Opinión
10 de Octubre de 2026
Columna de Rita Cox/ Torres de Tajamar: 60 años de arquitectura icónica y un gran barrio
Por Rita Cox F.
A punto de cumplir 60 años, las Torres de Tajamar siguen siendo mucho más que un conjunto de edificios: un barrio donde conviven arquitectura, comercio, áreas verdes y una comunidad que se conoce y se cuida. La columnista Rita Cox recorre sus rincones y descubre cómo este proyecto de los años 60, pionero en la vida en altura, mantiene intacta una idea que hoy vuelve a estar en boga: hacer ciudad desde la vida que ocurre en sus primeros pisos. "La idea que las sostiene hoy es una apuesta que se replica en varios barrios. En arquitectura se habla de "planta baja activa": primeros pisos abiertos a la calle, con comercio, cafés, servicios o espacios comunitarios que generen movimiento", escribe.
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Tomarse un café en Portacafé. Comprar frutas y verduras en TajaMarket, que abrió acertadamente en pandemia. Pasar a ver vinilos en Club de Fans y hacer otra parada en Piedra Bruja, reino de los juegos de rol, de mesa y de dados. Asomarse a Galería Solar, espacio de arte contemporáneo independiente. Conocer la clásica peluquería Yamil, probablemente el local más antiguo de la Plaza Torres de Tajamar, hoy en manos de la hija del fundador.
Es parte de la oferta de este ecosistema definido por cuatro torres –A, B, C y D– emplazadas entre Providencia y la costanera Andrés Bello, entre las estaciones de metro Salvador y Manuel Montt. Cuatro edificios de 28, 10, 19 y 15 pisos que suman 387 departamentos y cerca de 1.200 habitantes, más una población flotante imposible de contar, como los adolescentes del Liceo Lastarria que esta tarde ensayan una coreografía, y la fiel clientela del Bar La Isla, una joyita.
Me guía en el recorrido la diseñadora Carolina Zañartu. Sus abuelas fueron de las primeras habitantes de las torres y ella vivió aquí desde que nació hasta hace muy poco. Sigue siendo propietaria. A cada paso saluda o es saludada por un locatario, un conserje o un vecino que entra o sale, o que circula más allá, en los extramuros: la Plazuela Jorge Prat Echaurren, en Miguel Claro, a los pies del Edificio Véneto –otro hito–, zona de libros usados, de la pedicurista de Marcelo Bielsa en sus tiempos de DT de la Roja, de los embutidos magníficos y huevos a buen precio de La Gallina Pituca, de fuentes de soda con comida casera. Apuesto por Fuente Monic y uno de sus tres menús del día: sopa de pollo, charquicán con huevo frito y limonada de verdad. 7 mil pesos. Qué rico almorzar abundante y a precio razonable.
En 2027 se cumplen 60 años desde que se inauguró este conjunto habitacional, cuyo nombre evoca los tajamares, los muros con que se contuvo el río Mapocho en este sector antiguo de Providencia. Fue durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, dos años antes de que comenzara a construirse la Línea 1 del Metro. La torre A, de 28 pisos y 84 metros, pasó a ser el edificio más alto de Chile, y lo fue hasta 1978, cuando la superó la Torre Santa María. Santiago crecía por la migración campo-ciudad y casi nada superaba los diez pisos. Aquí, sobre un terreno junto al río donde hubo una fábrica de tubos, juegos mecánicos y puestos de fruta, la oficina BVCH, de los arquitectos Carlos Bresciani, Héctor Valdés Phillips, Fernando Castillo Velasco y Carlos García-Huidobro –a partir de una idea de Luis Prieto Vial– se propuso algo que entonces sonaba a ciencia ficción: vivir en altura sin renunciar a la ciudad. Le Corbusier en clave santiaguina.
Las torres se giraron 45 grados respecto de la trama de calles para rematar el Parque Balmaceda y mirar la cordillera, como esculturas más que como fachadas. Castillo Velasco, se cuenta, pagó de su bolsillo para perforar la torre B y que a través de ella se viera el cielo y la montaña. Subo al piso 6 de esa torre y es para no creer: la belleza, el poderío de la idea, la experiencia.
Sesenta años después, las Torres de Tajamar mantiene su ADN, su razón de existir, aunque hayan cambiado las caras y los servicios. Conviven adultos mayores que llegaron hace décadas con profesionales jóvenes que pueden pagar los gastos comunes que superan los $200.000. Los lazos se apretaron durante el estallido social y la pandemia, y hoy se administran en varios chats: el de cada torre, el de los que tienen niños, el de los que tienen perros, el de compraventa de productos (“Chat de las pulgas”). Las ayudas van y vienen: la vecina que cuida a una señora mayor, la que cose, la que cocinó de más y le comparte a otro. Los cumpleaños infantiles y los años nuevos se celebran en el ex anfiteatro, hoy plaza de los juegos infantiles (gracias a la organización vecinal) o en algún local a distancia caminable.
Los personajes no faltan. La institución es Don Osvaldo, gásfiter que vive en las torres hace décadas, y uno de los 44 trabajadores del conjunto que funciona con una sola administración. Él se hace cargo de los infortunios, que los hay. Como en toda construcción con años, las verticales colapsan y los ascensores fallan. Una niña encantadora me cuenta anécdotas de vecinos encerrados al menos una vez al mes. Por lo mismo, hasta esta semana corría una consulta escrita para votar el recambio total de los ascensores, un proyecto millonario. Tampoco se puede obviar que las obras de la futura Línea 7 por el eje Providencia y el Parque Balmaceda se llevaron un tercio de los estacionamientos sin costo, en unas cuadras donde dos horas superan los 5 mil pesos. A veces, en plena noche, suenan también las alarmas de las obras, lo que obviamente genera molestias, especialmente a los vecinos de las torres A y D.
Y está el Teletrak. Instalado frente a plaza de los niños, hace años que inquieta a los vecinos y alimenta una sensación de inseguridad. Algunos proponen cercar el perímetro; otros se niegan. El tema divide.
También hay planes en marcha. Veinte vecinos se mueven para recuperar la huerta comunitaria de la plaza central, que decayó por falta de agua. Se espera reparar las piscinas del mismo sector, donde hace muchos años los niños se refrescaban en verano y que un día se taparon con tierra.
Conectividad, áreas verdes, paisaje urbano, arquitectura, comercio de barrio, vecinos que se conocen por su nombre. Si alguien preguntara qué se le puede pedir a un barrio, la respuesta cabe en estas cuatro torres.
La idea que las sostiene hoy es una apuesta que se replica en varios barrios. En arquitectura se habla de “planta baja activa”: primeros pisos abiertos a la calle, con comercio, cafés, servicios o espacios comunitarios que generen movimiento. Publicaciones especializadas la presentan como tendencia del diseño residencial en ejes de transporte y barrios consolidados. Las Torres de Tajamar la ensayaron en los 60. Más de medio siglo después, no deja de cautivar lo que ocurre en ese primer nivel donde la arquitectura se encuentra con la vida.
Sana envidia vivir allí.



