Opinión
10 de Enero de 2026
Cuando el reloj se da vuelta: Kast y el problema del tiempo en el poder
Por Marco Moreno
"El riesgo no es que los problemas no se resuelvan de inmediato —eso es inevitable—, sino que el reloj, convertido en protagonista del relato, empiece a jugar en contra antes de que el gobierno logre instalar su propia cadencia", dice Marco Moreno en su columna semanal de The Clinic, en la que aborda el relato del presidente electo José Antonio Kast en torno a las urgencias ciudadanas y cómo este le podría comenzar a jugar en contra.
Compartir
En política, el tiempo no es neutro: es un actor con poder propio. Durante la campaña presidencial, José Antonio Kast, convirtió el reloj en un arma política. Cada día que se restaba acercaba el orden prometido y legitimaba soluciones inmediatas y simples para problemas complejos. El tiempo operaba como acelerador del sentido de urgencia y como justificación para relatos duros y decisiones expeditas.
Hoy, ese mismo reloj ya no corre hacia atrás. Se ha dado vuelta y comienza a contar en contra para Kast. Cada día que se suma sin definiciones visibles transforma la promesa de rapidez en expectativa insatisfecha. El riesgo no es el retraso en sí mismo, sino que el tiempo —el mismo que ayudó a ganar— empiece a erosionar la autoridad antes incluso de que el gobierno comience a gobernar.
Durante el ciclo electoral, Kast organizó su comunicación bajo una lógica clara de conteo regresivo. El relato se estructuró en torno a plazos que se agotaban: quedaban pocos días para elegir, pocos días para terminar con la “permisividad”, pocos días para que quienes estaban en situación irregular abandonaran el país voluntariamente antes de enfrentar expulsiones.
En este esquema, el tiempo comprimía la deliberación y simplificaba la política. Problemas estructurales de larga data eran presentados como cuestiones de voluntad y decisión inmediata. La cuenta regresiva cumplía así una función central: reducir la complejidad y aumentar la disposición ciudadana a aceptar soluciones rápidas, incluso cuando estas chocaban con restricciones legales, institucionales o administrativas.
Este tipo de narrativa es especialmente eficaz en campañas presidenciales como la de Kast. Desde la ciencia política sabemos que los momentos electorales privilegian marcos emocionales por sobre evaluaciones técnicas. El conteo regresivo produce una sensación de cierre inminente: algo está por terminar y algo nuevo está a punto de comenzar. En ese tránsito, el candidato puede prometer velocidad sin enfrentar todavía los costos de la implementación. El tiempo, en campaña, es promesa.
El problema surge cuando se cruza el umbral de la elección y comienza el tiempo del gobierno. Allí se instala una lógica completamente distinta: el conteo progresivo. Ya no se trata de cuánto falta, sino de cuánto ha pasado. Cada día transcurrido se acumula como evidencia a favor o en contra de la capacidad de gobernar. En este registro, el tiempo deja de ser una expectativa futura y se convierte en un balance en curso.
El conteo progresivo es particularmente exigente cuando las promesas electorales estuvieron asociadas a plazos breves y a soluciones inmediatas. La ciudadanía no espera que los problemas estructurales se resuelvan en semanas, pero sí evalúa si hay señales claras, decisiones visibles y coherencia entre lo prometido y lo que comienza a hacerse. Cuando esas señales no aparecen, el tiempo empieza a operar como un factor de desgaste temprano.
La discusión en torno a la conformación del gabinete ilustra bien esta tensión. El anuncio, inicialmente comprometido para antes del 15 de enero, fue postergado por algunos días. Desde una perspectiva técnica y política, el retraso es comprensible: negociar equilibrios internos, asegurar competencias, evitar errores de nombramiento. Sin embargo, en clave de conteo progresivo, el mensaje que se instala no es el de la prudencia, sino el de la dilación. El reloj sigue avanzando y las definiciones no llegan. No es el retraso lo que genera ruido, sino el contraste con una campaña que prometió rapidez y decisión.
La experiencia comparada muestra que esta tensión no es excepcional. En Estados Unidos, Donald Trump construyó una campaña basada en la idea de decisiones inmediatas y cambios “desde el día uno”. Sin embargo, una vez en el poder, el conteo progresivo expuso rápidamente la distancia entre la retórica de la inmediatez y la densidad real del Estado, del Congreso y del sistema judicial. En Argentina, Javier Milei enfrenta hoy una tensión similar: una campaña de shock y urgencia que, al ingresar al tiempo del gobierno, se encuentra con la lentitud estructural de la política y la economía.
Estos casos muestran que el conteo progresivo no solo mide resultados, sino que reordena las emociones políticas. Donde antes había expectativa, comienza a instalarse impaciencia; donde había promesa, aparece evaluación. Por eso, el desafío central para los gobiernos que llegan con discursos de rapidez no es solo acelerar decisiones, sino recalibrar el relato temporal. Gobernar también es administrar el ritmo: explicar qué se puede hacer rápido, qué requiere más tiempo y por qué.
En el caso del presidente electo José Antonio Kast, el desafío es doble. Por un lado, necesita mostrar señales claras de dirección para evitar que el conteo progresivo se transforme prematuramente en una narrativa de incumplimiento. Por otro, debe ajustar el marco comunicacional heredado de la campaña, porque el tiempo del gobierno no admite la misma simplificación que el tiempo electoral. El riesgo no es que los problemas no se resuelvan de inmediato —eso es inevitable—, sino que el reloj, convertido en protagonista del relato, empiece a jugar en contra antes de que el gobierno logre instalar su propia cadencia.
El paso del conteo regresivo al conteo progresivo marca, en rigor, el verdadero inicio del poder. Es el momento en que la política deja de prometer y comienza a rendir cuentas. Y cuando el tiempo fue central en la promesa, también será central en el juicio. En política, el reloj no se detiene al ganar una elección; simplemente cambia de sentido.



