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Diversas voces han empezado a explicar que producto de la irrupción de la inteligencia artificial es muy probable que muchos trabajos desaparezcan y pierdan valor, golpeando duramente a los trabajadores a nivel global. Un estudio de The Anthropic Institute plantea ese dilema al explorar los efectos de la inteligencia artificial en Estados Unidos hacia 2030. En dos de sus tres escenarios económicos proyectados, la producción aumenta considerablemente, mientras crecen el desempleo y las dificultades de quienes realizan labores profesionales, administrativas, de gestión y ventas.
Las magnitudes importan. En el escenario extremo, el informe plantea que el PIB sería un 32,4% mayor que sin esa tecnología, pero el desempleo general alcanzaría el 11,9%. Los salarios de las ocupaciones cognitivas quedarían un 11,5% por debajo de su trayectoria sin IA. Esa pérdida corresponde a un grupo específico, aunque el salario promedio aumentaría. Los autores presentan posibilidades, sin asignarles probabilidades, pero las conclusiones generan incertidumbre.
El dilema es cómo organizar una sociedad donde producir más podría requerir menos trabajo humano en determinadas actividades. Durante generaciones, el empleo ha permitido distribuir ingresos, construir autonomía y participar de la prosperidad. Si ese vínculo se debilita, habrá que revisar cómo las personas acceden a los beneficios del crecimiento.
Chile enfrenta esa discusión desde una posición frágil. El desempleo llegó al 9,5% en mayo-julio de 2026, la informalidad alcanzó al 26,5% de los ocupados y las personas desocupadas que buscan su primer empleo aumentaron un 20,9% en doce meses. La crisis actual exige recuperar la contratación. La transformación tecnológica obliga, además, a preparar respuestas para un mercado distinto.
La primera responsabilidad es anticipar. Estado, empresas, instituciones educativas y trabajadores necesitan información compartida sobre las tareas que desaparecen, las que cambian y las oportunidades que surgen. Esa evidencia debe orientar la formación y permitir actuar antes del despido. Capacitar exige tiempo financiado, programas pertinentes y empleadores dispuestos a contratar a quienes cambian de ocupación.
También las sociedades deberán revisar quién es el más afectado por el nuevo escenario. Una persona con responsabilidades familiares difícilmente puede suspender sus ingresos para aprender otro oficio. La protección frente a la cesantía, las ayudas temporales y los servicios de cuidado deberían ser consideradas en ese proceso, pero su diseño requiere financiamiento sostenible y evaluación de resultados.
La responsabilidad empresarial implicará decidir cómo incorporar tecnología. Las ganancias de productividad pueden financiar formación, movilidad interna, participación en beneficios. Pero estas alternativas estarán marcadas por la alta competencia que significa el cambio en el modelo de producción y que por supuesto cambiarán la negociación laboral como la conocemos hasta ahora. Los trabajadores necesitan capacidad de incidir en cambios que afectan directamente sus espacios laborales, el dilema es cuantos puestos de trabajo sobrevivirán a esta revolución económica de la IA.
El desafío distributivo exigirá una discusión amplia. Si una proporción creciente de la riqueza remunera al capital, habrá que evaluar cómo financiar la protección social y ampliar el acceso de las personas a esa riqueza. La tributación, los mecanismos de ahorro y la participación de los trabajadores en la propiedad empresarial son materias que requerirán del debate democrático.
Existe, además, una dimensión humana. Perder el empleo puede significar perder vínculos, reconocimiento y un propósito cotidiano. Una sociedad preparada deberá valorar y desarrollar actividades de cuidado, educación y servicio comunitario, asegurando condiciones dignas para quienes las realizan.
Esperar que cada persona resuelva sola este cambio o revolución del modelo productivo trasladaría sus costos a quienes tienen menos recursos. El desafío político consiste en construir instituciones capaces de transformar una mayor riqueza en bienestar compartido.
El futuro del empleo pondrá a prueba nuestra capacidad de crecer y la voluntad de crear oportunidades de ese crecimiento para todos. ¿Nos estamos preparando?