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Opinión

30 de Mayo de 2026
Sandro Baeza

Adiós a Euphoria, una serie que odiaba a las mujeres (y al mundo)

La exitosa serie de HBO, creada por Sam Levinson, se despide este domingo de la pantalla, después de una tercera temporada irregular. Sus protagonistas pasaron de ser chispas de juventud a adultas explotadas por la sociedad y por sí mismas. "Ahora han perdido la agencia y sucumbido ante el derrumbe del mundo podrido donde habitan. No van contra la corriente, sino que se abandonaron en la marea", escribe la columnista Isabel Plant.

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Uno de los misterios más grandes de este 2026, es por qué todos los personajes de “Euphoria”, la popular serie de HBO, pasaron de ser adolescentes de clase media alocados a ser adultos trabajando para distintas versiones del Tren de Aragua, o mafias perversas del estilo en versión hermisferio norte.

En el caso específico de sus protagonistas femeninas: Rue, la siempre espectacular Zendaya, pasó de ser una joven adicta a una mula de droga y empleada de criminal explota mujeres. La han enterrado viva, la han cortado, la han golpeado.

Cassie es una chica OnlyFans dispuesta a absolutamente todo por dinero y fama; Maddy está dispuesta a dejar su trabajo con una jefa influyente por ser la proxeneta de mujeres que se explotan sexualmente en internet; Jules dejó la universidad porque prefiere ser la mantenida y juguete sexual personal de un hombre casado. Y Lexi, bueno, mira a su alrededor y no entiende bien cómo llegaron a esto, pero el personaje es lo suficientemente aburrido para no generar verdadera reflexión al respecto.

Qué depresión: cuando “Euphoria” se estrenó en 2019 se transformó en un hito cultural televisivo. Son pocas las series que logran capturar el momento y, de una manera u otra, ser la voz de una generación. Creada, escrita y dirigida por Sam Levinson, era una mirada agria a la sociedad norteamericana a través de la juventud en éxtasis de sus suburbios: desde el padre de familia que escondía un fetiche abusivo con menores, a jóvenes que se refugiaban del sinsentido del hoy con sustancias.

Pero era, también, una serie de colegio: peleas, amores, novios tóxicos, amistades quebradas, enamoramientos confusos, con el acento del nuevo milenio, incluyendo diversidad sexual, redes sociales y un maquillaje tan espectacular que fue replicado en las caras de jovencitas alrededor del globo.

Entre temporadas atrasadas y el salto total a la fama de sus actores y actrices -incluyendo nominaciones al Oscar y uno que otro premio Emmy-, esta temporada llegó tarde y siguiendo a los protagonistas navegar el comienzo de la adultez. Levinson sigue fotografiando con un estilo visual irresistible y las actuaciones mantienen su nivel -Sydney Sweeney, veo tu Emmy-, pero no solo las líneas argumentales dejaron toda lógica y cualquier sentido de realidad.

Desde hace años que se han escrito montones de críticas y ensayos sobre lo que sería una misoginia de Levinson, usando a las jóvenes actrices como títeres sexualizados y empujados a su antojo, especialmente cuando se trata de mostrar a Sweeney sin ropa.

¿Odia a las mujeres Levinson, tanto como se ha dicho? Las odia, pero también odia a todos. Odia al país donde viven y la cultura que lo ha hecho un éxito.

Esta temporada, por supuesto, todo se ha ido al extremo. Y se podría argumentar, con paciencia, que está justamente tratando de probar cómo se usa y abusa a las mujeres en distintos ámbitos y cómo el sistema además las lleva a querer explotarse a sí mismas, incluida Rosalía en un topless, o el personaje de Jules sin ropa siendo envuelto en alusa por su sugar daddy.

La generación de jóvenes que hoy se hace adulta, fuera de la pantalla, tiene mucho en contra: no van a poder tener viviendas propias hasta que sean ancianos, no hay trabajo, y el que hay puede que sea arrebatado pronto por la IA; hay crisis de petróleo, guerras y una hecatombe ambiental heredada.

Las mujeres que fueron niñas en una ola feminista hoy deben convivir con la manósfera, con la exigencia del baby bótox y el regreso en gloria y majestad de la hiperflacura como sinónimo de belleza universal.

Y en un inicio en “Euphoria” se contrarrestaba la mirada derrotada ante una sociedad hecha pedazos con bastante humor y esa chispa de inteligencia y ganas de comerse el mundo de sus protagonistas. Cada una tenía una astucia distinta, para sobrellevar la miseria. Les queríamos hacer barra.

Ahora han perdido la agencia y sucumbido ante el derrumbe del mundo podrido donde habitan. No van contra la corriente, sino que se abandonaron en la marea. Y Levinson, en vez de explorar a fondo sus dolores y desesperanza, se vale de giros excesivos de la trama que se vuelven una manera burda de hilar sinsentidos. Es como ver una película de terror que abusa de los golpes de ruidos que hacen saltar en el asiento, en vez de asustarnos con lo más profundo de nuestros miedos.

Eran nuestras heroínas, hoy son víctimas. Lo único que se mantiene es un espectacular maquillaje, que no logra cubrir sus grietas.

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