Opinión
17 de Mayo de 2025
Del relato a la reacción: el Frente Amplio y la improvisación frente a la crisis
Por Marco Moreno
"La exposición del Frente Amplio en tramas como ProCultura y Democracia Viva muestra prácticas que, lejos de romper con las viejas formas, parecen replicarlas bajo nuevos formatos", dice Marco Moreno en su columna de esta semana, en la que cuestiona la capacidad del principal partido del Gobierno para procesar las crisis y asumir responsabilidades políticas.
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El caso ProCultura ha dejado de ser un episodio más en la larga saga de fundaciones con vínculos políticos. Hoy es un punto de inflexión para el Frente Amplio (FA), que enfrenta su mayor crisis política y de identidad desde que llegó al poder.
Lo que comenzó como un problema localizado ha evolucionado en una fase de agudización y expansión: la investigación se amplía, surgen nuevas revelaciones, y la opinión pública comienza a asociar este caso —al igual que el de Democracia Viva— no solo con irregularidades administrativas, sino con la sospecha de modalidades de financiamiento político informal.
En este escenario, el Frente Amplio ha mostrado una notoria incapacidad para procesar colectivamente la crisis. La más reciente evidencia de esa descoordinación interna es la postura de su presidenta, Constanza Martínez, quien ha insistido en instalar una narrativa centrada en la idea de persecución o “espionaje” político por parte de la Fiscalía. El problema es que la insistencia en esta estrategia, que encendió las alarmas en La Moneda, no solo ha sido desmentida públicamente por el Presidente Boric —quien optó por respaldar la labor de las instituciones—, sino también por figuras clave del mismo bloque, como el candidato presidencial Gonzalo Winter, diputados del oficialismo y el alcalde de Maipú, Tomás Vodanovic.
Esa desautorización implícita deja a la presidenta sin piso político y expone la ausencia de una conducción estratégica en momentos críticos. En lugar de actuar con un relato unificado y claridad institucional, el FA opera como un archipiélago político donde cada liderazgo responde a su propio diagnóstico. En los hechos, esta fragmentación termina reforzando el impacto negativo del caso y alimentando la percepción de que hay más preocupación por el control del daño que por asumir responsabilidades políticas.
Pero más allá de los errores tácticos, lo que esta crisis tensiona es la coherencia del proyecto político del Frente Amplio. Porque si hay algo que los definió en sus inicios fue la promesa de superioridad moral frente a la “vieja política”. Basta recordar la afirmación de Giorgio Jackson —una de las figuras fundadoras del FA— quien, en un momento emblemático, dijo: “Nuestra escala de valores y principios en torno a la política no solo dista del gobierno anterior, sino también de la generación que nos antecedió”. La fuerza de esa declaración no solo residía en su ambición ética, sino en su carácter constitutivo de una identidad política.
Hoy, sin embargo, esa frase contrasta con los hechos. La exposición del Frente Amplio en tramas como ProCultura y Democracia Viva muestra prácticas que, lejos de romper con las viejas formas, parecen replicarlas bajo nuevos formatos. No se trata simplemente de un caso judicial: es un dilema de consistencia política. Porque cuando los valores proclamados no se reflejan en las prácticas concretas, se produce un daño más profundo que el electoral: el del sentido.
La ciudadanía observa con desconfianza. No se trata solo del uso de recursos públicos ni de si hay delitos. Lo que está en juego es la credibilidad de un proyecto que prometió refundar la política desde principios distintos. El golpe es doble: afecta la legitimidad institucional y desmorona la arquitectura simbólica sobre la que se edificó el FA.
Lo más grave no es que se cometan errores —toda coalición de gobierno los enfrenta—, sino que se carezca de mecanismos institucionales y políticos para asumirlos colectivamente. Lo que ha mostrado el FA es una cultura política aún débil, donde el reflejo inicial es la negación o la defensa, antes que la autocrítica estratégica.
La judicialización del caso seguirá su curso. Pero el verdadero desafío del Frente Amplio está en otro plano: el de recuperar su consistencia entre discurso y práctica, y su capacidad para actuar como un cuerpo político cohesionado. Porque si el Frente Amplio sigue atrapado entre la autocomplacencia discursiva y la descoordinación operativa, corre el riesgo de que esta crisis no sea solo una tormenta pasajera, sino el inicio de un lento proceso de descomposición de su promesa transformadora.



