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Marco Antonio de la Parra: “No le temo a la muerte. Sí siento que debo apurarme, no sé cuánto tiempo tengo”

En 2020 le diagnosticaron un mieloma múltiple, una enfermedad “sin cura, pero con tratamiento”, que afecta la médula ósea. Desde entonces, el dramaturgo y psiquiatra de 73 años mide el tiempo en una cuenta regresiva. Hace un año no leía ni escribía; hoy trabaja en tres obras y en enero será homenajeado en el Festival Teatro a Mil. “El teatro es el arte de la resurrección”, dice tras su regreso de Madrid, donde presentó Mr. Shakespeare, el monólogo que él mismo protagoniza y donde ahonda en su frágil estado de salud. El autor habló con The Clinic sobre su recuperación, su cercanía con la muerte y sus aprehensiones con la eutanasia. No se abandera por ningún candidato, toma distancia del gobierno de Boric y advierte que, tras el estallido social, el país se sumió en una pena colectiva: “Chile no está enfermo, está triste. La gente no quiere sanarse. Quiere licencia médica”.

Por Pedro Bahamondes Chaud 25 de Octubre de 2025
Fotos: Felipe Figueroa/The Clinic
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“Aún no me recupero del jet lag. Definitivamente, estoy fuera de training”, dice Marco Antonio de la Parra (1952). Tras varios años sin viajar, hace dos semanas el dramaturgo y psiquiatra regresó a Madrid, donde estuvo ocho días impartiendo talleres y presentándose en el Teatro de la Abadía –uno de los escenarios emblemáticos del distrito de Chamberí– con su unipersonal “Mr. Shakespeare”, estrenado en Chile este mismo año.

Lo acompañaban su esposa, la crítica de cine Ana Josefa Silva, y el actor Pablo Schwarz, quien lo dirige en esa obra –la número 101 de su producción– y que, en más de algún sentido, le devolvió la vida.

El reencuentro con la capital española fue doblemente significativo para el autor de 73 años y creador de piezas clave del teatro chileno como “Lo crudo, lo cocido y lo podrido” (1978) –censurada por el Teatro de la Universidad Católica en plena dictadura y reestrenada en la misma sala en 2023– y “La secreta obscenidad de cada día”, con la que se presentó por primera vez en Madrid en 1987. Años más tarde, entre 1991 y 1993, regresó allí como agregado cultural del gobierno de Patricio Aylwin. Y hoy, dos de sus cuatro hijos residen también en España.

“Madrid sigue siendo una ciudad muy cargada para mí”, dice ahora De la Parra, sentado en el living de su departamento con vista al cerro Manquehue, donde vive hace una década. “Fue muy emocionante reencontrarme con mis hijos, estar los tres juntos otra vez, ver también amigos y exalumnos que hoy son profesores”, recuerda. Entre ellos, Juan Mayorga, dramaturgo español, Premio Princesa de Asturias y actual director del Teatro de la Abadía, quien lo invitó a presentarse allí.

El viaje fue breve para la apretada agenda que tuvo: tres funciones de Mr. Shakespeare, talleres, foros y hasta una lectura dramatizada de “El efecto Bergman”, obra inédita suya donde revisita el universo cinematográfico del director sueco de “El séptimo sello” –y uno de sus tres maestros junto a Kurosawa y Hitchcock, dice– desde una perspectiva contemporánea. Planea estrenarla en Chile el próximo año, en una producción del Teatro Finis Terrae que será dirigida por Luis Ureta y protagonizada por Paulina García.

De la Parra apenas tuvo tiempo para respirar entre una actividad y otra. A bordo de un par de taxis, alcanzó a pasar fugazmente frente a algunos de los lugares que frecuentaba cuando vivía en España, hace ya casi cuarenta años: el Círculo de Bellas Artes, donde presentó junto a León Cohen “La secreta obscenidad de cada día”; el Café Gijón, punto de reunión de artistas, y el Museo Chicote, que no es museo sino una de las coctelerías legendarias de Madrid.

“No tuve tiempo de ir a una librería ni a un museo. Me quedé con las ganas de comer callos a la madrileña”, se lamenta entre risas, “pero a pesar de eso logré reencontrarme con algo, una sensación, tal vez, que pensé que no volvería a experimentar. Fue como hacer teatro para vivir nuevamente, como en dictadura: no hacíamos teatro contra algo, sino para sobrevivir”.

La enfermedad

En 2020, mientras el mundo se paralizaba por la pandemia y estallaba la guerra entre Rusia y Ucrania, a De la Parra le anunciaban otra batalla, una de las más duras de su vida. A mediados de ese año le diagnosticaron un mieloma múltiple, una enfermedad de la sangre que afecta la médula ósea y que lo mantuvo internado durante semanas en la Fundación Arturo López Pérez, donde además fue sometido a un autotrasplante de células madre.

“No es exactamente un cáncer; el mieloma múltiple tiene un parentesco, pero no es lo mismo. Es una enfermedad compleja, sin cura, pero con tratamiento”, explica De la Parra.

“Pasé ya la parte más aguda, los primeros dos años de sobrevida, que son los más complejos, cuando se hace el tratamiento. Estuve encerrado en una especie de burbuja. Fue muy raro todo eso. Yo creí que iba a poder leer o pensar. Y no, no puedes hacer nada. Se te aplasta el seso y lo único que quieres es que termine todo”.

“Después de salir de la burbuja, todo el mundo me decía frases optimistas porque el tratamiento al parecer funciona muy bien. Pero, sin embargo, la enfermedad no tiene cura. Tiene tratamiento, sí, y tendré que tenerlo para siempre y acostumbrarme a este cuerpo, cuidarlo, porque ya no es lo que era. El cuerpo se encoge. Perdí siete centímetros de estatura con la enfermedad”.

La enfermedad lo alcanzó en plena efervescencia creativa. Mientras sus obras volvían reversionadas a los escenarios y su nombre era revalorado como autor, seguía estrenando textos inéditos regularmente y además dirigía el Teatro Finis Terrae. En paralelo, atendía pacientes en su consulta del barrio El Golf, escribía con la misma disciplina de siempre y conducía junto a su esposa “Del fin del mundo”, programa cultural que ambos mantienen al aire hasta hoy en BioBío TV.

“Uno, a los sesenta y tantos años, dice: voy a seguir para adelante. Ni te lo cuestionas. Pero de pronto te encuentras con un diagnóstico raro, una enfermedad compleja como esta, y todo lo demás queda en el aire”, comenta.

Una enfermedad así rompe todos los moldes de lo que uno esperaba hacer y tenía planificado. Yo tenía abandonada la escritura, la lectura incluso, con la cantidad de libros que hay en esta casa, te das cuenta que era una pasión. Pero, sin embargo, de pronto me rescaté. Gracias a la ayuda de mi mujer, a los amigos como León Cohen, a Pablo Schwarz, que tuvo la paciencia de dar muy poquitas instrucciones para que yo diera con el personaje de Mr. Shakespeare y volviera a actuar, que no es menor”.

Mientras estuvo hospitalizado, De la Parra presenció la frágil línea entre la vida y la muerte. “Ahí uno ve morir a otros. Ves las despedidas, las familias, los amigos. Aprendes a mirar la muerte de cerca. Y a la vez, ves mucha vida. La gente que tiene ganas, la que pelea, la que se ríe. Aprendes que el miedo también se ríe”.

Salió de la clínica caminando con dificultad, pero caminando, recuerda. “No podía escribir ni leer. No podía hacer nada”. Tuvo que bajar las revoluciones, acostumbrarse a su nueva condición y a convivir con los controles médicos. Actualmente, debe ir cada tres meses al mismo Instituto Oncológico, en Providencia, para realizarse exámenes de chequeo. “Cruzo los dedos para que todo esté bien, que todo esté igual, y seguir. Y bueno, sigo aquí y estoy retomando todo de a poco”, dice.

“Mucha gente que ha estado conmigo me ha servido para abandonar cualquier temor a la muerte. Hoy me siento en sobrevida, porque así me lo han dicho, y cada mes y cada año es una prórroga. Estoy condenado a ser tratado mientras haya vida, y eso me da vida. No sé cuánto me queda, pero mientras pueda seguir actuando, lo haré. Y si no puedo actuar, escribiré. Y si tampoco puedo hacer eso, miraré teatro. Pero no me pienso rendir”.

En una charla reciente en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) de Madrid, alguien le preguntó por qué no temía a la muerte. De la Parra respondió sin dudar: “Porque es una pérdida de tiempo tenerle miedo. Siempre ha estado ahí, mirándonos”, contestó, citando a Sui Géneris.

Ahora profundiza en sus palabras: “Claro, me da miedo despedirme de la gente que amo. Pero, como dice ‘Mr. Shakespeare’, soy el menos religioso de los hombres. Y, sin embargo, uno igual empieza esa negociación con Dios: ‘¿De qué se trata esto? ¿Qué es la muerte?’. Yo no le temo a la muerte. Sí siento que debo apurarme: no sé cuánto tiempo tengo. De momento, Ana Josefa y todos me tienen prohibido morirme”, bromea.

–¿Cómo ha sido su relación con la muerte?

–Como escribió un poeta armenio: “Mi padre y mi madre han muerto, lo cual quiere decir que he terminado de nacer”. Yo terminé de nacer tarde. Mi padre murió a los 80; a mi madre se la llevó el Alzheimer, que es otra forma de muerte. Y quedamos mi hermano –tres años menor– y yo, reencontrándonos después de tanto. A veces uno cree que los hermanos son para toda la vida, y de pronto se da cuenta de que no: que somos solo dos, y estamos solos.

De la Parra recuerda que su padre –dermatólogo de profesión, al igual que su hermano– pidió la eutanasia tras sufrir un accidente vascular y quedar paralizado. “Lo vi pedirla después de haber sido un médico en plena actividad, así como lo vi después recuperar el sentido de la vida. Vi esos dos momentos”, cuenta.

“A partir de ahí siempre tengo la duda. Si me tocara enfrentar lo mismo, ¿pediría la eutanasia o no? Evidentemente, ahora más que nunca es una pregunta bien compleja. Si me toca un accidente vascular, una parálisis o una enfermedad invalidante como la esclerosis lateral amiotrófica, ¿quizás querré aceptar que voy a depender brutalmente de mis familiares? Hay un tema con el cuidado. Si supiéramos que todos están decididos a cuidarse entre sí, uno dice: ¿qué sentido tiene la eutanasia? Pero si vemos que no hay cuidado, no queda otra”.

Renacer en el escenario

“El año pasado, a esta altura, creía que no había más”, recuerda Marco Antonio de la Parra. “Me despedí de los escenarios con ‘El quiebre de los espejos’, una obra médica por excelencia, e hicimos una función a beneficio con el elenco para cubrir los gastos del tratamiento. Todo era una despedida. Pasaba a saludarlos, a desearles suerte, pero ya no pensaba volver a actuar”.

Con el paso de los meses, aquella idea de la sobrevida empezó a darle un nuevo sentido al tiempo. “Llega un momento en que la sobrevida vale más que la vida. En la vida uno dice: ‘tengo otro día más’. En la sobrevida no sabes cuántos te quedan, así que tienes que aprovecharlos. Por eso la comparo tanto con la dictadura: había que vivir, aunque fuera con miedo”.

La lectura fue el primer hábito que recuperó. Entre la no despreciable cantidad de libros pendientes o picoteados que se acumulan en los rincones de su departamento, De la Parra encontró en un joven y celebrado autor la contención que necesitaba. “Leí con mucho placer a un escritor vietnamita, Ocean Vuong –poeta y autor de la premiada novela ‘En la Tierra somos fugazmente grandiosos’–, quien me parece uno de los mejores escritores contemporáneos”, dice.

Publicada por Anagrama en 2019 y ganadora del American Book Award, la novela adopta la forma de una carta en la que Vuong le escribe a su madre –quien no sabe leer ni escribir– para hablarle de la memoria, la guerra, la identidad migrante y su propia homosexualidad.

“Es un libro cuya belleza frente al dolor me ayudó mucho”, dice el dramaturgo. “Uno se puede encontrar con la belleza y la creatividad a pesar del peligro, a pesar de la enfermedad, a pesar del dolor. Y eso para mí fue muy importante”.

“Después de salir de la clínica, yo me preguntaba: bueno, ¿y cuánto me queda? Todo el mundo habla de sobrevida, pero nadie me dice cuánto puedo estar así. El cuerpo se altera, ya no es tuyo. Uso bastón parte del tiempo y un arnés que complica los viajes en avión. Hay que acarrear una silla de ruedas, que también es muy incómodo”.

“Entonces, dije: fueron cuarenta años haciendo esta obra, ‘La secreta obscenidad de cada día’, no voy a hacer más. Tampoco sé si escriba. Pero ahí estuvo –de nuevo– el empujón que me dio esa novela, y costó lograrlo. Mantuvimos un cierto silencio con Ana Josefa, todo muy discreto, pero la gente se fue enterando de que estaba dando vueltas esta enfermedad. Ahí fue cuando apareció Pablo Schwarz”, recuerda.

“Él tiene algo con hacer obras de teatro con pacientes terminales”, ironiza De la Parra. “Pablo ya había hecho ‘La última cinta de Krapp’ de Samuel Beckett, con Alejandro Sieveking, y quería hacerla ahora conmigo. Le dije que no. No quiero hacerla. Sentí que me traía a un ensayo del catafalco (ríe). Le propuse mejor otra obra que tenía guardada: ‘Mr. Shakespeare’”.

El texto llevaba años dando vueltas entre sus papeles. Era una obra que había escrito antes de enfermar, durante los primeros meses de la pandemia, y que pensó originalmente como contraparte de su unipersonal “El loco de Cervantes” (2012), “un espejo del delirio y la creación”, dice. Pero la enfermedad la cambió por dentro y “Mr. Shakespeare” se transformó en otra cosa: tal vez una meditación sobre la muerte, la inmortalidad, la pérdida del cuerpo y la persistencia de la voz.

Mientras la escribía, De la Parra nunca pensó en protagonizar la obra, pero esa era precisamente la propuesta de Schwarz: subirlo de nuevo a escena. Durante los ensayos, el dramaturgo pudo trabajar a su nuevo ritmo y en sintonía con el director, quien supo guiar apropiadamente el proceso: “Pablo jamás me apuró ni me exigió nada. Nunca me dirigió con aprehensión o diciéndome ‘eso no, cuidado con tu salud’. Nada de eso. Él te deja ser y nunca hablaba de mi salud. Se hablaba de hacer teatro, como tiene que ser. Así apareció el personaje”.

El montaje debutó con gran expectación en marzo de este año, en el Teatro Finis Terrae. En escena, un hombre que dice llamarse William Shakespeare –un actor, dramaturgo o psiquiatra, no se sabe– reflexiona desde un salón de pool vacío sobre el paso del tiempo, la precariedad del arte y la condena de seguir vivo cuando el cuerpo ya no acompaña. El personaje dialoga con la muerte, replantea su miedo a morir y se atreve a preguntarse, sin miedo, por lo que viene.

“’Mr. Shakespeare’ es una obra sobre la enfermedad, sobre la inmortalidad, y por tanto una obra sobre la muerte. Empezamos a ensayarla y yo no esperaba ni siquiera poder moverme, pero el escenario resultó ser más potente que la kinesiología. Es absolutamente mágico. Subía a escena y tenía una energía que no tenía fuera del teatro y que ningún tratamiento podría darme. Me podían doler los huesos, me podía complicar la espalda, pero me daba lo mismo cuando empezaba la función”.

El autor e intérprete define cada presentación como un estado de gracia: “El actor tiene que aprender a morir para ser otro y que ese otro aparezca. Lo he escrito y enseñado muchas veces, y no sabía que me llegaría tan de cerca”, agrega el intérprete, quien deslumbra por la honestidad de su actuación y con que aborda su enfermedad, el deterioro físico y hasta algunas bondades del tratamiento, como el parche de morfina con que actúa y que muestra al público: “Mi médico de cuidados paliativos fue quien me indicó usarlo para las funciones y es maravilloso”, cuenta.

“El teatro es el arte de la resurrección: el escenario me devolvió el cuerpo”, asegura De la Parra. “La vitalidad que me dio el escenario fue increíble y se debe también al éxito y al recibimiento cariñoso que ha tenido ‘Mr. Shakespeare’, que me emociona tanto a mí como al público. Algunos saben de esta enfermedad compleja, otros no, y no importa: la obra funciona igual”.

–El personaje de Mr. Shakespeare dice no temer a la muerte sino a la vida eterna. ¿Está pensando también en su propia trascendencia?

—Ha sido raro el teatro conmigo. Ha durado mucho. He escrito mucho, en exceso, como dice el propio personaje, pero pienso seguir escribiendo. Quizás no tengo remedio. No sé cuántos años más de sobrevida me ha dado el teatro. Lo que no sé –y creo que no será así– es si volveré a subirme a una escena, a no ser que Pablo Schwarz insista en hacer ‘La última cinta de Krapp ‘(ríe). Por ahora solo tengo ganas de hacer a Mr. Shakespeare y perfeccionarlo”.

“Las giras a Talca o a Madrid han sido estupendas: encontrarme con la gente y poder compartir esta vivencia me produce un golpe de vida. Yo nunca he jalado, pero supongo que estar en el escenario se siente parecido a que te den una buena raya de cocaína. Una energía que te atraviesa. Físicamente es un trabajo muy exigente, pero no me doy cuenta. Al revés, esa exigencia se me convierte en fuerza”.

Tiempo de homenajes

Tras su primera temporada, “Mr. Shakespeare” tuvo un breve paso por la Corporación Cultural de Las Condes y el Espacio Bicentenario de Talca antes de su debut en Madrid la semana pasada. La obra regresará a Santiago los próximos 3 y 4 de enero para inaugurar la 33ª edición del Festival Teatro a Mil, en el GAM, donde Marco Antonio de la Parra será homenajeado por su trayectoria.

Se lo toma con ironía y gratitud: “Otra vez el catafalco, la losa encima”, dice el autor entre risas. Fuera de broma, agrega: “Siento que he trabajado harto. El teatro ha sido demasiado importante para mí y un homenaje así lo siento, ante todo, como una responsabilidad. No puedes quedarte sentado mirando y sonriendo amablemente”.

“Creo que el mejor homenaje es que me permitan estar con una obra en la que voy a actuar hasta las últimas consecuencias. Lo agradezco, por supuesto, y más viniendo de quién viene. Fitam y Carmen Romero han hecho mucho por el teatro en este país, y Teatro a Mil debe ser uno de los festivales más relevantes actualmente. Entonces, es un honor, pero también es un compromiso. Un compromiso con el teatro chileno”.

La programación del certamen, que se extenderá entre el 3 y el 25 de enero de 2026, incluye otra obra emblemática de De la Parra: “La pequeña historia de Chile”, escrita en 1994 y reestrenada este año en el Teatro Finis Terrae bajo la dirección de Francisco Krebs, con un elenco encabezado por Paola Volpato, Camila Hirane y Manuela Oyarzún. El montaje volverá a la misma sala del 19 al 21 de enero.

De la Parra despliega una sátira aguda y desbordada sobre la educación, la identidad nacional y los relatos con que el país ha intentado explicarse a sí mismo, narrada a través de un grupo de profesores que deambula por un liceo vacío donde ya no hay estudiantes ni himnos. Una bandera que ya no flamea.

En esa ruina simbólica, el autor expuso los ecos de una nación extraviada entre su memoria y su deseo de futuro. Volver a verla, treinta años después de su estreno, fue “muy revitalizador”, recuerda.

“El día del estreno, dije: bueno, está entre mis top ten, está entre mis top five, está entre mis top three, no sé si más, incluso. No sé si ‘La pequeña historia de Chile’ sea mi mejor obra. Se pelea con ‘Lo crudo, lo cocido y lo podrido’, que yo todavía no la entiendo, se pelea con ‘La secreta obscenidad de cada día’, pero me revitaliza. Verla fue precioso. Fue muy emocionante”.

De la Parra destaca también la mirada del director sobre el texto original y la revalorización de sus obras en los últimos años. “La apuesta del público era distinta, mucho más estridente, mucho más moderna. Los trabajos de Pancho Krebs te desafían de otra manera, te proponen otra estética. Eso me pareció estupendo”, dice.

“Vuelvo a la pregunta de qué significa ser homenajeado. Y quiere decir que hay alguien que realmente te ‘significa’, en el sentido más literal del término”, reflexiona. “Bourdieu lo decía muy bien: ¿quién te significa? Es decir, ¿quién te da sentido, quién te lee, quién te otorga un lugar en el mapa simbólico? Que te signifiquen es muy fuerte. Es una manera de volver a existir”.

–¿Percibe que su teatro ha influido en las nuevas generaciones de dramaturgos?

–No sé si mi teatro dejó influencia en Chile. No lo creo. Pero sí ha sido revalorado en los últimos años, con nuevas versiones y montajes. Hay gente joven que me gusta como escribe no más. Pablo Manzi y el grupo Bonobo, por ejemplo. Me parece el nombre más alto, para mí el autor más interesante. Pero ellos, como muchos de su generación, están lejos de la experiencia de muerte que debe tener un actor. Son demasiado jóvenes todavía. Y no están viviendo la dictadura. Como dice un personaje: no han sabido lo que es la guillotina ni el golpe del hacha del verdugo, ni el paredón ni la sangre fresca. Es difícil escribir sin muerte.

Este año volvió a postular al Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisual, que finalmente recayó en Jaime Vadell, en reconocimiento a una trayectoria de más de seis décadas en el teatro y el cine. Antes lo había obtenido Patricio Guzmán, documentalista esencial de la memoria histórica del país. De la Parra, que ha hecho lo propio desde la dramaturgia, ha postulado en reiteradas ocasiones durante la última década, sin obtenerlo todavía.

–¿Le parece que el Premio Nacional ha quedado chico para tanta disciplina?

Indudablemente. Pasa como con el de Literatura, que alterna entre poesía y narrativa; el de Artes de la Representación y Audiovisual también mezcla demasiadas disciplinas: dramaturgos, actores, directores, cineastas… y termina siendo por poco cada diez años. Uno está ahí esperando que te toque la suerte, y hay una patrulla de gente merecedora haciendo fila. Es un reconocimiento necesario, pero es insuficiente y debería entregarse con más frecuencia o dividirse mejor.

“Jaime Vadell tiene una trayectoria brillante, eso nadie lo discute. Pero justamente ahí está el problema: actores de su generación compiten con cineastas, dramaturgos o directores que también llevan vidas enteras dedicadas al arte. El campo se volvió tan amplio que cuesta que todos entren. Más que un premio, finalmente parece un embudo donde cabemos todos a presión”.

“Eso no se le hace a un país”

Dice tener “más ideas que fuerzas”, pero que el cuerpo, al menos por ahora, responde para seguir produciendo. “Estoy escribiendo mis obras número 102, 103 y 104”, dice De la Parra. Una de ellas aborda la agonía del diario La Época, símbolo –dice– de la decadencia del periodismo de oposición en Chile.

“Es una historia en la línea de mis obras políticas y transcurre durante la última noche del periódico, cuando tienen que resolver la última portada y el titular que saldrá al día siguiente”, cuenta de la Parra.

“Quiero retroceder del estallido y empezar en el pre estallido, cuando la Concertación hundió la prensa de oposición. La hundió y con eso perdimos la luz. Inauguró años de autocensura que se arrastran hasta hoy, dejó instalado a El Mercurio y anuló la función del periodismo y a los medios que resistieron a la dictadura: Cauce, Apsi, Análisis. Eso no se le hace a un país”, opina el dramaturgo.

Los otros dos textos, en cambio, avanzan a ritmos distintos: una se centra en la figura de Yago, el villano de “Otelo” de Shakespeare, y otra que comenzó previo al diagnóstico de su enfermedad y que se gesta en torno a una imagen que no lo abandona hace años: un campo de golf ardiendo en llamas, mientras los líderes de algunas potencias mundiales siguen jugando, indiferentes a la tragedia. Se llama “Maquiavelo enseñándole a jugar golf a un joven presidente”.

“No es una burla –aclara– es una buena metáfora. El golf no es un deporte de masas: exige precisión, contención, estrategia. Todo lo que le falta a la política chilena. Yo creo que Boric todavía no aprende a jugar. Tiene que madurar, cuidar a su gente, aprender a esperar el momento correcto. A veces el poder también se trata de eso”.

“Yo mandaría al Presidente Boric a aprender a jugar golf. No por elegante, sino para que aprenda a contenerse, a usar el palo correcto, a esperar su turno. A no patear la pelota antes de tiempo. Eso es lo que le falta. Ha tenido momentos de madurez, pero le ha faltado contenerse y contener a su grupo. Se escapó mucha gente y hubo mucha otra que fue desobediente, y en ese momento él no tuvo control”, considera.

–Y entre quienes postulan a la Presidencia, ¿ve alguna o algún mejor golfista?

–No veo mucho dominio del arte del golf en ninguno de ellos. O sea, ¿quién está en condiciones de tener generosidad, visión y capacidad de estadista en grande? Está difícil, muy difícil. Y eso puede producir desilusiones. No estoy diciendo que vaya a haber otro estallido social, pero si vuelve la desilusión… ¿otra vez? No lo sé.

–¿Nadie se hace cargo de esa desilusión, a su juicio?

–Dice la izquierda que tiene una candidata que es una gran bailarina de cumbia, muy simpática. Eso es lo que repite todo el mundo, que es simpática. Pero no basta con ser simpático para liderar un país. Para qué decir del otro lado. Si en segunda vuelta me toca votar entre Kast y Jara, no sé qué haría. No encuentro que ninguno de los dos tenga el peso.

–¿Y de los que quedan al medio?

–Son demasiados. La que pudo ser fue Matthei. En su momento pudo tener un gesto distinto, pero la desgastaron los antecedentes, las postulaciones anteriores. Se desgastó. Del único que sí diría algo es de Kaiser, que puede ser una pesadilla. Da miedo. Y el resto, no. No me gusta ninguno.

“No hay ningún candidato que convoque. Cuando hablo de convocar, es convocar a todos, y no veo ese vuelo popular en ninguna candidatura. Esa sensación de salir a la calle y sentir que todos están contigo, desde el conserje hasta el último piso, todos involucrados en el mismo país, con el mismo deseo de hacerlo avanzar. Eso no está. No hay nadie que lo genere, nadie que despierte esa voluntad común sin volverse patético, ridículo o violento”.

Una pena colectiva

En su consulta –cuenta–, Marco Antonio de la Parra suele escuchar el mismo lamento entre sus pacientes: “se nos fue un sueño”.

“No se manejó completamente ni se cuidó la posibilidad de concretar ese sueño, que era el cambio de Constitución y reparar en parte las demandas del estallido social”, dice ahora.

El 18 de octubre de 2019, De la Parra estaba en el Teatro Finis Terrae estrenando una obra de Luis Barrales, una reescritura de Máximo Gorki titulada “La apariencia de la burguesía”. La obra hablaba de una familia de clase media, del hastío y del cambio, y además vaticinaba un apagón.

“Fue demasiado fuerte el estallido, demasiado triste”, recuerda De la Parra. “Fue triste por su violencia, fue triste por cómo terminó, y porque en el sueño que había debajo tampoco se produjo nada. O sea, no hubo ni sueño ni utopía. Hubo carne quemada. Los procesos constitucionales fueron patéticos. Patético el discurso, el disfraz de carnaval, cuando se supone que estás hablando de trazar su historia, de proyectarla hacia el futuro”.

Le cuesta –hasta ahora, dice– sacar conclusiones de todo ese periodo: “Es difícil mantener una línea sobre el estallido porque no lo entiendo todavía bien”, dice. “En mi consulta he escuchado esa desazón, la desilusión de haber sentido que se intentó agarrar un sueño, pero al intentarlo se cayeron los muebles, se cayó todo. Cuando vi la película ‘La Ola’, de Sebastián Lelio, pensé: ¿eso hicimos? La gente se movilizó y terminamos igual que la película. Sin final. No se resolvió nada”.

“Sigue siendo un periodo para mí muy confuso. La promesa, el sueño, la pesadilla, la articulación de un discurso que no está hasta el día de hoy. Quedó mal hecho el país. Después vienen todos los problemas: los migrantes, la economía, la cosa política, la seguridad. Pero el país quedó desarticulado y con una profunda pena”.

El dramaturgo tiene una visión pesimista de la situación a nivel global. “Todo se ha dado mal”, dice resignado. “En Europa me tocó ver una cosa rara: tú ves las noticias y todo es terrible, pero la Europa real tenía un espacio de vitalidad, cómodo y agradable. Pedro Sánchez, que a mí me carga –ríe–, tiene el país funcionando perfectamente”.

Luego contrasta: “Pero hay tantos países que no funcionan. Trump, por ejemplo, es un fenómeno particularmente patológico. Milei, en cambio, es un chiste. Una broma terrible. Pero ahí están, los dos, y hay varios más. No es un gran momento”.

–¿Algún líder que destaque?

–Felipe González, en su momento. A pesar de que se rían de él, tenía visión. Y Obama me parecía interesante, un presidente pop, con humanidad, con contacto. Se involucraba con la gente”.

–¿Y de Chile?

–Lagos lo intentó, y el Partido Socialista se encargó de hundirlo.

De la Parra rechaza el cliché de diagnosticar a Chile. “La estamos pasando mal. Es triste no tener ilusiones”, dice. “Chile no está enfermo, está triste. La gente no quiere sanarse. Quiere licencia médica, no quiere conocerse a sí misma. Quiere permiso para no hacer nada, para no enfrentarse. Ya nadie disfruta su trabajo. Hay tristeza. A veces agradezco cuando llega alguien que quiere saber quién es y sentirse libre”.

–¿Y usted, se siente libre?

–Digamos que lo intento.

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