Entrevista a Jorge Drexler: “El ‘cringe’ es una de las razones por las que esta generación tiene miedo a exponerse sentimentalmente”
En la antesala de sus dos conciertos en el Movistar Arena, Jorge Drexler recibe a The Clinic en Santiago para hablar de Taracá, el disco con el que vuelve a grabar en Uruguay y que pone el cuerpo —literalmente— en el centro: el candombe, la memoria familiar y la decisión de atreverse a bailar a los 61 años. En la conversación, repasa su relación con la cueca chilena, su colaboración con Mon Laferte, su lectura del fenómeno de Bad Bunny, mientras reflexiona sobre el amor líquido y el “cringe”.
Por Sebastián Palma 25 de Abril de 2026
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El año 2005 fue la última vez que Jorge Drexler —radicado en España— grabó un disco completo en su natal Uruguay. En Eco, uno de los álbumes más celebrados de su carrera, incluyó hacia el final una canción que funciona casi como una declaración identitaria: “Don de fluir”.
Ahí aparece un hombre introvertido, de estampa seria y aires de intelectual, que observa —casi hipnotizado— a una mujer entregada al baile, con el pelo suelto, un vestido violeta y sandalias en los pies. “Solo quiero verte bailar”, dice la canción. Hay en esa escena una admiración por el movimiento del cuerpo, pero también una distancia: la del que mira sin participar. Drexler aparecía entonces casi como un voyerista de la danza.
“Los músicos no bailamos, ya habrás oído decir”, canta más adelante. Durante años, esa frase operó como un escudo: una forma de explicar —y justificar— su incomodidad con su propio cuerpo en movimiento.
Dos décadas después, Jorge Drexler volvió a Uruguay y decidió grabar allí Taracá, un título que remite a la onomatopeya del tambor chico, pieza fundamental del candombe, el pulso afro-uruguayo que atraviesa buena parte del álbum y del que se desprende el nombre de una de sus canciones.
Ese ritmo, que fluye a contratiempo, es inseparable del cuerpo. Y Drexler lo sabe. A sus 61 años, ya no basta con decir “los músicos no bailamos”, ni tampoco con Bailar en la cueva. Ahora la consigna es otra: Ante la duda, baila, como se titula una de las canciones de Taracá (2026), el disco que presentará este sábado y domingo en el Movistar Arena.
“Soy una persona sumamente pudorosa, que está haciendo un acto de psicomagia, diría Alejandro Jodorowsky. Es como exorcizar sus propios demonios haciendo lo que ha sido una pesadilla para él toda la vida: el acto de bailar en público”, dice Drexler en la habitación de su hotel en Santiago, donde recibe a The Clinic.
Y vaya que los ha exorcizado. Hace un mes, al inicio de la promoción de su disco, se animó a bailar samba en el popular programa español La Revuelta. No estaba en su zona de confort, pero, ante la duda, Jorge Drexler decidió bailar.
–¿Ha sido un tema para ti el baile?
–Es cierto que en una época lo tenía como una insignia. Lo decía casi con cierto orgullo: “Los músicos no bailamos”, pero, por suerte, hay conceptos que envejecen, que caducan y que, si tienes la suerte de estar suficientemente abierto y el valor de enfrentarte a tus propias pesadillas… porque bailar en un teatro como el Movistar Arena, ante 11.000 personas…
–Pero ese miedo viene de algún lugar. Yo igual soy tieso y pasé vergüenzas, por ejemplo, para sacar a bailar a una chica. ¿A ti te pasó algo así?
–Toda la vida. El pudor es parte integral del ser humano y a veces se puede vencer y otras veces no. Lo que pasa es que hay que ser consciente de él y hacer lo posible, sobre todo cuando es un pudor que está teñido de todo. Porque que los hombres no bailemos tiene hasta un prejuicio machista.
–¿En qué sentido?
–Como si eso fuera algo que no fuera masculino. Es la cosa más estúpida del mundo. Ni siquiera voy a entrar ahí, porque en todas las culturas bailan tanto hombres como mujeres. Pero en la nuestra está visto como… Y es tan torpe esa manera de pensar, tan prejuiciosa, que es bonito también romper ese prejuicio. Yo tengo 61 años y que una persona diga “no, que el baile es para los jóvenes o si estás en plena forma”… yo digo no. No, inclusive ve ahí con tu torpeza. Tu cuerpo es todo: es tu torpeza, tus destrezas, tus inseguridades y poder animarte a exponerlo.
–¿Qué significa eso para ti?
–Significa tanto como quitarme la dictadura de las articulaciones, porque yo me crié en un país en el que, en mi circuito, no se bailaba. Entonces, muchas cosas estaban prohibidas, entre ellas la manifestación pública del cuerpo.
La dictadura, la Súper 8 y el padre
En Taracá, Jorge Drexler no solo reconectó con su país de origen. El disco también se escribió en paralelo a una pérdida personal. A fines de 2024 murió su padre, Günther Drexler, a los 89 años.
Médico de profesión, Günther había escapado de la Alemania nazi siendo niño, cuando su familia logró huir en 1939 —entre las últimas en hacerlo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial— y emigró a Bolivia, antes de recalar en Montevideo. Esa historia marcaría la memoria familiar y terminaría, décadas después, convertida en la canción “Bolivia”.
La mano de Günther atraviesa el disco a través de registros que él mismo filmó en una vieja cámara Súper 8 durante los años 70, en plena dictadura uruguaya. Son imágenes cotidianas, caseras: una avioneta en el aire, pescadores recogiendo una red con la pesca del día, paseos de niños sobre caballos, veleros desplazándose suavemente con el viento. Libres.
A primera vista, todo parece liviano, incluso feliz. Pero, junto a la melodía, esas escenas adquieren otra profundidad: revelan el ojo del que filma, un padre registrando el mundo que ama mientras, fuera, el país vive bajo el miedo. Ahí aparece esa sensación difícil de nombrar: algo así como una dulce nostalgia, un dolor suave que se cuela en la belleza de las imágenes. Esa tensión recorre canciones como “Te llevo tatuada”, donde Drexler colabora con Young Miko: “Un poco de suerte, y a ver si me olvido”, dicen.
–¿Qué tan importantes fueron esas imágenes?
–¿Te refieres a las de Súper 8? Hay un video de una canción que se llama Qué será que es, que es una adaptación de una canción brasileña (una adaptación al castellano del emblemático tema “O Que É, O Que É?”, compuesto por el músico brasileño Gonzaguinha), en la que usamos el archivo de Súper 8 de la familia, que filmó mi viejo. Mi padre tenía una cámara de Súper 8 y perseguía a toda la familia con su cámara, y tiene registrado con eso buena parte de los 70 en Uruguay. A mí me encantó. Imagínate, son archivos familiares que he visto mil veces
–¿Y cómo fue verlas acá?
–Cuando las vi ahora, en este contexto, de una canción que básicamente pregunta sobre la vida, como en Qué será que es, me llamaron la atención dos cosas. La primera: el amor del ojo del que filmaba. Sabés que, cuando tomás un poco de distancia del material, lo que ves es más el ojo del que filma. O sea, te dabas cuenta de que lo que estaba registrando era el mundo que amaba: sus hijos, su familia, ese núcleo cerrado tan importante para mi padre, que era básicamente un niño de la guerra que se escapó de Alemania a los cinco años.
–¿Y en segundo lugar?
–Me llamó la atención una especie de alegría reinante que hay cuando caí en la cuenta de que todo el material está filmado entre el 73 y el 79, más o menos, en plena dictadura en Uruguay, y donde incluso varias personas que salen en ese video tuvieron que exiliarse después por la dictadura. Yo tengo una familia que se dividió en la dictadura y, por las prohibiciones políticas, varios de sus miembros tuvieron que irse del país, y me llamó la atención eso. Es como la película La vida es bella: intentan mantener a los niños en un mundo de alegría a pesar de que mis padres mismos tenían mucho miedo también.
–¿Y en esa línea, volver a Uruguay a grabarlo? ¿Hubo una reconexión con ese niño?
–Yo, en realidad, nunca me fui del todo de Uruguay. Aunque hace 30 años que vivo fuera la mayor parte del año, vuelvo todo el tiempo. Tengo toda mi familia ahí, salvo la que vive en España, mis hijos. Tengo mis hermanos, mis primos, mis sobrinos. Hasta hace poco, mis padres. Mi padre murió mientras yo estaba escribiendo este disco; mi madre ya había muerto hace unos años. Esa relación con el hecho de, de golpe ser un huérfano, y tratar de reubicarte en el mundo creo que me llevó a grabar de vuelta en Uruguay. Así que me hizo muy feliz volver y, sobre todo, sentí que necesitaba entender quién era y de dónde venía también.
–Esa pregunta no termina nunca.
–Esa pregunta no termina nunca. Muy buena afirmación. Porque la identidad no es algo estático, sino un río, una entidad dinámica.
–¿Cómo fue grabar con Young Miko?
– Aquí les gusta mucho en Chile Young Miko.
–Sí, en Chile y en Argentina mucho.
–Young Miko, para mí, después de Bad Bunny, es mi artista favorita boricua. Junto con Villano Antillano, no sé si la conocen aquí también, que es maravillosa. Ahora me estoy extendiendo más con Pedro Capó, con quien también colaboré. Admiro mucho a todo el sistema musical de Puerto Rico. Pero la Miko es un prodigio, una maravilla de flow. Sobre todo, lo primero que me llamó la atención fue su flow al escribir, su elegancia y su valentía al tratar una temática sobre la sexualidad muy al frente, muy explícita y, a la vez, muy bien escrita. Hablé mucho con ella.
–¿Pero esta canción era distinta a eso?
–En esta canción yo quería hacer un rap cargado de peso erótico. Cuando fui a grabar con ella, la verdad es que quería aprender. En ese sentido, ella es una maestra y yo, un aprendiz. “No sé escribir así”, le dije. Estuvimos hablando mucho de eso, pero, curiosamente, uno muchas veces piensa que el pasto es más verde en la orilla del otro, y ella me dijo: “Yo lo que quiero es cantar una canción como las que haces tú”. Entonces dije: bueno, quedará el reggaetón para la próxima. Trabajé con sus dos productores, que después me los llevé a Uruguay, que son productores de trap y reggaetón. Yo estaba feliz de intentar aprender en ese género.
–Vamos a tener que esperar para el perreo de Drexler.
–Bueno, vengan al concierto, que nos divertimos mucho bailando.
La decorosa protesta de Drexler en los Óscar, la cueca, el amor y el rango intermedio
En la canción Ante la duda baila, Jorge Drexler repasa, casi como si fuese un cronista, cinco momentos de la historia en los que las autoridades de distintos países censuraron la danza. El recorrido va desde la prohibición de la zarabanda en la España del siglo XVI hasta la persecución al reggaetón en los años noventa.
–En tu disco hablas de la prohibición al baile. Acá en Chile también se prohibió…
–La cueca, seguro.
–La cueca, sí.
–Lo estuve estudiando. Me interesa muchísimo la cueca. Estuve revisando su prohibición, la del samba, la del blues. Para decirlo simple: no hay ningún género musical popular que no remueva emociones ligadas al cuerpo y a los afectos, y que por eso no haya sido visto como una amenaza por las autoridades. Todos han sido prohibidos en algún momento.
–¿Y qué pasó?
–No quería abrumar con información. En la poesía, lo que no embellece, mata. Hay cinco casos: la zarabanda en España, el chuchumbé en México colonial, el candombe en Uruguay, el tango y el reggaetón. Y también sabía del caso de la cueca, porque me interesa mucho la cultura chilena. He estudiado la lira popular, me encanta la biografía en décimas de Violeta Parra. Fui a clases informales de cueca en Concepción, me llevaron a una peña, me enseñaron. No diría que sé bailarla porque es muy difícil, pero me encanta.
–¿Te gustaría interpretarla?
–Hoy me voy a ver con mi amado Nano Stern. Le voy a pedir que me enseñe a tocar la cueca. Nano, que es un erudito y lo mejor que uno puede decir después de eso es poner un punto. Porque es un erudito en todo. Es un erudito en poesía, en música.
–Hablaste de la décima que fue el eje central de tu charla TED y como un factor que une a Latinoamérica. Sobre lo mismo estuvo muy en boga la identidad latinoamericana a partir del Show de Bad Bunny en el SuperBowl. Algunos lo celebran, otros dicen que es la idealización que los gringos tienen de lo latinos ¿Cómo lo ves tú?
–No lo creo. Yo sufrí en carne propia la idealización que tienen de un latino en Estados Unidos cuando en los Oscars pensaron que era lo mismo que cantara yo una canción que era una baguala argentina que había escrito para que fuera cantada por Mercedes Sosa en su momento, y que entró en una película y que después llegó a estar nominada. Y en ese momento sentí que ahí sí que había una simplificación del hecho de ser latino, que daba igual si eras latino y llamaron a un español para que la tocara con un mexicano inmigrado México, Santana, como si diera igual. Y antes que eso se lo habían ofrecido a otros varios cantantes latinos para cantar. Entonces, como ahí sí pienso que estaba todavía muy vigente eso.
–¿Qué diferencias ves?
–Creo que Bad Bunny es mucho más dueño de su imagen que lo que puedan determinar sobre él. Creo que él ha determinado su propia imagen. Y esa imagen se ha basado mucho en romper con algunos estereotipos, con otros no, con el estereotipo de lo corporal de lo latino, de lo festivo, de lo erótico. Yo personalmente creo que todos que son puestos a elegir estereotipos, son cosas buenas, sentir que se puede bailar, que se puede amar, que se puede celebrar de repente. Él ha tomado las riendas de su negocio, ha determinado el idioma con el que se relaciona con una industria poderosísima como es la industria musical norteamericana y ha ganado en sus propios términos. Ha estado en las portadas de todas las revistas y ha ganado los premios más importantes cantando en español, lo cual es una cosa realmente inaudita. Ha hecho una Super Bowl entera, que hay dos actos centrales mediáticos norteamericanos, que son la ceremonia de los Oscars y la Super Bowl, y él lo ha hecho en su propio idioma todo .
–Viendo el hito me pareció muy decorosa tu forma de, no sé si llamarlo protesta, cuando fue tu discurso. ¿Cómo mirás en retrospectiva ese momento?
–Con los mismos términos que tú, fue una respuesta decorosa, elegante, creativa. Estoy contento, estoy orgulloso. Audaz también, porque hay que pararse. Eso parecía el Museo de Cera. O sea, tienes a Jack Nicholson sentado enfrente, así al lado de Dustin Hoffman, hacia el lado de Meryl Streep. Y tú tienes que ir y mantener el temple y que no te tiemble la voz. Y estoy orgulloso de haberlo hecho en ese momento. Nunca pensé que fuera a pasar. Quizás por eso no me dio tiempo ni para preocuparme. Que cuando vi lo que estaba pasando, ya estaba en el escenario. Y fue un poco un reflejo inconsciente. También yo sabía que sí, que era una especie como de bofetada, de guante blanco, delicada, para quien tenía que recibirla, que era la producción del programa, que no me había dejado cantar. Y por otro lado, también cantar es bonito, es lindo. Es más lindo escuchar a alguien cantar que escuchar a alguien quejándose sobre el imperialismo hipócritamente porque estás en la ceremonia.
–Hay una canción que me gustó mucho, que habla de olvidarse de amar.
–De olvidar cómo se ama. Yo creo que las canciones hablan de cosas que evidentemente pasan a través de mi filtro. Lo que pasa es que el filtro de uno, igual que la identidad, como dices tú, no termina nunca. O sea, el filtro mío a veces piensa una cosa, ve la realidad de un color, a veces la ve de otro color. Hay días en que hay otra canción que dice amar y ser amado que trata de hablar acerca del acto de amar y de la importancia de sentirse amado también. Y otra que dice, no sé cómo se ama. Muchas veces son reflexiones de cosas que escucho. En este caso, escuché a una persona de veintipico años,de mi familia, decir, mi generación le cuesta mucho comprometerse y tener una pareja a largo plazo. Es muy cambiante el tipo de relacionamiento. No es ni peor ni mejor, pero hay como una sensación de que amar con entrega, que te parta la cabeza una persona y te metas entero en el corazón y ella en el corazón tuyo o él, es más difícil hoy en día.
–Me parece alineado, yo lo asocié a lo mismo que tu pariente veinteañero, esta incapacidad generacional. Hay un termino que usan, “cringe”, como verguenza.
–Es exactamente eso. El cringe es una de las razones por la cual esa generación tiene miedo a exponerse sentimentalmente, a parecer cursi por el acto de amar. Entonces, tiene que ver con muchas cosas, con la época esta, como dice Bauman, del amor líquido, que el amor dejó de ser una cosa sólida y pasa a ser más cambiante. Eso tiene aspectos buenísimos también.
Tiene por otro lado el aspecto de que el amor posesivo, en el cual nos educaron de repente, de que amar es ser la media naranja de otra persona, en el sentido de como si la otra persona estuviera incompleta, que es como poseer la personalidad de la otra persona en el sentido de como si la otra persona estuviera incompleta que es como poseer la personalidad de la otra persona y ser pues ser poseído por esa personalidad ese amor está en decadencia también ya nadie se siente el dueño de otra persona.
–Bueno, respecto a esa posición, hay una canción que está muy ligada a Chile, con Mon Laferte que es Asilo. ¿Te quería preguntar por ella misma, cómo está su relación?
–Mon me llevó en esa canción a un lugar al que yo nunca hubiera llegado. Ella tiene una intensidad interpretativa y una calidad interpretativa siderales. Es una artista de primerísimo nivel, realmente es muy complementaria de lo que yo podría ser. Yo soy una persona mucho más de tonos intermedios, ella se mueve en un mundo de colores más fuertes y de vivencias más fuertes y fue exactamente por eso que la llamé para cantar esa canción. una canción en la cual yo necesitaba a alguien que tuviera un acto de interpretación.
Nunca hubiera llegado solo a eso, así que le estoy siempre muy agradecido, no estoy muy al tanto de lo que ha pasado últimamente porque cuando hago un disco estoy en un submarino, estoy preso del proceso y no sé mucho de lo que pasa ni siquiera con mi propio mundo
–¿Y te acomoda eso que dijiste de habitar el rango intermedio?
–Las dos cosas. A veces me gusta, a veces me resigno. Pero sí que creo que es parte de mi identidad. Yo vengo de un país que es como Uruguay, que tiene un clima intermedio, templado, que no es ni tropical, ni frío, es subtropical, que tiene un paisaje que no es ni montañoso como el de Chile, ni plano como el de la Pampa Argentina. Es suavemente ondulado, que no tiene piedras preciosas como tiene Bolivia de repente o y tiene piedras semi-preciosas. Somos un país que tiene muchos que hablan un tono más temperado.También somos un país donde la polarización política, por ejemplo, no es tan fuerte como la de nuestros vecinos. O sea, somos más moderados en muchas cosas.
–Son como una brisa
–Bueno, somos una brisa. A veces eso es un regalo, a veces es una cruz.




