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Rudi Haymann - Francisco Paredes, The Clinic

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22 de Agosto de 2025

La increíble vida de Rudi Haymann, el alemán de 104 años que huyó de Hitler, combatió con los británicos en la Segunda Guerra Mundial y encontró un hogar en Chile

A sus 104 años, Rudolf 'Rudi' Haymann repasa una vida marcada por el amor, la guerra y la memoria. Huyó del nazismo, luchó contra el fascismo como soldado británico en la Segunda Guerra Mundial y construyó su hogar en Chile, donde vive en la misma casa hace casi siete décadas. Hoy, con lucidez intacta, comparte su historia con The Clinic desde su living en el centro de Santiago.

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Rudolf ‘Rudi’ Haymann nació un 21 de agosto y este jueves celebró su cumpleaños número 104. En su libro “Más allá de las fronteras” comenta que recibió también el nombre de su abuelo, Salo, como una tradición judaica que dice que heredando un nombre se vive 120 años, porque junto con el nombre se perpetúa la memoria.

La memoria de Rudi tiene de todo, buenos y malos recuerdos. Recuerdos que atesora como lo mejor que le ha dado la vida y otros no tan buenos. Vivió la Alemania de Hitler, alcanzó a huir del Holocausto y combatió en la Segunda Guerra Mundial como uniformado británico. Se reencontró con su familia alemana, conoció a su esposa y formó su propia familia. Todo eso es Rudi Haymann.

Su casa está a metros de Plaza Baquedano en el centro de Santiago, y es la misma donde ha vivido 69 de sus 104 años. Misma casa que compartió con su esposa, donde crecieron sus hijos y donde van sus nietos. Recibió a The Clinic en la mañana, porque dice que durante las tardes ya no tiene mucha energía. Fumando un cigarro nos hace pasar a una esquina de su living perfectamente ambientado para mantener una conversación cómoda.

Con un café cortado en mano y galletas alemanas, ya está listo para contestar todas las preguntas con respecto a su rutina, su estilo de vida y los eventos históricos que sobrevivió y vivió. No se muestra muy entusiasmado por cumplir un nuevo año más de vida, la que califica como una “exagerada edad”. También fue destacado en 2021 como uno de los Líderes Mayores de Chile de Conecta Mayor en la categoría Ciencias y Humanidades.

“Estoy bien, no tengo quejas”

—Sobrepasó los 100 años de edad y sigue con actividades casi todos los días ¿cree que su longevidad va en la genética o es su estilo de vida?

—Tengo la impresión que estoy haciendo sobretiempo innecesario. No hace falta llegar a esta edad. Estoy bien, no tengo quejas. Pero es mucho esfuerzo. Todo cuesta. Tengo, como toda la gente de edad, la ansiedad de ser una carga para los hijos. En el sentido económico no es el caso, pero quedar inmovilizado o incapaz de vestirse o hacer cualquier cosa y necesitar una nana, la atención o preocupación de las hijas. No es el caso mío, pero uno vive todo el día con esto, o yo por lo menos. Vivo todo el día con esta imagen en la mente. ‘Cuidado, cuídate, que no te pase nada para que no ser una carga emocional para las hijas’, me digo.

Especialmente en los últimos cuatro años uno nota que la resistencia física está deteriorándose rápidamente. Hago todo. Camino por lo menos unas ocho cuadras por día y participo de varias actividades intelectuales, como para mover las rodillas y mover la adrenalina. Resulta, pero es un esfuerzo. No viene solo y por eso poca gente lo hace. Por eso hay mucha gente que está en peor estado. En parte por genética y en parte porque no se esfuerza.

—¿Cómo es su día a día?

—Me levanto como a las 07:30 horas, o a veces antes porque duermo poco. Al levantarme en las mañanas tengo energía y fuerza, las que se agotan a la hora de almuerzo. Para la tarde casi no hago actividades porque no tengo fuerza, se desgastan entre las 07:30 hasta las 13:00 horas. Me muevo y voy todos los lunes a la Universidad Católica a estudiar Historia.

Todos los martes tengo taller literario de gente que escribe. Los jueves voy a otro taller literario de gente que lee y el miércoles hago un trabajo de voluntario. Antes lo hice a la Universidad de Chile, pero lo suspendió y ahora lo hago en la Institución de la Comunidad Judía que es el archivo, es el departamento que junta los datos para escribir la historia de la comunidad judía en Chile.

A esa unidad llegan muchos documentos que los nietos y bisnietos de migrantes que llegaron en un idioma que ellos no pueden leer. Están en alemán, en ruso y los regalan para que no se pierdan. Voy todos los miércoles a esa institución y traduzco documentos antiguos del alemán al castellano. Ahora, para traducir al alemán al castellano hay bastante gente que puede hacerlo, pero esos documentos antiguos están escritos en letra gótica y la gente no lo sabe leer.

La lectura obligatoria de la letra alemana fue suspendida hace 90 años en los colegios alemanes. Todos los que fueron al colegio posterior a esa fecha ya no lo aprendieron. Yo soy casi la última generación a la que la obligaron.

—¿Cuántos documentos ha ayudado a traducir?

—Estos documentos los traduzco del alemán gótico al castellano. He traducido cientos de documentos, miles. Hay para varios años de trabajo.

—¿Cuántos idiomas sabe?

—Yo digo que hablo seis, pero mis amigos dicen ‘no pues, tu hablas alemán en seis idiomas’. Hablo alemán, inglés, italiano, hebreo e idish.

—¿Hay algo en su vida que haría distinto? ¿Algún arrepentimiento?

—Hay muchas cosas de la que uno se arrepiente. Uno cree que podría hacerlo mejor o de manera más acertada. Estuve cuatro años combatiendo en la Segunda Guerra Mundial y tomé varios riesgos que no debía haber hecho. Pero lo hice porque era joven y no me di cuenta. Yo tenía 21 años y lo grave no era desperdiciar la vida. Lo grave era el dolor, la herida que uno puede haber causado a sus padres.

Ninguna persona lo puede medir hasta que no es padre. Los padres no quieren perder a sus hijos, como nos pasó a nosotros que perdimos a nuestro hijo. Es lo peor que puede pasar.

“No son malos recuerdos, son recuerdos de tiempos malos”

Rudi era solo un niño cuando se alzó la figura de Adolf Hitler, dando inicio a la persecución de las familias judías. Siendo solo un adolescente de 17 años tuvo que huir para salvar su vida y se separó de su familia por más de diez años.

—¿Cómo fue el cambio en Alemania con la llegada de Hitler al poder?

—Había una Alemania pre-nazi. Los primeros 11 años de mi vida viví en la Alemania democrática que surgió después de la Primera Guerra Mundial. Hasta ahí también era una casi dictadura de Kaiser. Después llegó la democracia que duró 15 años cuando Hitler fue elegido y abolió la democracia y empezó la dictadura. Dentro de eso, el odio a los judíos y lo pasamos mal. No tengo buenos recuerdos de mi juventud. Tengo buenos recuerdos de mi niñez, pero con Hitler yo tenía 11 años y todo cambió hasta la edad de casi los 17, cuando tuve que escapar.

Esa época son muy malos recuerdos y de la guerra también. Pero después la cosa cambió. La Nueva Alemania, que acaba de ser de 80 años ahora en mayo, es un gran Estado. Fantástico, muy democrático, muy abierto y muy tolerante. Lo aprecio y lo digo en las muchas conferencias que doy y pongo hincapié en esto. Hasta tal punto que hace cuatro meses me dieron la medalla de mérito.

—¿Cómo recibió esa distinción?

—Me llevo totalmente sorpresa. Ni pensé en esto. Primero ni sabía que existía, menos que era candidato porque no te lo dicen. Ni sospeché eso hasta que de repente llegó el aviso. Completamente sorpresa. Grata sorpresa.

—Usted ha vivido 104 años llenos de hechos históricos a su espalda ¿Cuál fue el hecho que más lo marcó o que más le costó?

—Lo que más me costó fueron los seis años que vivía de la edad de 11 hasta los 17. Porque ahí lo sufrimos en carne propia. Los niños sufrimos, los padres peor, pero como niños no nos dimos cuenta de la profundidad de la tragedia que se produjo para nuestros padres.Teníamos nuestra propia tragedia. Para un joven de 13, 15, 16 años esa tragedia que hoy día se llama bullying. Era muy fuerte. Esa palabra no se conocía, pero el fenómeno existía, por supuesto.

Fui discriminado en el colegio hasta que fui expulsado junto a todos los niños judíos. Bueno, eso te marca más que cualquier otra cosa. Una cosa mala te marca más que diez cosas buenas. Yo no tengo buenos recuerdos de Alemania. Ninguno o muy pocos. Básicamente son recuerdos de tiempos malos. No son malos recuerdos, son recuerdos de tiempos malos.

“Aprendí, con mi exagerada edad, que justicia y paz no van de la mano”

Rudi comenta que pisó nuevamente Alemania, pero ya como soldado británico. “Cuando terminó la guerra, llegué a Berlín como soldado. Fue toda una hazaña que siete años antes había escapado como colegial y ahora, siete años después, llego como oficial de ejército británico, como soldado vencedor. Esto fue una fuerte experiencia. Eso te marca más que muchas otras cosas más suaves o comunes y corrientes”.

—¿Cómo fue encontrar esa Alemania tras su abrupta salida del país y siendo solo un adolescente?

—Por un lado fue un desastre por Alemania. Al final sufrió bastante, se lo merecía. No tengo ninguna lástima por Alemania. Pero la Alemania que sufrió después era una cosa sorprendente en cierto sentido. Un cambio tan fuerte, pero resultó. Cuando terminó la guerra, yo trabajaba en el Servicio de Inteligencia, preguntamos al Ejército: ¿Qué vamos a hacer ahora que la guerra terminó? Entonces dijeron ‘Usted va a ser la unidad que va a ayudar a cazar criminales de guerra’. Los jóvenes judíos alemanes, al igual como yo, éramos nueve y estábamos muy contentos con este encargo porque es lo que queríamos. Pero resultó una gran desilusión porque no nos dejaron. No los alemanes, los británicos. Porque después de la Primera Guerra, que también fue iniciada por Alemania, los aliados castigaron fuerte a la Alemania por el pecado de haber iniciado la guerra.

El castigo se marcó mucho en la postguerra entre los dos. Hasta el punto que el resentimiento del castigo llegó a tal dimensión que el pueblo alemán eligió a Hitler como para contra reacción al fuerte castigo palpitable. Entonces, ahora después de la Segunda Guerra Mundial los aliados decidieron no cometer este error y no lo cometieron. Había los famosos juicios de Nuremberg que eran más simbólicos que de verdad. ¿Cuántos alemanes fueron condenados en los próximos 30 o 40 años después? 50.000 supongamos, no creo, pero los nazis había 50 millones.

Por ejemplo, nos dijeron busquen y traigan a juicio a los criminales de guerra. Todos estaban escondidos y a veces no encontrabas al que estabas buscando, pero encontrabas a otro porque habían tantos que teníamos ubicados. Yo, como agente de inteligencia, fui al puesto de la policía militar británica. Me acercaba, hablé con el teniente y le dije ‘necesito tres hombres con grilletes para tomar preso a este hombre’.

Entonces, el teniente dijo ‘usted es agente de Inteligencia, pero usted no tiene el poder de dar órdenes’. Bueno, le respondí ‘entonces quién tiene que dar órdenes’, pregunté y me dijo que el coronel que ahora hace el papel del alcalde del barrio. Muy bien. Fui donde el coronel británico a pedir permiso para llevar este hombre y el 80% de estos nuevos alcaldes británicos dijeron que no.

Uno de los alcaldes británicos me dijo ‘mire compañero, yo fui puesto aquí en este puesto para revivir a Alemania y para mostrar a los alemanes que se puede administrar un país de forma democrática. No quiero entrar en la historia como un gran carcelero’. Ese fue el espíritu.

—¿Lo desilusionó esa decisión?

—Sí, a veces. Pero la mayoría de las cosas falló hasta tal punto que yo personalmente estaba muy desilusionado y pedí un traslado porque no quería seguir viviendo esta desilusión. Me lo dieron y fui a otro trabajo. Pero eso me quedó grabado. Una injusticia, especialmente para todos los millones que fueron asesinados y nadie fue castigado o muy pocos.

Hoy día, 80 años después, veo que fue una política correcta. Fue una injusticia, pero aprendí, con mi exagerada edad, que justicia y paz no van de la mano. En Alemania en la Primera Guerra Mundial querían justicia para castigar y consiguieron justicia y perdieron la paz. Después de la Segunda Guerra Mundial consiguieron la paz y perdieron justicia. Esto lo logré entender a través de los años, a través de la realidad.

La tarea de guardar los mejores recuerdos para no perderlos nunca

—¿Hay una suerte de condena en vivir tanto y ver que la humanidad va cometiendo los mismos errores una y otra vez?

—Es duro. Pero entonces tienes que rebelarte contra la naturaleza humana, es así. Tiene varias formas según la época, pero el fondo es lo mismo. Es triste.

—¿Cuál ha sido su mejor recuerdo?

—Bueno ahí hay varios. El primero que salta a la vista es el reencuentro con mis padres después de 10 años de separación, cuando llegué a Santiago. Cuando nacieron mis hijos, cuando conocí a mi esposa, mi compañera de vida. Estuve casado 66 años. Cuando nacieron mis tres hijos y se casaron, dos por lo menos.

Rudi recuerda que el viaje hacia Chile para reencontrarse con su familia fue duro, en un tramo hacia Santiago debía tomar un tren hacia la capital y su familia decidió sorprenderlo en la estación de trenes. Sin embargo, el tiempo hizo lo suyo y su familia -que lo dejó como un niño de 11 años- no lo reconoció ahora que era un joven soldado. Su padre decidió comenzar a silbar, era un silbido especial de su familia. “Lo escuché y cuando de repente escuchas una melodía que jamás, en 10 años ni lejos, se te había borrado prácticamente y de repente escucharlo, quedé confundido, porque de sorpresa uno espera varias cosas, pero eso no lo veo así ese fue el gran el gran efecto”, detalló.

—¿Qué fue lo más difícil de llegar a un país tan remoto como Chile? ¿El idioma quizás?

—No, el idioma no. Porque cuando llegué a la Palestina y empezamos a hablar hebreo. Yo en Alemania no estudié hebreo así que era una cosa totalmente nueva. No es solamente un idioma nuevo, es un concepto nuevo, en la escritura en todo esto es completamente nada que ver con un idioma occidental. Es un idioma oriental, que está mucho más cerca del árabe que de cualquier otro idioma. Eso fue muy ajeno, eso fue fuerte.

Hablar italiano fue fácil. Primero porque en colegio nos habían enseñado latín y segundo aprendí fácil porque las profesoras eran todas chiquillas italianas buenamozas. Entonces eso es muy buen método, muy recomendable. El castellano fue fácil, primero por diario y segundo los chilenos son muy bien educados en ese sentido que uno comete muchos errores y nunca se ríen, nunca se burlan. Uno no tenía impedimento de tratar de hablar sabiendo que comete errores porque éstos nunca fueron mal recibidos.

Comenzar a decorar en Chile

—¿A qué se dedicó cuando llegó a Chile?

—En los primeros cinco años viviendo en el campo, en el kibutz, era agricultor. Con los años me había transformado en experto en lechería y después, por cuatro años, fui agente del Servicio de Inteligencia. Cuando llegué a Chile ninguno de los dos servía. En Chile no había cancha para un experto en agricultura hace casi ochenta años cuando llegué y tampoco quería vivir en el campo.

Recurrí a un hobby que tenía. Era muy bueno para el dibujo, siempre en el colegio. Además, mi tío, hermano de mi papá, era arquitecto del grupo Bauhaus en Alemania y yo admiraba como él dibujaba. Trabajé durante cinco años como ayudante de dibujante de un arquitecto aquí en Santiago. A través de eso empecé a amarlo, no la construcción sino la arquitectura. Pero descubrí a través de esa oficina que no había decorador de interiores, era una novedad en Chile. Descubrí que había una veta en la cual uno puede trabajar sin tener título profesional universitario porque para ser decorador no había título profesional. Empecé a trabajar en esto y me resultó muy bien.

Al principio no había clientes suficientes para decorar casas porque no existía, pero empecé a decorar tiendas, instalar tiendas bien hechas. No tanto en el centro donde habían pocos, sino en barrios especialmente empezaron en esa época, después de la Segunda Guerra Mundial, a florecer centros comerciales. El gran surgimiento de la calle San Diego, desde Alameda hasta Matta, empezó a subir de pelo como se dice.

—¿Hay algo de ese trabajo que recuerde con especial cariño?

—Sí claro. Había una tienda muy exitosa en la calle San Diego de un comerciante conocido que se llamaba Enrique Guendelman. Era el más importante en la ropa masculina. Vendía nada más que trajes hechos. Él tenía una tienda grande, la más conocida, no la única porque había muchas. Él decidió subir de pelo y me llamó. Me explicó que él no quería algo tan elegante como el centro, pero en esta línea.

El local era grande, había bastante pasada. Hice los primeros bocetos para que él vea lo que tengo en mente y era hacer dos vitrinas. No había vitrinas, era abierta entonces dijo ‘¿vitrina? ¿pero una puerta? No, esto es para matar el negocio. El huaso no entra por la puerta’. Pero yo lo veía diferente así que hice una contra propuesta con dos vitrinas en triángulo que no eran paralelas a la calle, sino que en 45 grados. Construimos las dos vitrinas y resultó un súper éxito. Resulta el llamado huaso estaba mirando lo que hay detrás del vídeo y estaba avanzando acercándose a la puerta y ahí estaba el vendedor y ya lo agarró de la solapa y lo metió adentro para venderle le ropa.

Como todos son copiones, vinieron otros desde al frente y dijeron ‘¿Usted decoró la tienda de don Enrique? Yo quiero exactamente lo mismo, pero completamente diferente’. Esto fue la frase más repetida. Querían exactamente lo mismo: una vitrina atractiva, pero que no se vea igual como las otras. Entonces, empezamos a hacer tiendas completamente igual, pero completamente diferentes.

Después decoramos casas. La otra cosa que también hicimos es que las empresas comerciales, importadores, también empezaron a mejorar sus oficinas. No tanto las oficinas del personal que eran muy sencillas, sino sus propias oficinas porque era un prestigio para recibir a las personas, iba el cliente y tu tenías que atenderlo. Eran empresas de cierta categoría, de cierto poder económico.

Me fue muy bien. Después compramos esta casa aquí y lo que era el garaje lo transformé en oficina. El auto quedó castigado durmiendo afuera en la calle. En aquellos tiempos no había tanto reclamo ni tampoco era peligroso. Hoy día roban los autos, antes esa cosa no existía.

Este año voy a cumplir 69 años en esta casa. Arriba tenemos cuatro dormitorios para los tres hijos. Hoy día me queda grande, pero por costumbre, aquí pasé toda mi vida, aquí voy a morir.

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