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Opinión

4 de Julio de 2026
Sandro Baeza

Columna de Rita Cox/ Palomas: asco, pero con respeto

Foto autor Rita Cox F. Por Rita Cox F.

La multa por alimentar palomas en Concepción reabre una discusión que mezcla salud pública, patrimonio y biodiversidad. Rita Cox recuerda que "las palomas viven entre nosotros porque se lo enseñamos" y cuestiona la forma en que las ciudades se relacionan con quienes ellas mismas domesticaron. Además, repasa la historia común entre palomas y humanos, y las apariciones más pop de estas aves.

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En Moneda, la calle donde trabajé hace unos años, y a pocos pasos de una casa en la que viví cerca del Apumanque, recuerdo de manera imborrable a dos hombres, distintos entre sí, que alimentaban palomas, cada uno a su manera y cada día. Solitarios y fieles en su quehacer.

Si alguno de ellos viviera en Concepción, hoy arriesgaría una multa de hasta 1 UTM, más de 70 mil pesos, por hacerlo. El municipio prohíbe desde esta semana alimentar palomas en la Plaza de la Independencia, como parte de la campaña “No Alimentar Palomas”. El alcalde Héctor Muñoz explicó que la ordenanza existe desde 2024, pero recién ahora se fiscaliza, por la propagación de enfermedades que transmitirían estas aves. La veterinaria Tania Grant, académica de la Facultad de Medicina UCSC, detalló a Radio Bío-Bío una lista larga: psitacosis, salmonelosis, criptococosis, histoplasmosis, ácaros que producen dermatitis.

Lo digo con remordimiento: las palomas me dan asco y miedo. Asco tocar una, o de que me defequen encima; miedo a que me ataquen como los pájaros de Hitchcock; y culpa de ningunearlas con nombres como “ratas con alas”, “ratones voladoras”, “ratas del cielo” o “plaga alada”, como se les dice. La contradicción no me pertenece solo a mí. Un amor-odio parecido al que enfrentan los plátanos orientales, y que ha sido documentado durante años, por ejemplo, por la revista National Geographic, que tiene al menos cuatro reportajes capitulares que coinciden en su tesis: las palomas no invadieron las ciudades; fueron las ciudades las que las crearon. Y no todos coinciden en que sean tan peligrosas.

El ecólogo urbano André de Baerdemaeker, del Museo de Historia Natural de Rotterdam, citado por la revista, no las considera más nocivas que cualquier otra ave silvestre. Tenga o no la razón, lo cierto es que nuestra relación con las palomas es añosa: los neandertales las cazaban hace al menos 67 mil años, y fueron domesticadas hace entre cinco y diez mil años en el Mediterráneo. Usadas como mensajeras en Grecia, Roma y en las dos guerras mundiales, son parte de la iconografía religiosa y de la paz. En Francia y España fueron sinónimo de lujo: tener un palomar fue por siglos un privilegio nobiliario, el “derecho de palomar”. Llegaron a tierras americanas en el siglo XVII, traídas por colonos europeos para criarlas como alimento. El desprecio hacia ellas es bastante más nuevo: comenzó tras la Revolución Industrial, cuando el crecimiento urbano y la idea de suciedad las transformaron, casi de la noche a la mañana, en sinónimo de plaga.

Las palomas viven entre nosotros porque se lo enseñamos. Las de antes anidaban en acantilados y las de hoy lo hacen en edificios altos, con cornisas y salientes, estructuralmente idénticos a los que les proporcionaban sus lugares de origen. Se estima que existen unos 400 millones en el mundo.

La contradicción se profundiza al conocer sus capacidades: producen leche para sus crías, despegan casi verticalmente, ven colores y oyen sonidos que los humanos no percibimos. Son, de las pocas aves, junto a muy pocos mamíferos, capaces de reconocerse a sí mismas frente a un espejo, y de reconocer rostros humanos y recordarlos, esto último realmente impresionante e investigado por la especialista Dalila Bovet y su equipo de la Universidad Paris Nanterre, con un primer estudio publicado en 2011.

Trabajan silenciosas: sirven de alimento a otras especies rapaces; consumen semillas y restos orgánicos; actúan como bioindicadoras de la calidad ambiental, ya que permiten monitorear la presencia de contaminantes y otros cambios en el ecosistema de las ciudades. Se desplazan en bandadas y, al parecer, actúan colaborativamente.

¿Alguno de nosotros hace tanto? Y claro, no vamos a negar que su sobrepoblación, marcada por su capacidad reproductiva, puede generar problemas sanitarios, de convivencia con las personas y de conservación del patrimonio, por ejemplo.

Y sufren: sus patas se enredan en hilos, pelos y cables sueltos hasta perder dedos o patas enteras. Es una de las lesiones más comunes que atienden sus rescatistas. Se suma por estos días el calor europeo: en Instagram pueden verse no pocos videos de personas procurando su hidratación. En la misma red social se encuentra una suerte se subcultura con aires emo en torno a las palomas.

Volviendo a Chile, otras ciudades ya vivieron el conflicto que hoy atraviesa Concepción. Londres prohibió alimentarlas en Trafalgar Square en 2003; Venecia hizo lo mismo en 2008 para proteger su patrimonio UNESCO; Barcelona reparte desde 2017 maíz con nicarbazina, un anticonceptivo que reduce su fertilidad.

La iconografía de la ciudad, incluso la de algunos artistas, está estrechamente ligada a las palomas callejeras. El inventor Nikola Tesla las alimentaba a diario en Bryant Park, en Nueva York, y cuidó en su hotel a una que amaba, según sus biógrafos, “como un hombre ama a una mujer”. Henri Cartier-Bresson las usó como recurso de movimiento y azar en sus fotografías callejeras de París, clásicos del “instante decisivo”. Picasso criaba palomas en su taller y las convirtió en uno de sus símbolos más reconocibles gracias a las fotos que le hicieron Robert Doisneau, David Douglas Duncan y Edward Quinn, imágenes que inspiraron su Paloma de la Paz. Hemingway fue fotografiado dándoles de comer en la Plaza San Marco en 1954, una de sus postales más reproducidas. El fotógrafo Andrew Garn, por su parte, les dedicó la serie The New York Pigeon, retratándolas con fondo negro e iluminación de estudio, como si fueran modelos de alta costura. En el cine, Audrey Hepburn las convirtió  emblema romántico en “Vacaciones en Roma”.

Otro hito de la cultura pop, más reciente y con premio: en pandemia, dos palomas, Ollie y Dollie, se instalaron día a día en la casa del fotógrafo Jasper Doest, su esposa  y sus hijas, en Países Bajos. Entraban al living en busca de migas mientras las niñas hacían las tareas y se subían a la mesa cuando la familia pedía sushi. “Es fascinante que los animales con los que no convivimos sean los más amados, y los que sí dejamos entrar en nuestra vida terminen siendo de los más odiados”, escribió Doest para National Geographic. La historia ganó el World Press Photo 2021.

Y a pesar de todo este ramillete de halagos, mi asco no decae, pero también se refuerza el respeto. Históricas, viajeras, resilientes, subestimadas, marginales, fotografiadas por los mejores, amadas, odiadas. ¿Qué vamos a hacer con ellas?

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