Tiempo Libre
27 de Noviembre de 2025Alfredo Andonie, el economista que irrumpe en la narrativa chilena con “Serpiente” y un Santiago clandestino de los años 70
En su debut literario, Alfredo Andonie explora un Santiago desconocido y las contradicciones políticas y afectivas de los años 70, evitando lecturas dogmáticas para centrarse en la intimidad y las tensiones humanas de sus personajes.
Sigue a The Clinic en Google NewsCompartir
Alfredo Andonie hizo su debut literario este año con “Serpiente”, novela publicada bajo el alero de Alfaguara, que nació luego de dos años de escritura. Es un libro con aire capitalino que, con arrojo, se sumerge en el ambiente extremo del Chile de los años 70. La historia tiene como protagonista a Baltazar, un atractivo prostituto que recorre plazas a finales de la década de los 60 y comienzos de los 70 buscando clientes.
Sobre la novela, Pablo Simonetti escribió: “‘Serpiente’ se cuela en las hendiduras de un Santiago vagabundo, ardiente y combativo, creando con lengua nueva un mundo lleno de placer y agonía. Un debut literario electrizante”, celebra el escritor.
En esa línea, Sergio Parra dice que “esta extraordinaria novela de Alfredo Andonie es la historia social y política de la homosexualidad en América Latina. Y viene a llenar el vacío dejado por Pedro Lemebel, Reinaldo Arenas o Luis Zapata”, sumándose a los halagos al escritor, quien en sus comienzos tuvo un camino alejado de la literatura, con estudios en economía, luego filosofía en la Universidad de Columbia, y una maestría en escritura creativa.
En conversación con The Clinic, Andonie admite que no esperaba que su primera novela fuese un texto de más de 400 páginas. “Pensé que iba a ser una cuestión de 50 páginas. No era la idea que fuese una novela tan extensa, ni que abarcara tantas situaciones, tantas escenas y que tuviera un arco narrativo al final tan amplio”, reflexiona el autor sobre su primera experiencia literaria.
“Al final, lo que me fue pasando con esto fue que me fui dejando llevar por los personajes, que ellos mismos fueran conduciendo la historia. Me ocurrieron varias cosas: yo tenía planes, quería, por ejemplo, llevar las situaciones de un punto A a un punto B, que era mi plan inicial, algo bien acotado. Pero, de repente, los mismos personajes —que ya tenían la personalidad y el carácter tan definidos— me rechazaban ciertos capítulos. Entonces tuve que ir perdiendo un poco el control de la idea o del plan original, para dejarme llevar por ellos, por los mismos personajes, que al final son quienes me llevan la historia”, agrega el autor.
—¿Cómo se conecta tu estudio de economía con tu incipiente carrera literaria?
—Se me hace súper difícil ver una conexión muy directa o decir específicamente de qué forma la parte de economía me aportó, por ejemplo, a la escritura. Lo que sí creo es que la disciplina literaria siempre se nutre de distintas experiencias, sean cuales sean. Y, por ese lado, de forma muy abstracta, podría decirte que aporta, aunque no pueda ser muy específico al respecto. Pero ese tipo de experiencias siempre termina siendo un aporte para cualquier forma de escritura.

—¿Qué de tu experiencia en el extranjero configura tu forma de escribir?
—Creo que es lo mismo: en general, cualquier experiencia que tenga aporta a la escritura. Haber estado afuera también fue eso, un aporte. Pero, obviamente, la experiencia que más ha nutrido mi escritura es el apego que tengo con Santiago, la ciudad donde nací y crecí. De alguna forma, creo que la novela es un homenaje a Santiago; le rinde tributo. Trato de indagar en su historia, de meterme en sus calles a través de la ficción y también desde la investigación. Mi apego emocional con la ciudad es lo que más influye en mi manera de escribir.
—¿Cuáles son tus referentes chilenos que te acompañaron en esta escritura sobre Santiago?
—Me metí mucho en la literatura, no solo de la época, sino también de antes. Luis Rivano y Alfredo Gómez Morel, por ejemplo, fueron una gran sorpresa para mí. Y algo que he dicho harto —porque realmente fue una revelación— fue haberme encontrado, a medio camino de la escritura de esta novela, con la obra de Mauricio Wacquez.
También, entre los más contemporáneos, Lina Meruane siempre ha sido un gran referente en términos de cómo escribe. Y, obviamente, Pedro Lemebel, a quien admiro muchísimo por la vida que tuvo, por su forma de escribir y por los caminos que abrió para quienes vinieron después. Alejandra Costamagna y Nona Fernández también son referentes muy importantes para mí.
—Sobre las protestas y la investigación histórica que atraviesa el libro: ¿Qué descubriste durante ese proceso que cambió tu manera de entender ese episodio y a los protagonistas que creaste a partir de él?
—Para mí fue una gran sorpresa que, a lo largo de la investigación, me encontrara con un Santiago distinto al que pensaba que iba a profundizar. Creía que iba a indagar en el Santiago que ya conocía y, en cambio, me encontré con uno que desconocía por completo, que incluso me extrañaba. Por ejemplo, ciertos hitos que menciono en la novela —como esta protesta y la primera cirugía de transición de género, o de reasignación de género, que aparece ahí— me llevaron a preguntarme qué tipo de sociedad, qué tipo de país tuvo que haber sido ese Chile de comienzos de los 70 para ofrecer un contexto social y cultural donde pudieran darse esos hechos.
Fue fascinante retratar el Santiago donde nací y crecí, que yo creía conocer bien, e ir descubriendo en el camino nuevas capas, un Santiago distinto. Ese proceso reforzó aún más el apego emocional que tengo por esta ciudad.
—¿Qué fuentes ocupaste para investigar: archivo, conversaciones, entrevistas?
—La novela ocurre en un periodo histórico y político súper importante, un momento muy pivotal para Chile, pero ese es solo el contexto. Creo que la novela apela al lector desde un lugar muy emocional e íntimo, por la forma en que los personajes se relacionan entre ellos. Y para retratar la intimidad de manera humanamente convincente y persuasiva, un libro de historia no me servía tanto, porque aborda hechos a gran escala, de forma muy amplia. Por eso, la investigación más importante que realicé provino de archivos que podrían considerarse menos sustanciales o menos académicos.
—¿Como relatos más populares, crónicas de la época, cosas así?
—Claro, pero incluso más. Por ejemplo, me compré un fajo enorme de revistas y publicaciones de los años sesenta: miraba las publicidades, las cartas al lector, observaba qué tipo de vestidos usaban las mujeres, qué maquillaje se ocupaba, incluso manuales de maquillaje de la época. Y una fuente que terminó siendo muy útil —y un poco divertida— fue Facebook. Como ahí se mete gente de más edad, buscaba fotos antiguas de los Juegos Diana, cuando estaban en la Alameda, o de bares y locales de la época, y me metía a los comentarios. Pasaba todo el día leyendo los comentarios porque ahí comentaban las viejitas, y en esos recuerdos cotidianos encontraba detalles súper valiosos.

—“Serpiente” explora la incomodidad de la izquierda frente a las disidencias sexuales. ¿Qué te interesaba cuestionar sobre ese tabú y cómo evitaste caer en lecturas anacrónicas?
—Ahí traté de demostrar algo desde la confianza que tengo en el lector. Busqué una escritura que mostrara situaciones, especialmente desde un lado emocional e íntimo de los personajes, sin caer en algo dogmático que le enseñara o dijera al lector qué pensar. No quería caer en pedagogías ni en una literatura que funcionara como lección moral. Preferí que el lector decidiera por sí mismo, mostrando las contradicciones que llevan los seres humanos y que cargan los personajes.
Y, por ese lado, también es cierto lo que dices: hay algo muy anacrónico en comparar la izquierda de ese tiempo con la de ahora; han cambiado mucho los términos, incluso yo no tengo del todo claro cómo hacer esas comparaciones. Cuando se habla de una crítica a la izquierda, creo que no es eso: yo estaba mostrando situaciones para complejizar a mis personajes, para humanizarlos lo más posible, para que el lector tenga frente a sí todas esas dimensiones y pueda sacar sus propias conclusiones durante el proceso de lectura.



