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Esta semana, desde Nueva York, el Presidente José Antonio Kast volvió a poner el océano en el centro de la política exterior chilena. Planteó la aspiración de que Valparaíso se convierta en sede de la Secretaría del Acuerdo BBNJ, el llamado Tratado de Alta Mar, uno de los nuevos pilares de la gobernanza internacional de los océanos.
La candidatura tiene sentido. Chile posee más de cuatro mil kilómetros de costa y ha construido durante décadas una política de protección marina que ha trascendido a gobiernos de distinto signo político. El mar no es solo parte de nuestra geografía; también es parte de nuestra identidad, nuestra economía y nuestro futuro.
Por eso importa lo que ocurrirá este fin de semana en Hobart, Australia, donde se reunirá la Comisión Ballenera Internacional. Y es importante que nos hayamos puesto al día con nuestras cuotas y podamos así participar con pleno derecho a voto.
Durante algunos días estuvo abierta la posibilidad de que nuestro país llegara a una de las principales instancias internacionales de protección de cetáceos sin poder votar, precisamente cuando vuelve a discutirse la creación del Santuario de Ballenas del Atlántico Sur.
Regularizar esta situación es una buena noticia. Pero el debate no puede terminar con el comprobante de pago. La pregunta de fondo es ¿qué rol y qué posición queremos tener como país en el cuidado de los océanos?
La Comisión Ballenera Internacional (CBI) ha sido fundamental en la protección de los cetáceos y en la regulación de la caza comercial de ballenas. Pero proteger a las ballenas no es solamente proteger a una especie extraordinaria.
Las ballenas cumplen un papel clave en la salud de los océanos, relacionado con la fertilización del medio marino y con toda su cadena trófica. A estos mamíferos, los más grandes del planeta, se les reconoce como verdaderas “ingenieras del ecosistema marino”. En simple, proteger a las ballenas también significa proteger los ecosistemas marinos y contribuir a que estos sean más sanos y resilientes frente al cambio climático.
Ahí está la relevancia de lo que va a suceder estos días en Hobart y de lo anunciado por el Presidente Kast en Nueva York. Si queremos convertir a Valparaíso en un centro mundial de la gobernanza oceánica, debemos comportarnos a la altura de las circunstancias en aquellas instituciones donde se toman esas decisiones.
Ahora Chile tendrá la posibilidad de pronunciarse nuevamente sobre el Santuario de Ballenas del Atlántico Sur. Y eso es mucho más importante que haber recuperado formalmente un voto. Es poner en la agenda país temas que a veces miramos como lejanos, pero que no lo son. Hemos vuelto a poner la atención donde corresponde: en la profundidad de los océanos.
Durante décadas, nuestro país ha querido proyectarse como una nación oceánica, con grandes áreas marinas protegidas y una presencia activa en los acuerdos internacionales de conservación. La candidatura de Valparaíso forma parte de eso mismo.
Así, el liderazgo internacional exige coherencia. No basta con decir que Chile es un país de mar. Hay que demostrarlo cuando las decisiones sobre los océanos se ponen sobre la mesa.
Chile pagó su cuota y recuperó su voz en Hobart. Ahora viene lo realmente importante, decidir qué hará con ella y en qué bloque de países nos situaremos.
Porque cuidar las ballenas no es solo conservar uno de los animales más extraordinarios del planeta. Es también comprender que la salud de los océanos, el clima y nuestra propia vida están mucho más conectados de lo que solemos recordar.
