Opinión
13 de Septiembre de 2025
Caca de perro en la ciudad
Por Rita Cox
Aunque Ñuñoa endureció las multas y Vitacura impone sanciones altísimas, las calles siguen plagadas de excrementos de perros: un retrato de la responsabilidad a medias que marca nuestra convivencia urbana. La columnista Rita Cox, orgullosa paseadora responsable de perro, analiza el problema que requiere normas cada vez más estrictas, sobre todo considerando el cambio demográfico que vivimos, donde las mascotas van superando a los niños en las calles.
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Esta columna trata sobre el tema menos sexy del mundo: la caca. La caca de perro. Hace unos días el Concejo Municipal de Ñuñoa aprobó una actualización en su ordenanza local que contempla multas de hasta 5 UTM ($346 mil) para conductas calificadas como incivilizadas, como botar basura en la calle, colillas o chicles, o no recoger heces de perros.
En Vitacura, a nueve kilómetros de la plaza Ñuñoa, las multas por no levantar los excrementos caninos van desde las 0.5 a las 1.9 UTM (poco menos de $138 mil como máximo). Una cifra que podría impactar cualquier bolsillo, pero que evidentemente no funciona como disuasivo eficaz. Y doy fe: las posibilidades de que un inspector pille in fraganti la situación son pocas.
Paseo a mi perro tres veces al día por las calles del barrio lindo que habito. Las mismas cuadras hace tres años y las escenas no cambian: obstáculos escatológicos en los antejardines, los pastos de las plazas, pegadas a los portones de las casas, a los postes de la luz. Un asco. No se ven perros sueltos, sin dueño. Pero sí, caca tirada por ahí y por allá. Más desconcertante aún, esas bolsitas de colores están desparramadas por donde se mire. Solo en dos recorridos del miércoles conté trece. Rosa chicle, verde agua, azul guagua, negras, con estampados. Como si alguien hubiera empaquetado en bolsitas pro el problema, pero se hubiera detenido justo antes de resolverlo.
Las bolsitas famosas se acumulan. Representan un gesto incompleto: la persona se tomó la molestia de elegir el color, comprarla, llevarla consigo, agacharse, recoger y amarrar, pero no llegó hasta el basurero. Es una forma peculiar de responsabilidad a medias que genera el mismo problema que pretendía resolver.

En Chile, un estudio de 2022 estimó que hay aproximadamente 12.5 millones de perros y gatos con dueño y otros 4 millones sin supervisión. La población se compone principalmente de perros, con 8.3 millones, y gatos, con 4.2 millones de ejemplares con dueño. Cada animal defeca entre una y cinco veces diarias. La producción de residuos orgánicos caninos requiere una gestión seria, no el abandono de bolsitas empaquetadas.
Por esas mismas cuadras que recorro, los contenedores para la basura sobran. Nada que reclamarle en ese sentido a la municipalidad. Lo que falta es conciencia y educación. Respeto por el espacio público. Respeto por las personas, especialmente un trabajador, que mal pagado tendrá que recoger la caca del perro ajeno. Atención a un niño que podría tocar excremento mientras juega. Algo de misericordia para quienes quieren echarse en la plaza, pero antes deben asegurarse de que esté limpio.
Los excrementos caninos representan un problema sanitario serio. Una sola deposición puede contener hasta 23 millones de bacterias fecales y transmitir parásitos como toxocara canis, que causa toxocariasis en humanos, especialmente peligrosa para menores. También pueden transmitir campylobacter, salmonella y E. coli. Las bolsitas abandonadas no eliminan estos riesgos; simplemente los empaquetan.
El impacto va más allá de la salud humana. Según investigadores de la Universidad de Melbourne, los excrementos caninos alteran el pH del suelo, dañan la flora nativa y pueden transmitir enfermedades a otros animales. Cada deposición abandonada constituye un pequeño problema ecológico que se suma al deterioro del espacio urbano.
Otros países han implementado medidas más severas. España utiliza sistemas de ADN canino para identificar a los propietarios de excrementos abandonados. Las multas en algunas ciudades españolas pueden alcanzar los 30.000 euros para reincidentes (aproximadamente $32 millones de pesos chilenos). Varios municipios europeos incluso regulan la limpieza de orina canina en fachadas y mobiliario urbano. Barcelona impone multas de hasta 750 euros a los dueños que no limpien la orina de sus mascotas, mientras que municipios como Santa Pola, Calpe, Valencia y Alicante aplican multas de alrededor de 150 euros. La infracción por permitir que los perros orinen sobre mobiliario urbano puede conllevar multas de 300 euros. La medida responde a que las municipalidades, o ayuntamientos, buscan conservar sus calles lo más higiénicas posible, ya que la orina canina concentrada deteriora fachadas, genera olores persistentes y crea problemas de salubridad urbana.
Estas medidas pueden parecer excesivas, pero responden a un cambio demográfico urbano concreto. En Nueva York hay aproximadamente 600 mil perros que superan a los niños que viven en la ciudad. Barcelona registró en 2022 un total de 172.971 perros, cifra que supera ampliamente a los 165.482 niños de entre 0 y 12 años. Las urbes se transforman en espacios donde la convivencia interespecie requiere normas específicas. Y su aplicación, claro está.
La lógica es elemental: nadie dejaría el pañal sucio de una guagua tirado en la calle. La misma racionalidad debería aplicar con los desechos de las mascotas. Elegir tener un animal en la ciudad implica asumir la responsabilidad completa de su cuidado, incluido el manejo de sus residuos.
Cada paseo es un recordatorio de que la ciudad que habitamos refleja nuestra educación colectiva. Las calles llenas de excrementos empaquetados hablan de una sociedad que confunde el gesto con la acción, que cree que medio cumplir es suficiente. La ciudad es un espacio compartido que merece el cuidado completo, no la responsabilidad a medias. O lo otro es que la fiscalización sea implacable, que los municipios gasten más recursos en que esos fiscalizadores nos traten como el padre que nos corretea para que hagamos las tareas.



