Carta a la directora: Investigar en Humanidades
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Hace pocos días se publicaba el Ranking QS 2026, y en él se informaba que 10 universidades chilenas se encontraban dentro de las 500 casas de estudio mejor evaluadas en el ámbito de las Artes y las Humanidades de todo el planeta. Casi de forma paralela, el Presidente de la República de Chile comentaba en una actividad oficial que, a su juicio, los resultados de investigación se reducían a “libros” sin mayor valor y no generaban empleos-, especialmente en un contexto de recortes fiscales caracterizados por su carácter indiscriminado.
Un juicio de esa naturaleza, dicho casi al pasar y con suspicaz ironía nos obliga a reflexionar sobre la investigación en Artes y Humanidades, sin duda uno de los campos en los que más se producen “libros bonitos”.
La investigación en Artes y Humanidades debe ser entendida —al igual que toda investigación—como un ejercicio sistemático, regulado, racionalmente organizado, dotado de procedimientos de recolección de evidencias a la vez que de campos disciplinares de validación y circulación de los resultados de esa investigación. Es decir, una actividad razonada y comunicable, a la vez que sujeta a controversia y debate en el espacio en el que se desenvuelve, con una comunidad propia que la alimenta.
Cuando se sospecha de la construcción de conocimiento argumental y colaborativamente construido, lo que se hace es privilegiar la imposición por sobre la discusión, el decreto sobre la ley, la ideología —que no requiere argumentación en tanto autoproduce sus propias convicciones —por sobre las evidencias, la simplicidad tosca por sobre la duda metódica, lo inevitable que sofoca las interrogantes asociadas a todo lo que pudo ser. Quien rechaza el uso de argumentos y acude al sentido común, no quiere o no puede debatir.
En el caso de Chile, el sistema de investigación en Artes y Humanidades está altamente fiscalizado, con formas de financiamiento que obligan a las instituciones a cumplir estándares muy exigentes, no solo en la calidad de los productos derivados de los fondos nacionales —siempre concursables y cada vez más competitivos —, sino también en el impacto que generan a escala regional, nacional e internacional.
Con esas exigencias, la comunidad de investigadoras e investigadoras (pequeña en relación con otras), mantiene un justo reconocimiento de sus pares a escala global. Y casi siempre con menos recursos a su disposición y con tareas asociadas a la vinculación con el medio, la gestión académica y la enseñanza, compartiendo con personas que están en la búsqueda de su propia formación. Este último punto es, quizá, el principal valor de la investigación en nuestras áreas.
Hace unos días atrás, en la inauguración del año académico de la Universidad Alberto Hurtado, la destacada investigadora Kathya Araujo ofreció un consejo tutelar para entender y sobrevivir en una sociedad alta y hostilmente individualizada como la actual: confianza en los demás. Esta recomendación no surge desde la buena voluntad o de las creencias singulares de Araujo. Es fruto de años de investigación sobre el conflicto, el uso de los espacios públicos y las relaciones con la autoridad. Hoy pareciera ser que esa autoridad prefiere —usando para ello la crítica a la investigación— sembrar más desconfianza.