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Gustavo Meza y Elsa Poblete

Entrevistas

19 de Julio de 2025

Gustavo Meza y Elsa Poblete y el fin de una época con su icónica escuela de teatro: “Los tiempos cambiaron y era inviable seguir”

Tras 42 años formando intérpretes, el director y Premio Nacional se desliga de la Escuela Teatro Imagen, que desde marzo quedó en manos de su hijo, Gonzalo Meza. Elsa Poblete y su histórico fundador explican por qué la iniciativa nacida en plena dictadura terminó eclipsada por el auge de las universidades, la gratuidad y los nuevos tiempos. Lejos de jubilarse o rendirse a las lógicas institucionales, la dupla inaugurará en septiembre el Centro Arte Imagen, un nuevo espacio de creación en la misma casona del barrio Bellavista, con sala renovada y un montaje sobre las siete virtudes esenciales donde participan reconocidos exalumnos. En entrevista con The Clinic, ambos repasan el legado de su escuela, apuntan a la miopía cultural de los distintos gobiernos –incluido el de Boric– y defienden una formación teatral sin jerarquías ni abusos: “Cuando hubo faltas de respeto, esos profesores dejaron de hacer clases. Así de simple”, dicen.

Por Pedro Bahamondes Chaud
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Catalina Saavedra, Antonia Zegers, Trinidad González, Álvaro Rudolphy, Sigrid Alegría, Felipe Braun, Nathalie Nicloux, Sergio Freire. Nombres que brillan en los escenarios, pantallas y plataformas, y que, pese a sus dispares trayectorias, comparten un mismo punto de partida: la casona de Loreto 400, sede principal de la Escuela Teatro Imagen, donde se formaron inicialmente como intérpretes. La lista sigue largamente: en sus 42 años de historia, más de 1.200 actores y actrices egresaron de allí. Y en 2013, al cumplir tres décadas, casi el 80 % de ellos seguía activo en el medio; ya sea actuando, escribiendo, dirigiendo, haciendo clases o empujando sus propios proyectos desde la autogestión. “Nuestros alumnos siempre fueron considerados actores todo terreno. Nos adelantamos a entregar esa formación integral”, dice hoy su fundador, el director y Premio Nacional, Gustavo Meza (1934). 

“Los actores que formó Fernando González, así como los que ha formado Gustavo, están haciendo hoy un gran aporte al cine, al teatro, a la formación; están en las universidades”, complementa su esposa, la actriz y directora Elsa Poblete (1952), parte esencial del proyecto durante las últimas dos décadas. 

Ambos están sentados a menos de un metro de distancia, reflejo del apego y del vínculo afectivo y artístico que los une desde hace más de treinta años. Es una soleada mañana de jueves, y la pareja –una de las más emblemáticas del teatro chileno– abre las puertas de su casa, con vista de palco al cerro San Cristóbal. 

Elsa Poblete continúa: “Un egresado de cualquier escuela de teatro puede terminar manejando un Uber si no sigue actuando. Lo interesante es cuando esas personas pasaban a formar parte de la compañía Teatro Imagen –fundada por Gustavo Meza junto a Tennyson Ferrada y Jael Ünger en 1974, como resistencia a la dictadura– y ahí realmente se desarrollaban. Y además, tenían trabajo”.

La escuela nació casi una década después, en 1983, cuando la carrera de Teatro seguía cerrada en la Universidad de Chile y la de la UC admitía alumnos solo cada dos años. En ese vacío –el mismo que también intentaron llenar el Club de Teatro de Fernando González, la Academia de Teatro de Domingo Tessier y, más adelante, el Teatro La Memoria de Alfredo Castro–, Meza decidió fundar una alternativa. El director venía de crear el TUC, el Teatro Universitario de Concepción, y de montar con su compañía clásicos instantáneos como La reina Isabel cantaba rancheras y Cartas de Jenny cuando apostó por levantar, como él mismo dice, “un espacio autogestionado y libre de jerarquías”, basándose en el método de Stanislavski.

Durante años, la escuela de Gustavo Meza fue una de las principales canteras del teatro chileno. Pero con el auge de las universidades, proyectos formativos como el suyo comenzaron a sufrir una progresiva fuga de estudiantes, especialmente a partir de 2010. En enero de este año, la cifra tocó fondo: apenas 14 alumnos se matricularon, el grupo más reducido en su historia. “Antes llegábamos a tener tres o cuatro cursos, y hasta cien alumnos en paralelo”, recuerda Poblete, quien asumió la dirección de la escuela hace una década. 

Desde marzo de este año, Gonzalo Meza —actor, docente e hijo del fundador junto a la actriz Delfina Guzmán– mantiene abierta la escuela bajo el nombre original, aunque con un nuevo cuerpo docente. Sin embargo, sólo se inscribieron siete personas. Aunque Meza hijo cuenta con su permiso para usar la marca, tanto su padre como Elsa Poblete dejan claro que no forman parte de este nuevo proyecto.

“Eso confirmó el diagnóstico que habíamos hecho: los tiempos cambiaron y era inviable seguir”, retoma Elsa Poblete. “En enero hicimos el último egreso y algunos estudiantes antiguos terminaron su formación en otros espacios. Ese fue el cierre definitivo y no seguimos como escuela”, añade la actriz. “La verdad, no vivimos de la competencia. Hoy la formación teatral se extendió a las universidades y hay muchas escuelas que tienen gratuidad. Esas son las que han agarrado a todos los alumnos. Con la cantidad de matriculados y becados que teníamos, mantener nuestra escuela ya no tenía sentido”. 

“Fueron 42 años y chao, como si nada. Tomar la decisión fue duro, pero tampoco nos quedamos llorando”, dice Meza sin dramatismos. Pero ese adiós, aclara, es solo al capítulo de su etapa pedagógica. La pareja ya encara su siguiente acto: en septiembre inaugurarán en la misma casona del barrio Bellavista el Centro Arte Imagen, un espacio autogestionado de creación y exhibición que dará continuidad a la compañía y permitirá abrir sus puertas a nuevos públicos, sin el peso administrativo de una escuela formal.

El nuevo proyecto de la dupla no nace de cero, sino que recoge parte de la historia del grupo. A comienzos de los años 80, la compañía Teatro Imagen ya funcionaba en el centro de Santiago, en un segundo piso de la Alameda, y su laboratorio creativo fue bautizado como el Centro Arte Imagen. Allí operó también durante sus primeros años el grupo CADA y pasaron artistas, performers y militantes culturales que desafiaban el miedo desde la trinchera de la creación.

De cara a su reapertura, la casona de Loreto 400 –residencia artística de Meza y Poblete por décadas– está hoy en proceso de remodelación, incluida la de su sala con 100 butacas. “Estamos afinando detalles: instalando butacas, mejorando el techo, aislación acústica, etcétera, y con nuestros propios ahorros”, cuenta Elsa Poblete. 

El espacio reabrirá con un montaje colectivo codirigido por Meza y Poblete que retoma la huella de uno de los mayores éxitos del grupo: Los siete pecados capitales, estrenado originalmente en 2003 siempre bajo la dirección de Meza y con Antonia Zegers, Berta Lasala y Sigrid Alegría entre otras destacadas actrices de la Escuela Teatro Imagen sobre las tablas. Esta vez, el director ha decidido dar un giro hacia la luz y montar Las siete virtudes esenciales

“La idea la propuso él”, cuenta Poblete. “Ya habíamos hecho Los siete pecados capitales, y Gustavo quiso ahora hablar de lo contrario”.

–¿Por qué quiso ahondar en las virtudes?

Meza responde: “Porque hoy se pasa a llevar muy rápido lo que debería ser virtuoso. Se nos olvida la templanza, la paciencia, la prudencia, la fe… todas esas cosas que uno necesita para vivir con los demás. Es necesario hablar y resaltar también esos aspectos positivos, y cómo ligeramente podemos olvidarnos de todos ellos”.

Las siete virtudes esenciales –prudencia, justicia, templanza, fortaleza, esperanza, fe y caridad– serán encarnadas a través de monólogos inéditos y escritos por reconocidos exalumnos como Roberto Farías, Luz Croxatto y Trinidad González. Esta última estudió en el Teatro Imagen durante los años noventa. “Desde el primer año nos incentivaron a descubrir nuestra cabeza creadora, a entender que el trabajo actoral es también autoral. (…) Gustavo fue un excelente profesor, nos entregaba mucho conocimiento pero nos dejaba libertad para crear”, dice la actriz y directora. 

“Para mí fue fundamental la escuela”, comenta también a The Clinic Catalina Saavedra, otra de sus más destacadas egresadas. “Aprendí muchísimo con Gustavo Meza. Y le agradezco de por vida todas las herramientas que me dio él y la escuela para enfrentar esta profesión”.

Mencionan que la gratuidad en la educación superior les quitó estudiantes. ¿Cómo analizan ese hecho y qué postura tienen al respecto?

Gustavo Meza responde: “La gratuidad ha sido un avance para el país, pero tuvo un efecto colateral en las escuelas de teatro independientes como la nuestra. Durante muchos años, nuestra escuela llenó un vacío en la formación artística y luego fue una alternativa para quienes querían ser actores y no encontraban cupo en la universidad”. 

“Además, ahora existen más escuelas de teatro en regiones”, le sigue Elsa Poblete. “Antes recibíamos a mucha gente de regiones –del sur, de la V Región, de Antofagasta– porque en sus ciudades no había escuelas. Ahora sí las hay. Todo eso redujo nuestro campo de acción. Pasamos de tener cursos de 30 o 40 alumnos por generación a grupos muy pequeños en los últimos años. Entonces, por paradójico que suene, celebramos que haya educación teatral gratuita, pero eso nos dejó sin postulantes suficientes para sostener nuestro modelo autogestionado.

Ustedes manejaron el Teatro Imagen de forma completamente independiente, sin apoyo estatal. ¿Por qué nunca postularon a fondos públicos?

Gustavo Meza y Elsa Poblete se miran con complicidad. Se han hecho esta pregunta más de una vez. “Nunca quisimos –dice Meza–. Justamente para mantener nuestra flexibilidad y autonomía. Preferimos conservarlo desde la perspectiva de gente de teatro, no transformarnos en empresarios”.

Elsa Poblete: “Nunca quisimos convertir al Teatro Imagen en una institución con burocracia. Siempre nos mantuvimos lejos del poder y la jerarquía. Gustavo nunca quiso ser el director dueño de una institución, ni yo la gerenta con oficina propia. Trabajamos más libres, en colectivo, sin esas formalidades.

“Económicamente, nos mantuvimos siempre con lo que ingresaba por los estudiantes, y aun así pudimos dar muchas becas, porque no teníamos el concepto de lucro. Al no buscar ganancias, reinvertíamos todo en el proyecto. Esa independencia nos permitió decidir nuestros contenidos y métodos sin tener que rendirle cuentas a ningún auspiciador o político de turno. 

Sacando cuentas hoy, ¿fue el mejor camino?

Gustavo Meza: “Absolutamente positivo ha sido ese camino. Nunca le debimos favores ni le chupamos las medias a nadie. Situaciones peores hemos vivido. Esto es solo un cambio de camino”.

Elsa Poblete “No tuvimos tiempo de decir ¡qué pena, se acabó!, porque enseguida nos pusimos a trabajar en lo nuevo. La escuela fue nuestra etapa de formación de artistas; el Centro Arte e Imagen será un lugar de creación y difusión, para mantener viva la compañía y seguir conectando con el público. Es, en el fondo, una continuación de nuestro trabajo artístico, pero sin la carga académica y sin los retos administrativos de llevar una escuela formal en estos tiempos.

¿Y este espacio sí será más institucionalizado, postularán a fondos públicos o lo harán parte del ecosistema del teatro en Santiago?

Elsa Poblete: De momento, no. No vamos a constituir ninguna fundación ni corporación por ahora. La razón es simple: crear y mantener una institucionalidad implica trámites engorrosos, gastos administrativos, personal extra… Tenemos demasiado que hacer como para, además, mantener vivo un organismo institucional. 

“Hoy somos solo nosotros y tres colaboradores pagados de nuestro bolsillo, y así queremos seguir. Cambiar la figura a fundación sería meternos en camisa de once varas, con un directorio, escrituras, y obligaciones que nos quitarían tiempo y energía creativa. Preferimos la libertad de la autogestión, aunque sea más precaria. Hasta ahora nos ha funcionado. 

Gustavo Meza: “Así es. 42 años sin un fondo y aquí seguimos de pie”.

El baño de los malditos

La pareja posa para las fotos en su living–comedor bañado por un sol de invierno irresistible. “Mira, este es el afiche de La Mekka”, dice Gustavo Meza, señalando una imagen enmarcada y en sepia. Fue uno de los montajes más emblemáticos del Teatro Imagen durante los años más duros de la dictadura. 

Con texto de Enrique Lihn, la obra fue dirigida por el propio Meza y estrenada en 1985 en el Teatro Camilo Henríquez. Tennyson Ferrada y Hugo Medina salían a escena. Una pieza política, corrosiva y absurda, que retrataba a un par de clowns desplazados por el poder, resistiendo el olvido entre trastos y restos de espectáculo. Hoy es también uno de los pocos recuerdos imborrables en la cada vez más escurridiza memoria del director y Premio Nacional de Artes de la Representación 2007. “Hay cosas que, a pesar de todo, no se olvidan nunca”, dice. 

A sus 91 años recién cumplidos –aunque en internet le sumen o resten edad, según la biografía que uno consulte–, Gustavo Meza ya no sale tanto. Duerme hasta tarde, camina con la ayuda de dos andadores, y pasa gran parte del día en su casa, donde también vive su hijo menor, Juan Cristóbal. Cada rincón parece sacado de un anticuario: libros apilados, afiches antiguos, máscaras, figuras de yeso, ángeles, santos confesores y un altar erigido con minucioso sentido escénico.

Pero es uno de los baños lo que más llama la atención. “El baño de los malditos”, dice Meza. Las paredes están cubiertas con retratos de dictadores y líderes autoritarios: Pinochet, Stalin, Gabriel González Videla. En cambio, en el living cuelga enmarcada la imagen oficial del presidente Pedro Aguirre Cerda.

“Ese sí que fue un gran presidente”, dice Meza con voz firme. “No era un radical en el sentido extremo, aunque sí del Partido Radical, claro. Pero fue un hombre profundamente ligado a la educación. Educar es gobernar, decía. Y tenía razón. Fue un muy buen presidente”.

Aunque a su juicio ningún otro mandatario lo ha igualado en legado, Meza y Poblete han tenido encuentros con el presidente Gabriel Boric e incluso reconocen una cercanía afectiva con él. “La primera vez que lo conocimos fue cuando él era diputado”, recuerda Meza. “Pasó por Punta Arenas y coincidimos en unas clases de teatro. Apareció en la sala. Siempre me cayó bien. Tiene esa cosa cercana y respetuosa”, opina.

Años más tarde, vendría un segundo encuentro para la celebración por los 70 años de la Sala Antonio Varas y el estreno de la obra Noche de Reyes, donde fueron homenajeados Meza, María Teresa Fricke y Delfina Guzmán. Tras el acto, los invitaron a un almuerzo en el edificio histórico del Banco Estado junto al Presidente, a pasos de La Moneda.

–“Fue muy chistoso” –dice Elsa–, porque en medio de la conversación Boric me miró y me preguntó: “¿Y tú quién eres?”. No lo dijo en mala, lo dijo con curiosidad. Y la rectora Rosa Devés, que estaba al lado, le contestó: “Ella es actriz”. Ahí conversamos más, con Gustavo le hablaron de teatro, incluso le dio un par de ideas para sus discursos”. 

Meza interviene: “Bueno, salió el tema de nuestras raíces en Magallanes: yo nací en Osorno, pero le conté que mi abuelo tenía un primo que se hizo millonario en el sur, igual que su papá, solo que con otra suerte” (ríe). 

“Boric escucha con atención. Como persona, me parece muy cercana. Y como presidente, creo que ha debido enfrentarse a una oposición durísima, pero ha conseguido avances sociales importantes. En cultura, eso sí, aún estamos esperando un cambio profundo”, agrega.

Elsa Poblete comparte el diagnóstico: “Boric la ha tenido muy difícil. La oposición ha sido muy tenaz en su negación a todo, y eso complica cualquier agenda. Aun así, ha logrado cosas importantes en materia social. Hay que reconocer avances en temas como el aumento del salario mínimo, o la ley de 40 horas, por ejemplo”. 

“Ahora, es cierto que Boric mostró sensibilidad culturales. Es un joven que va al teatro, lector de poesía, con referentes artísticos, y mucha gente de la cultura se la jugó por él en campaña. Nosotros no militamos en ningún partido ni participamos activamente en esa campaña, ojo, pero sí vimos a colegas muy esperanzados. Ahora bien, ya en el gobierno, la política cultural no ha dado el salto que uno quisiera. Se mantiene, a nuestro juicio, cierta inercia. Hubo cambios de ministro de las Culturas y algunos conflictos públicos en ese sector, pero más allá de eso no vemos todavía una transformación profunda en cómo el Estado concibe la cultura”.

–¿Cuál sigue siendo el problema de fondo?

Elsa Poblete: “Boric heredó problemas estructurales: presupuestos bajos para cultura, una institucionalidad nueva –el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio– que aún busca rumbo, y encima la necesidad de responder a demandas sociales urgentes. Entendemos el contexto, pero como gente de teatro siempre vamos a empujar a que la cultura sea prioridad, no un lujo”.

Abusos en las escuelas de teatro, denuncias falsas y el caso Cristián Campos: las opiniones de Elsa Poblete

Esta última parte de la conversación transcurre solo con Elsa Poblete. La actriz y directora con una sólida trayectoria en cine y TV, que incluye títulos como Historias de fútbol (1997), Taxi para tres (2001), Tony Manero (2008) y Neruda (2017), se explaya sin rodeos sobre temas que han remecido el teatro chileno en los últimos años: los abusos de poder en escuelas de actuación, denuncias por acoso y violencia sexual contra colegas icónicos –como el fallecido director y Premio Nacional Fernando González, y el también director Raúl Osorio–, además del choque generacional que atraviesa el gremio.

“En nuestra escuela siempre nos mantuvimos fuera de la figura del ‘gran director endiosado’ que abusa de su autoridad. En Teatro Imagen nunca hubo ‘don Gustavo’ intocable ni yo como ‘la jefa’ en un pedestal. Nunca tuve oficina de coordinadora en la escuela; ponía mi computador donde hubiera espacio y listo. Esa imagen grafica bien nuestro estilo horizontal”, dice la intérprete.

“Además, siempre instruimos a los profesores a respetar a los estudiantes. Quien estudia teatro está en una posición vulnerable: se expone emocionalmente, trabaja con su cuerpo, con sus historias. La escuela debe brindarle fortaleza vocacional y emocional, no destruirla. Por eso cuidamos mucho el trato. No estamos diciendo que fuimos perfectos. No estuvimos exentos de problemas con algunos docentes, pero cuando nos enteramos de alguna conducta inapropiada, esos profesores dejaron de hacer clases en la escuela. Gustavo nunca ha sido amigo de echar gente de mala manera, pero en la práctica, quien faltaba al respeto terminaba dando un paso al costado.

–¿Qué medidas implementaron, por ejemplo, con el despertar del movimiento #MeToo?

–En 2019 reforzamos las medidas. Creamos un comité de convivencia donde los alumnos podían hacer denuncias anónimas si algo pasaba. Hacíamos reuniones periódicas con ellos para mantenernos al tanto de cualquier problema. Aun así, algunas situaciones se escapaban. Nos pasó que una estudiante acusó a un profesor, y él optó por retirarse mientras se aclaraba. Dos años después, esa misma persona me confesó por carta que había inventado la acusación. 

“Imagínate lo delicado que es eso: le arruinas la honra a alguien, y después resulta que era falso. Esa tensión constante me tenía agotada. Te soy franca: estoy feliz de haber dejado atrás esa responsabilidad latente de lidiar con denuncias día a día. De todos modos, fue un bonito salto cultural darnos cuenta de que aquello que antes se aceptaba como normal en la convivencia, ya no lo es”.

Quizás el caso más cercano a Elsa Poblete sea el de Cristián Campos, denunciado por Raffaella di Girolamo –hija de su exesposa, la también actric Claudia di Girolamo– quien afirmó haber sufrido abuso sexual en su adolescencia. Aunque la justicia acreditó tres hechos constitutivos de abuso cometidos entre 1989 y 1995, fueron declarados prescritos y Campos fue sobreseído definitivamente. 

A pesar del revuelo mediático, la actriz y directora lo convocó como protagonista de la lectura dramatizada Mi padre y Van Gogh, estrenada en abril de este año en la Universidad Finis Terrae. La decisión provocó controversia, pero para ella fue más que un gesto de lealtad: una postura contra el clima de cancelación que, según dice, “arrebata instancias de justicia, presunción de inocencia y matices humanos”.

“Convocar a Cristián fue una decisión muy pensada. No puedo tolerar la arbitrariedad ni la violencia de la cancelación de una persona de golpe, sin proceso, porque ya lo vivimos antes”, comenta ahora la intérprete. 

“En dictadura sufrimos censura, juicios públicos injustos. Me desespera esa lógica. Mientras no haya prueba concreta o condena firme, tanto acusador como acusado merecen respeto. Yo no soy jueza para dictar culpabilidades. Además… conozco a Cristián hace años. Necesitaba un actor con sus características para el rol. No lo invité para ‘salvarlo’ ni le inventé un personaje. Simplemente no lo iba a condenar por adelantado. Artísticamente, fue una gran decisión: trabajamos felices, él hizo un trabajo estupendo y el público lo aplaudió. Yendo más allá: no ha salido nadie más a acusarlo. Varias de sus ex parejas e incluso su hija lo han defendido públicamente”. 

–Pero hubo posterior a eso un fallo de la justicia. ¿Qué reflexión hace hoy?

Sí, hubo un dictamen judicial desfavorable, pero él está apelando. Cuando lo leímos, sentimos que los argumentos eran básicamente los mismos de la denuncia original, sin pruebas adicionales. No entraré en detalles porque es un tema doloroso, pero lo diré así: la justicia debe hacerse con hechos, no con palabras ni emociones ni linchamientos mediáticos. Empatizar con el dolor no significa destruirle la vida a alguien sin pruebas. Veremos qué pasa, pero no me arrepiento de haber actuado según mis principios.

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