Opinión
30 de Agosto de 2026
Columna de Juan Francisco Galli, exsubsecretario del Interior/ El acuerdo de Meta y los bots: la adicción que también daña la democracia
Por Juan Francisco Galli, exsubsecretario del Interior
Juan Francisco Galli, exsubsecretario del Interior, escribe sobre los efectos del último acuerdo de Meta sobre adicción en sus usuarios.
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Meta acaba de llegar a un acuerdo con 47 estados de Estados Unidos para poner fin al juicio que enfrentaba en una corte federal de Oakland. ¿Cuál era esencialmente la acusación? Que las redes sociales causan adicción y que la empresa lo sabía. El primer testigo fue Arturo Béjar, exdirector de ingeniería de la propia compañía, que declaró que el modelo de negocio consiste en mantener al usuario “enganchado”, que para hacerlo dirige sus esfuerzos a los jóvenes e incluso recolecta información de adolescentes menores de 13 años, y que se lo advirtió a Mark Zuckerberg unas cien veces. Ocho días más tarde, Meta prefirió pagar cerca de 17 mil millones de dólares antes que seguir escuchando testigos. El acuerdo no reconoce responsabilidad, pero a estas alturas ya no hace falta: en marzo, un jurado de Los Ángeles había declarado a Meta y a YouTube responsables del daño causado a una joven, y estableció que el scroll infinito, la reproducción automática y las notificaciones fueron diseñados para enganchar.
Cualquier padre o madre de un adolescente en Chile, o quienes somos usuarios de redes sociales, nos damos cuenta de su capacidad adictiva. No sólo nos entretenemos con ellas, sino que también nos vinculamos con otros que, estando lejos, no podríamos ver. Y son, además, por donde nos informamos: de acuerdo con el último Digital News Report, del Reuters Institute de la Universidad de Oxford, este fue el primer año en que las redes sociales y las plataformas de video superaron a los sitios de medios como principal fuente de noticias en el mundo, mientras la confianza en las noticias caía a su nivel más bajo en una década. Las redes están en todas partes y es muy difícil evitarlas. El problema es que sus efectos de largo plazo son invisibles.
Tanto el caso de Meta como las características de esta adicción hicieron a muchos recordar el caso de las tabacaleras en los años noventa. El cigarrillo en la infancia boomer era cotidiano. Se fumaba en todos lados: en las clases universitarias, en los restaurantes, en los aviones. Pese a que para algunos podía ser molesto, no había conciencia del daño que el humo producía tanto para quien fumaba como para quien convivía con él. Como después se supo, las empresas sí habían levantado información sobre los efectos del cigarrillo en la salud de las personas y sobre su capacidad adictiva, y la guardaron. De ahí vinieron los cambios en las políticas sanitarias, los juicios millonarios, un giro en la percepción de riesgo entre los adolescentes e incluso un cambio en la industria con la introducción de productos de tabaco calentado o libre de humo que serían menos nocivos para la salud.
Algo similar deberíamos impulsar con las redes sociales, y el acuerdo de Meta es un primer paso. Obliga a la empresa a cambios concretos en su producto para los menores de 18 años: un límite por defecto de dos horas diarias, el fin del scrolling infinito, bloqueo de las aplicaciones entre la medianoche y las seis de la mañana, el silencio de las notificaciones en horario escolar, el ocultamiento de los “me gusta” y la desactivación por defecto de los filtros de belleza. Han surgido también los cambios regulatorios, aunque conviene mirarlos con cuidado. Australia prohibió las redes a los menores de 16 años a partir de diciembre de 2025, pero un estudio publicado en junio de este año por el British Medical Journal encontró que más del 85% de ellos seguía usándolas, muchas veces con cuentas prestadas o falsas. Francia aprobó en julio una prohibición para los menores de 15, sin embargo, su Consejo Constitucional la anuló hace dos semanas, por vulnerar de manera desproporcionada la libertad de expresión, manteniéndola únicamente en los colegios. El Plan Nacional de Entornos Digitales Seguros que impulsa la ministra María Jesús Wulf va por otro camino: no es un plan de prohibiciones, sino que apunta al diseño de los servicios —recomendación algorítmica, scroll infinito, reproducción automática, notificaciones, monetización de la atención— y a la verificación de edad. El camino chileno se parece más al acuerdo de Meta que a la prohibición australiana, esperemos que tenga prioridad y visibilidad en la agenda.
Si ya conocemos la experiencia del cigarrillo y estamos siendo testigos de los efectos de las redes, las familias no podemos quedarnos pasivas. La academia se ha activado: el Centro Especializado para la Prevención del Consumo de Sustancias y Tratamiento de las Adicciones de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile dedicó esta semana un panel completo a las adicciones de la era digital, pantallas y juegos en línea. Y muchos colegios y centros de padres están impulsando Acuerdos Digitales que proponen postergar la entrega de teléfonos inteligentes y acompañar a los niños en su entrada a las redes sociales: acompañarlos a conocer sus riesgos y sus beneficios, y a ser conscientes de su capacidad de hacer daño a otros y a ellos mismos.
El riesgo no es sólo para los adolescentes, porque el mecanismo es exactamente el mismo. El diseño que optimiza la atención de un niño es el que premia la indignación de un adulto, y es el que vuelve rentable una granja de bots. Fernando Cerimedo fue detenido en Bolivia hace unos días, imputado por tentativa de femicidio. En el allanamiento posterior al llamado “Rey de los trolls”, la Fiscalía dijo haber encontrado una “mini granja de bots”. Existe evidencia académica de que los algoritmos potencian emociones como la rabia y el miedo, generando ánimos sociales negativos y polarización política. Al igual que debemos acompañar a nuestros hijos en la adopción de la tecnología, deberíamos ser conscientes de que la información en la era digital no es neutra y de que, como dijo notablemente Ascanio Cavallo hace pocos días ante la Federación de Medios de Comunicación Social, la desintermediación de la realidad de las redes sociales no sólo acepta sino que alienta el subjetivismo y las fake news. Aquí no es sólo la infancia o la salud de los jóvenes lo que se arriesga: es nuestra convivencia democrática la que se pone en riesgo.
Adaptarse a la era digital cuidando que nuestros niños no caigan en adicciones no es sólo una forma de proteger su salud física y mental. Es también, y quizás sobre todo, una forma de cuidar nuestra futura convivencia democrática.



