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Sandro Baeza

Tendencias

18 de Junio de 2026

Pantallas, soledad y falta de vínculos: por qué los adolescentes chilenos están entre los más insatisfechos del mundo

El deterioro de la salud mental y del bienestar subjetivo de niños y jóvenes preocupa a organismos internacionales. Para la académica Nicole Gardella, la clave no está solo en restringir las redes sociales, sino en fortalecer los espacios de conversación: "Hay ritos súper cohesionadores, como comer en familia, preguntarse por el día y compartir también las propias dificultades".

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El gráfico es claro y contundente: de un listado de 36 países ricos, según la OCDE, Chile está en el último lugar en cuanto a bienestar infantil, según una encuesta de UNICEF. Los indicadores mundiales apuntan a lo mismo: los países con mayores ingresos están mostrando un declive en la satisfacción vital de sus niños y adolescentes, en salud mental y en resultados académicos. ¿Son las pantallas, la aislación, el contexto global de guerra o amenazas medioambientales, o todos los anteriores?

Nicole Gardella es la directora de Incidencia Pública y Cátedra de la Escuela de Gobierno de la UAI, además de investigadora del Núcleo Milenio Social Data Science, quien explica que el documento de UNICEF -con una encuesta que en Chile es aplicada en la prueba Pisa– mide distintos países “en una edad que es bien crítica, adolescentes que tienen entre 15 y 19 años”, y que el organismo agrupa sus respuestas para entregar un contexto general.

“Lo que mide la satisfacción vital es la posibilidad de sentirte parte de algo, de importarle a un otro”, continúa la experta. “No mide diagnósticos clínicos, no está buscando detectar cuántos niños tienen depresión, cuántos niños sufren ansiedad, sino cuántos niños sienten que importan”.

En una columna titulada “Vidas que no valen la pena”, publicada en La Segunda, Gardella explicó que los índices de satisfacción pueden mejorar con cosas tan aparentemente sencillas, como conversaciones habituales entre padres o tutores y los jóvenes. Ahora profundiza con The Clinic sus investigaciones.

Eso es llamativo: que quizás comer en familia, preguntar cómo les fue en el día, marque diferencias. En el día a día eso a veces se entrampa, porque los papás llegan tarde, porque tenemos las pantallas. O también porque a esas también los adolescentes contestan con monosílabos.

—Exacto, también hay preguntas que son súper precisas. Si tú le preguntas a un niño, a un adolescente, ¿cómo te fue en el colegio? Dice ‘bien’ y se acabó la conversación. Y hay otras formas de preguntar lo mismo, uno podría decir: ‘Qué fue lo mejor de tu día y qué fue lo peor de tu día?’. Y ahí los niños están obligados a elaborar o a repensar el proceso que tuvieron en el colegio.

Hay ritos que son súper unificadores y cohesionadores, como por ejemplo, comer en familia, preguntarse por el día, pero también que los padres cuenten de su día. Cuando los niños y los adolescentes, en particular, ven que sus padres también tienen dificultades diversas laborales, sienten que tienen espacio también para mostrar sus propias debilidades.

Si en cambio los padres son súper exitosos o los padres no dicen nada respecto de su día, los niños no pueden aprender a modelar el lenguaje que les permite expresarse.

—En el fondo no es un interrogatorio, es una conversación. Y justamente mostrar las dificultades del día a día, permite que ellos aprendan.

—También podría decir el padre, la mamá, tuve que hacer una presentación y no me fue bien, que es homologable a un ‘me fue mal en la prueba’. Es no rendí, no tuve lo que quería, no me esforcé, lo que sea. Y eso mismo es un método de aprendizaje para los niños.

Parte de tus estudios se tratan sobre la importancia de los vínculos cuando se habla de jóvenes y también de la sociedad actual completa, ya que están bien fragmentados. ¿Es eso por las pantallas o por otras razones? ¿Cuáles son las cosas que están incidiendo en esta satisfacción vital en los adolescentes?

—El informe de la UNICEF, que es lo que nos convoca, se refiere a las pantallas, pero también se refiere a incertidumbre económica. Muchos niños viven en lugares donde han tenido, por ejemplo, problemas medioambientales. Niños que faltaron por inundaciones o lluvia.

Y Chile aparece segundo en el 2024 en eso, con más de 2 millones de niños que no fueron al colegio, porque fue el año que hubo este diluvio, que se cortaron todas las calles y se cayeron los postes. Si uno lo mira en perspectiva, probablemente Chile no es un país que esté tan sujeto a crisis medioambientales como otros, pero les afecta.

Y las pantallas es otro de los grandes temas que ponen en el informe de UNICEF. Pero no es tan categórico en decir que el problema sean las pantallas, de hecho dice que no está tan claro tampoco que sea el tiempo de exposición a la pantalla, sino lo que ven.

—El contenido, no el aparato ni la cantidad de conexión.

—Hay muchos usos: desde que uses la guía de Google para hacer una tarea, o estar todo el día jugando, viendo deportes, lo que sea. Pero el problema está en cuando un niño o un adolescente se enfrenta a contenido que no puede procesar, y ahí vuelve a aparecer el rol de los padres o de una figura significativa. Que le puede ayudar a interpretar esto que vio que no le gustó, que no le pareció, o que no entendió,.

—O que le hizo experimentar sentimientos que no entiende ni siquiera y no puede verbalizar.

—En Chile hay una Radiografía Digital que hace Claro, y muestra el uso de los niños con las pantallas, y lo mueve en dos categorías: niños de 8 a 13 años y de 14 a 19. Los niños dicen que a quien le van a preguntar primero cuando ven algo que les complica es a la mamá. Hay una figura significativa con la que pueden estar, pero eso no es espontáneo, es porque se ha establecido un vínculo previo que les permite ir a tocarles la puerta y decir me pasó esto.

Y lo otro que es importante, como una forma de entender el problema, es que quienes están más protegidos son los más chiquititos de estratos socioeconómicos alto y el resto desciende la escala. Uno podría interpretar que tiene que ver con que probablemente hay padres que tienen más disponibilidad, porque es distinto ser un padre que puede hacer teletrabajo, que un padre que tiene que andar dos horas en micro para ir y volver y que llega a su casa a las 10 de la noche.

Por eso las políticas públicas son importantes, porque defender los tiempos familiares, cualquiera sea como se componga la familia, es un factor protector.

—¿Y qué opinas de que se esté discutiendo, siguiendo los pasos de Gran Bretaña y Australia, de restringir las redes sociales para menores de 16? ¿Es eso la solución o es tapar el sol con un dedo?

—Mira, son dos cosas, porque creo que sí es tapar el sol con un dedo, porque también está demostrado que los niños buscan la forma de acceder igual. Eso no es la solución permanente, pero sí da un sentido de que esto es una cuestión urgente para quien no vea que lo sea.

—Es decir, no es baladí que los niños tengan acceso a redes sociales sin tutela de los apoderados.

—Hay niños que muestran que tienen un teléfono propio o un aparato propio desde muy chicos, cada vez más chicos. Además, a propósito de la radiografía que mencionaba, los mismos niños creen que pasan más tiempo del que deberían en redes.

Y la otra cuestión que es importante también, es que cuando uno dice restringir las redes sociales es como restringir el cigarro: probablemente bajó el consumo de cigarro en menores de edad una vez que no se permitió venderles, seguro hay alguno que se salta la regla, pero debe haber bajado el consumo.

En tu columna sobre el tema, hiciste una correlación con la crisis de la natalidad. Supongo que ver a niños felices o infelices, o más cómodos o menos cómodos con sus vidas, incide en que las nuevas generaciones digan no quiero tener hijos. O haber experimentado la sensación ellos mismos.

—Me imagino que alguien sí puede recordar su propia adolescencia y decir no quiero que nadie la viva.
Habría que ver estudios longitudinales, que yo no manejo.

Pero sí me parece que estamos súper preocupados, correctamente, de las bajas tasas de natalidad que tenemos y no estamos viendo que los que ya están no lo están pasando bien. Eso no puede mejorar la situación.

Podríamos inventar niños, como en “Un mundo feliz” de Huxley, pero si todos esos niños que aparecen no están contenidos, nvamos a mejorar un problema de natalidad, pero no vamos a mejorar ningún problema social.

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