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La última cosecha de remolacha: crónica del fin del cultivo que alimentó a la industria azucarera chilena durante más de 70 años y dejará a 3 mil familias sin trabajo

El 29 de abril, Empresas IANSA informó a la Comisión para el Mercado Financiero y a sus trabajadores de una decisión rotunda: no comprarían remolacha para producir azúcar en la temporada 2026-2027, lo que significa que en lugar de producirla en Chile importarán azúcar de caña para terminar de refinarla acá. La determinación afecta a 230 remolacheros que han dedicado su vida al “cultivo bendito” que moldeó la agricultura en el país y se calcula que dejará a 3 mil familias sin trabajo. En la Región de Ñuble, los remolacheros terminan de cosechar sus campos y se lamentan de la muerte de un cultivo patrimonial para Chile.

Por Consuelo Ferrer, desde Chillán 21 de Junio de 2026
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Nicolás Figueroa Valdés
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Más allá, a lo lejos –varios metros más cerca del horizonte, donde se alza nevado el volcán Chillán–, las remolachas están volando por el aire. Estaban sobre la tierra, arrancadas ya, pero las púas de una máquina que podría ser una aplanadora las pinchan y las levantan. Giran, vuelan y caen. Se acumulan en la tolva, la espalda de este tractor –el pincho– que surca el campo para recogerlas. Más allá, a lo lejos –contra un paisaje que parece una pintura de un día de otoño–, las remolachas vuelan. Excepto esta: la que Carlos Sepúlveda va a tomar entre sus manos.  

–Debe pesar un kilo y medio, que es a lo que uno tiene que llegar –dice, antes de levantarla y mirarla. Todavía está manchada de tierra, todavía tiene hojas que le salen por la cabeza. Todavía está en su campo en Pinto, en la Región de Ñuble, donde lleva cosechándolas por casi cuarenta años, y todavía no se convierte en azúcar. Esta, la que elige para la foto, es especial: es una de las últimas.

Autor: Nicolás Figueroa Valdés

Como director de la Federación Nacional de Remolacheros (Fenare), Sepúlveda participó de la reunión en la que Pablo Montesinos, gerente general de la IANSA, le informó al gremio que no comprarían remolacha para la temporada 2026-2027. Desde su fundación en 1953, hace ya 73 años, la compañía azucarera –creada como una empresa pública y privatizada en 1988– siempre se relacionó de la misma manera con los agricultores: en la mitad del invierno negociaba los contratos de remolacha para proveer la materia prima de la siguiente campaña azucarera. En agosto de cada año, cuando estaba terminando la cosecha de remolacha, los productores ya preparaban la próxima siembra. 

Por eso Carlos Sepúlveda sospechaba que algo raro ocurría: a pocas semanas de terminar el periodo de cosecha, que en este 2026 cerrará el 15 de agosto, la empresa no les había hablado de los nuevos contratos, ni de las semillas, ni de los precios.

La decisión de IANSA no significa que la empresa dejará de producir azúcar, pero en vez de elaborarla a partir de la remolacha azucarera lo hará desde la caña de azúcar, una fuente más barata que se reproduce con facilidad en los climas tropicales y subtropicales y que no es viable en Chile. Así, la compañía va a importar una mezcla cruda de caña de azúcar que va a terminar de refinar en la planta de Chillán –la única que sigue operativa de las seis que la empresa llegó a tener– y que va a seguir saliendo al mercado.

Esta remolacha que tiene entre sus manos y todas las que van cayendo en la tolva de su pincho son especiales, porque después de ellas no habrá más. Carlos Sepúlveda lleva plantando remolacha desde sus 19 años, y junto con él también sembró su padre, Hermójenes Sepúlveda, el nombre que hoy tiene el camino que lleva hasta su campo. Sus tierras, explica, tienen piedras, por eso sus máquinas son especiales y pinchan las remolachas para recogerlas del suelo. A su equipo, en la fábrica, lo conocen como Pincho Sepúlveda. El 16 de agosto –dice–, cuando haya terminado la última cosecha, va a tener que venderlo como fierro, por kilo, como si fuera chatarra.

Autor: Nicolás Figueroa Valdés

***

–Yo pienso que la remolacha no tiene vuelta atrás –dice Marcelo San Martín, ex presidente de la Asociación de Remolacheros de Ñuble, que acaba de terminar su última cosecha de remolacha: 24 hectáreas, veinte más que las que sembró por primera vez a comienzos de los ‘90. De sus 72 años, ha dedicado 36 al cultivo de remolacha.

Antes de él se dedicaba a lo mismo su hermano Víctor Hugo, y antes de él su padre Víctor, todos en el mismo campo en San Carlos. También se sembraba trigo y chacarería –porotos, arvejas, maíz dulce–, pero el potrero principal siempre fue el de la remolacha. Era una explanada que parecía infinita, con hortalizas bajas: la remolacha crece de forma subterránea y sólo sobresalen de la tierra sus hojas. A su padre le gustaba bromear con que eran acelgas, y algunos familiares le creían. “Qué va a hacer con tantas acelgas”, se preguntaban. Su madre iba más allá: a veces cortaba las hojas y las cocinaba como si lo fueran, les agregaba un par de huevos y las convertía en tortillas.

La operación gastronómica era un atentado para la producción agrícola: en las hojas es donde se concentra el contenido de azúcar de la remolacha, que necesita de la temporada cálida y de la fría para terminar de desarrollarse. Se planta en invierno, brota en el verano y, con la llegada del clima otoñal, el azúcar comienza a concentrarse y pasa de las hojas a la “papa”, que más bien parece una zanahoria blanca, aunque más redonda y más grande.

–Después, si no la cosechas en el invierno, la remolacha pasa, porque es bianual: en primavera gasta toda la energía que tenía acumulada en rebrotar, y al centro sale un brote gigante que emite la semilla. Por eso la tenemos que cosechar en otoño y en invierno, y no llegar a la primavera –explica.

Autor: Nicolás Figueroa Valdés

Cuando los agricultores describen el cultivo de remolacha, a menudo repiten eso: que está muy tecnificado, que es una tarea exigente. María Eugenia Reyes, ingeniera agrónoma que entró a trabajar en el área de investigación de IANSA en 1983, lo resume de otra forma: perfeccionar el cultivo ha sido una tarea de décadas. También dice lo obvio: de qué va a servir ahora todo lo que han aprendido, lo que han desarrollado. Dice, también, que cuando se enteró de la noticia lo sintió como algo propio, como si le hubieran avisado, a su modo, de una muerte.

–Hay otras actividades agrícolas que están atrasadas respecto al resto del mundo, pero la remolacha no. Siempre la remolacha fue la madre de todos los cultivos. La maquinaria que se usaba en la remolacha, que era importada por la IANSA, se podía utilizar en los porotos, en el maíz, en todo el resto de los cultivos. Entonces, cada vez que IANSA hacía una innovación en maquinaria agrícola, inmediatamente tú pensabas: “¿Servirá para el resto de los cultivos?”. Y claro que servía. Desde ese punto de vista, la empresa aportó mucho en tecnología para toda la agricultura. En la remolacha sí se cumplía la “teoría del chorreo” –dice Marcelo.

“El cultivo bendito”, dice Reyes. En las décadas de los ‘80 y los ‘90, la IANSA llegó a plantar entre 45 mil y 55 mil hectáreas de remolacha a través de contratos previos con agricultores de las regiones del Maule y Bío Bío, hoy también territorio de la Región de Ñuble. A partir de los 2000, la superficie cultivada fue decreciendo y para la campaña actual se sembraron cerca de 6.250 hectáreas, incluyendo 1.500 de propiedad de la misma empresa.

“La remolacha cambió la agricultura en Chile. Todos los que nos metimos a la agricultura de punta lo aprendimos en la remolacha, y después el aprendizaje iba para el lado”, dice Sepúlveda. También ha sido descrito como “democrático”, porque le permitía a cualquier agricultor participar del esquema sin necesidad de tener una inversión inicial: si la tierra reunía las condiciones, la IANSA proveía la semilla, la maquinaria, los técnicos para supervisar y apoyar su proceso, los herbicidas, la mano de obra, todo. “Había quienes sembraban 200 hectáreas y quienes sembraban una o dos. En este momento, yo creo que al menos el 60% de los remolacheros eran pequeños agricultores”, apunta San Martín. 

Son los mismos que visita María Eugenia Reyes, que hoy trabaja en una aseguradora agrícola y tiene a su cargo directamente a los productores de remolacha.

Autor: Nicolás Figueroa Valdés

–Hay una tradición en este cultivo, especialmente para los agricultores más pequeños, que tienen menos de diez o cinco hectáreas. Cuando yo visito las cosechas, me dicen: “¿Qué vamos a hacer ahora, señora? Nosotros el invierno lo vivíamos gracias a la remolacha. Sin remolacha no sé qué vamos a hacer”. Ellos vivían de eso: del trabajo, de las cosechas, de los anticipos que les daba IANSA. Y todo eso murió. 

***

Para contar la historia, Marcelo San Martín empieza por el principio mismo: fue Napoleón Bonaparte el responsable de que surgiera el cultivo de azúcar a partir de remolacha. Durante las Guerras Napoleónicas, el bloqueo naval británico impidió que el azúcar de caña que importaba Francia desde sus colonias en el Caribe pudiera llegar a Europa, así que encargó a los científicos franceses que encontraran otra fuenta de la cual extraer azúcar, porque era considerada un alimento estratégico: servía como energía rápida para mantener activos a los soldados. En cierta forma, el cultivo tiene un carácter patrimonial.

–El azúcar en Europa está completamente protegida: Francia, España, Italia, Inglaterra, Alemania, todos producen azúcar de remolacha y la cuidan, con subsidios directos al agricultor, porque hay una parte de la población que tiene que vivir del cultivo de la remolacha. O sea, hay una responsabilidad social de los gobiernos en no terminar esa actividad agrícola –cuenta.

Aunque se trata de un cultivo complejo –comparado con el del maíz o del trigo, tiene una dificultad mayor por la especificidad de los cuidados que requiere– es, también, el más rentable: en su mejor época, cuando se cosechaban más de 40 mil hectáreas de remolacha, lo que entregaba como ganancia una hectárea bien trabajada permitía, después, comprar otra hectárea de terreno. “De nuestros cultivos tradicionales, era el que daba más rentabilidad, y a nivel mundial estábamos muy bien catalogados: la planta no cerró la producción porque los agricultores fueran ineficientes o porque produjera menos azúcar, simplemente cerró por las condiciones mundiales”, dice. 

Lo que le preocupa a San Martín es que la remolacha viene a ser la víctima más reciente de un problema sistémico mayor. Antes vino el garbanzo, dice, y antes el chícharo, un tipo de arveja que prácticamente ya no existe en Chile. “La agricultura básica, nuestros productos emblemáticos, están desapareciendo y van a desaparecer. El garbanzo, la lenteja, el chícharo, el azúcar, los porotos. Antes se sembraban 30 mil hectáreas de porotos y hoy estamos sembrando apenas 1.500”, advierte. La amenaza es la misma: los precios del mercado internacional son mucho más bajos que producir los alimentos desde cero en Chile, lo que hace que los agricultores nacionales no puedan competir. Una de las medidas que ellos mismos proponen es establecer aranceles para los productos que llegan del extranjero, o sea, que no salga más a cuenta comprar lentejas canadienses que chilenas.

–La lenteja chilena, que la hizo Juan Tay, que se llama Araucana y mide 7 milímetros y está resguardada genéticamente en el INIA, los canadienses se la llevaron y la cruzaron con una lenteja de Turquía que se demora menos en cocerse: 15 o 20 minutos versus la chilena que se demora 30. Es la única diferencia. Bueno, y el tamaño. Y sacaron esa lenteja chiquitita que llega a Chile. Si tú vas al secano, ves que nadie sembró lenteja. Alguna vez hubo 25 mil hectáreas de lentejas y ahora, en el último censo agrícola, creo que había 900… ¡900 hectáreas! ¿Y a cómo venden los agricultores? A mil pesos, cuando el costo de producirlas es de 1.100, 1.200 pesos por kilo. O sea, no es nada. ¿Por qué? Porque desde Canadá llegan barcos y barcos de lentejas –dice.

Es el mismo escenario que enfrenta el azúcar: por decenas de motivos, hacer azúcar de caña es mucho más económico que producirla a partir de remolacha. “Una vez que tú plantas la caña de azúcar, la cosechas durante seis o siete años, sin necesidad de volver a plantar. Al final del periodo se quema y después reaparece con más fuerza. Y además tiene un costo muy bajo porque en esos países subtropicales la mano de obra es muy barata también. Por eso es muy difícil poder competir con el azúcar importada que llega de Argentina, de Brasil, de Guatemala, porque llega muy barata”, explica San Martín.

Autor: Nicolás Figueroa Valdés

Aunque el azúcar de caña, cree María Eugenia, endulza menos. Cuando estuvo en Colombia la usó para endulzar su café: dice que en vez de las dos cucharaditas rasas que le echa en Chile, tuvo que ponerle casi cuatro para llegar al mismo nivel de dulzor. Dice, también, que algunas reposteras hacen esa diferencia en sus recetas: si el azúcar es de caña, hay que calcular más cantidad. Aclara de inmediato, eso sí, que no tiene lógica: molecularmente ambas azúcares son iguales. Ambas deberían saber exactamente igual. 

–La caña de azúcar nos mató –dice por su parte Carlos Sepúlveda, mientras mira cómo sus remolachas se suspenden en el aire–, pero ese es un problema de las malas políticas agrarias. El país no se preocupó de proteger su propia agricultura y sí se preocupó de los otros países, que están protegidos por los tratados internacionales. Hoy día toda el azúcar que va a consumir Chile es azúcar extranjera, que no ha generado trabajo en Chile, que no ha tributado en Chile, que no ha hecho nada por nosotros.

Otro problema que acarrea la decisión es la fragilidad en la que deja a Chile frente al suministro: ante una catástrofe, como puede ser una nueva pandemia o un conflicto bélico, Chile habrá perdido la capacidad de producir azúcar, porque en eso los agricultores son claros: va a ser imposible volver al cultivo una vez que termine. Ya no van a estar los técnicos, ni las máquinas, ni los incentivos. Hay quienes guardan esa esperanza, porque el comunicado de IANSA no decía “la cosecha se termina para siempre”, sino que anunciaba que no comprarían remolacha para el periodo siguiente. Pero ellos, que llevan 40 años sembrándola, saben que no habrá punto de retorno.

***

La noticia ha generado preocupación. Los remolacheros se reunieron con empresas que se ofrecieron a prestar algún tipo de ayuda: Sugal, Carozzi, Frutos del Maipo, Orafti, Tucapel y Vitafoods. “Todos ofrecían algo, pero todo poquito, porque el mercado es limitado. Los agricultores van a tener que elegir entre sembrar más trigo o más porotos, pero es difícil porque los precios no acompañan. En el caso mío, yo voy a aumentar en trigo y voy a hacer congelados”, dice Marcelo. “Ni siquiera he preguntado el precio. Ni siquiera, porque estoy obligado”.

Otra opción de la que se ha hablado es plantar avellano europeo, pero de inmediato advierten el riesgo: demora cinco o seis años en generar rentabilidad y requieren una inversión inicial de un par de decenas de millones de pesos. “Yo tengo 60 años”, dice Carlos Sepúlveda. “En esos seis años puede pasar cualquier cosa: que salgan otros plantando avellano, que a la gente se le ocurra comer otras cosas, que planten demasiados y ya nadie compre. No, no estoy para esa aventura. Si hubiese tenido 20 años, a lo mejor sí, pero mis cabros ya están grandes. A mi hija solamente le falta terminar la tesis, así que puedo decir que estoy libre. Viviré con menos no más y me quedaré un poco más tranquilo, viviendo de los recuerdos y contándole cuentos a los más jóvenes”, dice.

También se reunieron con el ministro de Agricultura, Jaime Campos, y el Gobierno ofreció algunas ayudas, aunque recalcaron que, al ser la IANSA una empresa privada de propiedad estadounidense, no pueden incidir en la decisión, por mucho que la consideraron “deplorable”. Se habló de una línea especial de financiamiento de capital de trabajo ejecutada conjuntamente por el Ministerio de Agricultura y BancoEstado, también de “créditos blandos” a través de Fogape para apoyar la reconversión de los terrenos.

–Pero en general no nos dieron ninguna ayuda directa a los remolacheros, lo que nos ofrecieron son medidas disponibles para toda la agricultura. Nosotros somos 230 agricultores entre las tres zonas remolacheras y pedimos ayuda directa, como cuando te ponen glucosa a la vena en un hospital, pero no. Los pescadores protestan y les dan un bono, los mineros amenazan con huelga y les dan un bono, pero cuando hay una catástrofe, cuando desaparece un cultivo y todo lo que lo acompaña, no hay nada. Cada uno se rasca con sus propias uñas –expone Marcelo. 

Por ahora, dicen, el impacto de la decisión no se dimensiona, porque la cosecha todavía no termina. Los 11 de cada mes, cuando la IANSA pagaba a los agricultores, todo el comercio en localidades como San Carlos se organizaba en torno a eso. “La IANSA generaba mucho pago y cuando empezaba a circular la plata, esa plata después tributaba. Hoy en día ya no va a haber nada de eso”, dice Sepúlveda. “Yo creo que no se le ha tomado el peso a lo que va a pasar con la remolacha, porque mucha gente va a quedar sin pega”, agrega.

–No se logra dimensionar el impacto que va a tener, sobre todo en Ñuble. Acá calculan, por lo bajo, que van a quedar 3 mil personas cesantes directamente. Si multiplicamos por los miembros de sus familias, son alrededor de 12 mil personas en una región que se van a ver afectadas. Y eso sin considerar toda la cadena de trabajo. Yo, incluso, trabajo con una persona que atiende exclusivamente a la remolacha y que me dice “creo que a lo mejor me voy a quedar sin pega” –comenta María Eugenia.

En conjunto enumeran: los soldadores, la persona que les servía comida en la fábrica, los que revisaban las máquinas y les ponían una calcomanía que decía “certificado por IANSA”. Los transportistas, los técnicos, los investigadores. Los comerciantes que armaban ferias los días de pago. También las zonas de la propia IANSA cuya única finalidad era procesar la remolacha: las máquinas para limpiarlas y convertirlas en coseta; los patios donde las almacenaban por toneladas, unas encima de otras, como si fueran una cordillera; las cintas para transportarlas dentro de la fábrica. Es una cadena larga que se va a cortar cuando el azúcar de remolacha, el azúcar chilena, finalmente desaparezca.

–Los agricultores siempre hemos sido responsables y nunca vamos a dejar de sembrar, porque dejar el suelo desnudo no está en nuestro ADN. Es como un mandato: el agricultor tiene que sembrar para alimentar a la ciudad –dice Marcelo San Martín, resignado–. La gente de la ciudad no se conecta con la agricultura, siempre dicen “ya están llorando estos huasos”. En Chile somos cerca del 3% de la población los que vivimos del campo, pero toda la gente necesita alimentarse. Todos los días. Todos los días.

Son cerca de las tres de la tarde y la tierra húmeda hace que el frío se traspase a través de los zapatos. El volcán Chillán sigue ahí, completamente blanco. En el suelo quedan cordones de remolacha que todavía esperan subir al cielo y caer en la tolva. Todo parece una coreografía antigua, eterna: el volcán, el cielo insistentemente azul del invierno, las hojas de remolacha separadas a 50 exactos centímetros entre sí. Parece que todo fuera a seguir así para siempre. Justo antes de que el motor de la máquina se detenga, vuelan en el aire las últimas remolachas. Giran, vuelan y caen.

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