“Es la forma más poderosa de aprender”: La importancia de fomentar el juego en la infancia en medio de la tiranía de las pantallas
Mientras las pantallas ganan cada vez más espacio en la infancia, la evidencia científica apunta en la dirección contraria: jugar no es una pérdida de tiempo, sino la forma más poderosa de aprender. En el contexto del Día del niño, especialistas advierten que el déficit de horas de juego afecta el desarrollo cognitivo, emocional y social de niños y niñas, reabriendo el debate sobre cómo estamos criando a las nuevas generaciones.
Por Carolina Mardones L. 8 de Agosto de 2026
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Mientras las pantallas ganan espacio en la infancia, la evidencia científica apunta en la dirección contraria: “jugar no es una pérdida de tiempo, sino la forma más poderosa de aprender”. Fundación Integra advirtió un déficit de seis mil horas de juego en niños chilenos, con impacto en el desarrollo emocional, social y cognitivo.
- Fundación Integra alertó sobre un déficit de seis mil horas de juego en niños chilenos.
- María Paz Oyarzún dijo que “los niños y niñas aprenden jugando”.
- El juego fortalece lenguaje, creatividad, memoria, atención y funciones ejecutivas.
- Paloma Del Villar afirmó que “el juego es el lenguaje de los niños”.
- La nota contrasta crianza con pantallas moderadas y tiempo de juego presente.
El artículo aborda la importancia del juego en la primera infancia frente al avance de las pantallas. Especialistas de Fundación Integra y Colunga sostienen que jugar no es solo entretención: ayuda a aprender, regular emociones y construir vínculos. También llaman a valorar momentos breves de atención y presencia adulta.
Un grupo de niños está en una plaza de una comuna cualquiera. Desde fuera, cualquier adulto puede ver que están riendo y gritando mientras sostienen —cada uno— una rama. Lo que no están viendo los más grandes, es que las ramas son en realidad espadas, las hojas caídas son lingotes de oro y los niños no son simples niños, sino que son valientes piratas decididos a quedarse con el tesoro de la isla a la que llegaron tras una gran odisea.
Pero se trata más que de jugar. No es solo cómo deciden pasar su tiempo libre, sino que sus cerebros están ejecutando uno de los procesos de ingeniería cognitiva y social más complejos de la naturaleza: aprender.
Durante décadas, la sociedad se ha dedicado a categorizar el juego como el opuesto al trabajo o al aprendizaje formal. Incluso, lo definen como una actividad secundaria que ocurre solo cuando las “obligaciones” han terminado. Sin embargo, la neurociencia, la psicología del desarrollo y la pedagogía moderna coinciden hoy en una premisa radicalmente opuesta: el juego es el vehículo principal a través del cual los seres humanos aprenden a habitar el mundo.
En mayo de este año, Fundación Integra reveló que los niños chilenos tienen un déficit de seis mil horas de juego y eso representa una pérdida significativa de experiencias clave para el desarrollo emocional, social y cognitivo.
La directora ejecutiva de Fundación Integra, María Paz Oyarzún, señaló a The Clinic que “durante mucho tiempo hemos confundido el juego con un simple momento de entretención o de descanso. Como adultos tendemos a valorar aquello que se parece al aprendizaje que conocemos: sentarse, escuchar, memorizar o completar una tarea. Sin embargo, en la primera infancia ocurre exactamente lo contrario: los niños y niñas aprenden jugando”.
“Es la forma en que niñas y niños exploran el mundo, construyen relaciones, desarrollan su creatividad, resuelven problemas y expresan lo que sienten. No es un premio después de aprender; es el camino mediante el cual aprenden”, recalca.
El aprendizaje tras el juego
Oyarzún destaca que “cuando un niño tiene pocas oportunidades para jugar, no solo pierde momentos de diversión. También pierde oportunidades de desarrollar habilidades fundamentales para toda la vida“.
“La evidencia muestra que el juego fortalece el desarrollo del lenguaje, la creatividad, la memoria, la atención, la capacidad para resolver problemas y las llamadas funciones ejecutivas, que permiten planificar, controlar impulsos y adaptarse a situaciones nuevas. Además, favorece el desarrollo socioemocional, porque durante el juego los niños aprenden a esperar turnos, negociar, colaborar, expresar emociones y enfrentar frustraciones“, añade.
En ese contexto, también plantea que “el juego es un importante factor protector frente al estrés. En contextos difíciles, jugar ayuda a recuperar la sensación de seguridad, fortalece el vínculo con los adultos y favorece la regulación emocional”.

“Es su principal forma de aprender”
Felipe tiene una hija de dos años y cuatro meses, que actualmente no va al jardín pero sí incorpora fuertemente el juego como su modo de aprender cómo funciona el mundo en el que vive. Él destaca que el jugar “sirve para enseñarle cosas básicas como los colores, ir viendo de a poquito el tema de los números y así. El juego es una forma de aprender, sobre todo para los más chicos porque no se trata de estar forzando a los niños a que tengan clases a tan temprana edad”.
“Desde niño fui adicto a la televisión, mis papás me mostraron la televisión a muy temprana edad. Cuando era cabro chico y llegó el cable, y estaba el Cartoon Network, para mí fue la mejor noticia que podía existir para seguir viendo tele. Pero igual no era un niño que estaba todo el día encerrado viendo tele, también salía de la casa a jugar con los amigos del barrio y cosas así, era mixto. Ahora el mundo es distinto, nosotros vivimos en un edificio, entonces tampoco está la posibilidad de jugar con otros niños. Por suerte mi hija sí lo hace en una plaza cercana en las mañanas. Nosotros preferimos ese tipo de entretención antes que sentarla a ver tele”, agrega.
Pese a eso, quiere algo distinto para su hija así que las pantallas no son una opción que pueda estar disponible 24/7. “Cuando nació mi hija, tratamos de mantenerla lo más lejos de las pantallas. Con mi esposa —durante los primeros dos años— no veíamos televisión, nuestro momento de ver televisión era cuando ella estaba durmiendo. Los momentos que más vio televisión este año fue para el mundial, entendiendo que ver un partido de fútbol es distinto a estar viendo un dibujo animado que tenga demasiado contenido visual que le genere una sobreexcitación mental”, comenta Felipe.
“Desde que tiene dos años se nos ha vuelto muy complicado porque ella tiene primos con una crianza muy distinta a la que nosotros le estamos dando a ella. Sus papás les permiten tele a toda hora en muchos momentos del día, entonces ellos están acostumbrados a ver la televisión y mi hija todo lo contrario, ella se entretiene de otras maneras. Ella es muy buena para inventar historias y es muy creativa en ese sentido”, reconoce.
“Somos una sociedad que no se detiene”
La directora del Observatorio Niñez Colunga, Paloma Del Villar, lanza una dura crítica y afirma que “seguimos midiendo la crianza con la vara de lo productivo: si una actividad no ‘enseña’ algo medible (letras, números, disciplina) tendemos a verla como un paréntesis antes de lo que realmente importa. El juego, en cambio, no se deja ver así de fácil: parece que solo se están divirtiendo, y por eso cuesta reconocer que ahí está ocurriendo el desarrollo“.
“A eso se suma el ritmo en el que vivimos. Somos una sociedad que no se detiene y jugar implica justamente eso: detenerse. Tomarse el tiempo de estar ahí, de estar presente con una niña, con un niño sin apuro, sin otra tarea encima. Esa es una de las dificultades más concretas de los tiempos actuales”, recalca.
En ese sentido, manda un mensaje a los padres: “Aunque cueste detenerse, vale la pena insistir en algo simple. El juego no es importante porque entretiene, es el lenguaje de los niños. A través de él, niñas y niños exploran el mundo, expresan lo que todavía no pueden decir con palabras y construyen los vínculos que sostienen su desarrollo socioemocional y cognitivo”.
Pantallas moderadas
Felipe dice que a su hija le gusta mucho la música y descubrió que sus canciones favoritas tienen videos. “Se los hemos puesto en YouTube, pero tampoco es todos los días, puede ser dos a tres veces a la semana, pero siempre controlado y ella sabe que es solo por determinado tiempo”.
“Juega mucho con juguetitos de personajes, como conejitos o monos no televisivos. También le gusta jugar mucho con muñecas, tiene coches, inventa historias con las muñecas. Le gusta jugar con plasticinas, nos pide que juguemos con ella con las masas. También juega con una cocina de juguete que le regalamos, nos prepara café o distintos platos de comida y así nos vamos divirtiendo con ella (…) Le gusta hablar por videollamada, mis papás son del sur y ella habla mucho por videollamada. También con mis suegros, que no la pueden ver todos los días porque viven fuera de Santiago. Tiene una pizarra para dibujar y un peluche de perrito, lo cuida y hoy le andaba recogiendo la caca. Andaba jugando a que andaba paseando el perro“, detalla.
Por otro lado, Magdalena tiene cuatro hijos —de entre siete a 15 años— afirma que su crianza es “un poco una mescolanza porque han jugado siempre Play, desde muy chicos y con horarios controlados, solo algunos días de la semana. Eso no quita que jueguen a otras cosas. Como yo tengo puros hombres, tiende a ser mucho juego entre deportivo y un poco como pelea de espadas, muy físico”.
“También son buenos para los juegos de mesa (…) lo que cambia es que el juego es más familiar, pero cuando invitan a amigos juegan fútbol o Play. Los más chicos juegan con los legos con los amigos. No veo tanto juego imaginario o poco, sobre todo con los más grandes”, asevera.
Un momento de conexión entre padres e hijos
Desde Fundación Integra aconsejan a los padres a mejorar el juego con sus hijos, indicando que “no necesitan organizar actividades complejas ni comprar juguetes costosos. Los niños no recuerdan cuánto gastamos en ellos, recuerdan cómo se sintieron cuando estuvimos presentes. Cinco o diez minutos de atención plena pueden marcar una enorme diferencia. Cocinar juntos, ordenar la ropa por colores, inventar historias durante el viaje en auto o en la micro, bailar una canción antes de dormir o construir una casa con cojines también son formas de jugar“.
“Lo importante no es la duración, sino la calidad de ese encuentro. Cuando un adulto mira, escucha, conversa y se ríe con un niño, está fortaleciendo su vínculo afectivo y, al mismo tiempo, favoreciendo su desarrollo”, destaca la directora ejecutiva de la fundación, María Paz Oyarzún.
A eso, Fundación Colunga agrega que “el juego, sobre todo el simbólico –el ‘jugar a que’– le da a niñas y niños un espacio para ensayar situaciones que en la vida real los sobrepasarían. Cuando una niña hace ‘dormir’ a su muñeco enojado, o un niño repite una y otra vez la escena de una caída, no está simplemente repitiendo: está procesando. El juego permite poner afuera, en un contexto controlado y sin consecuencias reales, emociones que todavía no tienen palabras para nombrar”.
Los niños del futuro
Evelyn se convirtió en madre por primera vez hace un par de meses, sin embargo, ya tiene una planificación con respecto al juego y el uso de pantallas que le permitirá a su hija. “Lo más probable es que vea televisión, los típicos videos para guaguas”, admite.
“No le pasaremos un celular o un iPad de uso personal, le daría una después de los 13 años. La idea es que tengamos muchas actividades al aire libre, también tenemos contemplado inscribirla en alguna actividad física que sea entretenida para ella”, explica.
La directora de Colunga, Paloma del Villar, también reitera que “el vínculo no se construye en las grandes decisiones, sino en gestos pequeños y repetidos: que un niño vocalice y el adulto le responda, que señale algo y alguien siga su mirada, que una sonrisa encuentre otra sonrisa. Son intercambios breves que, repetidos cientos de veces, van moldeando el desarrollo socioemocional. Y el juego es el escenario donde esos gestos ocurren con más frecuencia y libertad”.



