independencia. También con Carabineros hemos buscado alguna estrategia para evitar que estas personas duerman ahí. Y cuándo los levantamos, tratamos de reubicarlos en algún lado. Pero no sirve de nada, pues a la semana vuelven los rucos”, agrega.
Según datos del Centro de Estudios y Análisis del Delito, en 2024, sólo en la comuna de Recoleta se cometieron 7.608 delitos violentos, donde la mayoría corresponde a robos con violencia (2.214 casos), robos por sorpresa (1.590 casos) y amenazas o riñas (1.670 casos). Asimismo, según reportes del Ministerio de Desarrollo Social, en 2024 se autorreportaron 21.272 personas viven en situación de calle. Una cifra que aumentó un 6% más que en 2023, y un 102,4% más que 2017, cuando el registro era de 10.509. Solo en la región Metropolitana se encuentran, según los autorreportes de ese año, 8.780 personas.

José Pacheco lleva más de veinte años trabajando en el Cementerio General. Comenzó como guardia de seguridad y ahora es el inspector general del establecimiento. También es el presidente de la Asociación de Funcionarios del Cementerio General de Santiago “I”. La “II” la preside Ariel Lienlaf, quien trabaja en relaciones públicas. Problemas y desacuerdos de otros tiempos dividieron a los funcionarios, pero hoy trabajan juntos bajo el mismo fin: proteger el patrimonio del Cementerio General de Santiago.
“Es como jugar a las escondidas, porque es demasiado difícil que te pillen, más aún cuando son 86 hectáreas. Algunos se meten entre los muros, pero otros abren los mausoleos y duermen directamente cerca de las tumbas. Hemos pillado a varios durmiendo en los nichos, ahí con el muerto al lado”, dice José Pacheco.
En el Cementerio General no hay guardias de manera formal. Por lo general, son los mismos funcionarios quienes prestan este servicio, donde muchos ya superan los 50 o 60 años. De cierta forma, son personas que han cultivado el oficio de su vida en este lugar durante más de cuatro décadas, donde hay sepultureros, crematorios, jardineros, de todo.
“Los guardias de acá no son guardias, son funcionarios. Cuando vienen a fiscalizar y se dan cuenta de que ninguno tiene el curso del OS 10, o que algunos lo tienen vencidos, son objetados esos turnos. Desde que asumí como directora estamos planteando que este servicio se traspase a una seguridad privada. Esto no significa un respiro total, pero los funcionarios no están preparados ni tienen las herramientas adecuadas para hacer labores de guardia, y se exponen mucho”, dice Gianinna Repetti
“Además, no tienen ningún elemento de defensa. Solo siguen a la persona para que se inhiba y salga. En el caso de que haya alguna actitud violenta, llaman inmediatamente a carabineros, porque la prioridad dentro del protocolo es salvaguardar la integridad del funcionario. Pero no son seguridad ciudadana, no tienen chaleco anticorte, ni nada”, agrega.

Durante un tiempo José Pacheco ha observado como es el modus operandi de quienes entran a esconderse o a dormir al Cementerio General. Según comenta, a la semana echan entre diez a quince personas. A muchos los pillan robando las manijas de bronce presentes en las tapas de las tumbas. Personas en situación de calle que buscan un espacio donde caer muerto, y muchas veces han temido que aquello se torne literal. Y no solo eso, también se han encontrado con ladrones que ven a este lugar como punto perfecto para esconderse.
“Es normal que acá se roben esas piezas, porque es fácil. Entran con un diablito, le hacen palanca y quiebran el bronce. Luego lo venden. Le sacan como unas cinco lucas como máximo, cuando esas manijas te pueden costar bien caras porque son elementos históricos. Hasta dos de las cuatro balas de cañón que hay en el mausoleo de los veteranos del 79 se las robaron, y no sé cómo lo hicieron, porque son muy pesadas”, dice José Pacheco.
“Lo único que hacemos es intentar, intentar e insistir, pero nada. Sigue habiendo robos de manillas, de esculturas, robos de autos o personas en el sector, presencia de drogas, inseguridad y más. A esto se le suma la falta de guardias y seguridad que tenemos en el sector. Lo hemos intentado hasta el cansancio, y no solo nosotros, sino también las administraciones anteriores, pero no se consigue nada”, agrega Gianinna Repetti.
En las cinco décadas que lleva visitando el cementerio, Héctor Soto ha sido testigo de cómo anualmente se han robado distintas cosas del camposanto. Recuerda tumbas con más manijas, a estatuas que ya no existen, a lápidas que ya no se encuentran. Elementos que se han perdido con el tiempo y que, según Héctor, jamás van a volver.
“Me dan lata estos cabros, porque todo lo que se roban se lo gastan en falopa. Con una luca que se hagan son felices. Les alcanza para uno o dos monos. Creen que con esa la hacen, y son capaces de todos. Con la adrenalina y el miedo se esconden en cualquier lugar”, dice Héctor Soto.
“He pillado a varios durmiendo con el finado al lado, en los nichos de las galerías o en los mausoleos, y no les importa. Es como si fueran ellos los que están enterrados ahí. No les importa, no tienen escrúpulos. No tienen nada”, agrega.

El lamento del Cementerio General
De los recuerdos más preciados que conserva José Pacheco son aquellos que datan de su juventud, con las idas al cementerio para visitar a sus seres queridos. También, por la curiosidad de todo capitalino o chileno ante la historia del lugar. En la lejanía de la memoria, se acuerda de la magnificencia de los mausoleos, de la infinidad de las estatuas, de los presidentes que están enterrados en el lugar, que se los sabe de memoria y con el orden de sus periodos de gobernanza. Recuerda, además, que el lugar era más verde y sus árboles más frondosos.
Por cosas de la vida, terminó trabajando en el Cementerio General. Al principio no quería, le daba lata, según sus palabras, pero se terminó enamorando del oficio. Al igual que las tumbas y mausoleos, hoy José también es parte de la necrópolis.
“Desde ahí son veinte años, y ahora soy el inspector general. Me conozco las 86 hectáreas de memoria, se donde están todos los presidentes, los artistas, los personajes y todo. Conozco hasta las leyendas de acá, los mitos”, dice José Pacheco.

Pero la memoria refiere a un pasado. Un pasado pisado, dice José Pacheco, quien cuenta que ahora su lucha es junto a los funcionarios con los problemas que laten en el cementerio: los rayados constantes, la destrucción de los mausoleos, el poco y nulo apoyo estatal y los robos, han marcado la tónica del deterioro de un espacio que corresponde a un Monumento Histórico.
Desde hace años el problema aparece en los titulares de los diarios. “ACAB (All Cops Are Bastards)”, “Paco muerto”, “Asesino” son algunas de las frases que se ven en los rayados de los mausoleos de distintas figuras del acontecer chileno. La más golpeada en la actualidad ha sido la del militar Manuel Baquedano. Sus placas han sido destruidas y la puerta del sepulcro está reforzada con planchas de madera. Dos candados de bicicleta con tres vueltas cada una cierran las puertas de la tumba, pero no es el único afectado. Pedro Montt, José Manuel Infante, Gladys Marín, Luis Emilio Recabarren y el Memorial de los Detenidos Desaparecidos también han sido objeto de graffitis o robos.
Otras de las personalidades que también sufren de destrozos son los mausoleos del expresidente Salvador Allende y el exsenador Jaime Guzmán. El primero habita entre los rayados que aún recuerdan su presencia con sus “Allende Vive”, como también entre quienes lo rechazan con frases como “marxista traidor y vende patria”. El segundo ha marcado una postal del Cementerio con quemas, rayones con falos, roturas en la estructura e incluso, intentos de profanación a su tumba, como ocurrió en 2021.

Otros han visto a algunos mausoleos como un santo. Al más puro estilo de San Expedito, muchas personas han rayado el sepulcro del expresidente José Manuel Balmaceda pidiéndole milagros. En su mayoría son estudiantes que les piden ayuda para salir adelante, o que les vaya bien en la prueba de acceso a la universidad, o que simplemente sea un año provechoso para ellos y sus familiares.
Tras la romería al Cementerio General realizada a 50 años del Golpe de Estado, el arquitecto Tomás Dominguez, uno de los principales especialistas del establecimiento y creador del proyecto “Ciudad de los Muertos”, realizó un catastro para evidenciar el deterioro del espacio. En sus resultados constató que hubo aproximadamente 220 vandalizaciones del lugar durante 2023, las que afectaron a capillas, mausoleos familiares y públicos, y diversos pabellones.
Entre estos, se descubrió que en la bóveda del expresidente Carlos Ibáñez del Campo se destruyó una serie de obras de arte, así como también, se decapitó una de las estatuas de la virgen del santuario que está al lado del Memorial de Detenidos Desaparecidos.

“Estamos perdiendo nuestra dignidad, nuestro respeto hacia la historia, hacia el pasado, hacia la herencia material e inmaterial. Y estamos propiciando que cuando nos muramos, vivimos en un país en que es válida la venganza contra la tumba. Entonces eso no se puede normalizar”, dijo Tomás Domínguez tras evidenciar la situación.
Según lo indicado en el título III, artículo 11° de la Ley 17.288 de Monumentos Nacionales, “los Monumentos Históricos quedan bajo el control y la supervigilancia del Consejo de Monumentos Nacionales y todo trabajo de conservación, reparación o restauración de ellos, estará sujeto a su autorización previa (…) Los objetos que formen parte o pertenezcan a un Monumento Histórico no podrán ser removidos sin autorización del Consejo, el cual indicará la forma en que se debe proceder en cada caso”.
“Como la parte histórica del cementerio es patrimonio nacional no podemos llegar y sacar los rayados, o arreglar lo que está deteriorado. Tenemos que pedirle la autorización al Consejo de Monumentos, y si no lo hacemos nos metemos en un grave problema”, comenta José Pacheco.
Pese a todo, la autoridad pertinente no ha sido indiferente a la situación. En reportes de prensa y comunicados oficiales, el Consejo de Monumentos Nacionales de Chile (CMN) ha advertido su preocupación y descontento con el actuar de las personas en el Cementerio General. Tras una visita realizada en 2021 por profesionales de la secretaría Técnica del CMN, se tomaron en cuenta de 35 daños a bienes patrimoniales, donde se registró también la profanación de tumbas.

También desde el CMN han tomado nota de los reiterados robos que se producen en el Cementerio. En 2022, tras denuncias recibidas y fiscalizaciones realizadas, constataron la sustracción de manillas en el Mausoleo de Agustín Edwards, como también de una obra de bronce titulada como “La cabeza de Medusa” del Mausoleo de Carlos Ibáñez del Campo. Asimismo, se evidenció el robo de una serie de esculturas que se encontraban ubicadas en el memorial de las víctimas del Incendio de la Iglesia de la Compañía, ocurrido el 8 de diciembre de 1863. Memorial que hoy en día tiene signos de quema, orina y destrozos, ubicado la Plaza de la Paz.
Pero también las galerías han sufrido desperfectos. Muchas se encuentran sostenidas por fierros oxidados y débiles y otras han dejado en vista su olvido. Una de estas corresponde a la Capilla Verde, diseñada por el arquitecto Carlos Corsi en 1900 como un panteón público, en donde la acumulación de heces, tanto de palomas como humanas, y las botellas de alcohol, han sido su carta de presentación.
Tal fue el caso de Pedro Miyaki, un adulto mayor de 66 años, quien en 2023 quedó con dos fracturas en sus brazos tras caer desde el segundo piso de una galería cuya losa se desprendió. “Fui a dejarle flores a mi señora y pasé a ver a los abuelos, y ahí fue cuando voy caminando por la galería y se derrumbó todo, y caigo con toda la galería (…) Uno nunca se espera que le vaya a pasar algo, y menos en un cementerio, como si uno quisiera quedarse ahí. Imagínense me muero, enterrado altiro ahí mismo”, dijo Pedro Miyaki en su 2023 a CHV Noticias.

Según José Pacheco, el proceso para reparar un mausoleo puede tomar mucho tiempo. Años, incluso, o a veces simplemente no se realizan. Las tumbas de la necrópolis de Recoleta son privadas, por lo que primero se debe investigar si quedan descendientes vivos de los familiares inhumados en el mausoleo. Una tarea compleja, pues la mayoría de los sepulcros son de antes de 1950. Por su parte, Ariel Lienlaf comenta que lo único que pueden tratar de hacer en el cementerio es velar por el cuidado de los mausoleos.
“La Contraloría no nos permite gastar plata en estas cosas. ¿Y qué hacemos? Solo tratamos de cuidarlas. Pero cuesta un mundo, porque uno no puede estar presente en las 86 hectáreas del Cementerio General. Al final, la gente termina robando o haciendo destrozos como se le da la gana.”, lamenta Ariel Lienlaf.
Otras de las situaciones que se ha evidenciado es la presencia de restos humanos en el Cementerio General. Un reportaje de Ciper constató que en octubre de 2024 se hallaron 1.400 restos humanos en bolsas de plástico, en donde 600 de ellos estaban sin rotular y 800 rotulados. También se encontraron urnas en desuso y 17 tambores sin tapa con respetos humanos después de ser cremados. Debido a esto, la Seremi de Salud Metropolitana multó al camposanto con 100 UTM ($6,8 millones) el pasado 27 de marzo. Pero no es lo único, pues en abril de 2024 el cementerio ya había sido multado con 40 UTM por insalubridad y presencia de organismos que transmiten enfermedades.

Falta de apoyo del Estado
Al ser consultada, Gianinna Repetti comentó que actualmente se lleva un trabajo y diálogo permanente en conjunto con el Consejo de Monumentos Nacionales de Chile. Con respecto al apoyo a nivel estatal, la única inyección monetaria que existe es a través de proyectos de inversión. Los fondos concursables, a los que se postulan año a año. En su mayoría, las ganancias del cementerio son producto del autofinanciamiento.
“El único apoyo estatal es a través de proyectos. Acá, históricamente, se han postulado a temas patrimoniales, aunque ahora hay un poco más de voluntad de colaboración por parte del Consejo de Monumentos”, dice Gianinna Repetti.
Uno de estos fondos se lo adjudicaron en enero de este año para la recuperación de la Capilla Verde. A través del proyecto “Puesta en valor del edificio histórico Capilla Verde, mantención integral, etapa 1” seleccionado por Fondo del Patrimonio Cultural 2024, el Cementerio espera limpiar los desagües de la capilla, el sistema de drenaje, reparar las grietas, el estuco y aplicar pintura.
“El cementerio genera aproximadamente unos 10 millones de dólares al año entre reducciones, cremaciones y entierros. Pero eso es solo por el trabajo propio del cementerio”, dice Ariel Lienfaf.
“Somos independientes, nos financiamos a nosotros mismos y el Estado no pone ni un veinte en el cementerio. Con suerte, y ojo, con mucha suerte, una vez recibimos unos $80 millones para arreglar la Capilla Católica—la que hace un par de años también fue vandalizada por rayones—”, agrega José Pacheco.

“Pero, ¿qué vas a hacer tú con ese monto? Estos no son arreglos cualquiera. Aquí tienes que hacer un trabajo de joyería para no echarte una piedra o romper alguna construcción histórica. A mi nadie me puede venir a decir que el Estado ha invertido como se debe, porque ningún gobierno, sea de izquierda, derecha o centro, ha puesto plata en el Cementerio para que se mantenga. Este lugar vive por nosotros, los funcionarios y la directiva”, agrega.
Tanto José como Ariel han sido testigos de las quejas de los visitantes producto del estado de las tumbas, pero no pueden hacer mucho. Al ser mausoleos privados y protegidos por el decreto 357 de 1970 que reglamenta los cementerios, solo se pueden limitar a limpiar de la reja para afuera, o colocar algún soporte para evitar su caída. Incluso, en el lugar se pueden vislumbrar mausoleos sostenidos por alzaprima, como es el que está bajo el título de Alejandro Nebel.
“Una vez vino un descendiente que curiosamente tenía el mismo nombre, y quería arreglarla. Había puesto la plata y todo, unos treinta palos aproximadamente. Estaba super motivado el cabro y cuando tenía todo listo, ¿sabes quién le tiró la pelota?, el mismo Consejo de Monumentos. Al final le tuvieron que devolver la plata al caballero y ahí quedó. Prefieren ver con mallas, todo sucio y roto, a que agilizar una reparación”, dice José Pacheco.
“Acá también tenemos tumbas que se cayeron por el terremoto de 1985, y como son parte del patrimonio no las podemos intervenir. Imagínate, con todos los años que han pasado se podría haber hecho algo, una recuperación, pero como es particular y la ley es más fuerte, no se puede hacer nada. Ahí está, cubierto con mallas y entre escombros. Un terremoto más y todo esto se cae ”, agrega Ariel Lianlaf.

El aposento donde el dolor duerme
Por la fachada principal del Cementerio General, en el acceso por Avenida La Paz, destaca un poema escrito en piedra. Se trata de una oda al camposanto escrito por Juan Laugtarcos. El “barón francés”, como se hacía llamar entre los trabajadores, y uno de los tantos funcionarios que dedicó su vida al oficio y cuidado de esta necrópolis.
“Campo del sueño eterno / en tus ochenta y seis hectáreas contemplo maravillado / las obras arquitectónicas de piedra y mármol / monumentos históricos / que jamás serán igualados”, versa en su oda titulada “Cementerio General”.
“Cementerio / aposento de nuestra última morada / todos los días llegan a ti / seres de distintas clases sociales / pero a todos tú les entregas / el mismo afecto / ya que la vida no ha muerto / es tan solo el dolor que duerme”, continúa el poema.
José Pacheco y Ariel Lienlaf comparten una misma pena. Pese a las insistencias, les duele ver como aquel espacio que ha sido parte fundamental de sus vidas se ha precarizado. Hablan de una paradoja, de la muerte del Cementerio General. Uno de sus temores, según comentan, es que un solo terremoto, la falta de plata o algo mayor cierre las puertas del establecimiento.
“No tienes idea de la cantidad de estudiantes, turistas, arquitectos y fotógrafos que vienen para acá y se sorprenden. Uno se maravilla con sus caras, porque dicen que nunca habían visto algo así de impresionante. Este es un patrimonio al aire libre, un museo y hay que cuidarlo para las generaciones que vienen. Imagínate que se cierre, sería espantoso, si acá tu puedes conocer toda la historia de Chile”, comenta Ariel Lienlaf.
“Está más seco, rayado, destruido, y con el temita de la inseguridad la gente viene con más miedo. Pero los funcionarios siguen acá, porque es el oficio de sus vidas y muchos de ellos tienen a sus familiares enterrados en el cementerio. De alguna forma hacen lo que pueden para que el lugar se mantenga”, agrega José Pacheco.
Por su parte, Gianinna Repetti, confiesa que desde su reciente nominación como directora del Cementerio General por la Municipalidad de Recoleta, tiene una meta que anhela cumplir.
“Yo vengo acá desde chica. Mi vida la he hecho acá, en Recoleta, e incluso viví cerca del Cementerio. He tenido la suerte de visitar el Cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires, y notas altiro la diferencia en el cuidado y la mantención, porque está protegido como corresponde”, dice Gianinna Repetti.
“Mi sueño es que este cementerio sea mejor que ese, para que cuando la gente venga a Chile o a Santiago sepa que acá se encuentra el patrimonio histórico de nuestro país”, agrega.




