Opinión
18 de Julio de 2026
Columna de Rita Cox / Rayados: el riesgo de tapar el sol con un dedo
Por Rita Cox F.
"A nadie le gusta que rayen la entrada de su casa, pero el espíritu de una época también puede leerse en un rayado", escribe la columnista Rita Cox. A propósito del proyecto que endurece las sanciones contra el grafiti, la autora explora dónde termina el vandalismo, dónde empieza la expresión artística y por qué esa frontera sigue siendo materia de disputa.
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Monumentos, muros y espacios públicos sin un tag, un rayado, un garabato, un grafiti: eso buscan algunos de los puntos del Registro Nacional de Actos Vandálicos e Incivilidades, anunciado por José Antonio Kast en su cuenta pública del 1 de junio y hoy en primer trámite en la Comisión de Seguridad de la Cámara.
El daño a un monumento nacional y el rayado no autorizado —dibujos, mensajes o expresiones en bienes muebles o inmuebles, públicos o privados— quedan en la misma categoría legal que los daños a bienes de uso público, medios de transporte o servicios domiciliarios, el atentado contra la autoridad o las carreras no autorizadas de vehículos. Las penas, como se ha difundido, son severas.
Desde su anuncio en Cerro Castillo se generó un efecto dominó: el informe de 24 páginas que el director del INDH, Yerko Ljubetic, presentó el 8 de julio ante la Comisión de Seguridad, advirtió que la norma sobre rayados implica una “criminalización de la expresión artística”, porque no distingue daño patrimonial de expresión en el espacio público. El mismo documento agregó un segundo reparo: aplicar estas sanciones a adolescentes sería contrario al interés superior del niño.
Seis días después, en su cuenta de X, el ministro de Seguridad, Martín Arrau, escribió que “el INDH vuelve a romantizar el vandalismo y a ignorar sus consecuencias. Llama ‘expresión artística’ a rayar sin permiso bienes públicos o privados. No. El arte no da derecho a intervenir lo ajeno y pasarles la cuenta a todos. Quien vandalice, que responda”.
El INDH matizó después, en un comunicado, pidiendo precisar con mayor claridad la conducta sancionada y su relación real con el daño al bien afectado —aclarando que no rechaza sancionar, solo pide no meter en el mismo saco un dibujo cualquiera y una intervención con valor artístico reconocido.
Hasta ahí un capítulo de esta conversación que polariza. Faltaba la intervención del ministro de Cultura Francisco Undurraga, quien, también el 14 de julio, complejizó la discusión: “El arte y el vandalismo no son sinónimos”, dijo. Sostuvo que la libertad de creación merece protegerse, pero que no toda intervención sobre bienes públicos o privados puede justificarse en nombre de la cultura, y que confundir arte con acciones que dañan el patrimonio termina empobreciendo el propio debate sobre el valor de la creación artística.
Con o sin intención, puso sobre la mesa un debate tan atractivo como probablemente irresoluble: distinguir qué es vandalización, qué es libertad de expresión, qué es arte, y qué valor tienen los bienes públicos, privados y patrimoniales frente a cualquier intervención. No hay respuesta cerrada, no hay unanimidad, y quizás no la haya jamás: esa falta de acuerdos —más que un déficit— podría ser el dato más honesto que tenemos sobre el tema.
La respuesta más común frente a esa incertidumbre ha sido la tolerancia cero, apoyada en la teoría de la ventana rota, formulada en 1982 por el politólogo James Q. Wilson y el criminólogo George Kelling. La tesis sostiene que una ventana rota y no reparada transmite una señal —que ahí nadie vigila, que el deterioro es tolerado— que erosiona el control social del barrio y termina siendo ocupada por conductas más graves. Aplicada a los rayados, un muro intervenido sin respuesta se lee como evidencia de que la autoridad ha perdido el control de ese territorio, lo que puede escalar hacia otro tipo de delitos. Esa tesis, pese a ser cuestionada por estudios posteriores que no siempre encuentran una correlación estadística sólida entre grafiti y delitos graves, sigue siendo el fundamento de buena parte de las políticas de limpieza masiva en el mundo.
Hace unos días, Ex-Ante repasó el tratamiento que distintos países le dan a este mismo problema: Alemania contempla dos años de cárcel para quien dañe propiedad privada con un rayado, Reino Unido llega a siete si el mensaje tiene contenido de odio.
En la vereda opuesta, la defensa del rayado no niega el daño material, pero cuestiona la frontera con la que se lo condena. El investigador británico Graeme Evans publicó en 2025 el artículo “Graffiti, Street Art and Ambivalence”, donde sostiene que ni la historia del arte, ni la criminología, ni los estudios subculturales han logrado ponerse de acuerdo sobre qué distingue exactamente un tag de un grafiti o de una pieza de street art —el consentimiento del propietario, la ubicación o la intención subversiva son criterios intercambiables, ninguno alcanza para trazar una línea estable—. Ya en los años 20, recuerda Evans, Walter Benjamin anotó esa misma ambigüedad al describir los muros de Marsella.
De ambos se desprende que la firma repetida de un tag no es solo vandalismo: puede ser también una forma de inscribir identidad y presencia en un espacio del que sus autores muchas veces han sido excluidos por otras vías, y que criminalizarla sin distinguir intención sea, además de una imprecisión legal, una forma de borrar el registro que las ciudades dejan de sus propios conflictos.
Desde la comodidad y distancia que da el paso del tiempo, Mayo del 68 ilustra esa complejidad. Estudiantes llenaron de consignas manuscritas los muros, puentes, veredas, columnas y pedestales, mientras la Escuela de Bellas Artes de París coordinaba los afiches serigrafiados y despachaba a los estudiantes a puntos estratégicos de la ciudad. Frases como “la imaginación al poder” o “prohibido prohibir” fueron vistas, en su momento, como vandalismo puro. Hoy se recuerdan con nostalgia o desprecio, y hasta se estudian como poesía —poésie des murailles—, inseparables del episodio histórico.
Hoy, como crónica de actualidad, el grafiti antiturismo de masas se lee en varias ciudades europeas. “Tu turismo de lujo es mi miseria diaria” y “Turist go home” son frases de una misma queja; una forma de nombrar públicamente el alza de los arriendos y el reemplazo del comercio local por departamentos turísticos. Distintos gobiernos han empezado a regular con más fuerza el arriendo de corto plazo, pero el grafiti llegó antes que la política.
A nadie le gusta que rayen la entrada de su casa, así como es imposible no condenar que se intervenga sin autorización el muro de otro, o cualquier pieza —patrimonial, artística, histórica— que embellece una ciudad. El rayado perturba, genera ruido visual, tensiones en la convivencia y en la economía barrial, comunal, turística. Pero tampoco se puede tapar el sol con un dedo: en el pasado y en el presente, el espíritu de una época también puede leerse en un rayado. Habrá que ponerse de acuerdo sobre qué camino tomar, sin simplificaciones, reconociendo lo áspero de toda decisión.



