Opinión
4 de Mayo de 2025
Aunque no lo veamos, Álvaro Elizalde siempre está
Por Kike Mujica
Sigiloso, sin estridencias y no dando puntadas sin hilo, la mano de Elizalde ha estado presente en gran parte de las decisiones fundamentales de la izquierda chilena: la opción por Guillier y el descarte de Lagos, su rol en el primer proceso constituyente, la irrupción del socialismo democrático en el gobierno de Boric y ¿el apoyo del PS a Tohá? Aquí, Kike Mujica escribe un perfil del actual ministro del Interior.
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Parafraseando a Marilina Ross en “Soles”, “aunque no lo veamos… Álvaro Elizalde siempre está”. Goza de una carrera política perfecta en sus 56 años de vida: presidente de la FECH, diputado, senador -fue presidente del Senado -, ministro de Bachelet y Boric -Interior hoy-, presidente de la Juventud Socialista, secretario general y timonel del PS.
Se mueve con sigilo por los pasillos del poder. Es meticuloso. Eso le granjea aplausos por su destreza silenciosa y también la irritación de sus detractores. “Es asegurado. Demasiado”, me dice una militante del PS.
Lo que es cierto es que en las últimas decisiones que ha tomado en estos lustros, no sólo el PS sino en la izquierda en su conjunto ha estado la mano de Álvaro Elizalde.

Como político profesional, ha sido recomponedor de huesos, bombero -literal y también metafóricamente-,sepulturero, victorioso, derrotado; sin ser faro, pero tampoco linterna.
“Álvaro no es osado como Insulza, que va con todo. Él calcula, no toma riesgos, es cuidadoso o temeroso para otros”, acota un socialista.
De la Izquierda Cristiana al Partido Socialista
Álvaro Antonio Elizalde Soto es talquino. Estudió derecho en la Universidad de Chile. Ahí ocupó el sillón de la Fech (1993-1994), un ritual de iniciación para cualquiera que aspire a una carrera política. En 1997 asumió como presidente de la Juventud Socialista de Chile, aunque su origen militante fue la Izquierda Cristiana, partido que su padre, Antonio, fundó.
En 1990, un grupo de militantes de la IC, encabezados por Luis Maira, Mahmud Aleuy, Jaime Naranjo y Sergio Aguiló, emigró y se sumó al PS.
Reviso fotos antiguas y se le ve joven y con pelo, junto a Marcelo Díaz, Antonio Barrios y Fulvio Rossi, entre otros. Es de esa cepa. Sin duda, el que más escaló dentro ese grupo fue Álvaro Elizalde.
Su lote -partidos dentro del partido- es el tercerismo. En 2010 se embarcó en la carrera por la presidencia del PS. Le ganó Osvaldo Andrade. En 2013 insistió: se quedó con la secretaría general. Finalmente, en 2017, lo logró.
El momento más complejo que vivió en el PS fue en 2018, cuando un reportaje denunció los vínculos de Miguel Ángel Aguilera, alcalde socialista de San Ramón, con narcotraficantes. Álvaro Elizalde había renovado su licencia de conducir en dicha comuna, utilizando una dirección falsa sobre su domicilio, la que era del brazo derecho de Aguilera.
La muerte del padre
Ricardo Lagos es el fantasma de Álvaro Elizalde. A éste se le atribuye -justo o no, en exceso o no- el fracaso de la candidatura presidencial que intentó el ex mandatario en 2017. Pasó a ser, para muchos dentro del PS, quien jubiló a Lagos o, peor aún, quien mató al padre. Su sepulturero.
Recordemos: post Bachelet 2.0 se veía venir con todo -déjà vu del 2014- a Sebastián Piñera. La izquierda buscaba con encono plantarle un cortafuegos. Lagos empezó a sonar: la idea no le disgustó al exmandatario. Pero sí a sectores del PS, que no lo veían como opción ganadora y, además, buscaban superar la dependencia ad eternum de Lagos, que era más PPD que PS.

El plan se concretó –”con Elizalde como protagonista e ideólogo”, me dice un militante del partido- cuando Alejandro Guillier fue erigido como carta alternativa a Lagos.
La disyuntiva debía, entonces, ser zanjada en el comité central del partido. La mano venía mal para Lagos. Álvaro Elizalde era el presidente del partido. Y dueño, en ese momento, del comité central.
Un dirigente histórico del PS recuerda el episodio: “Escalona le pidió a Elizalde que la votación para dirimir al candidato fuese abierta, no secreta. Temía que en el secreto del voto, muchos que no se atrevían públicamente a desechar a Lagos, votaran por Guillier. Elizalde promovió el secreto. Ahí nos quedó claro que se estaba materializando la traición”.
Recuerdo que la argumentación de los pro Guillier era que representaba una opción mejor aspectada que Lagos, quien no marcaba en las encuestas. “Nada personal contra él”, agregaban.
“Álvaro convenció a muchos de apoyar a Guillier -cerca de dos tercios del comité central-, apelando a un total pragmatismo. Y para que eso pudiese ser, se produjo algo completamente inusual: provocó una elección de voto secreto, lo cual es una anomalía en el PS”, recuerda un socialista.
El primer acto del diseño de Álvaro Elizalde fue votar si el sufragio era abierto o secreto. Este logró 70 votos. La abierta apenas 37. Segundo acto: Guillier o Lagos. Por el exrostro de TV, 67 votos. 36 sufragios respaldaron al expresidente.
Esa decisión del PS ha tenido pésima vejez. “Por el fracaso electoral de Guillier -que no dejó nada para el partido- y porque Lagos no merecía un trato así”, dice un dirigente del PS.
“A Álvaro siempre le cobrarán esa cuenta. Se la llevará a la tumba”, agrega. “Yo creo que él lo lamenta, pero no lo dirá públicamente”, dice un PS.
El capítulo Bachelet
Álvaro Elizalde fue el jefe de comunicaciones de la segunda campaña presidencial de Michelle Bachelet. Me tocó -como director de prensa de TVN- negociar el debate con él y los encargados de los otros tres candidatos: Andrés Velasco, Claudio Orrego y José Antonio Gómez.
Por esos días el comando de Bachelet se había rendido a los pies del entonces director de Canal 13, Nicolás Eyzaguirre, y rompiendo una tradición hasta entonces, les ofreció el primer debate a dicha estación y no a TVN, el canal público.
“No le daremos el debate al canal de Piñera”, argumentó un miembro del equipo -que hoy alardea sobre el rol de la TV Pública- cuando desde TVN solicitamos los argumentos para la decisión.
Elizalde participó en dicha decisión. Luego del debate de Canal 13, vino el de TVN. Ahí noté su estilo, por lo menos por esos días: no daba puntada sin hilo. Si todos los candidatos querían un debate con candidatos parados, él pedía sillas. Si la idea era cinco contra preguntas entre los postulantes, él decía dos. Sabía que sin Bachelet, no había debate. Y lo hacía ver. Cada decisión que se buscaba zanjar implicaba que Elizalde abandonara la sala de reuniones para hablar por su celular. Fue tanto, que uno de los encargados de la otra campaña decidió retirarse de la reunión y mandar a Elizalde a freír monos.
En esa campaña, el socialista pavimentó su camino para ser ministro vocero. Pero el camino tuve un bache gigante, un final abrupto.
El 6 de mayo del 2015, en Canal 13, preparamos un especial de prensa para entrevistar a los tres presidentes del siglo XXI: Ricardo Lagos, Sebastián Piñera y la en ese entonces mandataria Michelle Bachelet. El entrevistador sería Mario Kreutzberger, Don Francisco.
Yo era director de prensa del canal. Un grupo de asesores de Bachelet llegó temprano para revisar el set y chequear los últimos detalles. De pronto, uno de ellos me dijo que sólo habría prensa para hablar con la presidenta antes de la entrevista, no después.
“Ok, no hay problema. Con la entrevista, basta”, le respondí.
“Eso lo dices ahora. Te puedo asegurar que matarás por tener a algún periodista después de la entrevista”, me respondió.
Dicho y hecho. Bachelet despidió por TV a su gabinete. Algo inédito. Hasta ahora no se sabe si los ministros estaban advertidos del “gabinetazo”.
Elizalde estaba dentro de los finiquitados. Para su sorpresa y molestia: llevaba un poco más de un año. Alguien del círculo cercano de Bachelet me cuenta que “él nunca entendió la decisión de excluirlo del gabinete y del comité político. Y es comprensible. Los que estaban en el tapete eran Peñailillo y Arenas. Con Bachelet no terminó bien”.
Para peor, lo reemplazó Marcelo Díaz, su principal antagonista en el PS desde sus tiempos mozos.
Casco Azul
Después del triunfo presidencial de Gabriel Boric, la política salió del modo campaña y despabiló: en el ex Congreso Nacional se estaba fraguando un texto constitucional descabellado.
En el verano del 2022 se habían iniciado los plenos de votación de las propuestas de normas constitucionales. Lo que hasta ese momento eran diatribas, verborrea y deliberaciones extravagantes, comenzaban a ser estampadas en el papel.
Marzo llegó con Boric en La Moneda. Y el Senado debía elegir presidente. La oposición miraba con espanto a la Convención. La peor pesadilla no era el texto: era que fuera aprobado.
Javier Macaya, presidente de la UDI, decidió entonces mover las piezas. Aunque el postulante de la centroderecha era Manuel José Ossandón, buena parte de la oposición decidió cambiar el plan y apoyar a Elizalde (Ossandón nunca la olvidó: de hecho cobró ahora).
La lógica fue que frente a la mayoría de izquierda radical que controlaba la Convención, situar en la testera a un senador de derechas, era atizar el fuego institucional.
Elizalde, entonces, surgió como un casco azul.
Hombre de Tohá
El nocaut del rechazo constitucional de septiembre del 2022 obligó a un golpeado Boric a modificar drásticamente el diseño original de su gobierno, tanto en el programa como en los nombres.
Otra vez: Elizalde salía a sostener la estantería. Fue Segpres y luego Interior, para llenar el cupo que dejó su candidata a la presidencia, Carolina Tohá.

Con ella se conocen de toda la vida. Estudiaron en el mismo colegio: el Francisco Miranda. Álvaro Elizalde no conformó la triada del llamado reemplazo fallido: Lagos Weber-Orrego y Tohá.
En el PS saben que desde un principio el actual premier optó por Tohá. Pero dicen que su margen de acción para mover la aguja, a favor del PPD, se atenuó por el cargo que ostenta. “Podría haber sido acusado de intervención desde La Moneda”, dice un PS.
“Si sus gestiones dejaban huella, podría haber sido usado por militantes pro-Vodanovic para acusar injerencia del propio Boric”, agrega.
Influyentes del PS me dicen que desde que partió a La Moneda, el tonelaje de Álvaro Elizalde dentro del partido ha disminuido. “Pesaba mucho, ahora pesa menos. Pero creo que está recuperando fuerza, producto de que Tohá es su candidata. Si ella gana la primaria, Álvaro estará de vuelta”, sostienen.
Elizalde nunca está de vuelta: siempre está.
Aunque no lo veamos.



