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Opinión

19 de Julio de 2025
Solos entre millones
Solos entre millones
Sandro Baeza

La paradoja de la ciudad: solos entre millones

Foto autor Rita Cox F. Por Rita Cox F.

Mientras un hombre mayor se toma su tiempo en la caja del supermercado, la columnista de The Clinic Rita Cox observa y comprende algo incómodo, pero cierto: en cualquier momento, podríamos ser nosotros quienes busquemos conversación un martes a las 10 de la mañana. Esta columna reflexiona sobre la soledad no deseada, el aislamiento en la vejez y las pequeñas interacciones urbanas que, sin saberlo, pueden salvarnos del naufragio.

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Caja cuatro de un supermercado cualquiera en la ciudad. Un hombre de pelo plateado, gorro de lana, blazer de tweed, zapatillas y bastón revisa tranquilamente los detalles de su boleta. Minutos antes, también mientras yo esperaba mi turno, había conversado largamente con la cajera, de no más de 25 años.

Él, según logré escuchar cuando pagó, RUT tres millones. El señor le hablaba y ella respondía con monosílabos y sonreía correcta. Si yo hubiese estado apurada o estresada o sin la atención puesta en el tema de esta columna, sin duda hubiese inventado la manera de acelerarle el paso. Pero no. Lo escuché en su búsqueda de diálogo. Luego lo vi abordar al guardia, con quien se quedó mientras yo ya abandonaba el lugar.

O, pienso mejor, no lo apuré porque en el tiempo de espera obligado que me regaló ese hombre entendí que, en un abrir y cerrar de ojos, es tan probable que sea yo, RUT 10 millones, quien busque esa conversación pausada un martes a las 10 de la mañana.

En los Países Bajos, los supermercados implementaron en 2019 las kletskassa o “cajas lentas”, diseñadas para que las personas de edad avanzada que viven solas puedan conversar, reducir el aislamiento y la sensación de soledad. La cadena Carrefour, en Francia, y algunas en localidades de Canadá, Finlandia y Japón han replicado la medida.

En urbanismo, el “small talk” —esas conversaciones cortitas, ligeras, con apariencia de desechables, con conocidos casuales o desconocidos— nutre de bienestar, especialmente a quienes carecen de vínculos sólidos, y es considerado un indicador de salud social urbana.

Los números no mienten. Según la última encuesta Cadem 5C uno de cada tres chilenos dice sentirse solo con frecuencia. En nuestro país, la soledad no deseada afecta al 49,2% de los adultos de la tercera edad, y el 55,5% presenta un alto riesgo de aislamiento social, mientras que un 30,7% experimenta ambos problemas simultáneamente.

Uno de los indicadores más preocupantes es que un 28% de estos ciudadanos reportan tener solo una o dos figuras cercanas en su red, lo que los deja particularmente expuestos a situaciones de abandono emocional. Estas cifras provienen del último reporte del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, titulado “Soledad no deseada y aislamiento social en la vejez: prevalencia, factores de riesgo y estrategias de acción”, dadas a conocer a fines de junio.

María Soledad Herrera, profesora titular del Instituto de Sociología y directora de Iniciativa Mayor UC, me explica: “La soledad no deseada se refiere a un sentimiento, a una experiencia subjetiva, de sentirse solo, que se produce por una diferencia entre cómo espero que sea mi red social y lo que realmente tengo”.

Este dolor trasciende fronteras y edades. “Está ocurriendo en todo el mundo, en todos los grupos etarios, afectando incluso más a los jóvenes. Pero las razones del aislamiento son distintas según la edad. La generación actual de adultos de edad avanzada creció con la expectativa de una red de apoyo familiar robusta. Pero eso ha cambiado. Hay menos obligaciones mutuas y más miedo a la dependencia futura”.

Señales de alerta para un país cuyas tasas de natalidad se desploman y cifras de envejecimiento se disparan. 

La magnitud del problema ha llevado a respuestas institucionales inéditas. Reino Unido creó en 2018 el Ministerio de la Soledad, tras un informe que reveló que más de nueve millones de británicos se sentían solos con frecuencia.

Junto con subrayar las consecuencias del aislamiento en la salud pública —deterioro de la salud mental, cognitiva, coronaria, inmunológica, disminución de adherencia a tratamientos, entre otros—, su objetivo ha sido inyectar presupuesto para investigar las causas y consecuencias, desarrollando programas que fomenten la conexión social.

En 2021, Japón siguió un camino similar, con el fin adicional de frenar la tasa de suicidios y un fenómeno rarísimo: el de individuos de edad avanzada que delinquen para terminar sus días tras las rejas, donde encuentran techo, compañía, alimento, salud y seguridad gratuitos.

El problema discrimina. Individuos con discapacidades, neurodivergentes, población en situación de pobreza, migrantes, quienes viven en barrios sin acceso a espacio público de calidad o en edificios sin vida comunitaria son también susceptibles. 

El diseño urbano no es inocente. El italiano Giovanni Vecchio, doctor en Planificación Urbana e investigador del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales de la Universidad Católica, lo explica con claridad: “Las ciudades pueden contribuir a que las personas se sientan más o menos solas y esto se hace especialmente evidente en el caso de los adultos de edad avanzada”.

En Italia, por ejemplo, un país particularmente envejecido, en el grupo de entre 70 y 75 años, un tercio de la población vive sola. Este porcentaje aumenta con la edad y es más alto en el caso de las mujeres”

¿Qué factores alimentan esta epidemia silenciosa? Vecchio identifica elementos clave: “La posibilidad de salir de casa y contar con espacios de encuentro, como parques, plazas o incluso el transporte público, es fundamental. Estos lugares, no solo generan encuentros planificados, sino casuales que son propios de la ciudad y ayudan a reducir la sensación de abandono”.

El decaimiento de los barrios también pesa en la ecuación. La pérdida de habitantes en algunas zonas, o el cierre del comercio local, dificultan satisfacer necesidades cotidianas y contribuyen a que las personas, especialmente las de edad avanzada, se sientan más solas.

La delincuencia es otro factor determinante. En nuestro país existen estadísticas robustas que vinculan la inseguridad urbana con el miedo de los adultos de la tercera edad a salir, lo cual condiciona su comportamiento diario y profundiza el aislamiento.

Surgen alternativas. Ya sea por estas razones como por factores económicos, tanto en Chile como en varios países del mundo, aparece el co-living como una fórmula para compartir techo, cotidianidad, cuidados y gastos. La variedad de quienes abrazan esta modalidad es reveladora: desde millennials que no pueden con los arriendos por las nubes y nómades digitales, hasta grupos de mujeres maduras y personas de ambos sexos de la tercera y cuarta edad con conciencia y urgencia de comunidad.

The Guardian capturó hace unos años la esencia de este fenómeno en el artículo titulado “Co-living: ¿el fin de la soledad urbana o cínicos dormitorios corporativos?”. Allí mostraba las dos caras de este sistema, pero una frase destacaba particularmente: “Es mejor que ver televisión sola. Aquí al menos alguien me pregunta cómo estoy”, contaba una mujer mayor.

Se me viene a la cabeza ese bellísimo título “Alone With Everybody”, disco debut como solista de Richard Ashcroft, ex The Verve, que en junio cumplió 25 años. Recoge su nombre del poema The Crunch, de Bukowski: “you are marvellous / because you can be / alone with everybody”.

El poeta angeleno comprendía la cruel paradoja: estar solo rodeado de millones en esa ciudad de autopistas que es Los Angeles, California. Una contradicción que, casi 30 años después, el filósofo sur coreano Byung-Chul Han atribuye al neoliberalismo y su consecuente sociedad del rendimiento, que nos condena al agotamiento, al individualismo y a una vida aislada, pero hiperconectada. Estamos, dice, demasiado ocupados con nosotros mismos para conectar con otros.

Así llegamos a una contradicción casi distópica: que los centros urbanos, territorio de oportunidades y acceso, en contraposición con las zonas rurales, sean escenarios de soledades múltiples. 

Sería demente terminar como Chuck Noland —el personaje de Tom Hanks en El náufrago— pero sin isla, sin palmeras, sin Wilson, rodeados de otros millones de Chuck Noland en plena ciudad, haciendo, básicamente, el loco. Tal vez aún podemos escapar de no ser náufragos en tierra firme.

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