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Opinión

19 de Octubre de 2025
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

La (des)memoria del estallido

Foto autor Ignacio Bazán Por Ignacio Bazán

Ya son seis años de esa noche de viernes en que el país estalló. Y en los análisis que a veces se hacen desde quienes estuvieron a favor de las movilizaciones, hay cierta amnesia: nunca de las causas que nos llevaron a ese callejón, pero sí de la violencia que enmarcó todos esos meses posteriores al 18 de octubre de 2019. “Como sociedad habíamos supuestamente llegado a un acuerdo tácito de no violencia tras los traumas de la dictadura. Ese acuerdo se rompió esa noche de viernes en la capital”, escribe Bazán.

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Un día como hoy, hace seis años, gran parte de Chile amanecía con olor a incendio y a lacrimógena. Los daños de ese día, el del estallido social, se saben, pero nunca está de más repasar: estaciones de metro quemadas, muchas inutilizables; el edificio de Enel en Santa Rosa y la fábrica de Kayser envuelta en llamas, donde luego se encontraron cinco cuerpos calcinados. 

Eran noticias durísimas, pero solo era el comienzo. 

El estallido, que se pensó en ese momento como una violenta catarsis colectiva de un día, finalmente se extendió y se extendió y se extendió, implícitamente validado por la marcha del millón, ocurrida tan solo una semana después, hasta apagarse con la llegada de la pandemia, primero; y por el fracaso del primer proceso constituyente, después. 

Y aunque es prácticamente imposible reducir el estallido a una sola explicación medianamente razonable después de todo lo ocurrido en los meses que vinieron, quizás el ejercicio de acordarse de lo que se vivió en esa época sirva de algo, sobre todo en tiempos en que algunos insisten en relativizar y hasta esconder el aspecto violento de esa revuelta. 

Porque fueron tiempos extraños en que se normalizaron un montón de comportamientos que hoy serían inaceptables para la mayoría y que también eran inaceptables antes. Como sociedad habíamos supuestamente llegado a un acuerdo tácito de no violencia tras los traumas de la dictadura. Solamente interrumpidos por los saqueos del 27F, los movimientos estudiantiles de 2006 y 2011 y una que otra crisis social regional como Freirina, Aysén y episodios diversos en la Araucanía. 

Ese acuerdo tácito se rompió esa tarde-noche de viernes en la capital.

HBO Max estrenará un documental sobre el Estallido social

La vida post 18O

Esos meses tras el 18 de octubre la tensión fue tan grande, que solo hoy salen historias como las que se cuentan en Piñera en Jaque, el libro recientemente publicado por las periodistas Paula Catena y Gloria Faúndez. Ahí se narra cómo a Magdalena Díaz, jefa de gabinete de la Presidencia en ese momento, plantea al Mandatario instalar velas azules en diferentes rincones de La Moneda, con la esperanza de cambiar en algo la pésima energía del momento. 

Piñera, poco creyente de esos ritos, le dijo que sí, así como también aceptó la visita de un par de consejeros espirituales. La suerte parecía echada y ningún acto desesperado parecía estar demás. 

Escenas lejanas, que se podrían encontrar en un libro de la Revolución Francesa o de la Revolución Bolchevique o del ataque a La Moneda el 11 de septiembre, volvían al país con toda la fuerza de la historia. 

Dentro de ese caos, también hay que hacer un recuento de los errores de la coalición gobernante, como pedirle a la población que se levante más temprano para que la subida en la tarifa del Metro no le afecte, o referirse a la situación como a ‘una guerra contra un enemigo desconocido’ algo que, aunque maliciosamente interpretado, no era la analogía para el momento que se vivía y terminó echando más brasas a lo que ya estaba incendiado. 

Más allá de que todos teníamos opiniones sobre cómo el gobierno debía actuar, capotando su apoyo totalmente por el lado de la oposición, pero también por el lado de la derecha que hoy encabeza Kast, vale la pena volver a preguntarse seis años después si toda esa violencia, ya sea por acción u omisión, era respaldable. Hoy, con la cabeza más fría, no sé si justificaríamos meses de movilizaciones, de muertos, de instituciones quemadas, simplemente porque el gobierno de turno cometió errores, por muy serios que hubiesen sido. 

Si ese fuera el caso, pasaríamos incendiados. Hoy y siempre.

Quién quemó el metro o el negacionismo del estallido

Ha habido varias frases contradictorias postrevuelta entre la clase política dirigente. Desde el ‘Cómo quieren que no lo quememos todo’ de la diputada Catalina Pérez, a ‘Yo no recuerdo en ningún momento que haya habido enfrentamiento directamente con Carabineros’, de Nicole Cardoch, cuando era ministra (s) de la Segegob, a ‘Hoy lo que se hace es convertir en lo peor del estallido, que es una cuestión terrible lo que vivieron a quienes les quemaron los locales, toda la cuestión, es terrible, pero respecto del estallido y su magnitud, resulta marginal’, del ex precandidato a la presidencia, Gonzalo Winter.

Frases que van desde asumir implícitamente participación en el clima de violencia y crispación, a otras que apuntan derechamente a bajarle el perfil a lo ocurrido entre fines de 2019 y principios de 2020.  

En el encausamiento de ese debate, mucho se habló de las estaciones de Metro quemadas, como si ese hubiese el único incidente, como si ese hubiese sido el único tema relevante durante los largos meses de revuelta, insinuando además que fueron agentes del Estado los que se encargaron de ese trabajo. 

Pero, más allá de quién quemó el metro, hecho que de todas formas dejó a 12 condenados por incendio y daños, condenados que no son precisamente agentes del Estado, ¿qué pasa cuando los que sufrieron el fuego y los saqueos son centros culturales, casas patrimoniales, hoteles, restoranes, universidades, comisarías, buses, fábricas e incluso de medios de comunicación? ¿Agentes del Estado también? ¿Tantas eran las ganas de autovictimización de un gobierno, que prefirió empujar la quema del metro, quedando al borde de la cuerda floja institucional? 

Difícil de probar y difícil de creer, porque el estallido terminó anticipadamente con el gobierno de Piñera. De ahí en adelante el expresidente se dedicó a administrar lo poco que podía administrar, a resistir, a no caer, quizás el logro más grande de su segundo periodo.

Por eso vuelvo sobre la memoria. Porque el estallido fue mucho más que una listita de supermercado de edificios quemados de todo tipo. Hubo personas que perdieron la vida en diferentes circunstancias, hubo otros que perdieron uno u ambos ojos, hubo fuerzas especiales que todos los viernes se preparaban para ir a Vietnam en lo que por esa época era conocido como Plaza Dignidad, con cientos de ellos luego formalizados por la justicia. O personas que quedaron con daño permanente e irreparable, como es el caso de la hoy senadora Fabiola Campillay y del hoy candidato a diputado, Gustavo Gatica. 

Y aún así, lo que subyace del estallido es que hubo un país totalmente afiebrado que, al lado de todos los desastres antes descritos, normalizó que el comercio desde Estación Central hasta El Golf tuviera que tapar sus ventanas con planchas de zinc. O que normalizó que a un grupo de personas se les ocurriera hacerte bailar para seguir por tu camino. Imaginen armar un piquete hoy en nombre de cualquier causa y hacer que las personas se bajen obligadas de su auto a bailar para poder continuar su ruta. 

No vuela, por ningún lado vuela. Y, aún así, dentro de todo, esos episodios de ‘baila pasa’, eran la cara más amable de lo que se autodenominó como movimiento social. Así estábamos. 

Hay que recordarlo y parar de minimizarlo, por mucho que las causas y las peticiones del momento hayan sido (y siguen siendo en muchos casos) atendibles. No solo porque, los que lucharon -por convicción o por la inercia del momento-, lo hicieron para que Chile finalmente terminara más o menos en el mismo lugar que estaba antes del estallido: sin nueva Constitución y ad portas de volver a tener, bien posiblemente, un nuevo gobierno de derecha. 

También porque perdimos la certeza de un consenso al que tanto nos había costado llegar: no hacer tambalear gobiernos por la fuerza. Aunque quienes ostenten el poder se equivoquen, una y otra vez. 

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