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10 de Diciembre de 2025Cuando Londres encendió su primera luz roja: la historia del primer semáforo del mundo
El primer semáforo del mundo comenzó a funcionar en Londres el 10 de diciembre de 1868, marcando un hito en la historia de la movilidad urbana. Este invento pionero —con brazos móviles y lámparas de gas— anticipó un cambio esencial en la regulación del tránsito, cuyo legado perdura hasta hoy.
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El primer semáforo del mundo apareció en un Londres convulsionado por el caos del tránsito de carruajes y peatones. En la década de 1860, la congestión de tráfico era tan grave, y los accidentes tan frecuentes, que las autoridades británicas buscaban soluciones urgentes.
El responsable de la idea fue el ingeniero ferroviario John Peake Knight, quien adaptó al tránsito urbano los sistemas de señalización utilizados en los ferrocarriles. Su propuesta —respaldada por un comité parlamentario— consistía en instalar un sistema de señales mecánicas en puntos críticos de la ciudad.
Así, el 10 de diciembre de 1868, se colocó en Londres, justo frente al Parlamento —en la intersección de Bridge Street, Great George Street y Parliament Street— el dispositivo que se considera el primer semáforo del mundo.
Por cierto, la palabra “semáforo” comenzó a usarse en español alrededor de la década de 1880, con evidencia de uso desde 1884. Semáforo proviene del francés sémaphore, derivado del griego sêma (señal) y phoros (portador), y significa literalmente “portador de señales”.
¿Cómo funcionaba ese primer semáforo?
El diseño del primer semáforo difería radicalmente de los actuales. El dispositivo consistía en un poste de hierro de aproximadamente 6 metros de altura, coronado por brazos que se movían manualmente durante el día. Cuando los brazos estaban en posición horizontal indicaban “pare”; cuando descendían a unos 45°, señalaban “precaución/avanzar”.
Para la noche, se añadieron faroles de gas en colores rojo y verde —rojo para “detenerse” y verde para “seguir”— controlados por un policía que, mediante una palanca o manivela, manejaba manualmente las luces.
De esta forma, por primera vez en la historia, la circulación en calles compartidas comenzó a regularse mediante señales visuales, y no solo por la autoridad de un policía en medio de la vía.

El estreno, el accidente y el fin del experimento
El estreno del primer semáforo del mundo coincidió con la apertura de un nuevo periodo parlamentario: el 10 de diciembre de 1868, muchos miembros del Parlamento usaron la señal para cruzar con seguridad hacia las sesiones.
Sin embargo, el experimento fue efímero. A poco menos de un mes —el 2 de enero de 1869— una fuga de gas en las redes subterráneas provocó una explosión que hirió gravemente al policía encargado del mecanismo.
Ante el accidente y los riesgos evidentes, las autoridades retiraron el semáforo. El sistema no fue reemplazado inmediatamente, y la idea de luces fijas para el tráfico se abandonó durante décadas.
Del gas al eléctrico: la evolución del semáforo
Aunque aquella primera experiencia resultó trágica, sentó las bases de algo revolucionario. A principios del siglo XX, con el auge del automóvil, la idea fue retomada y perfeccionada.
En 1912, un oficial de policía en Estados Unidos, Lester Wire, desarrolló el primer semáforo eléctrico con luces roja y verde.
Más tarde, en 1920, otro innovador, William Potts, introdujo el tercer color —ámbar— permitiendo una transición más segura entre “avanzar” y “detener”. Esa configuración de tres luces se convirtió en el estándar mundial.
Así, el concepto del “primer semáforo del mundo” evolucionó hasta dar vida al sistema de señalización vial que hoy regula millones de cruces en todo el planeta.
Por qué importa hoy: legado del primer semáforo del mundo
Aunque su vida útil fue breve, el primer semáforo jugó un papel crucial en la historia de la movilidad urbana. Introdujo el principio de regular el tránsito mediante señales visuales, anticipando la necesidad de ordenar flujos cada vez más densos de vehículos y peatones.
Hoy, con semáforos eléctricos, tecnológicos, automatizados y hasta inteligentes, ese legado sigue vigente. Cada cruce moderno, cada luz roja, verde, ámbar (o amarilla), remite a aquel experimento de 1868 en Londres. Para quienes escriben sobre seguridad vial, movilidad o historia urbana, resulta un hito imprescindible.




