Francisco Casas y la retrospectiva en el Museo Bellas Artes: “Las Yeguas del Apocalipsis no han muerto mientras yo esté vivo”
De paso por Chile, mientras se prepara la primera gran muestra de lo que fue su icónica dupla de perfomance junto a Pedro Lemebel, "la Pancha" habla sobre recibir honores en vida, rescatar la memoria entre los que van quedando, la discriminación social en nuestro país y su nueva vida en Argentina. ¿Menos peleador que antes? "Una nació guerrera y eso no se me va a quitar", dice.
Por Isabel Plant 30 de Agosto de 2025
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—Sí, me pasa seguido que me reconocen en la calle. Ya me siento como rockstar, dice Francisco Casas.
—¿De qué generación son los que te reconocen?
—Jóvenes, gente joven, que ha leído. Los de mi generación yo creo que ya no salen a la calle, están en el geriátrico (se ríe).
—¿Bonito, o no? Que pasados los 60 años estás viviendo días de reconocimiento.
—No, yo no tengo sobre 60.
—¿Y qué edad tienes?
—28 (carcajadas).
Si se le ha de creer a internet -ya sea en la página del Museo de Arte Moderno de Nueva York, del Ministerio de las Culturas chileno o de simple Wikipedia-, Francisco Casas, Pancho, la Pancha, la otra Yegua del Apocalipsis junto a Pedro Lemebel, tiene 66 años cumplidos.
Está sentado en el living de la casa de una amiga en Ñuñoa, donde se está quedando esta semana de paso por Chile, ya que vive en Argentina. Y antes de eso, vivió en Perú y en México. Mientras fuma cigarros y toma café, envolviendo su figura siempre delgada con una frazada, a su espalda lo escolta una enorme fotografía de su juventud junto a Lemebel: las Yeguas fotografiadas alrededor de 1990, vestidos de negro, de luto ante la epidemia del SIDA que en ese entonces poco y nada se hablaba en el país, adornando sus manos y cuerpo con pájaros disecados; se llama “Instalamos pajaritos como palomas con alambritos”.
Así, con el Pancho Casas veinteañero a sus espaldas, el Pancho Casas que ha vivido, que sigue viviendo y riéndose y provocando y peleando y fumando como hacía hace tantas décadas, repasa los proyectos que hoy lo mantienen animado y de visita breve en el país. “En Chile ya casi no tengo amigos, no porque hayamos dejado de serlo, sino porque se han ido muriendo. La última, y que me causó mucho duelo, fue la Carmen Berenguer el año pasado. Una cosa aterradora. Entonces ahora no tengo muchas razones para venir Chile, salvo a trabajar”, explica.
Los proyectos son varios, en distinta etapa de espera o empuje: terminar el guión de Yo, yegua, la adaptación de su libro de inspiraciones autobiográficas, que aspira a convertirse en película chileno-argentina, con Alfredo Castro. “Es de la misma productora de Tengo miedo torero, que es muy mala, me encanta decírselos”, acota con sonrisa traviesa. Luego está, después de décadas, intentar resucitar el proyecto de película La pasajera, que a principios del siglo XX sacó ronchas con un trailer donde actrices interpretando a Gabriela Mistral y a Doris Dana se daban un beso; escándalos de tiempos donde el posible lesbianismo de la Premio Nobel no se discutía. También se reunió con Joanna Reposi, la documentalista que hizo la aplaudida cinta sobre Lemebel, y quien registró a Casas en viaje-performance para un largometraje propio, titulado La última yegua.
Y la guinda de la torta: avanzar en lo que será una gran retrospectiva de las Yeguas del Apocalipsis en el Museo Nacional de Bellas Artes. Una entrada por la puerta ancha; a principios de los 90, Casas y Lemebel se enemistaron directamente con el entonces director de la institución, Nemesio Antúnez, por la censura de una obra, y montaron desafiantes una perfomance en la entrada del edificio. La muestra de 2026 será curada por Gerardo Mosquera, el influyente crítico e historiador cubano. Y cuando Casas habla de ella, se entusiasma: “Es lo que más me importa en la vida, hasta ahora ha costado mucho. Yo creo que es hora”.
¿Llegan muy tarde estos reconocimientos oficiales al trabajo de la dupla iconoclasta de los 80 y la transición? “Ya estamos muy viejas para que los reconocimientos nos importen. Yo creo que Pedro Lemebel no necesitaba un Premio Nacional. Creo que Carmen Berenguer tampoco necesitaba un Premio Nacional. El Premio Nacional se lo dimos todos nosotros con nuestro cariño, el resto se llama burocracia y que se lo gane quien se lo tenga que ganar. Esto no es una carrera de galgos: a ver quién llega, y a ver quién llega vivo. (se ríe)”.
—Fuiste un protagonista mucho tiempo de la contracultura local, ¿sientes que ahora recién se está valorando en Chile, en específico? Pensando en el caso de Berenguer y más.
—Es complejo, porque si estamos hablando de Carmen Berenguer, estamos hablando de también de Stella Díaz Varín. También estamos hablando de Diamela Eltit, gran amiga. También estamos hablando de Nelly Richard. Yo no creo que se esté revalorando. Yo creo que hay un público que empezó a leer, que se creó un público para esta escena que antes no existía. En la época en que Pedro escribe, o que yo escribo, no había un lector para literatura homosexual, porque todas las chicas estaban en el clóset. Tener un libro hasta de Oscar Wilde era sospechoso, porque podía notarse el caerse de la muñeca. No había cómo leerlo, porque era un país que creció a la sombra de la Iglesia Católica, a la sombra de las iglesias evangélicas con toda su paquetería y su moral. En la medida en que la gente fue progresando en su ser, en su mirada del mundo y en el reconocer al otro, es que aparece, y ojalá que para siempre”.
Francisco Casas: Enyegüecida
Alguna vez, en alguna entrevista, Francisco Casas mencionó una infancia obrera en Barrancas, lo que hoy es Pudahuel, con libros y cultura. Pero de eso, de su familia, habla poco: es como si todo hubiera realmente comenzado cuando se apareció por los pasillos de Literatura en la Universidad Arcis, a principios de los 80, vistiendo falda y bototos. Donde conoció a otro estudiante, Pedro Mardones.
El resto es historia: en 1987, Casas y Lemebel le llevan una corona de espinas a Raúl Zurita cuando este gana el Premio Pablo Neruda. Después vino la entrada desnudos, a caballo, en Juan Gómez Millas. O el tomarse un acto en honor a Patricio Aylwin, con tacos y boas de plumas. O bailar cueca arriba de vidrios rotos. Temidos, admirados, discriminados; las Yeguas del Apocalipsis.

—Has dicho que, para ustedes, los 90 fueron igual o peor que los 80. En dictadura sabían contra qué enemigo se enfrentaban. Pero se abrió esta democracia y la nueva élite que se instaló tampoco les abrió el espacio ni a los homosexuales, ni a la contracultura.
—La nueva élite, pero por supuesto que no. Porque el Partido Comunista, o los socialistas, obedecían a la idea del hombre nuevo: ahí no cabía la mujer nueva. La primera gran discriminación, digamos, es hacia la mujer una vez que llega la democracia en Chile. Imagínate lo que era ser homosexual, lo que era ser lesbiana, ser una chica trans. Ahora hay casi una cierta normalidad en ver una chica trans. Sigue habiendo violencia, homofobia, los crímenes de odio todavía siguen. Pero han aparecido unas nuevas generaciones, por ejemplo, que se declaran no binarios. Y eso habla muy bien de una evolución humana, diría yo.
—¿Porque nunca quisiste militar en el comunismo ni en el socialismo, o adherir a partidos de manera oficial?
—Por el mismo poema de Pedro Lemebel, el ‘manifiesto’: la discriminación era grande. Cuando se le pregunta a Patricio Aylwin que por qué no apoya una ley de convivencias, votamos por él, dice que Chile no está preparado. Con la voz del señor pituco. ¿Preparado para qué? Cuando estoy con la presidenta Michelle Bachelet en un cóctel en La Moneda, creo que le habían dado el Pablo Neruda a Carmen Berenguer, me acerco y le digo, ‘y qué pasó con el Acuerdo de Unión Civil? Me dice, tu partido -por socialista- se echó para atrás. Eso sí que duele, que la ley se esperó tanto, la haya aprobado la derecha. Piñera, antes de irse. Y era porque había una homosexualidad de derecha, pudiente, con dinero, burguesa, que tenía más peso que las otras patipeladas, que venían de ninguna parte y no tenían ni voz ni peso político. Eso habla de que Chile es un lugar de clases.
—¿Crees que quizás naciste a destiempo? Estoy pensando en ti, cruzando los patios de la Arcis en pollera y bototos.
—No, nací a destiempo. Nací a tiempo, porque este camino lo armamos nosotros. Este grupete. No estoy hablando solamente de las Yeguas, de Pedro Mardones y mío. Por ejemplo, la maravilla de Andrés Pérez, que armó un discurso social del prostíbulo.

—¿Se sentían constantemente en peligro, cuando comenzaron con las Yeguas?
—No nos dábamos cuenta de que había peligro.
—¿Porque éran jóvenes o porque eran punkies?
—Porque éramos punkies y estábamos borrachos, éramos muy bohemios. Habíamos nacido en un ambiente de represión brutal, y al final hay una normalización de esto en tu cerebro. O sea, me acuerdo que inclusive, decíamos por el SIDA, Sí, Dadá, con Pedro, así como dadaísta.
—Eso también es particular de las Yeguas, crítica social filosa, pero también humor, algo que cuesta en Chile.
—Había humor, fíjate. Cuando nos empezamos a reír del dictador Pinochet ya no le tuvimos más miedo. Hay algo en la risa, y esto finalmente es muy extraño, porque yo lo he pensado: ¿en qué minuto uno se empezó a reír? Se logró superar el duelo con el sentido del humor.
Por la puerta ancha
Las Yeguas siempre fueron polémicas, siempre en los márgenes, empujadas por la historia oficial. Cuando Mosquera los incluyó en la antología de arte chileno Copiar el Edén a mitad de los 2000, ya causó que se levantaran cejas; cuando los puso con Las dos Fridas en el Bellas Artes de México en 2011 fue una revolución. Esa obra luego ha sido adquirida por el Reina Sofía de España, por el MALBA de Buenos Aires, actualmente está en el MOMA; hace un par de años fue la Fundación Proa en Argentina la que presentó una gran retrospectiva de la dupla Lemebel-Casas, con sus labores unidos y separados. Siempre, hasta ahora, afuera.
—Te preguntaba lo del destiempo, porque con la exposición que preparan en el Museo de Bellas Artes, es un regreso triunfal desde donde alguna vez salieron peleados. ¿Qué ha cambiado hoy en Chile
—Esta exposición en el Bellas Artes ha costado mucho. Llevamos casi dos años tratando de que sea posible. Por suerte hay una mujer dirigiendo el equipo que es Varinia Brodsky, y un equipo que es de mujeres, que hasta donde yo entiendo, se están abriendo a cosas que no habían sido visibilizadas, como parte de la curatoría del museo.
—Hay una búsqueda muy activa de rellenar los espacios faltantes del arte oficial, con disidencias, con mujeres, con pueblos originarios.
—La retrospectiva no llegó tan tarde como yo pensaba, podía haber sido más. Podría haber sido nunca.
—Pero te lo tomas como una especie de venganza de la Yegua sobreviviente, o desde otro lugar.
—Mira, yo finalmente siempre estoy pensando en lo colectivo. Estoy pensando en lo bien que le hace a esta nueva generación reentender su propia historia, releer su propia historia a través del arte, a través de la literatura, a través de lo que éramos. Nosotros estábamos relocas, pero no éramos tan locas. Y ahí está toda la importancia que pueda tener esta retrospectiva en el Museo de Bellas Artes en enero del próximo año.
—¿Y cómo ves hoy que fotografías de las Yeguas pueden terminar en los livings más pitucos?
—No sé en qué living pituco.
—A lo menos, hay más interés.
—Que haya más interés, sí. Pero yo no recuerdo haberle vendido a nadie.
—¿No hay un agasajo, por ejemplo, de un mundo más “cuico” a la Yeguas?
—No, creo que sigue existiendo el mismo desprecio (se ríe). De obras de las Yeguas, aparte de Pedro Montes, galerista de toda la vida y casi todo es de su colección, hay dos o tres coleccionistas. Uno es Carlo Solari, el dueño de Falabella, que ahora acaba de crear una boutique que se llama Il Posto, que también está apropiándose de una cultura ochentera, pero esos lugares a mí también me causan mucha sospecha.
—Pero siempre nos hemos quejado que las grandes platas chilenas no se interesaban por el arte.
—Todavía no les interesa, pero sí le interesa cuando el arte se vuelve político y ahí ponen el grito en el cielo.
Extranjero en todos lados
En 2022 Pancho Casas decidió dejar Lima, tras los cambios políticos que experimentó el país. “Se empezó a poner un poquito espeso para mí, y mis amigos peruanos me dijeron, ‘Panchita, otra vez no’. Dije me voy a ir y me compré una Combi de los años 60, hippie, le estampé un desnudo mío sobre la bandera del Partido Comunista y dije, así me voy a ir cruzando. Me voy a ir a Buenos Aires, siempre quise vivir ahí. Me va bien en Buenos Aires, estaba democrático, estaba entretenido”.
Por ese entonces, se cruzó nuevamente con la documentalista Joanna Reposi. Ella lo había buscado para tener su testimonio en el documental Lemebel, pero en ese entonces Casas no estaba con ganas: “Yo le dije que no. Lo hubiese hecho cuando estaba Pedro en vida, de ahí viene la la famosa frase que dije, yo no quiero ser la viuda de Lemebel. No quiero ser su Matilde Urrutia de Pablo Neruda, no quiero ser la mujer de Matta. No, no, no, no me interesa”. Lo que sí permitió fue el uso completo del archivo de las Yeguas.

Se reencontraron cuando Reposi presentó la película de Lemebel en Lima: “Me gustó mucho. Era Pedro, tal cual era”, dice. Ahí invitó a la documentalista y a su equipo a comer, se llevaron bien. Y cuando decide irse de Lima, la invitó a subirse al auto y registrar. El documental aún busca financiamiento para su posproducción.
Luego, Casas se instaló en Argentina. Cuenta una anécdota para ejemplificar lo que es hoy su vida ahí, donde lleva viviendo tres años. Tras alguna declaración del Presidente Milei, sus amigas del colectivo Columna Mostri deciden armar un mitín en el Parque Lezama y le piden ser orador. “Sí, le digo, pero por supuesto. Y me voy al parque Lezama, en la esquina hay un barcito que me encanta, que se llama el Bar Británico. Me siento ahí, total no hay nadie. Estoy con unos amigos, tomando el vino bien borracha, y de repente empieza a pasar gente. Mando a un amigo a mirar y me dice que está lleno, hay más de mil personas”.
Casas dice que lo agarran del brazo y lo plantan frente al micrófono, frente a la gente. “Yo empiezo el discurso diciendo, ‘no voy a gritar, como le gritó mi padre a mi madre, como me gritó el cura, como me gritaron en la escuela, me han gritado maricón en la calle, estoy harto de los gritos. Les voy a pedir silencio y les expliqué la importancia de armar una marcha antifacista, antiracista, antisexista, ni siquiera una marcha gay. Hay que bajarse los camiones, niña, ya no hay que bailar en pelotas. Luego convocamos tres mil personas en Plaza de Mayo, donde también di un discurso. Realmente es impactante, Argentina”, dice.
—A fines de los 90 te fuiste a México, luego vino Lima, ahora Buenos Aires. Como que siempre estás huyendo de acá, ¿por qué no Chile?
—Porque Chile ha sido una historia de discriminación espantosa, que no me la quiero bancar. Vengo a Santiago y me siento extranjero, ya yo creo que hay una parte mía que no es chilena. Tengo costumbres muy peruanas, otras muy mexicanas y ahora llevo casi tres años en Buenos Aires y me siento argentino, es más, tengo ciudadanía permanente. Se me ha recibido muy bien.
Por estos días en Buenos Aires, Casas prepara una nueva performance, anticipando los 50 años de la dictadura argentina que se conmemoran el próximo año: “Son 30 mil los detenidos desaparecidos en Argentina, el luto espantoso. Pero hay 400 que son absolutamente LGTB. Quiero leer sus nombre con una Orquesta Filarmónica entera y después me echaré un tanguito de Piazzolla que dice ‘volveremos’”.
—Es distinto, en ese sentido, cómo se vive la memoria argentina y la chilena. En Chile hay solo un caso de violaciones a los derechos humanos contra una persona LGBTQ procesado. ¿Por qué el colectivo LGTBQ no está tan bien articulado en DDHH como al otro lado de la cordillera?
—Las agrupaciones LGTB, las agrupaciones travestis, están totalmente organizadas en Argentina y constituyen en sí un cuerpo político que no ha parado exigir sus derechos. Está el archivo trans, que es maravilloso. Han tenido mucho más activismo que lo que se tuvo en Chile. Pienso que el movimiento homosexual en Chile siempre estuvo más a cargo de sus reivindicaciones particulares. Ellos querían casarse, ellos querían tener hijos, justo y necesario ser iguales frente a la ley. Pero yo nunca estuve muy de acuerdo con el matrimonio homosexual. Yo pienso que más bien había que quitar esa categoría de matrimonio, digamos, quitar lo que te pide la institución.
—¿Quitarla para heterosexual, homosexuales, quien sea?
—Exactamente. Lo único que quieren es casarse, tener un perro poodle. Una casita en La Reina (se ríe). Pero en cambio, los argentinos iban por las otras reivindicaciones: de los que no están y consiguieron que los memoriales pusieran los 400 nombres que faltaban. Entonces, ahora la cifra es 30 mil + 400. Me encanta.
—Decías en una entrevista que hoy sientes la responsabilidad de llevar la memoria de las Yeguas.
—Las Yeguas no han muerto mientras yo esté vivo. Cuando dicen que se acabaron, no, lo lamento (se ríe). Mientras yo viva, no. Sigo haciendo las mismas performances. Sigo con el mismo imaginario. Pero las Yeguas correspondían, de alguna manera, a una base escritural, que eran los amigos con que nos juntábamos. Carmen Berenguer, Diamela Eltit, Nelly Richard, Rita Ferrer, por ejemplo. Margarita Pisano, Olga Grau, Soledad Bianchi. Todas esas señoras que no se hagan las pendejas, (se ríe), también eran un poco Yeguas.
—Hace unos años, cuando estábamos todavía en Lima, parecías más peleado con todo, de demostrar que tenías tu propia carrera, no ser sólo el socio de Lemebel. ¿Hoy sientes menos necesidad de enrostrar tu independencia?
—Yo creo que ya se me quitó. Porque uno tiene muchas más ganas de hacer cosas, de seguir produciendo, más que de cualquier otra cosa. Tampoco queda tanto tiempo, para qué quemarte el cerebro en tonteras. Me gusta pelear eso sí con las viejas, todavía (carcajadas).
—Peleaste mucho con Pedro Lemebel en su momento, aunque al final hicieron las paces.
—No, nunca nos peleamos del todo con Pedro, eso es como un mito urbano. Recuerda que cuando yo me voy a vivir a Lima, me voy con Pedro.
—Y se despiden en el Puente de los suspiros.
—Exactamente. Y la última charla performativa que hicimos fue en el MALI de Lima, entre las dos y hablábamos barbaridades. Estamos tratando de conseguir esos registros para mostrarlos en el Bellas Artes. Pero nunca se acabaron: Pedro me va a ver a México, él me despide en Lima y yo viajo a ver a Pedro antes de que muriera.
—¿Dirías que ahora estás más apaciguado? Menos ganas de pelear con el mundo, ¿o siempre hay que batallar algo?
—Yo siempre creo que hay que batallar algo, una nació guerrera y eso no se me va a quitar. Mientras existan estos pesos que tenemos encima, que siguen estando. Yo creo que han mutado, pero siguen estando ahí mismo. Han decorado el set de la travesti, le han puesto más luces al Bim Bam Bum. Pero sigue estando eso mismo; por ejemplo, en Argentina, le están quitando los medicamentos a la gente con VIH. Todo eso está cambiando, de poco a poco.
—¿Cómo quieres ser recordado? Como la Pancha, como la artista, como las performance de las Yeguas, como escritor, como todas las cosas juntas?
—Todas las cosas juntas. Como alguien que logró remover algo en Chile. No sabemos qué cosa, pero de que se movió, se movió.



