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Opinión

22 de Septiembre de 2026

Columna de Nelson Vásquez, rector de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso/ El trabajo del futuro: aprender durante toda la vida

Foto autor Nelson Vásquez, rector de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Por Nelson Vásquez, rector de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

El rector de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso plantea que la adaptación laboral dependerá cada vez más de la formación continua y del aprendizaje de toda la vida.

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Durante décadas pensamos la vida profesional como una secuencia relativamente predecible: estudiar, obtener un título, ingresar al mercado laboral, desarrollar una carrera y finalmente retirarse. Esa trayectoria está cambiando aceleradamente. El futuro del trabajo obligará a reemplazar esa línea recta por otra realidad: aprender, trabajar, volver a aprender y, probablemente, reinventarse varias veces durante la vida.

La tecnología será uno de los grandes motores de este cambio, pero no el único. La transición energética, el envejecimiento de la población, las tensiones geoeconómicas, la reorganización de las cadenas productivas y la incertidumbre económica modificarán simultáneamente nuestras sociedades. Veremos crecer profesiones relacionadas con inteligencia artificial, big data, ciberseguridad, energías renovables y sostenibilidad. Pero también aumentará la demanda en ámbitos profundamente humanos: educación, salud, cuidado de las personas, construcción, agricultura y servicios.

Esto permite desmontar una idea que se ha instalado con demasiada facilidad: que la inteligencia artificial inevitablemente reemplazará al ser humano. El escenario es bastante más complejo. La cuestión fundamental será decidir qué queremos automatizar y qué queremos potenciar. La tecnología puede sustituir determinadas tareas, pero también puede aumentar extraordinariamente las capacidades de las personas.

Precisamente por ello resulta revelador que, en plena revolución de la inteligencia artificial, el pensamiento analítico continúe apareciendo entre las competencias fundamentales. Junto con la alfabetización tecnológica, la IA, los datos y la ciberseguridad, crecerá la importancia de la creatividad, la resiliencia, la flexibilidad, la curiosidad y la capacidad de aprender permanentemente. También seguirán siendo esenciales el liderazgo, la empatía, la escucha, la enseñanza y la mentoría.

Mientras más tecnológica sea nuestra sociedad, más importantes serán ciertas capacidades profundamente humanas.

Aquí aparece uno de los mayores desafíos para Chile. Cerca del 39% de las competencias actuales de los trabajadores podría transformarse o quedar parcialmente obsoleto hacia 2030. De cada cien trabajadores, alrededor de 59 necesitarán algún proceso de formación. Algunos podrán actualizarse permaneciendo en sus actuales funciones; otros deberán reconvertirse para asumir nuevos trabajos. Y habrá personas que, necesitando capacitación, podrían no tener acceso a ella.

Esta última posibilidad debiera preocuparnos especialmente. La gran brecha del futuro podría no producirse entre quienes tienen y quienes no tienen empleo, sino entre quienes poseen oportunidades para aprender durante toda la vida y quienes quedan fuera de ellas.

Por eso necesitamos una nueva alianza entre Estado, empresas, universidades e instituciones técnico-profesionales. La formación continua no puede continuar siendo una actividad complementaria. Debe transformarse en una verdadera infraestructura nacional para el desarrollo. Las instituciones de educación superior tendremos que recibir no solamente a jóvenes de 18 años, sino crecientemente a personas de 30, 40, 50 o 60 años que regresarán para actualizar conocimientos, adquirir nuevas competencias o comenzar otra trayectoria profesional. El Ministerio del Trabajo y Servicio Nacional de Capacitación y Empleo (SENCE) tendrán que desplegar su agenda pública.

Para Chile esta transformación representa un desafío, pero también una oportunidad. Un país pequeño no puede competir solamente por sus recursos naturales ni por el costo de su trabajo. Necesita competir por conocimiento, creatividad, innovación y talento. Y eso exige comprender que la educación ya no termina cuando una persona recibe un diploma.

Quizás esa sea la transformación más profunda que tenemos por delante. En el siglo XX, una buena educación podía preparar a una persona para una profesión. En el siglo XXI deberá prepararla para seguir aprendiendo cuando su profesión cambie.

El futuro del trabajo no dependerá solamente de cuánto avance la inteligencia artificial. Dependerá también de nuestra capacidad para construir una sociedad donde las personas puedan aprender, desaprender y reaprender durante toda su vida. Porque frente a una tecnología que cambia aceleradamente, nuestra principal ventaja seguirá siendo profundamente humana: la capacidad de aprender.

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