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Antonia Orellana y su balance tras cuatro años como Ministra de la Mujer: “Una de las personas que me ayudó mucho a decir ‘cuídate un poco más’ fue la ministra Vallejo”

A días de un nuevo 8M y a semanas de dejar el cargo, Antonia Orellana repasa su paso por el Ministerio de la Mujer: los proyectos emblemáticos que marcarán el legado del gobierno, las tensiones dentro y fuera del oficialismo, el golpe del Caso Monsalve y las convicciones feministas que no solo mantiene, sino que —dice— hoy defiende con más realismo político que épica. Habla, también, sobre cómo se hizo un espacio siendo una política joven y menos conocida, con quienes estrechó lazos en el gobierno y lo que espera del futuro.

Por 1 de Marzo de 2026
Felipe Figueroa / The Clinic
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“Voy a esa marcha desde que tengo 15 años; desde que eran tres convocatorias, algunas veces chiquititas. Me acuerdo cuando ganó la presidenta Bachelet su primer periodo, fueron dos, una convocatoria para más celebrarla y otra, una marcha más desconfiada”, dice Antonia Orellana, a días de un nuevo 8M, y a semanas de dejar el Ministerio de la Mujer, que ha liderado durante cuatro años.

La pregunta es qué queda de la Antonia Orellana feminista, que marchó triunfal en el 8M de 2022, justo antes de que el Presidente Boric se asentara en La Moneda, junto a varias otras ministras que ya no siguen en el gabinete. Tras cuatro muy intensos años, ¿cómo llega a esta nueva conmemoración?

“Tiendo a creer que soy la misma persona, un poco más cansada y un poco más arrugada”, dice bromeando, sentada en el sillón de la oficina que ha ocupado poco, después del traslado reciente del ministerio al edificio de La Nación, en Agustinas, privilegiadamente emplazado frente a La Moneda.

Puede que sea la misma persona, pero bastante ha pasado bajo el puente desde que se convirtió en ministra, cuando tenía sólo 32 años, y era una de las militantes del Frente Amplio menos conocidas fuera de su partido.

Se convirtió en parte del comité político, involucrando los temas de género en todas las discusiones de las urgencias del país. Frontal y articulada, fue descrita como una de las escuderas del presidente, y también como “confrontacional” por sus opiniones sobre política y coyuntura que a veces la enfrentaron con miembros del propio gabinete. Lideró proyectos estrella del gobierno, como la Ley Integral contra la Violencia hacia las mujeres y la Ley Papito Corazón, que serán parte del legado de Boric.

Pero, también, sus cuatro años en el ministerio serán siempre asociados con el Caso Monsalve, del que se enteró varios días después, llegando de de un viaje. El momento más duro, sin duda, de su liderazgo de la cartera.

Durante esta entrevista Antonia Orellana, a veces pierde el hilo por el cansancio de un verano de mucho trabajo y poco descanso. Y, a veces, uno piensa que se va a emocionar, cosa que Orellana, a pesar de un exterior percibido como duro públicamente, hace bastante.

La ministra repasa lo aprendido, lo errado, lo sufrido y lo logrado -además de lo llorado- con The Clinic, en la previa del 8M.

—¿Va a ser un momento de llanto el dejar esta oficina?

—Me encantaría poder saber y poder anticipar cuando me da la lagrimona, pero hasta el momento no he desarrollado ese talento.

—¿Quizás es lo que más le sorprende a la gente de usted, es que es media sensiblona?

—No, pero es que yo creo que es un tema de familia, somos todas lloronas. Yo si me enojo, lloro; encuentro algo muy lindo, lloro; me da mucha pena, lloro. Hemos dosificado el uso del rimmel (máscara de pestañas) por lo mismo, he quedado a veces como mapache después de una reunión.

La feminista Antonia Orellana y la ministra

—¿Hubo algo que haya cambiado en sus convicciones feministas o a su manera de abordar la igualdad de género después de haber estado cuatro años como Ministra de la Mujer? Cómo mira ahora de lo que aprendió de estar a cargo de una institucionalidad que abarca el feminismo, pero también abarca más cosas.

—Yo creo que, a diferencia de lo que podría pensarse, me voy más convencida que antes de la necesidad de una institucionalidad específica que abarque que el Estado, con toda la complejidad que tiene, llegue a toda la población. Soy muy contraria a esta idea que habla del feminismo como una política identitaria.

Las mujeres somos la mitad de la población, somos la mitad de la humanidad, no somos una identidad, una minoría. Eso ya es matemática básica. Pero también lo estábamos discutiendo con algunas compañeras que hemos caminado harto juntas, también algunas cosas que tienen más que ver con la lectura política, que nos llevó a militar políticamente. Hay algunas ideas que eran diagnósticos, que eran apuestas, que continúan vigentes, y otras que yo creo que tienen que ser reevaluadas.

Felipe Figueroa / The Clinic

—¿Como cuáles, por ejemplo?

—Yo antes criticaba la idea de la interseccionalidad (el ser oprimida por distintas razones o categorías sociales) como un Excel de categorías, que al final terminaba volviendo el debate político en una competencia por quien sufre más. Como si eso además te diera la razón.

Las personas que sufren mucho, que están oprimidas o explotadas, tienen todo el derecho a estar equivocadas, como el común de las personas.

—Y también uno empieza a decir qué sufrimiento es más válido que el otro sufrimiento.

—Lo que la feminista chicana Elizabeth Martínez llamaba ‘las olimpiadas de la opresión’. Esa era una idea que yo criticaba mucho, que además me parecía muy linda en esos años. Yo creo que en este tiempo en el ministerio la he reafirmado.

Una idea que no he reafirmado y que creo que tenemos que revisitar es la idea del malestar y cómo conduce a la politización.

—¿Me lo puede explicar mejor?

—Yo puedo ser una persona que siente mucho malestar de cómo funciona la sociedad. Puedo tener mucho malestar, pero eso no quiere decir que tenga una idea política. Yo creo que el malestar es muy distinto de la politización. Y, en particular, con un grupo de compañeras apostamos muy fuertemente a la idea del malestar de las mujeres y la politización feminista. De que ese malestar entre la igualdad formal y lo que se vive día a día, era una forma también de involucrar a más mujeres en política.

Yo creo que eso ha ocurrido, pero eso no quiere decir que esa politización que apostábamos nosotras haya ocurrido en el sentido ideológico que queríamos nosotras.

El malestar se fue para el otro lado.

—Yo creo que más bien hay que aprender que el malestar puede ir hacia cualquier lado. El malestar no es de izquierda o de derecha, es una incomodidad con una situación. Yo creo que eso es muy importante. Como decían en el teatro Ictus, nadie sabe para quién se enoja ahora.

—El asociar eternamente el feminismo al enojo, también, ha terminado por agotar un poco a la sociedad con el movimiento. Estar constantemente expresando malestares y enojos, ha hecho que algunos sectores de la sociedad, incluso de las mismas mujeres digan oye, pero si yo no estoy enojada todo el rato, yo no quiero ser una feminista enojada.

—En eso hay una caricatura muy grande de ciertos sectores y en particular de la prensa. El otro día el diputado Gonzalo de la Carrera hablando de “las hermanas feas de Mara Sedini son feministas radicales”. No voy a decir cosas impropias desde este ministerio, sino que las diré desde el 11 de marzo, pero: la audacia.

Hablar de feas o de solteronas, es exactamente la caricatura que se hacía de las sufragistas en los años 20. O, por ejemplo, si yo hacía un planteamiento estando en un espacio como el Comité Político, era una funa o una alerta morada. Pero si lo hacía el ministro del Interior, era, no sé, Alerta roja. ¿Cuál es el punto?

Me di cuenta también en el trabajo, sobre todo en el sector privado, las primeras veces que nos encontrábamos, esperaban que yo llegara y que me subiera a la mesa y gritara Las Tesis. Por supuesto que un buen estereotipo siempre tiene alguna base de realidad (sonríe), pero también es una construcción de muchos años que excede por mucho los últimos 10 años de olas feministas latinoamericanas.

—También por la personalidad que tiene usted, que es muy frontal en la manera de decir las cosas, se hablaba de alerta morada, o se le tildó después como “confrontacional”. ¿Usted cree que es confrontacional o cree que la ven así porque es mujer y dice lo que piensa?

—Yo creo que a mí se me critica más habiendo otros ministros más confrontacionales, por eso no quiere decir que yo no tenga un estilo que molesta. Y yo soy consciente de eso y a veces lo logró modular en base a los objetivos que hay y a veces no.

Un gobierno feminista o no feminista

—El gobierno partió definiéndose como un gobierno feminista. Ahí mismo empezó la discusión casi filosófica de si es posible que eso exista. Cuatro años después, ¿usted se va pensando si se logró eso, no se logró, o que no debería haber sido esa la intención?

—Esa no fue una frase que acuñara yo en particular, porque como vengo del movimiento feminista sé que tiene una virtud increíble esa frase y es que irrita por igual a las feministas y a los conservadores. Es cuñera, y quedó. Si yo no logré instalar otra, también es responsabilidad mía.

Creo que tiene que ver también con las diferentes definiciones de feminismo, que hay muchas, porque el feminismo no un movimiento doctrinario o una doctrina filosófica, no nace de un libro fundante como El capital. Tiene que ver sobre todo con experiencia concreta de mujeres que se organizan, piensan, publican, opinan respecto a sus condiciones particulares, por eso están descentrado también.

Y en ese sentido a mí una definición de muchas que hay que personalmente yo reivindico, es la definición de Diana Maffia, argentina, que dice que el feminismo es una idea política y como idea, es decir que pertenece al plano de las ideas, es un planteamiento político que tiene que ver con la plena humanidad de las mujeres y que como idea puede ser portada y puede ser discutida por cualquiera, no tiene un requisito biográfico, biológico o moral.

Entonces prefiero plantearlo en el plano de las ideas, no por desanclarlo de la práctica cotidiana, sino por el contrario, porque creo que es más práctico que estar estableciendo requisitos.

Felipe Figueroa / The Clinic

—Usted que ha participado de organizaciones feministas desde joven, ¿ha sido un dolor para usted las críticas de los movimientos feministas al gobierno y su trabajo en la igualdad de género? En simple: ¿le da pena?

—Ahí plantearía dos ideas. Creo que no conozco gestión que no haya sido criticada por movimientos. Y segundo, creo profundamente en una reflexión que levantaron las compañeras mexicanas en los 80: el pequeño grupo no es el movimiento. El movimiento feminista es muy, muy diverso. Nosotras nos hemos relacionado como ministerio, como corresponde, con sus formas más diversas. Desde el pequeño colectivo local que hace prevención contra la violencia con folletería propia, hasta organismos que llevan años de litigio internacional como Corporación Humanas. Desde organizaciones que son redes de profesionales en torno a una idea, hasta juntas de vecinos donde hay mujeres levantando la problemática de otras mujeres. Y nos no creo que haya una que pueda hablar en nombre de todos. Tampoco yo.

—Usted ha dicho que todas las conquistas en igualdad de género en nuestro país estarían resguardadas porque se discuten como leyes, entonces que para hacer cambios fundamentales tienen que mover el Congreso. ¿Está confiada de que lo que usted construyó como avance no esté amenazado en los cuatro años siguientes?

—No, yo lo que he dicho es que no dependen exclusivamente de un cambio de gobierno, no que estén completamente seguros. En particular para nosotros está muy patente la experiencia vecina donde dejamos de tener contraparte en el cambio de mando del presidente Milei. Fui la única que tuvo un ratito libre, porque no tenía con quién hacer bilateral. Pero eso fue un ministerio que se creó en la específica de la historia argentina con un decreto y con un decreto se retira.

En el caso de nuestro Ministerio de la Mujer, es una ley orgánica constitucional que se discutió por tres años y tiene quorum calificado. Eso asegura que va a haber un debate y que no es que se pueda eliminar por voluntad de una u otra autoridad, así como tampoco se creó así.

—Usted también ha reconocido que el momento más difícil para usted fue el Caso Monsalve. Se personalizó mucho lo que hizo, lo que dijo o no dijo, lo que debería haber hecho. ¿Cree que esto va a marcar su carrera a futuro? ¿O que fueron injustos con usted?

—Yo creo que en particular mi experiencia personal podrá resultar interesante para algunos, pero no es lo más importante. A nosotras en esos días nos preocupaba mucho el nivel de filtración de causas que son reservadas y las preguntas que llegaron de muchas usuarias de nuestros servicio, fue ‘¿cualquiera puede leer mi carpeta?’. Porque uno de los grandes motivadores de la denuncia en violencia sexual es la reserva. Además un delito de denuncia, donde la voluntad de una mujer mayor de edad tiene que respetarse. Si yo no quiero denunciar, soy una ciudadana mayor de 18 años, puedo elegir no denunciar. Estará bien o mal, pero las mujeres no somos heroínas por obligación legal, como bien se discutió respecto a las tres causales.

Cuando yo decía ‘nosotras ofrecimos y ella denegó’, se genera una sospecha, pero es porque es una mujer mayor de 18 años, en pleno uso de sus capacidades, que elige quién quiera que la represente, y eso está perfecto. Y, además, yo creo que hay una preocupación muy grande, que va a persistir ahora que se inicie la etapa de juicio oral, que es que si uno mira las estadísticas respecto a delitos sexuales contra mayores de edad, hay una tendencia muy, muy grande, muy marcada, hacia la desestimación de los delitos de violación y su rebaja de categoría penal a abuso sexual.

Y por lo tanto, creo que entendiendo que las cortes no hacen sociología del comportamiento, sino más bien revisan en torno al mérito, va a ser importante la discusión que se arme respecto al consentimiento y la verdad que hay detrás del testimonio de una mujer.

—¿Se arrepiente de no haber renunciado?

—Yo creo que eso depende del día, ¿no? (sonríe). Pero estoy contenta de que pudimos sacar adelante distintas cuestiones, en la medida en que seguí en el cargo.

¿Se perdió ahí su confianza con el Presidente Boric?

—Yo creo que las confianzas y las conversaciones con el Presidente y sus ministros son materia del presidente y sus ministros.

Pero por ejemplo, unas semanas después, logramos conseguir el indulto para Katty Hurtado, que es un indulto presidencial. Para mí fue un momento de mucha presión del movimiento feminista, porque además venía de mi propia nave madre, digamos, que es la organización de la que yo venía.

Pudimos cambiar las normas de la objeción de conciencia, que es un compromiso programático que no dependía del Congreso, pero sí del Ejecutivo.

Aprender a navegar en política

A dos semanas de dejar el cargo, ¿son la Ley Integral contra la Violencia y la Ley Papito Corazón sus grandes orgullos?

—Yo creo que en particular la primera urgencia que ingresamos fue la Ley Integral contra la Violencia. Y es la ley fue nuestra prioridad legislativa. Enfrentó muchas diferencias, entre ellos que se nos pidiera en una ley sobre violencia de género discutir por separado todos los artículos que decían ‘género’, por ejemplo.

—Esas cosas se las tomó en su momento con paciencia, o como no me van a ganar esta.

—Mira, si yo lo sufría, los senadores y senadoras ahí también, porque también se largaron en las sesiones por eso, así que al menos fue mutuo. Pero también hubo momentos en los que se paralizó la agenda de género en el Congreso a propósito de decisiones que, filtraciones aparte, no tenían que ver solo conmigo.

Yo creo que hay una reflexión que dar, quiénes integraron la comisión de Constitución de haber atrasado la Ley Integral porque no les gustó que yo pensara que había que tener otro nombre para Fiscalía Nacional y eso fueron oficialistas.

—¿Fue eso más duro que a veces dentro del mismo oficialismo se le pudieran trabas?

—Yo creo que siempre supimos desde que ganamos las elecciones, que íbamos a gobernar con minoría legislativa. Eso fue un primer ajuste importante respecto a expectativas. Se podrá discutir en torno a la estrategia, pero yo en particular creo que tuve más oportunidades de desplegar, porque no esperé al Plebiscito para presentar el proyecto de ley de Papitos Corazón y por lo tanto pudimos mostrar resultados desde el año 2023 en adelante.

—Pero, de nuevo, fue más difícil que su mismo sector le pusiera dificultades para este tipo de proyectos.

—Yo creo que eso es parte del debate político. Y esperar que vayan a seguir a una persona de 32 años, a la que la mayoría de la coalición no conocía… Yo no conocía personalmente, y probablemente sabía mucho más de ellos que ellos de mí a Carlos Montes, por ejemplo. O a Maya Fernández.

Yo no estaba metida en esas lides de la política y por lo tanto el Congreso es un lugar donde hay ciertos códigos de los que yo no soy parte y a los que hay que apechugar no más.

—¿Fue muy difícil hacerse ese espacio?

—No, igual tímida no soy (risas).

Es testaruda, en cuanto a sus convicciones. Está dispuesta a dar la pelea.

—Yo sí soy porfiada. Pero también a propósito de que milito hace muchos años, también sé cuándo asumir que no es mi posición la que ganó. Y eso a propósito del Comité Político es importante, porque hay de repente opiniones que no eran las mías pero son las que avanzan y uno tiene que hacerse cargo porque estuviste en esa discusión y la perdiste.

No podías ir a tirar piedritas desde lejos. Como dato, yo estuve en la Ley Naím-Retamal, con la cual tengo un desacuerdo político. Estuve ahí y acompañé a la ministra Tohá en la noche en que se votó.

¿Por qué? Porque se llegó a una conclusión que no era la mía. Estás en política, tienes que estar disponible a sacrificar tu sacrosanta individualidad en un acuerdo colectivo.

¿Tiene esperanza real de que antes del 11 de marzo se retome el proyecto de Sala Cuna, o hay que asumir que no va a ser así?

—No hemos tirado la toalla, pero todas las respuestas que recibió la ministra Lobos han sido negativas por parte de la UDI.

O sea, no vamos a tener sala cuna antes de un nuevo gobierno, si es que la tenemos después. ¿Tiene miedo de que no vaya a pasar esta ley que quedó ahí? Que la cazuela quedó lista para servir y no se vaya a servir.

—Tengo miedo que le quiten el caldo, que es lo que hace todo flotar. Porque es necesario para construir un acuerdo en una materia tan grande, conciliar posiciones. En el fondo en esto todos hemos cedido un poco, el gobierno ha cedido respecto a los años, ha cedido respecto a la tasa de cotización, ha cedido respecto a cómo entran los privados, cuántos años tienen para adaptarse en el reconocimiento oficial, partes de la oposición habían cedido respecto a la participación del sector público.

Entonces hay ciertos marcos en los que yo creo que hay que asumir que es el estado de la discusión y que favorablemente si funciona, va a poder avanzarse hacia otras cuestiones como los niveles de pre kinder y kinder, que también son importantes pero no están dentro del derecho laboral, o como podemos avanzar en otros derechos asociados a la maternidad o los hijos e hijas como el postnatal.

Pero lo fundamental a nuestro parecer es desanclar el costo de contratación de la natalidad.

—¿Usted quiere seguir en política?

—¿Si me proyecto ahora en política así como en un cargo público? Probablemente no, pero milito de alguna u otra forma desde que tengo 15. Lo voy a hacer, no necesito un cargo para eso.

—¿Quiénes fueron sus grandes aliados y aliadas en estos años? ¿A quién va a invitar después de todo esto a su cumpleaños?

—A mi cumpleaños no invitó casi nadie de la política (se ríe).

—Pensando que estuvo en el Comité Político, que compartieron tanto, que ha sido tan difícil. ¿Estrechó algún lazo? ¿Por ejemplo, para el caso Monsalve, se sintió protegida o apoyada?

—Yo creo que una de las personas que me ayudó mucho a decir ‘cuídate un poco más’ fue la ministra Vallejo, por ejemplo. También Jeannette Jara, y bueno, mis compañeros de partido, como Constanza Martínez. También hay algunos ministros con los cuales no coincidimos ni generaciones ni políticamente, pero nos llevamos muy bien, que son mis compañeritos de puesto en el gabinete, que son Alberto van Klaveren y Mario Marcel, que son muy chistosos.

¿Algún otro momento muy emotivo o feliz o emocionante, o que la lleno de orgullo de estos cuatro años que quizás la gente no sospecha? ¿Triunfos más invisibles?

—(Se ríe). Puras cosas medias ñoñas. Yo creo que uno muy importante es que hoy la corresponsabilidad en los derechos paternales o de cuidado no se discute. Se entiende que es un principio desde el cual partir.

Y eso se ve muy claramente en la diferencia en la discusión que tuvimos entre la Ley de Conciliación, en donde todavía quedaba ese resquicio de ya, pero es el papá si la mujer no puede, en donde al parecer que participe el padre es una falencia de la madre.

En cambio, en las 40 horas, por ejemplo, las bandas horarios flexibles para cuidadores quedaron predeterminadas como posibles para los dos.

Si tuviera que definir cómo han sido estos cuatro años para usted, ¿Cómo ha sido para usted ser Ministra de la Mujer?

—A mí me hicieron algo muy bonito las otras ministras de la mujer de Latinoamérica, cuando asumimos. Encontraron que yo era básicamente adolescente (se ríe), entonces me hicieron un zoom de ministras y exministras y una de ellas me dijo: ‘Cuando te bajes te vas a sentir que el tren sigue pasando, sigue pasando, sigue pasando, pero tú ahora estás funcionando a otra velocidad’.

La verdad, es que quiero mucho estar en otra velocidad.



















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