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Correo 19 de Mayo de 2026

Carta a la directora: El primer incendio de Santiago y la nobleza de un empaste

Dr. Hugo Osorio R., académico Doctorado en Estudios Latinoamericanos UAHC
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Uno de los primeros libros (tal vez el inaugural) en habitar extranjeramente nuestras tierras es el tratado de filosofía política De Regimine Principum (1265), escrito por Tomás de Aquino. Es de conocimiento que Juan de Cárdenas, un “sabidor” del oficio de la pluma, reclutado por Pedro de Valdivia en 1539 para integrar la expedición a Chile, cargaba un ejemplar de la obra. En este escrito se analizan la naturaleza y funciones del buen gobierno desde una perspectiva ética-teológica. Uno de los énfasis es el concepto de cuidado (cura) que sustenta el oficio del rey en cuanto garante responsable de la comunidad. El gobernante oficia como médico y padre, velando por la salud y la educación del pueblo. Esta asistencia real estructura el mecanismo de cuidado colectivo, donde el rey establece las condiciones de la buena vida, la protege de las amenazas y la perfecciona buscando el bien común de sus súbditos. Años después, aparecería nuestro primus liber rei publicae, el libro becerro del Cabildo de Santiago, que reúne las primeras actas desde la fundación de la ciudad y sus incipientes documentos administrativos. Luego del incendio del 11 de septiembre de 1541 de Santiago, el libro original tuvo que ser reconstituido en enero de 1544 por el escribano Luis de Cartagena.

Los libros becerros o cartularios surgen en las iglesias y monasterios de la Edad Media, llamados así por su encuadernación, una cartuchera forrada en piel de becerro (ternero), que permitía recopilar diversos legajos a fin de prevenir el deterioro o la desaparición de algún documento. Por lo general, es una compostura las más de las veces utilitaria, ya que otros materiales, desde la madera tallada a la orfebrería con metales preciosos, marfil y esmaltes, se utilizaban para empastes más lujosos. Muy pronto los códices recubiertos de piel comenzaron a ser decorados con la técnica gofrado, que combinada a un pan de oro lograba el dorado, muy popular durante los siglos XV y XVI. Este metal era el único garante de sobrevivencia de los libros ante la humedad o la presencia de la Lepisma saccharina, insectos pequeños y plateados, denominados comúnmente pececillos de plata, que voraces consumidores de papel. Los Lepismatidae tienden a poblar las viviendas, los museos, las bibliotecas y todo tipo de espacios cerrados. Se caracterizan por su gran capacidad de adaptación y generación de daño material, pudiendo llegar a conformarse como una plaga urbana. En Chile coexisten siete especies, siendo el pececillo de plata un zigentomo cosmopolita, introducido involuntariamente por el intercambio humano a nuestro país, predominan en bibliotecas, museos y casas.

Gold is the only thing that doesn’t lie to you. It doesn’t ask you to be good, or brave, or anything else. It just asks you to find it, exclamaba Gil Westrum en el western de Peckinpah (Duelo en la alta sierra, 1962). Algo así como “El oro es lo único que no miente. No pide ser bueno, ni ser valiente. Simplemente pide buscarlo”. O como bien recodaba Borges: “El mundo, según Mallarmé, existe para un libro; según Bloy, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo”. A veces, hay que terminar en un libro precioso, empastado, a resguardo de los insectos, en una biblioteca, cubierto de oro.

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