Opinión
28 de Noviembre de 2025
El sobreviviente: otra Running Man y sus héroes sin fondo
Por Cristián Briones
El director Edgar Wright siempre ha brillado por traducir géneros estadounidenses al dialecto británico y volverlos algo propio y lleno de estilo. Pero en su nueva adaptación de The Running Man —basada en la novela de Stephen King y que había sido llevada antes al cine en una recordada y kitsch cinta con Arnold Schwarzenegger — no lograr aterrizar ni en forma ni en fondo. "La versión del 87 confía en el carisma de Schwarzenegger y su capacidad para arrojar frases para el bronce a la pantalla, y no nos engañemos, por algo tuvo una carrera así de entrañable: adoramos eso como audiencia. Pero esta versión intenta traspasar eso a Glenn Powell. Y va siendo hora de reconocer que eso no va a ocurrir", escribe el crítico Cristián Briones.
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En una conversación en el marco del estreno de “Last Night In Soho”, el director Christopher Nolan le hizo notar a su colega Edgard Wright, que su filmografía tenía cierta coherencia en tomar géneros puramente norteamericanos y hacerlos “a la británica” o derechamente, “a la Wright”.
Una afirmación con una perspectiva bastante certera, especialmente cuando se revisa el cuerpo de obra de Wright: “Shaun of the Dead” es una revisión del género de zombies, “Hot Fuzz” de la pareja dispareja de policías, “The World’s End” sobre las películas apocalípticas, “Scott Pilgrim vs. the World” es su adaptación de cómics (una de las mejor logradas que hay, por cierto), “Baby Driver” es una película de asaltos, y con “Last Night In Soho”, saltó el charco e hizo su versión del giallo, ese revisionismo italiano del terror fuertemente cargado a la estética pura. Todo en una consistencia narrativa envidiable, por lo demás.
Ahora Wright se hace cargo de “The Running Man”, una novela escrita por Stephen King bajo el seudónimo de Richard Bachman, y que ya tuvo una adaptación de la mano de Paul Michael Glaser (el Starsky de “Starsky & Hutch”) en 1987, en el momento de la cúspide de popularidad de su protagonista, Arnold Schwarzenegger, y que seamos honestos con nosotros mismos: más allá de la nostalgia que la preserva memorable, y de ser un ejercicio bastante kitsch, no era exactamente una gran película.
Lo que no desmerece en nada a la obra de King, que tenía un contundente comentario sociocultural y político. En particular sobre los medios como distractores masivos y el control de las corporaciones sobre la sociedad en su conjunto. Coincidentemente, el libro transcurre en el 2025.
Cuando Wright fue escogido como el director de la nueva versión, llamada acá “El Sobreviviente“, las expectativas se centraron en lo contingente de prestar atención a esas honduras temáticas que Stephen King había puesto por escrito hace más de cuatro décadas y en las cualidades del cineasta de tomar un género, en este caso, las “distopías estadounidenses”, y hacer algo entretenido, fresco e interesante con ello. Tal y cómo lo había conseguido con el resto de sus largometrajes.
Bueno, lamento ser el portador de malas noticias. Porque “El Sobreviviente” es poco más que un vehículo de acción que pincha una de sus ruedas en el segundo acto, y continúa erráticamente por 75 minutos más, hasta estrellarse contra los créditos finales. No es que carezca de méritos. Tiene secuencias trepidantes y personajes interesantes, y Wright sigue casi al pie de la letra la novela, pero uno de los tantos problemas que tiene, es que sólo lo hace al nivel de la trama: el protagonista Ben Richards (la supuesta nueva estrella de Hollywood, Glen Powell), un obrero en las listas negras por tratar de ser noble en una sociedad que sólo promueve la ganancia personal, se ve obligado a entrar en un reality de cacerías humanas, para poder salvar la vida de su hija y sacar a su familia de la pobreza extrema.
En el programa de televisión, será pintado como enemigo público y cazado por expertos durante un máximo de 30 días, a los cuales debe sobrevivir huyendo de las denuncias recompensadas y además, enviar constantemente registros audiovisuales para que el canal alimente el show. Uno que evidentemente está amañado para producir la mayor cantidad de ganancias a la corporación detrás, manipulando todo en aras del rating. En el papel, un relato que debiera fluir por sí mismo. En la práctica, un primer acto que peca de inocente al establecer a su héroe, un segundo acto deslavado y que nunca genera secuencias de acción al nivel del espectáculo requerido. De la debacle posterior, poco más se puede elaborar.
El mayor inconveniente acá, y que trasciende a los yerros narrativos, es ignorar el potencial del fondo del texto. Lo que parecía especialmente difícil, porque además de ser el gran aporte a lo que en el papel, es mucho más que una película de acción, es porque estamos en los tiempos en que RRSS, algoritmos y los intereses comerciales detrás de estos, son abordables desde muchos distintos ángulos narrativos.
Así que no, no se trataba de dar un sermón al respecto. Nadie le pediría eso a Edgard Wright, porque lisa y llanamente, nunca ha sido un director con una intención temática. Bien podía ser enfrentando el relato con total nihilismo y hubiera tenido un impacto más atendible.
Y por eso es que más llama la atención que otra de las novelas bajo el alias de Richard Bachman, “The Long Walk”, así lo hiciera. Con resultados bastante más atractivos. Y es que “The Running Man” hace frente al dilema de hacer entretenimiento, cuestionando el entretenimiento como un fin en sí mismo. Y ambas adaptaciones a la pantalla grande, se extravían en esa ambivalencia.
La versión del ‘87 confía en el carisma de Schwarzenegger y su capacidad para arrojar frases para el bronce a la pantalla, y no nos engañemos, por algo tuvo una carrera así de entrañable: adoramos eso como audiencia. Pero esta versión intenta traspasar eso a Glenn Powell. Y va siendo hora de reconocer que eso no va a ocurrir. Powell puede que tenga un registro interpretativo mayor, pero otro error de la película es que si vas a poner a mejores actores, debes sacarle provecho. No basta con que los personajes puedan ser interesantes, es que sean significativos para la historia. Y farrearse a Colman Domingo o Lee Pace, es bastante imperdonable.
Y este es otro detalle con respecto a los personajes, la necesidad de hacerlos cada vez menos grises, cuando una de las claves de los futuros distópicos es justamente la ambigüedad moral. Hay una virtud en los protagonistas cuando son menos heroicos. Pero acá quitarles hasta la justa indignación es algo que se repite en más de un desarrollo y es demasiado notorio.
Y sí, habrá quienes sacarán cuchillos largos que tuvieron, quizás injustamente, guardados contra Wright por nunca haber sido un director con fondo temático. Pero es bueno tener en claro que eso no es indispensable. Hay directores que tienen un sólo tema, más allá de las distintas expresiones fílmicas que tengan, Nolan con el orden y el caos, por ejemplo. Pero hay otros que sólo toman el tema según la obra: George Miller con la ecología en “Happy Feet”, o el feminismo en “Mad Max Fury Road”. Y hay quienes sólo hacen entretenimiento, y eso está bien también.
O quizás el problema es otro. Que el entretenimiento hoy en día, especialmente en el Hollywood de grandes presupuestos, ya no puede pensar en cosas que decir. Ni hablar de un discurso o un comentario sobre el mundo que nos rodea. A lo mucho, puede aspirar a ser un divertimento pasajero. Es lo que balbucea Josh Brolin en la misma película: “Hubo un tiempo en que alguien en el puesto ejecutivo buscaba entregar cuentos morales a la audiencia, cuando lo único que el público quería, era que lo entretuvieron”
Si tan solo Wright hubiera logrado lo uno, o intentado hacer lo otro, quizás podría haber más aprecio a su Running Man. Pero hallarse extrañando a Dynamo, y las frases para el bronce con acento austriaco, es algo que uno no esperaba con una “a la Wright”.



