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Reportajes

Jaime Vadell, actor y Premio Nacional 2025: “La sociedad chilena se autocensuró y no opina de nada”

Figura esencial de la escena chilena, Vadell ha sido testigo y protagonista de más de medio siglo de historia cultural. La invitación de The Clinic fue a sentarse a conversar y reflexionar sobre su vida, en este primer cuarto de siglo del nuevo milenio, aprovechando su flamante Premio Nacional de Artes de la Representación. Aquí, el actor recuerda los años de censura, los sueños utópicos, la fuerza del teatro como espacio político y el Chile que, a su juicio, se volvió más serio y menos ingenioso. “Un país chico no puede darse el lujo de ser grave”, dice.

Por 18 de Octubre de 2025
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Jaime Vadell (90) recuerda que era su madre quien lo llevó, siendo niño y siendo joven, a ver teatro. “Hay que agradecérselo o culparla”, bromea, y recuerda el teatro “más beato” y el más experimental por el que se paseó siendo un adolescente, y que le quedó gustando. “Me llevaba a cosas aburridas también. Y saqué en cuenta, con el tiempo, de que una parte de la educación tiene que ser el aburrimiento. Uno aprende aburriéndose, es inolvidable lo que a uno lo ha aburrido. Me llevaron a ver una ópera que se llama Fidelio, que dura como ocho horas. O no era tanto, pero en fin, se siente”, dice el actor.

Ese primer acercamiento como espectador marcó lo que sería después una vida entera en el mundo de la cultura: estudió teatro en la Universidad de Chile, partió luego para Concepción, retornó a Santiago y fue parte del mítico Ictus, y luego fundador -junto a José Manuel Salcedo- de la compañía de Teatro La Feria. Vadell fue intérprete y gestor cultural en tiempos de dictadura; pasó también al cine, donde ha trabajo desde con Raúl Ruiz hasta Pablo Larraín. Y, por supuesto, ha trabajado en televisión, desde los años 80 hasta 2019.

Sigue arriba de las tablas: está presentando la obra Aquí me bajo yo, donde actuó incluso días después de haber enviudado de su mujer de más de 50 años, la actriz y escenógrafa Susana Bomchil. La pena y el trabajo han estado acompañados de aplausos: Vadell se llevó este año el Premio Nacional de Artes de la Representación.

La invitación de The Clinic a Vadell fue a sentarse a conversar sobre su carrera, y sobre los cambios que ha visto y vivido en Chile, a través de la cultura, dentro del ciclo de entrevistas y conversaciones donde marcamos el primer cuarto de siglo del nuevo milenio.

De política, de teatro y de buenas y malas memorias

—¿Por qué quiso dedicarse a esto y se ha dedicado toda la vida? ¿Qué fue lo que le gustaba del oficio y qué es lo que lo ha mantenido ahí todas estas décadas?

—A uno le gusta porque es entretenido, a uno le gusta porque tiene un horario amable, no hay que levantarse temprano.

—Pero hay que trabajar de noche en las obras de teatro.

—Fatal, pero trabajar de noche es bueno porque uno después sale a comer y trasnochar era una de las cosas buenas de la vida. Ahora ya no tanto. Los años, entre otras de las cosas que lo limitan a uno es el trasnoche. Era un trabajo entretenido y tenía un horario amable. Yo siempre fui flojo para levantarme. Y fue un fiasco porque apareció la televisión que obligaba a estar a las ocho y media ahí en el camerino. Esto para los actuales jóvenes: el trabajo de la televisión, el que hay que soportar, es la espera.

—Bueno, se dedicó finalmente toda la vida a las tablas y a la actuación. Uno piensa que a veces parte del encanto de actuar es poder vivir otras vidas. Es también entender un poco mejor a las personas. ¿Fue el caso para usted?

—Qué divertido. No me he planteado nunca eso yo, la verdad. ¿Qué quiere que le diga? Uno es siempre el mismo que entra al escenario y le pasan cosas diferentes. Y entonces el público cree que es otra persona. Pero no es otra persona, es uno mismo. No se vive en otras vidas. Y no se vive tampoco los dolores. Es todo falso. Es mentira.

—Cuando partió trabajando en los años 60 había distintos tipos de teatro. Había harto movimiento. Después usted pasa el Ictus, arma La Feria. ¿Se sentía una efervescencia creativa o fue como cosas que se iban dando unas con otras, que se armó toda esta escena?

—Había un movimiento cultural en Santiago de Chile. Yo creo que muy superior al que hay en este momento. Era chico, tal vez porque Santiago de Chile era muy chico. Pero el teatro era importante, se hablaba, la gente hablaba en el almuerzo o en la comida y comentaban las obras de teatro que se estaban dando. Ahora yo veo difícil que haya alguna familia que comente obras de teatro durante la comida.

—¿Se volvió algo más elitista el teatro o siempre lo fue? Es difícil, a menos que una obra realmente cruce ciertas barreras, que se transformen temas de conversación en la casa.

—Exacto, eso sería un éxito enorme seguramente. Bueno, La Pérgola de las Flores, es una cosa insólita. La negra Ester.

—Usted ha contando que cuando salió del Ictus y creó La Feria, tuvo que ver un poco con salirse de la élite del teatro, para hacer algo un poco más masivo. Que esa fue la primera ambición de crear el Teatro de la Feria.

—Sí, y por eso empezamos a trabajar en una carpa que habían como 800 personas o más, las carpas son como de goma, reciben más gente y más gente. Sí, llegar a la masa. Bueno, pero eso sí era un sueño, se llama utopía; es un error grave que no se puede cometer en la vida. Ni en ese tiempo, ni ahora, ni nunca, porque las utopías como su nombre lo indica son utópicas, no se pueden realizar en la realidad. La realidad tiene un peso muy grave, gravita muy fuertemente en lo que se puede y no se puede hacer.

Pero igual marcaron hitos y también llevaron gente. Montan la famosa obra inspirada en los textos de Nicanor Parra, Hojas de Parra. La obra es censurada y finalmente la carpa se termina quemando. ¿Era su interés en ese momento de conectar con la audiencia?

—Exacto, sí, alcanzamos a hacer once funciones. Juntamos como cinco, seis o siete mil personas, tuvimos bastante éxito, pero no nos era muy difícil que aceptaran eso, sobre todo porque juntaba mucha gente. Los militares no tenían ni idea qué era una obra de teatro, ni se interesaban por eso. Bueno, pero los civiles que estaban ahí, esos sí que se interesaban y seguían y entonces metían leña al fuego de la represión. Y lo que le preocupó fue que ese teatro y esa obra, llevaba mucha gente y ya se convertía no en una cosa chica, que no tenía mayor trascendencia, que no tenía presencia social, se convertía en un acto social, y finalmente un acto social tiene algo y mucho de político. Y entonces eso no les pareció bien. Nos clausuraron por sanidad, habíamos sacado el permiso de nuevo, podíamos abrir, en fin, no tuvieron otra alternativa que quemarnos.

Usted tenía entonces unos 40 años, montando unas obras, yéndose en contracorriente de una represión. Usted también no era afín para nada a los militares, venía del otro lado del espectro político. Hubo como un arrojo de todavía juventud, de que había utopías.

—No, no es un arrojo de juventud, es una convicción de que había una obligación. Política, también, pero sobre todo ética, y no se podía no decir nada frente a todo lo que estaba pasando. Pasaban cosas muy horrendas. De las últimas que nos enteramos fue del caso degollados. Uno no puede estar de acuerdo con eso, no hay razón ninguna. Además estaba allá en la postrimería del gobierno de Pinochet y se dieron ese lujo macabro . No se puede estar de acuerdo con eso. Imposible. Todavía hay gente que está de acuerdo con eso. Entonces uno dice, ¿pero cómo? ¿En qué país estamos viviendo? ¿Qué tiene en la cabeza? ¿Cómo se puede estar de acuerdo con eso?

—¿Siente que, en ese sentido, haciendo una comparación con la actualidad, Chile ha tenido mala memoria de todo lo que ha sucedido?

—Chile no tiene mala memoria, es hipócrita; es distinto. Se mueven en una hipocresía permanente los sectores que defienden y dicen que desgraciadamente había que hacerlo. ¿Qué es eso? Y nadie se escandaliza. Eso sí que es terrible. Hace un tiempo atrás, todavía la gente se escandalizaba o por lo menos un sector se escandalizaba. Ahora no, eso pasa a colado, no hay mayor comentario.

—¿Y ve que hoy en día la cultura y el trabajo cultural se hace cargo de lo político y de lo masivo? ¿De conectar con los problemas que están pasando hoy en Chile o siente que eso está más desdibujado a lo que pasó en ese tiempo?

—No, en ese tiempo estaba muy recargado. En este momento está mucho más rosado. Color rosa. Rosadito.

—Usted que vivió la censura en su momento: ¿ ómo ve hoy día las posibilidades de expresar, y la libertad de expresión, para el mundo cultural? De plantear temas, de armar conversaciones.

—Sí, es un problema. Ese es un problema, que la sociedad chilena en este momento se autocensuró y no opina de nada. No quiere. ¿Y se puede vivir así, en la indiferencia? Yo creo que claro, el teatro, me imagino que otras expresiones también, entran en el mismo sistema, en el mismo estado de ánimo. No sé, las sociedades van caminando solas y nadie sabe para dónde van. Y el que quiera cambiarle el rumbo, tal vez lo consigan una semana, dos semanas, un mes, dos meses, un año, y la realidad vuelve a sus cauces. En contra de lo que pensaban todos. Yo creo que, por ejemplo, los militares y todos esos dirigentes de la época pensaban que eso iba a ser eterno. Por lo menos hasta la muerte del presidente de facto.

—Bueno, todas las tiranías, parte de su descripción es que piensan que el poder es eterno y por eso empiezan a abusar de él.

—Sí, pero perdió. Perdió. Perdió la votación. Eso sí que se olvidó, que perdió lejos.

El sentido del humor y las pérdidas de Jaime Vadell

—Mucha de su carrera y muchos de sus personajes recordados tienen que ver con humor e ironía. ¿Siente que en Chile sigue existiendo humor? ¿Hemos perdido el humor?

—Uy, está muy, muy en retroceso el humor. Retirada casi, diría yo. Todo es grave, se ha convertido en un país grave. Y es lo peor que le puede pasar a un país chic. Porque si es grande, da lo mismo, porque hace lo que quiere. Pero un país chico, grave, serio, fome, no tiene vuelta, no tiene ningún sentido. Chile tenía la gracia de estar lleno de personajes y de gente con un ingenio y una risa, pero ahí a la vuelta de la esquina. La gracia que tenía era que el país se tomaba en chunga, que se tomaba en broma, porque es un país en broma. Ahora tenemos ambiciones muy internacionales, hay una soberbia. Ahora somos los mejores. Después inventaron que éramos tigres, ¿Te acuerdas?

—Los jaguares de Latinoamérica, los ingleses de Latinoamérica. Hemos pasado por muchos de Latinoamérica, quizás nunca aceptando que finalmente lo mejor que tenemos, que somos justamente latinos, chilenos.

—Sí, exacto, exacto. Todavía se conserva en algunos sectores, sobre todo algunos sectores más populares, que se dan cuenta de que este no es un gran país, ni está al borde de entrar, al mundo desarrollado. Mentiras. Bueno, no nos apasionemos.

—Usted este año también perdió a su mujer, después de muchas décadas. Quería preguntarle, ¿qué le ha enseñado a usted en lo personal, las pérdidas? ¿Se aprende algo de estos lutos o realmente no demasiado?

—Yo creo que se aprende bien poco. Se aprende, se sienten cosas nomás raras, porque uno se va quedando aislado solo.

—Es como perder los testigos de una época.

—Sí, exacto. Hay referencias que yo hablo y todo el mundo me mira: ¿de qué está hablando este caballero? Porque son personas que no han vivido eso. Yo nací en el año 35, yo leí el Peneca, yo leí Salgari, a Julio Verne, a Mark Twain, yo leí cosas que obviamente no lee la gente en este momento. La relación se va poniendo difícil. Hay que establecer algunos lazos curiosos, novedosos, que hay que ir descubriendo. Y toda la gente, prácticamente toda la gente que coincide conmigo en esto, no sé dónde está. Algunos no sé dónde están, y otros que se murieron.

¿Y le acomoda o le incomoda llegar a este momento en donde tiene reconocimiento, y uno igual adquiere este rol de sabio de la tribu frente como a generaciones más jóvenes? ¿Cómo siente esa relación con las nuevas generaciones?

—Con la gente más joven uno tiene que aprender, no tiene que enseñarles. ¿Qué le va a enseñar? Lo que uno sabe ya está fuera de moda, ya no existe. Somos los representantes de cosas inexistentes, finalmente somos fantasmas.

—Usted ha dicho que va a seguir trabajando mientras la memoria se lo permita, mientras los ánimos lo permitan. ¿Qué hace cuando no está arriba del escenario? ¿Qué hace en el resto del tiempo?

—En estos días, nada.

—Pero le gusta ver tele, lee, sale a caminar, a un café.

—Leo el diario. Soy de los pocos que leen el diario en papel todavía. Es una costumbre, una rica costumbre en la mañana.

—Quería saber si es que después de tantos años trabajando, es de esas personas que no saben muy bien qué hacer consigo mismo. Si no está arriba en el teatro, grabando algo, haciendo una película, no sabe descansar.

—No me pasa para nada eso. Además no me aburro. Eso es muy importante: por ejemplo, sentarse y pensar. No es aburrido. Cosa que puedo hacer ahora, porque hace algunos años no podría, no habría resistido estar sentado así. Ahora sí me puedo quedar sentado así.

—¿Qué cosa creía usted, Jaime Vadell, en su juventud y que con la edad le ha cambiado la opinión?

—Que lo que uno hace puede cambiar el rumbo de la historia.

—Si pudiera volver a una etapa específica de su vida, por el motivo que sea, a cuál volvería.

—Yo creo que la mejor etapa, que es entre 40 y 80. U 85.

—¿Porque uno ya sabe quién es, ya no está con la tontera y la juventud?

—Sí, claro, está más tranquilo, pero tiene mucha energía todavía y sabe manejarla, también sabe distribuirla mejor. Sí, son edades muy buenas, muy buenas. Hay personas al revés, que quieren volver a los 17, como la Violeta Parra, pero yo no volvería a los 17 por ningún motivo, pues es una edad conflictiva terrible.

—¿Qué sueño le queda por cumplir Jaime Vadell?

—El eterno.

—Esperemos que se demore en llegar. ¿Y cómo le gustaría que lo recordaran?

—Como una persona buena. No como una buena persona, porque una buena persona, es un poco tontona. Pero sí una persona buena, que es muy difícil. Yo no me considero una persona buena, pero tengo que hacer trampa para que me recuerden así.

*Esta conversación es parte de una serie sobre el primer cuarto de siglo del nuevo milenio. Puedes escucharla en su versión extendida en Spotify o en el Youtube de The Clinic.

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