Opinión
6 de Diciembre de 2025
San Carlos de Apoquindo: el “paraíso” tiene sombras
Por Rita Cox F.
San Carlos de Apoquindo dejó de ser solo un barrio residencial y de mucho verde para convertirse en una mini ciudad donde “hay de todo”: universidades, colegios, cine, librerías, cafés, tiendas de diseño chileno y hasta un estadio con fútbol y conciertos, el Claro Arena. Un sector asociado a un estilo de vida amarrado al auto, y que tiene a vecinos y población flotante sufriendo los rigores de calles no hechas para ese volumen de tráfico. No se ve cerca una solución. Y no es el único problema. La falta de mixtura social obligan a trabajadores a realizar trayectos diarios de hasta cuatro horas para atender la demanda. La columnista Rita Cox repasa lo que está sucediendo, y se pregunta cómo se planifica y crece este barrio precordillerano.
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Es el barrio ideal para quienes han soñado con el estilo de vida casa, hijos, jardín, perro, ojalá no “bajar” a la ciudad. Con una población de 18.654, en estos faldeos se encuentran 5.383 hogares, según el Censo 2017, distribuidos en predios que promedian los 330 m². Un barrio AB, en la cota mil, que ofrece para sus vecinos 16 m² de áreas verdes por persona. Un paraíso verde.
Para ponerlo en perspectiva, la OMS recomienda un mínimo de 9 m² verdes por persona y aquí hay cinco veces más que el promedio per cápita en la Región Metropolitana. Un sector donde una propiedad puede costar lo mismo que una casa mucho más chica en el sector de Presidente Errázuriz, cerca del Verbo Divino y Villa María, también en Las Condes.
Desde hace unos 10 años, San Carlos de Apoquindo dejó de ser estrictamente residencial, o un barrio dormitorio, para transformarse en una ciudadela, con gente que vive, trabaja, consume y se recrea. Peluquerías, restaurantes, librerías, cafés, gimnasios, estudios de pilates, cine, supermercados y farmacias, clínicas veterinarias, dos clínicas, dos universidades, un instituto profesional, preuniversitarios, colegios. Hay de todo. En m², casi 15 mil destinados a salud, 47 mil a educación, casi 10 mil a comercio y cerca de 4 mil a oficinas. Hay que sumar Claro Arena, con capacidad para 20 mil personas. Todo con Los Dominicos como la estación de metro más cercana y una población flotante que sería fundamental registrar.
Este desarrollo acelerado ha traído consigo tacos, en horas punta insufribles, problema que en las últimas semanas se ha puesto sobre la mesa a través de cartas al director de El Mercurio. Primero fue Carlos Larraín. Lo siguieron los arquitectos Raúl Irarrázaval y Julio Nazar. El primero señaló que el sector está generando una altísima cantidad de viajes cualquier día de la semana y advirtió que se está multiplicando la densidad habitacional por 10 o más. Añadió que “el aumento del tráfico no podrá ser atenuado, porque el trazado de las calles no lo permite: las hay que miden un kilómetro o más sin que se crucen con vías perpendiculares y el sector completo tiene solo cuatro accesos para canalizar el grueso de los viajes”. Su conclusión fue contundente: “No sería extraño que los avalúos impulsados por tanta construcción suban mientras el sector completo se hace menos habitable”.
Irarrázaval fue más específico sobre la falta de planificación: “Los barrios de Los Dominicos y San Carlos de Apoquindo se densifican y sus desarrollos no van a la par con sus respectivas infraestructuras viales. Se recepciona condominios y edificios de vivienda y se inauguran estadios, colegios, centros comerciales y universidades y las calles siguen igual. ¿Dónde están las pistas adicionales de Camino El Alba, Las Lavándulas, Otoñal, Las Flores y Estoril? ¿Y las mejoras en la conectividad local con las estaciones de metro?”, preguntó.
Nazar, en tanto, planteó que la congestión vial no se soluciona necesariamente con el ensanchamiento de las vías, ya que eso puede incentivar que más autos circulen por el lugar. En cambio, propuso que el tema debe resolverse con un servicio público “aún” más eficiente que el actual. Añadió que debería haber un cambio de conducta de los residentes tendiente al uso de aplicaciones y compartir auto entre vecinos.
Duda: ¿realmente el estilo de vida de San Carlos de Apoquindo viene acompañado de compartir auto? Es un tema cultural que requiere un esfuerzo de ponerse de acuerdo, renunciar al espacio de intimidad —a veces de descanso social— que proporciona el cuarto propio del auto. Ese sharing car se da entre los universitarios y trabajadores del sector, según pude constatar, pero no sé si podría suponerse entre residentes que eligieron ese barrio precisamente por una cotidianidad asociada al uso del automóvil. Se habla de 1,7 por hogar, según las cifras más frescas. Similar a lo que ocurre en Vitacura. Número que no tendría que bajar, todo lo contrario.
Se vienen días más calmos para el barrio en materia de congestión, con el término de período escolar y universitario. Un respiro, porque en un día de semana, a las 7 de la mañana, San Carlos de Apoquindo enfrenta una congestión importante.
Si hace unos 20 años era Camino Las Flores, con sus dos colegios, el único nudo, ahora se suman varios más. Lo sé porque al menos una vez por semana hago en auto el trayecto de 6 kilómetros que separan mi casa de Av. La Plaza, y en ese horario punta puedo demorar unos 35 minutos; el doble de un día de semana a las 11 o en cualquier momento del fin de semana. A la gran cantidad de autos se suma, por ejemplo, calle República de Honduras, antes de llegar a Av. La Plaza, con autos estacionados y apoderados dejando a sus niños en el colegio. El “Kiss and go” se ve poco.
Claro Arena también tensiona. Con una agenda de seis eventos al mes, entre deportivos y musicales, lo que para algunos es una joya que aporta valor a la comunidad, para otros, especialmente para quienes viven a un costado, o separados del estadio por una simple pandereta, es un dolor de cabeza. Y así lo han expresado en los medios, molestos por el ruido y, especialmente, por los tacos y autos mal estacionados que interfieren con sus salidas o llegadas a casa.
El plan operacional que debe activar Cruzados cada vez que hay una fecha de alto flujo está en rodaje, dicen quienes defienden el nuevo espacio, mientras que acusan también que hay poco sentido de comunidad respecto de que todas las partes pongan de su parte.
Para automovilistas habituales y de paso, la solución definitiva no se ve cercana. Tiene razón Carlos Larraín respecto de que el trazado no lo permite: las calles no tienen para dónde crecer. Y es cosa de agarrar el auto y recorrer la zona para chequear los varios nuevos proyectos habitacionales en construcción. Hace años, como salida, en distintas administraciones municipales, se viene conversando sobre un nuevo trazado, a nivel de pie andino. Nada concreto.
Sí es nítida la segregación sociourbana. Yura vive en Cerro Navia y es manicurista de uno de los locales ubicados en Av. La Plaza. Trabaja cinco días por semana (descansa un día hábil y los domingos) y debe destinar dos horas de ida y dos de regreso. Sus jornadas laborales parten a las 10 y terminan a las 19 horas. Todas las mañanas, por seguridad, su marido la deja en el paradero. Allí toma una micro hasta estación San Pablo, toma el metro hasta Los Dominicos y una segunda micro. Misma rutina de regreso. Mismo paradero donde la esperan. En verano es menos pesado, me cuenta, por la temperatura y la luz. Cansada, llega a comer, comparte un rato con su nieta de 6 años y se acuesta a dormir. No le da para más. Su rutina no es muy distinta a la de sus compañeras de trabajo, o con quienes conversé y se desempeñan en otros locales y otros servicios, y que viven en Quilicura, Estación Central, Quinta Normal.
A diferencia de otros sectores de la comuna de Las Condes, o como ocurre en Lo Barnechea, donde hay una diversidad habitacional y de servicios entre demandantes y proveedores, desde su concepción, San Carlos de Apoquindo se armó como un barrio de homogeneidad social en el espacio que acarrea sus consecuencias. “Los barrios deben tener mixtura social y de usos”, me comenta una amiga urbanista. O se dan fenómenos como el de la RM, donde el 70% de los santiaguinos se traslada a trabajar a cuatro o cinco comunas, donde se han ido concentrando progresivamente las oportunidades laborales. Un círculo virtuoso de inversión, pero vicioso de traslados, tacos y calidad de vida.



