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18 de Agosto de 2026

Bastian Bodenhöfer, protagonista de “Empieza con D, siete letras”: “Los personajes a partir de los 60 años son muy interesantes porque ya tienen un carrete de vida”

El actor chileno conversa con The Clinic sobre su papel en "Empieza con D, siete letras", la comedia de Juan José Campanella y Cecilia Monti, que se presenta en el Teatro Mori Vitacura, y reflexiona sobre la escritura teatral, las segundas oportunidades y la complejidad de interpretar personajes mayores.

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El pasado 2 de julio se estrenó en Chile “Empieza con D, siete letras”, la comedia escrita por Juan José Campanella junto a Cecilia Monti, que ya había sido un éxito en Argentina y se presenta por primera vez en el país.

Ganadora del Premio Martín Fierro a Mejor Dramaturgia, la comedia aborda con sensibilidad las relaciones humanas con el pasar de los años. La historia sigue el inesperado encuentro entre un viudo y una profesora de yoga, quienes, desde lugares muy distintos, deberán enfrentarse a sus pérdidas, anhelos y posibilidades de cambio.

La obra está protagonizada por Bastián Bodenhöfer, quien interpreta al doctor Luis Cavalli. Se presenta en el Teatro Mori Vitacura, todos los jueves, viernes y sábados a las 20:00 horas, hasta el 5 de septiembre.

Con más de cinco décadas de trayectoria, Bastian Bodenhöfer es uno de los rostros más reconocidos de la actuación chilena. Comenzó en los 80 como parte de la compañía de teatro La Feria, pero su participación en teleseries le dio el impulso a su carrera, como actor en “Angel malo” en 1986. Luego, en el 91 firmó con TVN y protagonizó “Trampas y carenas”. En los últimos años ha mantenido una presencia activa como actor en distintos formatos. Interpretó a Miguel Krassnoff en la película ”Penal Cordillera”, actuación por la que fue nominado a los Premios Caleuche 2025. Además, integró el elenco de ”Nuevo amores de mercado” de Mega y en 2025 protagonizó ”Honor” en teatro.

Hoy conversó con The Clinic sobre su nuevo papel en “Empieza con D, siete letras”, donde actúa junto a Marcela del Valle, César Sepúlveda y Miya Li, en una historia sobre el paso del tiempo, los vínculos y la posibilidad de volver a empezar.

La obra habla de segundas oportunidades, de reinventarse, ¿qué le interesó personalmente de esta idea de la obra cuando se encontró con el texto?

—Yo no soy un buen lector de teatro, generalmente me pasa mucho que leo una obra y no me gusta. La leo siempre a la rápida, como para tener como una primera impresión. La fui descubriendo con las segundas y terceras lecturas en realidad. Ahí la empecé a descubrir la arquitectura del texto, que es lo que me empezó a cautivar. Después ya en los ensayos me me enamoré definitivamente de la obra.

¿Qué hizo que se enamorara de la obra?

—Es que está muy bien escrita. Cuando un texto está bien escrito ya tiene un 50% ganado. Campanela y los teatristas argentinos, por lo general, son muy buenos dialogistas, cosa que nos faltan los chilenos de repente. Los autores chilenos tienen muy buenas ideas, buenas estructuras, pero de repente el arte del diálogo es un arte aparte.

Me cautivó muchísimo porque este texto mezcla algo muy cotidiano con toques de humor y también cosas muy profundas. Es algo que uno puede ver en otro en estos en otros textos de Campanela. Uno puede notar el diálogo de los personajes y la mezcla del drama con la comedia. Eso se repite acá. Además, por cómo va linkeando ciertas ideas. En una escena que al comienzo aparecen ciertas frases, ciertos conceptos que se vuelven a repetir. Eso permite al público ir armando la obra, que es lo interesante.

Una obra pasa a ser interesante cuando el público termina por completarla y no es una obra que entrega absolutamente toda la información y el público es un mero espectador.

Hace poco en una entrevista había dicho que mientras más carrete tenía un personaje era mejor. Particularmente, ¿qué tiene este este personaje de interesante?

—La obra parte con un personaje muy dolido. Acaba de enviudar hace poco, se siente muy inestable, muy frágil. Está jubilado, se siente solo. Y además es una persona que ha sido querida muy a la antigua, de verdad he tenido una educación muy rígida, muy patriarcal, muy egoísta.

Son de esos hombres que fueron criados y que siendo adultos son incapaces de prepararse un huevo frito porque no saben cómo hacerlo. Entonces, la casualidad da que conoce una mujer que es bastante menor que él y que es diametralmente opuesta a él. Es una persona buena para hablar, este es una persona que la encuentra absolutamente frívola. Pero de a poco va encontrando ciertas señales que le llaman la atención.

¿Qué ha sentido distinto o particular de esta obra?

—Tiene personajes que ya son adultos. Los personajes a partir de los 60 años son personajes muy interesantes porque son personajes que ya han tenido un recorrido de vida con contradicciones no resueltas, son tridimensionales, que ya tienen un carrete de vida, por lo tanto tienen no solo satisfacciones, sino dolores, tienen argumentos de peso.

Lo que hoy día se llama adulto mayor se ha ido atrasando. Cuando yo era niño una persona de 60 años ya era un anciano. Hoy día una persona de 60 años es un joven más adulto. Nos queda todavía harto por delante y somos personas activas, creativas y que no tenemos todo resuelto.

Entonces a mí me calza con la edad que tengo, ya teniendo ya casi 50 años de oficio me permito encarar mi trabajo de una manera más madura también y coincide con interpretar justamente personas de mi edad, entonces lo hace doblemente interesante.

Se mezclan los sentimientos del personaje con los propios sentimientos del actor…

—Más que sentimiento, yo hablaría de experiencia de vida.

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