Opinión
30 de Noviembre de 2025
Frente Patriótico de Centro
Por Ignacio Bazán
¿Cómo ser de centro cuando ya casi no queda centro? ¿Cómo serlo cuando la emoción manda sobre la razón? ¿O cuando lo que vale es ir a gritarle al rival político en Sin Filtros? El centro hace rato dejó de conectar y lleva enlazado varios fracasos políticos seguidos, amparado en racionalidades que no logran convencer. “Quizás sea el momento de dejar de amarillar, de ponerse duros”, escribe Bazán.
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Partamos por establecer algo: no existen las dictaduras de centro, el centro político difícilmente agarró las armas y empezó una guerra o una revolución; tampoco hizo purgas en Siberia o campos de concentración en Polonia. Escribo guerrillas de centro y suena divertido, incluso frasearlo, porque no existen.
En otras palabras, en el centro hay poca sangre derramada, si es que la hay. En el centro no hay historias de mártires asesinados en la selva boliviana. Y el culto a la personalidad es más bien escaso.
En tiempos como los actuales, todas estas definiciones que parecen estar bien, en realidad están mal. Queremos épica, queremos emociones, queremos un rival, una némesis. Y de esos hay de sobra en la izquierda y en la derecha. Por eso en Sin Filtros, el programa político que posiciona políticos, no invitan a personas moderadas. Una yincana ideológica no funciona con medias tintas.
Pero esto no siempre fue así.
Por décadas en Chile, el centro, desde la centroizquierda a la centroderecha, fue una suerte de refugio, una carta segura de gobernabilidad después de los traumas de Allende y Pinochet, para todos quienes hoy tienen más de cincuenta. Porque en algún momento, no tan lejano, cuando ser de centro significaba algo, y el país se dividía en tres tercios, era el tercio del medio el que más muñeca tenía. Y ganaba elecciones.
Hoy eso parece ciencia ficción.
Hoy eso ya no existe.
Hoy no quiero hablar de polarización porque de eso se habla todo el rato.
Hoy quiero escribir los versos más tristes del centro. Porque lo de hace dos semanas no es un fracaso aislado. Porque esto es derrota tras derrota y este año el candidato de centro terminó siendo alguien de la UDI. Una locura que nadie predijo, pero a pocos le importó y a nadie sorprendió demasiado.

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El centro, el centro. Casi inexistente después de primera vuelta, con partidos que alguna vez fueron enormes y hoy no hacen otra cosa que resistir. Jibarizarse.
La buena votación de Parisi, la predecible votación de Kast, lo no tan buena votación de Jara y Kaiser, comparado con las proyecciones de las encuestas, claro. Y después de todo eso, está el 13% de Matthei, quien bizarramente en esta elección, vuelvo a decir, representaba las ideas supuestamente de centro, de la moderación, de la cordura entre comillas. Y a eso, sumarle el casi 2% de Mayne-Nicholls, un candidato que votó por el Sí, que no lo quiso reconocer, pero todos sabemos que su corazón (y su discurso) están con Marcelo Bielsa.
Bueno. En este 15% se encontraban las ideas más sobrias, algo más aterrizadas, emparentadas con la decé noventera que gobernó por diez años, y “sin venta de humo”, como se le escuchó decir muchas veces a Matthei durante la campaña.
Pero nada de eso prendió ni con la ENAP. En los electores resonaron más las ideas de Parisi, que repetía “ni facho ni comunacho”, pero escucharlo hablar sobre economía, sobre fronteras, sobre retiros, sobre pensiones de alimentos para hijos (sí, pensiones para hijos), solo lo posicionaban en una derecha media disfrazada de sentido común que poco tiene de común.
Un candidato cryptobro, al que le gustan los auto tuneados, no es un candidato de centro, perdón.
Todo esto para decir que autopercibirse de un centro tradicional, histórico, que le dio cierta estabilidad en este país, hoy es un vía crucis.
Desde la izquierda tienen un dicho para ridiculizar a esta tribu en extinción. “Ni de izquierda ni de derecha, de derecha”. Es decir, ‘Si no eres de los míos, entonces eres del enemigo’. Quizás ahí se empezó a despoblar el centro y algunos decidieron cruzarse a la otra vereda, adquirir una nueva identidad, si de todas formas los iban a estigmatizar.
Mientras, los que decidieron quedarse en el purgatorio de la indefinición han seguido pagando el costo de ser el facho de los de izquierda y el rojo de los de derecha. Una lata. Contradecirlos en algo te hace automáticamente pasar al otro lado.
¿Pero qué separa a un centrista real de todos los demás? Aquí un breve punteo:
–La duda siempre va por delante. La posibilidad de equivocarse. Como en todo, existen centristas orgullosos que siempre quieren tener la razón, pero ese no es un centrista de cepa pura. La honestidad intelectual primero, todo lo demás después. Se le pueden encontrar cosas buenas a Piñera y a Boric, no pasa nada.
–El centrista real te condena todas las dictaduras, sin matices. Y esto es más bien fácil, porque nunca existió una dictadura de centro en la historia reciente de la humanidad, ya lo dijimos. No hay que salir a defender a loquitos sedientos de poder, sangre y dinero. Se pueden decir muchas cosas de la DC, pero en eso nunca jamás se perdieron.
–La cosa mesiánica no va. De hecho, al centrista no le entusiasma demasiado andar convenciendo a los que tienen domicilio político definido. Es la experiencia de que lo facheen sin ser facho o que lo rojeen sin ser rojo. ¿Para qué hacerse mala sangre? El centrista no es proselitista y quizás por eso está desapareciendo.
–El centrista es quizás, el último nihilista, un descreído. Quizás votó por algo en primera vuelta, pero quizás en segunda vaya y anule. O simplemente no vaya, desafiando las multas. Para qué ensuciarse las manos con un voto en que no cree.
Por último, el centrista sabe que está en extinción, que razonar, que encontrarse, llegar a acuerdos, está subvalorado en el mundo de hoy. Que lo que manda es ir a gritar a Sin Filtros, salir a la calle a hacer performances que terminan en incendios, contratar bots que redefinen la realidad. Esas cosas que el centrista no va a hacer pero, si no quiere ser devorado, pasar a la irrelevancia absoluta, de una u otra forma, tiene que empezar a evaluar, a darle una vuelta.
Quizás llegó la hora.
Quizás sea el momento de dejar de amarillear, de ponerse duros, de salir a pelearla, de armar un Frente Patriótico de Centro, al menos dentro de cada mente que no quiere seguir sucumbiendo ante los fanáticos de los polos.
O quizás no. Quizás haya que sentarse a esperar a que el mundo, algún día, vuelva a necesitar a los moderados.



