Carta a la directora: El primer espacio cultural
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En los últimos meses, la discusión sobre convivencia escolar ha ocupado un lugar central en el debate público. El aumento de las denuncias por violencia, el deterioro del bienestar socioemocional de niños, niñas y adolescentes, el ausentismo y el desgaste de las comunidades docentes muestran que la escuela está enfrentando tensiones, sin embargo, sería un error comprenderlas como un fenómeno que ocurre solo dentro de las salas de clases.
La violencia escolar es también la expresión de una crisis más amplia de vínculos, de sentido y de espacios compartidos. Hay soledad, fragilidad en las redes familiares y comunitarias, desigualdad en el acceso a experiencias significativas y una vida pública cada vez más restringida, mientras que el espacio digital ocupa un lugar creciente en la socialización de niños y jóvenes.
Frente a este escenario, resulta importante comprender que la convivencia se construye a partir de experiencias que nos permiten encontrarnos con otras personas, expresarnos, escuchar y reconocernos en otros. Sobre este punto, las artes y la cultura son una dimensión fundamental para la formación y los modos que tenemos para relacionarnos y a fin de cuentas para vivir.
El primer espacio cultural que conocen niñas y niños no es un museo, una biblioteca ni un centro cultural. Es la escuela. Antes de entrar a una exposición, asistir a una obra o participar en una actividad artística, muchos estudiantes ya han tenido allí sus primeras experiencias con la lectura, la música, el dibujo, el juego, la palabra y la imaginación. La escuela, entonces, no es solo un lugar donde se transmiten contenidos, sino también un espacio donde se aprende a habitar el mundo en comunidad. Por eso resulta tan importante dejar de pensar la cultura y la educación como ámbitos separados.
La participación en la vida cultural es también un derecho. Y si ese derecho debe ser universal, la escuela cumple un papel insustituible: puede garantizar que todos los niños, niñas y jóvenes, independientemente de su origen o trayectoria, tengan contacto con lenguajes, experiencias y prácticas que amplían sus mundos.
Sabemos además que el aprendizaje se produce en contacto con las emociones y las experiencias vitales. La curiosidad, la empatía, la creatividad, la escucha y la capacidad de colaborar son condiciones para aprender y convivir. De este modo, las experiencias artísticas tienen el gran potencial de abrir preguntas, robustecer confianzas y ofrecer formas de expresión allí donde muchas veces no hay palabras disponibles.
Por eso, cuando hablamos de convivencia escolar, debiéramos también hablar de cultura. No hay dudas: no es una solución mágica, pero puede ser parte de un sistema más amplio de protección, encuentro y desarrollo para los niños y niñas.
Tras la Semana de la Educación Artística, que acaba de celebrarse, y del reciente Encuentro Docente que realizamos en el Centro Cultural La Moneda, quizás una de las tareas más urgentes sea volver a mirar la escuela como ese primer espacio cultural: el lugar donde una sociedad decide qué experiencias ofrece a sus estudiantes para aprender a vivir juntos.