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La historia de Lientur Rojas, el titiritero y profesor de Concepción que dedicó seis décadas a un oficio que lo convirtió en “Tesoro humano vivo”

Con 11 años se coló sin pagar a ver una función de títeres y quedó maravillado para siempre. Hoy, Lientur Rojas es Tesoro Humano Vivo y lleva más de 60 años haciendo lo que en Chile todavía llaman un "arte menor".

Por 13 de Junio de 2026
Titiritero
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Es 1957, y un niño de once años ve un cartel en su colegio invitando a ver una función de títeres por 5 pesos. El niño no tiene ese dinero, pero se escabulle a observar el espectáculo. Queda maravillado por la magia de los muñecos que hablan y se mueven solos, y piensa “este mundo es maravilloso”.

El asombro no abandona a ese niño, quien trató de hacer un muñeco por varios meses, y cuando lo logró en este momento dijo: ‘yo quiero ser titiritero’.

Lientur Rojas Serrano nació en Concepción en 1946 y se formó como profesor de Educación General Básica en la Universidad de Concepción. Con solo 15 años, fundó la Compañía de Títeres Pirimpilo. 

A lo largo de sus más de 60 años de trayectoria, ha llevado la Compañía Pirimpilo a festivales nacionales e internacionales en países como Francia, España, Argentina, Colombia y Canadá, acumulando 2.870 presentaciones. Durante la dictadura mantuvo funciones dominicales ininterrumpidas. Al día de hoy, ha publicado tres antologías de sus obras.

En 2025 fue nombrado Tesoro Humano Vivo, un reconocimiento que otorga el Ministerio de las Culturas y que reconoce a comunidades, grupos y personas que son distinguidos y destacados por sus pares, por los significativos aportes que han realizado a la salvaguardia y al cultivo de elementos que forman parte del Registro de Patrimonio Cultural Inmaterial en Chile.

Hacer títeres en Chile

“El títere tiene la magia de que hace que el adulto se vuelva niño”, dice Lientur Rojas sobre su trabajo. Relata que hoy más que nunca la gente va a ver títeres, porque cuando un padre dice que “lleva a los niños”, se sientan y participan igual que cuando eran pequeños.

Aunque en el país, el arte de títeres aún es visto como un “arte menor”, cuenta. “No por los titiriteros que trabajan intensamente por sus puestas en escena, que son cada día más interesantes. Pero todavía la gente no lo concibe como un espectáculo en el estricto sentido de la palabra”. 

Para Lientur, esto además cambia con el momento político que se vive actualmente, cuando Hacienda ordenó un recorte de  $51.750 mil millones al Ministerio de las Culturas, un 10% de su presupuesto. “Si antes el apoyo era poco, ahora es peor. Y considero que es una verdadera aberración. Un pueblo que no fomenta la cultura, que no fomenta el arte, es un pueblo que está matando su alma”.

“Yo creo que la peor aberración que puede hacer este gobierno es mutilar la cultura, mutilar el arte porque entonces, ¿qué nos queda?”, agrega. 

Cuenta que siempre trabajó como profesor a la par de su labor como titiritero y dramaturgo, para poder financiar su arte. Hoy trabaja en el Colegio Sagrado Corazón en Concepción, ciudad donde vive desde 1966.

También piensa que esto de ver el teatro de títeres como un arte menor es por lo poco avanzado que está este espectáculo en Chile. “Varios titiriteros que no se han preocupado de elevar su arte, de preocuparse de tener cuidado en la construcción de su muñeco, de asesorarse, de que su espectáculo tengan una propuesta estética y una propuesta dramática, todavía hay mucho que aprender en eso”, manifiesta.

“Si tú te vas a Argentina, te das cuenta que los espectáculos de títeres son mucho más elaborados, son mucho más teatro que lo que vemos aquí. Todavía aquí el títiterito va con cinco, seis muñecos y su maleta y sigue la juglaría. Pero la juglaría quedó hace muchos años, muchos siglos atrás”.

La juglaría es una forma medieval de hacer arte. Se refiere a quienes cantaban o recitaban poesía lírica o épica popular, para la recreación de nobles, reyes y público en general. Hoy hace referencia a quienes lo hacen en la calle o en las plazas.

Rojas cree que hay que evolucionar. Ha viajado a Argentina, Colombia y Europa, donde tuvo la posibilidad de ir a la Escuela Nacional Superior de las Artes del Títere, en Charleville-Mézières y pudo conocer del teatro de títeres de grandes aprendices de las escuelas checas, rusas, asiáticas, “y te quedas maravillado con un arte que está a la par con lo que se puede hacer en el teatro”.

Por eso, Lientur incorpora esas herramientas en sus espectáculos. “He procurado de alguna manera ir innovando y seguir incorporando, sin que se pierda la esencia del títere como arte patrimonial, pero incorporar a los actores y hacerlos trabajar igual con los títeres”.

Hacer arte a pesar de todo

Hasta 2019, Lientur se presentaba todos los domingos en el teatro, incluso en dictadura, cuando clausuraron su taller, lo hacían recoger sus cosas, cancelar obras.”Había que tener bastante fortaleza para confesarse actor en esa época. A mí me parecía que eso era insólito, cuando estaba en la universidad pensaba ‘¿por qué tengo que esconderme?'”.

“Insistí tanto que me decían ‘Bueno, ya, déjenlo’- Pero me perseguían, yo sentía que era como que me tenían en la mira, pero que había que jugársela. Y me la jugué. Lo pasé mal a veces, pero yo decía, ‘no me van a callar'”, añade.

Cuenta que con el tiempo también comenzó a utilizar los títeres para abordar temas que le inquietaban. En una época marcada por restricciones a la expresión pública, encontró en el escenario una forma de transmitir mensajes a través de sus personajes.

“Al principio yo hacía La Caperucita Roja. Pero después ya no era el lobo capturando a la Caperucita, sino que era la Caperucita capturando al lobo. Era una manera de mandar algunos mensajes”, recuerda.

En sus obras aparecían ideas ligadas a la convivencia, el entendimiento y la resolución pacífica de los conflictos. “Siempre era la lucha por la paz, la lucha por la no violencia. Invitaba al diálogo, a entenderse entre la gente. Ese mensaje siempre estuvo”, dice.

Pasaron las décadas y Lientur nunca se alejó de los títeres. Para él no existen las vacaciones de un oficio que se confunde con la vida cotidiana. Si no está construyendo un muñeco, está imaginando una historia o pensando una nueva función. Su taller se encuentra a pocos pasos de su cama. Allí pasa buena parte de sus días, rodeado de personajes de madera, tela y pintura que, seis décadas después, siguen ocupando el centro de sus pensamientos.

En esos años, Lientur ha pasado por distintas dificultades. Durante el Estallido Social, cerraron la sala Andes en el Teatro Biobío, y eso pausó la seguidilla de obras que mantenía desde los 60. Fue una época dura para él, que lo obligó a trasladar su espectáculo a otros lugares. “Fue un periodo difícil, porque los pocos espacios que quedaron siempre estaban ocupados, y cuando tú los solicitas te cobran un ojo a la cara. Pero lo hemos podido hacer afuera. Hemos salido a los centros culturales, a las provincias. Desde entonces, siempre estamos haciendo cosas”.

Cómo nace un títere: el proceso creativo detrás de los muñecos

“Yo siempre digo que el nacimiento de un títere es todo un proceso. Los títeres son mágicos porque surgen de la ensoñación, de construir un personaje que primero existe en tu imaginario”, relata Lientur.

Explica que sus personajes suelen nacer de algo aparentemente simple: una idea que se cruza por su cabeza, una situación que vivió o una imagen que quedó dando vueltas en su memoria. Antes de existir en madera, tela o pintura, cada títere pasa semanas habitando su imaginación.

“Yo hago muchos esquemas, rayo mucho. Luego tomo témpera y empiezo a manchar, y eso me da una idea de cómo voy a pintar el títere, de cómo va a ser vestido. Poco a poco voy diseñando. Tú empiezas durante una semana, a veces durante un mes. ‘Ando con un muñeco metido dentro’, digo yo, hasta que este muñeco aparece de repente y todo empieza a tomar forma”, cuenta.

Lientur diseña cada figura con paciencia. Prueba colores, combina telas y elige vestuarios que, explica, selecciona porque los ha ido acumulando en la retina a lo largo de los años. Pero para él el trabajo no termina cuando el muñeco está terminado.

“Cuando el muñeco está listo, yo me lo pongo en la mano y empiezo a dialogar con él. Como si fuera un niño. Ahí empieza a aparecer su voz. Ahí sé cómo va a hablar, cómo se va a mover. Porque el muñeco no tiene vida; la vida se la da el titiritero”, dice.

Después de seis décadas dedicadas al oficio, asegura que la esencia sigue siendo la misma: transformar un objeto inmóvil en un personaje capaz de emocionar, hacer reír o provocar preguntas. Es una tarea que ha repetido miles de veces. Calcula que a lo largo de su trayectoria ha creado más de 2.700 obras y no imagina un momento en que deje de hacerlo.

Cuando fue reconocido como Tesoro Humano Vivo, confiesa, no comprendió de inmediato la magnitud de la distinción. Tampoco sintió que algo cambiara demasiado. “Nunca me he sentido especial. Hasta el día de hoy, para mí, mi vida no cambió”, afirma.

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