72 horas como chatter de plataformas para adultos: los hombres que reemplazan a modelos para hablar con sus seguidores
Miles de modelos de la plataforma para adultos no dan abasto con la avalancha diaria de mensajes que deben responder para mantener activos a sus suscriptores y generar ganancias. En su nombre, otras miles de personas en Latinoamérica son contratadas por agencias para hacer el trabajo: hacerse pasar por ellas en el chat y contestar las fantasías de los usuarios. Se les conoce como chatters. Deben hacer turnos de 10 horas, son mal pagados, están bajo una presión constante y enfrentan una rutina emocionalmente desgastante. Muchos no resisten y abandonan agobiados por lo que ven y deben hacer. Un periodista postuló al empleo, quedó y esto es lo que vivió.
Por Renato Gallardo 12 de Julio de 2025
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No puedo más. Estoy solo en mi dormitorio, con la espalda encorvada y los ojos enrojecidos. Llevo ocho horas frente a la pantalla, y aún me quedan dos. Afuera, la ciudad duerme y, aquí adentro, frente a la luz parpadeante del computador, no soporto seguir mirando el chat de las plataformas para adultos.
Hoy me asignaron a Maya: una modelo africana de OnlyFans. Durante todo el turno he intercambiado mensajes sexuales con al menos treinta hombres. Uno tras otro. Sin pausas. Contestando cada fantasía, cada desvío, cada orden, con entusiasmo fingido y respuestas que les hagan creer que soy ella.
Si supieran.
¿Qué dirían si se enteraran de la verdad? ¿Qué pensarían si les dijera que no estoy en África y que no soy una mujer, sino que se trata de mí, un hombre en un departamento en Santiago centro?
Pero este es mi trabajo. Soy chateador sexual. Y aunque llevo apenas tres días en esto, ya he visto de todo y he hecho cosas que jamás imaginé que haría.
Un chatter de plataformas para adultos
30 de marzo, 25 días antes.
Es poco después del mediodía cuando, tras una larga mañana buscando trabajo en portales web, me detengo en una publicación titulada: “Vendedor por chat”. Está en vacantesremotas.com y promete un sueldo “desde 800 dólares”. Los requisitos parecen hechos a mi medida. Uno en especial: ser latinoamericano.
Los demás son técnicos: ocho gigabytes de RAM, buen nivel de inglés, capacidad para escribir rápido, conexión estable a luz e internet, compromiso, honestidad. Y uno más, que salta a la vista como una advertencia: “Disposición para trabajar con contenido para adultos”.
Me pregunté qué podía tener este trabajo para pagar tan bien.
Lo dejé pasar y no postulé.
Pero algo quedó rondando. Una mezcla de curiosidad y morbo me empujó a investigar más. En Reddit, uno de los foros más concurridos de internet, encontré hilos y testimonios de quienes ya habían estado ahí. Así me enteré de que a estos “vendedores por chat” se les conoce como chatters o, en español, chateadores. Sus relatos eran crudos. Uno lo llamó “desgarrador”. Otro lo comparó con la esclavitud: turnos interminables, pagos bajos, salud mental en riesgo.
Logré conversar con uno de ellos a través de un foro de la comunidad venezolana. Se hacía llamar Danielgonze.
—Sí, trabajé unos cuatro o seis meses en una agencia que se llama Good Bunny, y luego en una afiliada que se llama Velvet —me escribió por mensaje directo.
Desde el primer intercambio, fue claro: “Es horroroso desde el punto de vista psicológico. Son 12 horas continuas, con un descanso patético de 40 minutos”. Intentó disuadirme. Su advertencia tenía algo de fraternal.
Me costaba imaginar cómo alguien soportaba tantas horas frente a conversaciones cargadas de contenido sexual explícito. Pero pronto comprendí que esto no era un fenómeno aislado: era parte del engranaje de OnlyFans.
La plataforma, conocida por ofrecer contenido para adultos, cuenta con 391 millones de usuarios y 5,3 millones de creadores de contenido, según el sitio web Fan Fox. Hago el cálculo: en promedio, cada modelo debería lidiar con los mensajes de, al menos, 74 usuarios. Es una cifra inmanejable para cualquiera.
Ahí entran las agencias. Muchas modelos delegan el trabajo de mensajería en esas empresas que, a su vez, subcontratan chateadores. En una nota del diario argentino Clarín leo que en su mayoría son de Latinoamérica y el sudeste asiático.
No es raro que se tercerice esta parte del negocio. Después de todo, OnlyFans cambió las reglas del juego. La revista The Economist analizó en junio su impacto en la industria del contenido para adultos. Los datos son impactantes: hasta noviembre de 2023, la plataforma había generado 1.300 millones de dólares en ingresos, con un margen de ganancia del 50%. Superó a gigantes como Meta y Microsoft, y dejó en jaque a las páginas de pornografía gratuita.
Los chateadores son la parte invisible de esta nueva revolución. Intenté contactar a otros por Reddit. Buscaba entender ese mundo, saber cómo se sostiene una jornada así. Ante el silencio, tomé una decisión: convertirme en uno de ellos y fingir, durante 10 horas diarias, ser una modelo de OnlyFans.
No sabía cuánto me iba a costar.

El rápido camino para ser un chatter
Volví a buscar el anuncio de “vendedor por chat”. Esta vez, el enlace me redirigió al formulario de postulación de Velvet for Women Agency: una llamativa página web, completamente rosada, escrita en inglés, con tipografías suaves y el nombre de la agencia flotando en la parte superior. Todo parecía cuidado, casi inocente.
Pero el sueldo era otro: ahora ofrecían 600 dólares mensuales, pagados a través de Binance, la popular plataforma de criptomonedas.
Decidí aceptar.
Ingresé mis datos personales y avancé al siguiente paso. Ahí el tono cambió por completo. Se solicitaba escribir escenas sexuales ficticias, con un nivel de detalle explícito. No lo esperaba tan pronto, ni tan directo. Estaba frente a mi primer sexting test: debía provocar a un cliente simulado, ubicarlo en una escena conmigo, construir el deseo. Pero no con mi cuerpo, sino con el de una mujer imaginaria.
Escribí dos relatos. Breves, pero gráficos.
Después de eso, solo quedaba comprobar que cumplía con los requisitos técnicos del puesto. Fue rápido. En cinco minutos tenía todo listo. Con los formularios enviados y los textos cargados, confirmé mi postulación.
Ya tenía un pie adentro.
Llevaba casi tres semanas esperando la respuesta. Finalmente, un martes a las 11:03 AM, a través de un mensaje por WhatsApp, se contactó conmigo Dave. Se presentó como parte del equipo de Recursos Humanos de Velvet Agency. En inglés, me informó que había superado el primer filtro de selección y que me preparara para la entrevista. También adjuntó el calendario de la capacitación —la llamada training week—: dos días de turnos de seis horas, seguidos por jornadas de diez. Todo en horario GMT-4. Aunque el calendario lo decía con claridad: “Venezuela’s time zone”.
Agendé la entrevista para el 17 de abril a las 15:45 horas.
Ese día, me senté al borde de mi cama y me conecté a la videollamada por Google Meet. En la pantalla apareció Dave. Tenía ojeras marcadas, pelo rizado y un fondo digital de biblioteca. Saludó con soltura, confiado. Era evidente que yo no era ni el primero ni el último postulante del día.
Nunca supe desde dónde hablaba.
La reunión fue en inglés. Dave quería saber si era funcional. Insistió varias veces en lo mismo: qué hacía en mis ratos libres, cuáles eran mis hobbies, si tenía otras actividades. La entrevista fluía con una falsa cercanía, casi como una conversación entre amigos, hasta que entró al tema del trabajo.
—Quiero saber un poco más sobre tu experiencia. ¿Tienes experiencia trabajando con contenido explícito? ¿O como chatter, algo así? —preguntó.
—No, es mi primera vez en algo así. Pero realmente me gusta el sexting y las cosas explícitas, así que es fácil para mí hablar de esa manera —respondí, ensayando seguridad.
—De acuerdo, eso está bastante bien. Es normal que la gente no tenga experiencia, porque no es un trabajo común.
A partir de ahí la charla se volvió estrictamente laboral. Me explicó la diferencia entre las modalidades part-time y full-time, los días de pago —el 5 y el 20 de cada mes— y la estructura salarial. El ofrecimiento inicial de 800 dólares mensuales había quedado en el pasado. También el de 600 dólares. Ahora me hablaba de un sueldo base de 150, más comisiones. Cada vez era menos.
Al despedirse, Dave sonrió. Me agradeció por ser tan amable e, incluso, elogió mi nivel de inglés. Pero la sonrisa fue breve: cortó la videollamada de golpe, como si todo ese trato cordial hubiese sido parte del guion.
Antes de salir, me pidió una foto de mi cédula de identidad para confirmar mi mayoría de edad. En respuesta, me mandó un enlace a un servidor de Discord, una plataforma de mensajería por voz. Esa fue la señal. Estaba dentro. Había pasado todas las pruebas. Y ahora sí, el trabajo de verdad iba a comenzar.

Las técnicas de un chatter
Veinte minutos antes de la hora acordada, me conecté al enlace de Discord. La primera instrucción fue clara: nada de seudónimos. Debía usar mi nombre real. Sin máscaras.
Dentro de la plataforma, en la sección de “Conectados” —donde aparecen los que se encuentran en línea— se encontraba el equipo de la agencia. Lo conformaba un asistente del entrenador, seis miembros del staff y diez entrenadores de ventas. Además, había 36 newbies, como nos llamaban a los que recién ingresábamos. En la cima de la jerarquía estaba Joshua, quien será nuestro entrenador y único encargado del entrenamiento.
Joshua era el único que podía hablar. Dijo que era el representante de Velvet Agency y nos dio la bienvenida. Éramos 39 novatos conectados. Costaba seguir el hilo de lo que se decía en el chat de la videoconferencia, debido a la gran cantidad de mensajes de presentación de cada postulante a chatter.
Joshua fue al grano:
—¿Conocen el rol al que van a aplicar dentro de la agencia? Y si es así, ¿qué es lo que esperan hacer?
Las respuestas comenzaron a llover, rápidas y desordenadas en el chat.
—Sexting con prominentes compradores, como si fuéramos la modelo —escribió Juan.
—Responder mensajes, notificaciones y hacer ventas —comentó Angie, una de las mujeres del grupo. No era la única, más de la mitad de los postulantes lo eran.
—Excitar a los compradores —puso Joel, sin rodeos.
Yo escribí algo más neutral:
—Generar ventas mediante el chat.
¿Esperaba que esta reunión fuera así?
Me imaginaba a alguien rudo, casi mafioso, a cargo de la capacitación. Una figura intimidante que marcara territorio desde el primer segundo. Pero Joshua no era eso. Su tono era amable, incluso cercano. Y eso, de algún modo, me hizo bajar la guardia.
Me sentí cómodo.
Todavía no veía nada que me perturbara.
Todavía.
Los anzuelos de un chatter
OnlyMonster es un software avanzado de gestión de cuentas de OnlyFans. Ayuda a los creadores de contenido a optimizar sus perfiles, aumentar ingresos y mejorar la interacción con sus clientes. Como la pala para el obrero, esta plataforma será nuestra herramienta principal. Y Joshua, el instructor, nos enseñará a usarla.
Con las credenciales que él entregó, el grupo de newbies entró a la cuenta de Cocoa Hazel, una modelo keniana de OnlyFans. Lo primero que vi fue su fotografía de perfil. Sugerente. Hazel estaba recostada en su cama, con sus rodillas flectadas y su pecho pegado a un cubrecama blanco que contrastaba con su piel. En su perfil, todo estaba escrito en inglés. La descripción jugaba con lo que Joshua definió como su mayor atractivo: su color.
“Fábrica de chocolate y fantasía. ¿Estás listo para probar cada sabor que tengo para ti?”
Ese era el anzuelo. El gancho para vender.
Ahí me di cuenta: mi tarea no será solo responder en nombre de la modelo que me asignen. Tendré que convertirme en ella. No suplantarla, sino encarnar su tono, su deseo, ser su voz escrita. Joshua fue enfático: el cliente no debe notar que hay otra persona detrás.
Como ejemplo, compartió una conversación entre Cocoa Hazel y Jer, uno de sus suscriptores. Dentro del mundo de OnlyFans, Cocoa Hazel y su cliente eran pareja. La relación era real para él. Por eso, según Joshua, el trato debía ser distinto: más íntimo, más emocional. Joshua mostró el intercambio de mensajes que tuvieron hace unos meses.
—No lo sé, bebé ¿Qué estás haciendo? —le escribió él.
—Estoy escuchando algo de música, estoy un poco triste, porque no quieres pasar un rato conmigo. ¿Y tú? —respondió Cocoa Hazel.
—Estoy contigo, te lo dije.
—Lo sé, bebé. Dime algo… ¿Quieres jugar un rato conmigo esta noche? Me encantaría de verdad.
—Amor, estoy sin dinero.
Según los registros de OnlyMonster, Jer ya había gastado 366 dólares en contenido. No pude evitar pensar que para él, no era solo un gasto: era una inversión emocional. Una relación. Una historia en curso con una mujer, sostenida por chateadores escribiendo desde otros países.
¿Estaba yo a punto de ser parte de un engaño?
Jer había involucrado sentimientos con la imagen de esa mujer. Y cada mensaje que él recibía era una técnica calculada para hacerlo gastar más. No había espacio para la compasión.
Joshua lo dejó claro: tan importante como saber vender, es aprender a ser el personaje.
Por eso, las siguientes dos horas no fueron sobre ventas.
Fueron una clase intensiva sobre cómo ser Cocoa Hazel.

Si no vendes no ganas
No existe contacto entre el chatter y la modelo. Nunca hablaré con quien me asignen, ni siquiera a través de un intermediario. Cada uno cumple su rol dentro de la maquinaria de la agencia. Ella produce contenido con su cuerpo; yo debo encontrarle compradores. Eso nos dicen en la capacitación. Es casi como ser un proxeneta digital.
Las fotos y videos se almacenan en un formato específico. En la pestaña Vault de OnlyMonster se despliegan carpetas, exclusivamente de cada modelo, clasificadas por el tipo de material audiovisual que ofrece a sus clientes: “Teasing, Sexting Set – March 2025”, “Generic Audios”, “Sexting Set – April 2025”, entre otras. Es un banco visual inmenso, organizado por fetiches, fechas y estilos. Todo para agilizar el trabajo de uno y mantener la ilusión del cliente.
Mientras revisábamos el set de cosplays de Cocoa Hazel —contenido en que la modelo aparece disfrazada de personajes de anime o videojuegos—, algo cambió en el ambiente del grupo.
En el chat, varios newbies comenzaron a comentar. Uno de ellos, Jorge, escribió que tenía ganas de manejar este tipo de cuentas y se jactó sobre sus conocimientos de series animadas, en especial de la superheroína Storm, de Marvel, ya que Cocoa Hazel aparecía disfrazada de ella en las fotos.
Cuatro mensajes más abajo, apareció algo distinto.
Florencia, otra newbie, de pelo rubio teñido en su imagen de perfil, escribió:
—No me siento cómoda.
Joshua, descolocado, titubeó por un segundo.
—¿Con qué, Florencia?
—Con esto del rol —respondió.
Fue un quiebre sutil, pero evidente. Me hizo volver a prestar atención.
Hasta entonces, mi mente había estado flotando entre las instrucciones, las horas viendo imágenes de modelos semidesnudas y los ejercicios de sexting. La incomodidad era una constante, pero invisible, como un malestar que uno entierra para poder seguir.
Florencia, en cambio, lo dijo. Lo puso en palabras.
Yo nunca lo hice.
¿Acaso me estaba adaptando?
Las ventas se sostienen sobre una estrategia conocida como la teoría del horno. El primer paso es enviarle al cliente un mensaje provocador al chat, acompañado de una foto tipo teasing —la modelo en ropa interior o con alguna prenda insinuante, sin llegar a lo explícito—, y una pregunta que abra la conversación.
“¿Se te está haciendo agua la boca, amor?”.
El objetivo es generar tensión, abrir el apetito. Luego, en el segundo mensaje, se lanza una insinuación más directa, una promesa disfrazada de juego, sin concretar la venta. Ahí, el horno ya está encendido. Solo entonces se envía el Bundle: un paquete con dos fotos y dos videos explícitos, a un precio fijado por la agencia. Ese es el momento de cerrar el trato. El mensaje que lo acompaña debe ser irresistible. Persuasivo.
“Mira cómo me tienes…”.
Durante el entrenamiento, aprendí a replicar ese guion al pie de la letra. Lo repetí tantas veces que ya lo tenía mecanizado. Vi una y otra vez el cuerpo de Cocoa Hazel, completamente desnudo, para poder enviar su Bundle de 12,90 dólares como si fuera una invitación personal.
Ese primer día duró casi seis horas.
El segundo día de entrenamiento fue igual. Más de lo mismo. Más mensajes explícitos, más videos, más fotos. Con Joshua, seguimos revisando ejemplos. Hizo una clase tediosa de cómo encarnar a una modelo. Se hizo larga y repetitiva. Florencia, la chica que no se sentía cómoda, aún seguía conectada. De hecho, ninguno de los newbies se había rendido. Seguíamos los 39.
Recién al final de esa jornada, llegó el golpe real. Fue en ese momento que nos informaron cómo funcionaba de verdad el pago. No eran 800, ni 600, ni 150 dólares. Todas esas promesas se habían hecho humo. Sencillamente no existía sueldo base.
Cero.
Todo dependía de las comisiones por futuras ventas.
En este trabajo, si no vendes, no cobras. Y si no cobras, no comes.
Fingiendo ser una creadora de contenidos
La cuenta de Maya, la modelo africana de OnlyFans, quedó a mi cargo, aunque bajo supervisión parcial. Alejandro lo veía todo: cada mensaje que escribía, cada clic que hacía. Su ojo estaba siempre encima.
Mi primera misión era calentar a un usuario llamado “Z”, que se había conectado recién. Debía redactar el primer mensaje por mi cuenta.
“Realmente quiero quitarme la ropa para ti, bebé. ¿Te gustaría ver más de mi dulce cuerpo de chocolate?”, escribí.
Me demoré 52 segundos, lejos de los 15 segundos que exige la agencia.
Frustrado, solté las manos del teclado y me las llevé a la cabeza.
Pensé que lo había arruinado.
Pero, para mi sorpresa, Z respondió con un escueto:
—Sí.
Decidí avanzar. Le envié un mensaje por desbloquear: un video de la modelo desnuda, a un precio de 16,30 dólares.
Z nunca volvió a contestar.
Mi inexperiencia frustró mi primera venta.
Seguí buscando.
—Muéstrame todo lo que escondes, bebé —escribió de pronto el usuario AgusAlar.
Le contesté, pero su respuesta fue inmediata. No me daba tiempo para pensar mi siguiente mensaje. Me sentía presionado a escribir rápido. No me podía equivocar.
—Mis 8 pulgadas te están deseando —agregó.
Aproveché el momento y le envié un bundle: dos fotos y dos videos explícitos, en el tono de la conversación.
Pero me equivoqué de nuevo.
¡Envié el contenido sin bloquear! Durante 26 segundos, el paquete de 16,30 dólares estuvo completamente disponible, gratis.
Alejandro se dio cuenta y reaccionó de inmediato para que borrara el set de contenido:
—¡En los tres puntitos, a la izquierda del mensaje! —me dijo, nervioso.
Listo: borrado y reenviado correctamente.
Pero AgusAlar desapareció.
Otra oportunidad perdida.
Pronto, a la sala se sumó alguien más: Matteo. No era un cliente, era el jefe de Alejandro. Se había unido para ver cómo marchaba todo.
Apenas entró, comenzó a revisar mi pantalla compartida en Discord. Podía ver todos mis movimientos dentro de la cuenta de Maya, con quienes hablaba y cómo lo hacía. Bastó la presencia de Matteo para que Alejandro cambiara. Ya no estaba tan paciente conmigo. Dejó atrás el tono amistoso del inicio y comenzó a criticar mi manera de chatear con los suscriptores.

Durante unos quince minutos estuve esperando que alguno me escribiera. Cuando al fin comencé a interactuar con uno, preparé el bundle de fotos para enviarle. Pero demoré y eso irritó a Matteo.
—¡Estás tardando mucho en elegir una foto!
Yo estaba confundido, perdido entre las cientos de imágenes del Vault, intentando encontrar la que encajara para enganchar al cliente.
—Esa donde está mandando el beso, ¡úsala! —dijo Matteo con impaciencia.
Y luego, en un tono seco, me retó.
—Tú eres la modelo. Y si no logras que te escriban, ¡no sirves para esto!
Un mensaje nuevo llegó a la bandeja de entrada.
—Negra! —escribió Daddy Shawn.
De acuerdo a su etiqueta, este cliente practicaba raceplay, un juego de roles donde dos personas consienten en usar comentarios racistas, hirientes o degradantes como parte del placer sexual. Había escuchado que existía esto, pero me chocó. Estaba forzado a realizar algo de lo que no estoy de acuerdo. Nunca imaginé que haría algo así para vender 15 dólares, pero como chateador, no tenía opción: debía aceptarlo.
Alejandro no dudó. Me pidió explícitamente que comenzara a actuar “como una esclava”.
Escribí, borré, volví a escribir. Lo hice al menos cuatro veces, sin poder decidirme. Hasta que mi supervisor vino al rescate y me envió, a través del chat de Discord, este mensaje:
—Soy tu esclava, mi maestro, lista para ti y tu gran miembro que me va a castigar.
Con esa frase, comencé a construir la fantasía.
En el mundo de Daddy Shawn, yo estaba de rodillas esperándolo al llegar del trabajo. Mientras tanto, recorría lo más rápido posible las carpetas de contenido desnudo de Maya. Le envié un set de fotos y videos. Tenía que cerrar la venta.
—Estaré ahí para ti de rodillas, por favor apúrate —envié.
Pero ya no quería seguir. Ni escribir ni mirar la pantalla.
Mis ojos estaban rojos. Los párpados me pesaban. La luz del monitor era insoportable. Llevaba más de cinco horas seguidas viendo el monitor de mi computador.
—No tienes opción. Tienes que someterte —escribió el cliente.
No respondí.
El cursor se movía sin dirección. Ya no lo guiaba yo.
—¡Respóndele, respóndele! —insistía Alejandro, a viva voz.
En mi cabeza, solo ruido.
No quería decepcionarlo. Habíamos formado una extraña relación maestro/discípulo. Pero algo se rompía dentro de mí.
¿Sirvo para esto? ¿Podré pasar diez horas escribiendo mensajes calientes sin cuestionarlo nunca?
La respuesta llegó sola.
Treinta minutos después, me rendí.
Como un maratonista que cae a metros de la meta, me detuvo una mezcla de decepción y desesperanza. Solté el mouse y en voz baja, pero firme, dije:
—No puedo. No quiero seguir. No sé qué decir. Gracias por el tiempo. Pero esto no es para mí.
Alejandro, en un último gesto de compañerismo, intentó animarme:
—No, brother, esto es así, mano. Este trabajo de verdad vale la pena si usted se suelta, agarras confian…
No lo dejé terminar. Corté la llamada.
Busqué cómo salir del servidor.
Mi corazón iba rápido, las manos no me respondían. El cursor temblaba. Me sentí bloqueado, ni siquiera recordaba cómo se abandonaba un servidor de Discord.
Finalmente, lo logré.
Apagué el computador. La habitación quedó en penumbras. Solo las luces de la calle se colaban por la ventana. Me quedé quieto, respirando lento, en un silencio sepulcral que se alargó por varios minutos.
Había pasado tres días en esto y ahora volvía a ser yo. Ya no era un impostor. Ya no era Maya. Ya no tenía que aguantar.



