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Una herida abierta en el altiplano: las dudas sin resolver de los chilenos que perdieron a sus familias en el accidente de Pullman Bus en 2010

En 2010, un choque entre un Pullman Bus y un camión en la carretera La Paz-Oruro (en Bolivia) dejó más de 30 heridos y 15 víctimas fatales. Un año después, un grupo de sobrevivientes y familiares de las víctimas presentó una demanda contra la empresa de transporte. Hasta hoy el caso no tiene sentencia. La larga espera por justicia, el trauma y la pérdida de seres queridos han causado un profundo desgaste emocional en los afectados.

Sigue a The Clinic en Google News Por Fernanda Lillo Becerra 19 de Julio de 2025
Accidente Pullman
Accidente Pullman
Fotografía del accidente en Bolivia.
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El 19 de enero de 2010, Alexandra Sandoval, residente de Antofagasta, tenía planificado un viaje a Bolivia junto a su familia. Donaciano Sandoval, su padre, era originario de ese país e iban a visitar a sus parientes. A diferencia de sus hermanas, Yolanda y Cecilia, que ya habían viajado con anterioridad al territorio vecino, esta era la primera vez para ella. Compraron pasajes para un viaje que debía durar entre 8 y 9 horas en un bus Pullman. Su partida se vio entorpecida por una serie de desperfectos y salieron 40 minutos tarde: “El bus tenía inconvenientes mecánicos, un cambio de manguera, no cerraba la puerta. Esto retrasó el viaje”, recuerda Sandoval.

Cuenta que alrededor de las ocho de la noche comenzó a llover con relámpagos. Para ella y sus hermanas, ver la lluvia era un espectáculo puesto que en Antofagasta casi no ocurría, así que su padre cambió de asiento con una de ellas para que tuviera acceso a la ventana. Ese cambio marcaría el destino de ambos.

En medio de la tormenta un impacto interrumpió la tranquilidad del viaje. 

Sandoval puso su mano en el asiento delantero para amortiguar el golpe. Una de sus hermanas, que estaba sentada a su lado, salió expulsada hacia adelante y voló por encima de los asientos, mientras que la otra sufrió cortes provocados por los vidrios rotos. Su papá, que iba dormido, se golpeó contra una baranda que estaba frente a él. “Miré hacia el costado y el asiento de mi papá estaba volteado sobre él, su cara estaba en el piso”, cuenta Sandoval. Él murió instantáneamente esa noche. Ella quedó con una fractura de muñeca, un corte en la cabeza y la pérdida de uno de los dos pilares de la familia. 

Ese 19 de enero de 2010 el Pullman que viajaba desde Arica hacia La Paz impactó con un camión cargado de troncos, que estaba detenido en medio de la carretera La Paz-Oruro con las luces apagadas. El bus transportaba a 43 pasajeros de diferentes nacionalidades, 2 conductores y 1 auxiliar. El accidente dejó más de 30 heridos y 15 víctimas fatales, entre ellos 14 chilenos. El chofer del camión, Gregorio Ayca, fue condenado por la justicia boliviana por los delitos de homicidio y lesiones graves. Se le impuso una pena privativa de 3 años de reclusión. El conductor del bus, Ariel Silva Mena, falleció en el impacto. 

Un año después, el Comité de Familias Víctimas de la Tragedia de Pullman Bus, compuesto por 39 personas, presentó una demanda de indemnización de perjuicios contra la empresa de buses. Quince años más tarde, el caso sigue tramitándose en el 7° Juzgado Civil de Santiago a pesar de que el tribunal citó a las partes involucradas a oír la sentencia el 30 de marzo de 2023. El fallo no se dictó debido a que la causa permanece en estudio. 

Imagen del camión cargado con troncos, que estaba detenido en medio de la carretera.

Pullman Bus es una empresa de transporte terrestre fundada en 1946 en Chile. Está compuesta por alrededor de 10.000 trabajadores y agrupa a empresas como Pullman Cargo y Logik. Para este reportaje se intentó establecer contacto con la empresa a través de vía telefónica, correo electrónico y presencialmente, pero no se obtuvo respuesta.

Juan Benítez, vocero del comité, perdió a su hermana Otilia Benítez en el accidente. “Encontraron restos. Estaban todos desmembrados. Había sangre, dolor y desolación. Fue muy triste”, dice . Lo que más le impactó fue el sentimiento de impotencia ante la muerte de una persona llena de vida. Agrega que el comité aún espera que la justicia haga su trabajo y que acojan su demanda: “Una justicia lenta no es justicia. Si pasan 5 años más y no estoy acá, no sé quién seguirá con esta causa”, añade.

Un par de personas en un bosque

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Otilia Benítez.

Aldo Díaz, uno de los abogados del comité junto a Manuel Sotelo y Ciro Colombara, explica qué es lo buscan los afectados con la demanda. Se acusa a Pullman Bus de hacer circular un vehículo en mal estado, sumado a actos imprudentes del chofer. Indica que el bus tenía fallas mecánicas vinculadas a los frenos, puertas y un velocímetro desconectado. “El chofer circuló a velocidad excesiva: 119 kilómetros por hora en una vía limitada a 100 kilómetros por hora”, declara. 

Las víctimas solicitan una indemnización económica por la pérdida de seres queridos en Bolivia y sufrimiento psicológico, gastos funerarios y médicos, y pérdidas de ingresos que los lesionados o fallecidos hayan generado. El abogado agrega que Pullman no auxilió a las familias de las víctimas ni entregó información sobre el estado de salud de los heridos.

Los padres de Saniel Villanueva, Angela Pizarro y Saniel Villanueva, murieron en el siniestro. Gracias a una llamada de Cristina Arias, conocida de su madre, se enteró de la noticia: “Alguien le avisó que había un accidente en Bolivia”, dice. Decidió ir a Pullman a averiguar qué pasaba e indica que le ocultaron información. “No dijeron que había un accidente, sino que ocurrió un desperfecto”, explica Villanueva. Cuando él y otros afectados se enteraron del choque, solicitaron a Pullman un bus que los llevara a Bolivia. La compañía se negó. Transportes Cali, empresa del país vecino, les ofreció trasladarlos sin costo hasta el lugar de los hechos. Una vez que llegaron al terminal de buses, obligaron a los trabajadores de Pullman Bolivia a decirles qué sucedía, y fue entonces que supieron de las víctimas fatales.

Grupo de personas sentadas sonriendo

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Angela Pizarro y Saniel Villanueva, padres de Saniel Villanueva.

Díaz indica que, en términos de avances, han logrado medidas precautorias. “Es cuando paralizas determinados bienes de quien está demandado, para que el día de mañana te puedan indemnizar”, explica. Actualmente, cuentan con 10 buses precautariados. 

El equipo legal del comité ha enfrentado diversos obstáculos. Los altos gastos administrativos de la justicia civil y los cambios de juez han retrasado el proceso. Para este accidente se hicieron dos demandas, la primera por parte de quienes salieron heridos. Como el accidente ocurrió en Bolivia, Pullman decía que el accidente no podía ser tomado por los tribunales chilenos porque eran incompetentes.

El equipo legal demostró que no era así y siguieron adelante con la causa. Lo mismo ocurrió con la demanda de las familias de las víctimas, pero en este caso la empresa logró que el tribunal se declarara incompetente. “Tuvimos que llegar a la Corte Suprema para resolver la situación”, señala Díaz. El abogado estima que la sentencia definitiva podría dictarse en julio o agosto de este año. 

El director ejecutivo de Todo Tránsito Chile —empresa especialista en seguridad vial—, Jaime Bravo, indica que cuando ocurren accidentes fuera del país, existen protocolos internacionales que orientan su penalización.

“Los accidentes con muerte son cuasidelitos o delitos en sí. En cualquier parte del mundo se persiguen de la misma manera”, explica. Estos protocolos no permiten que la empresa responsable se desligue de los hechos si ocurrieron en territorio internacional. Los conductores que entran a tierras extranjeras son chequeados por las aduanas para verificar que puedan ejercer su actividad laboral y que cumplan con las competencias necesarias.  

El vocero del comité cuenta que, más que la indemnización, lo que buscan es que se castigue a los responsables del accidente en Bolivia, que a su juicio es Pullman Bus. “Algunas familias del comité me han dicho que ya no quieren seguir con esto, porque piensan que no va a haber justicia, que no se va a resolver”, añade.

La hermana de Cristina Arias, María Labraña, murió en el choque en Bolivia. Labraña ejercía como profesora de la Escuela Centenario D91 de Arica. Cuenta que su pariente compró pasajes, junto a otras 5 profesoras que también perdieron la vida, para ir a un balneario en Bolivia. Cuando se enteró del accidente, nunca pensó que su hermana había fallecido: “Yo no pensaba en nada malo, pensé que estaba accidentada”, dice. 

Una vez que supo la noticia, se mudó con su madre, con quien vivió un duelo de 7 años: “Nos encerramos sin salir a ningún lado, solamente a hacer trámites”, cuenta Arias. Cuando iniciaron la demanda, los abogados le dijeron que todo el proceso duraría aproximadamente 8 años: “Mi mamita dijo que para ese momento estaría muerta, pero no, murió en 2023. Ella clamaba al cielo y pedía justicia por su hija”, agrega. 

María Labraña.

María Bravo, abogada y profesora de derecho procesal en la Pontificia Universidad Católica de Chile, indaga en por qué los procesos de tramitación de demandas civiles tardan más años de los estimados en tener sentencia. Explica que las demandas civiles tienen un tiempo de tramitación mayor en comparación al resto de los sistemas procesales, los que han sido reformados para ser orales y públicos. “En la justicia procesal civil, esto no ha acontecido. Aún es un procedimiento antiguo y escrito, y, por ende, más lento que el resto”, dice Bravo. 

La experta menciona que no existe forma de determinar cuánto tardará exactamente un juicio civil. “Generalmente uno puede hacer un estimado, pero eso puede variar por muchas razones”, señala. Entre ellas está el número de pruebas, complejidad del caso, paralizaciones del procedimiento y número de causas que tienen los juzgados. Agrega que no existe un límite de tiempo para llevar a cabo estos procesos, pero que la Constitución sí señala que se debe ser juzgado en un procedimiento justo y en un tiempo razonable.

María Toro estuvo presente en el accidente. Explica que el vivir un hecho como este genera un gran trauma en los sobrevivientes. “Ver gente herida, ver gente agonizar y morir, el tiempo de espera para que llegara la ayuda, todo eso fue super brutal”, dice Toro. Como deportista, este accidente generó que su vida cambiara radicalmente. El choque le quebró la nariz, le produjo hematomas en la cara y el cuerpo, y sufrió una lesión en la rodilla izquierda: “Eso no me permitió caminar, tuve que hacer reposo por meses. Subí de peso, implicó un gran cambio a nivel físico, pero también a nivel emocional”, explica. Durante 15 años, parte importante de su presupuesto lo ha gastado en terapia, a la que empezó a asistir después del accidente. 

Una niña con un plátano en la mano

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María Toro.

Gabriela Guzmán, psicóloga experta en duelo y trauma de Clínica de Duelo, profundiza en el trauma que experimentan quienes sobreviven a estos siniestros. “Es esperable que experimenten un trastorno de estrés agudo, el que si no es atendido a tiempo puede terminar en un trastorno de estrés postraumático”, explica. El primero se caracteriza por la presencia de un sentimiento de miedo y pérdida de la seguridad. Si esto sucede, los sobrevivientes se sienten más expuestos, vulnerables y alertas, lo que afecta al sistema nervioso, inmunológico y cognitivo. El segundo provoca dificultades para dormir, mayor sensibilidad, irritabilidad, y reexperimentación, es decir, que se repitan las imágenes de lo vivido. 

Guzmán explica que cuando se vive una pérdida de forma repentina, como es el caso de Arias, Villanueva, Benítez y Sandoval, se genera un impacto emocional disruptivo. “En siniestros viales es usual la sensación de injusticia. Cuando esto lleva a lo mediático, los juicios y repetir la historia, puede ser traumático”, señala. Surgen dificultades para dormir, sentimientos de irrealidad, malestares corporales y un estado de híper alerta en donde hay un miedo por el que algo malo le ocurra a otro ser querido.

Sandoval expresa que cuando regresó a Chile, después del accidente, congeló su carrera, se refugió en su grupo familiar y asumió la responsabilidad de reemplazar el vacío que dejó la muerte de su papá. Hoy, aunque no retomó sus estudios, trabaja en apoyo a la minería y tiene una hija de 10 años. Con el tiempo ha aceptado lo que ocurrió, pero el dolor sigue allí. Su papá fue enterrado en Bolivia y, junto a su familia, viajan cada 2 años para visitarlo: “Para nosotros no es fácil. El que esté enterrado allá me hace tener la esperanza de que algún día llegue de vuelta”, concluye.    

Este reportaje fue escrito para el ramo Taller de Periodismo en Prensa, de la Universidad Católica.

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