Tiempo Libre
21 de Octubre de 2026La ambiciosa película de Jorge Olguín que lo llevó al sur tras la historia de los brujos chilotes: “Estábamos con barro casi hasta las rodillas, el clima cambiaba a cada rato”
El director presenta “Kalkutún, Juicio a los Brujos”, que llega a los cines el 22 de octubre. Filmada en el invierno chilote y con efectos prácticos, la cinta recoge una fascinación que arrastra desde el colegio. “Tenemos nuestros propios miedos, nuestro propio folclore, que habla de nosotros mismos”, plantea.
Compartir
Antes de filmar sus primeras películas, Jorge Olguín dibujaba monstruos en sus cuadernos. Estaba en el colegio cuando un profesor descubrió esas criaturas y lo mandó a la biblioteca a investigar sobre mitología chilota. La búsqueda le abrió un mundo que hasta entonces desconocía: seres fantásticos que habitaban el sur de Chile y que, con el tiempo, comenzarían a aparecer entre sus dibujos.
“Fue un descubrimiento gigante, fue descubrir que había monstruos, seres mitológicos, seres fantásticos en el sur de Chile”, recuerda. Los dibujos del Caleuche, el imbunche y la voladora alimentaron una obsesión que lo acompañó hasta sus años de estudiante de cine, siempre con la idea de llevar ese universo a la pantalla grande.
“Kalkutún, Juicio a los Brujos”, su octava película, recoge esa fascinación. Escrita y dirigida por Olguín, la cinta se inspira en los procesos judiciales contra personas acusadas de brujería en el Chiloé de fines del siglo XIX. Su estreno está programado para el 22 de octubre, con un elenco integrado por Juan Carlos Maldonado, Camila Oliva, Bastián Bodenhöfer, Nicolás Zárate, Paulina Eguiluz, Alejandra Araya, Felipe Ríos y Nicolás Oyarzún.
La historia sigue a un joven fiscal que llega a la isla para investigar un asesinato vinculado a la brujería y desentrañar la estructura de La Mayoría, una organización secreta. En paralelo, Mailén, una joven cuyo abuelo es acusado y condenado, decide acercarse a los ritos de los brujos para intentar salvarlo.
Para construir ese mundo, el realizador optó por filmar en Chiloé durante el invierno y trabajar con efectos especiales de maquillaje práctico. Una decisión que vincula tanto con sus primeras películas como con su posición frente al avance de la inteligencia artificial. La música, compuesta por Anton Reisenegger y Sebastián Puente, completa la atmósfera de una producción que cruza el horror con preguntas sobre el poder, la persecución y la justicia.
—Hace poco hubo una función de “Sangre Eterna” en el Normandie que agotó sus entradas. ¿Por qué crees que tus primeras películas siguen conectando con un público que quizás ni siquiera había nacido cuando se estrenaron?
—Es interesante el fenómeno del culto. Tomando distancia con el tiempo, yo creo que tiene que ver con la honestidad con que hicimos esa película. Tratamos de retratar una tribu urbana lo más honestamente posible, desde una mirada desde adentro. También colocamos elementos propios de la época que ahora son muy fuertes, como la música.
El género sirve como una conexión inmediata con el público. Más allá de ser una película de vampiros, es una película que habla sobre jóvenes en una tribu urbana, y creo que ahí está la conexión. Los vampiros son el anhelo, la estética, lo que está dentro del inconsciente de los personajes, pero lo que prima son ellos, los jóvenes y adolescentes que aparecen en la película.

—Desde esas primeras películas hasta “Kalkutún”, ¿cómo ha cambiado tu cine, tanto en la forma de contar historias como en el trabajo técnico?
—Yo creo que no evolucionamos, al contrario. Volvimos a lo que se hacía en “Sangre Eterna” o “Ángel Negro”, a los efectos físicos. Queríamos hacer una película práctica, con efectos tangibles. El esfuerzo más grande, y la gran diferencia con “Sangre Eterna”, por ejemplo, fue ir a Chiloé. Eso fue lo brutal, la logística y recrear una época.
Había un desafío más grande en términos de producción y estética, pero con ese espíritu de que fuera todo frente a cámara. Volver a la vieja escuela, justo en un período en que vino un cambio grande en las herramientas y en que la gente está viendo las cosas de otra forma con la inteligencia artificial.
Creo que era justo hacer casi una acción política, decir: vamos a filmar todo real frente a cámara y vamos a grabar en Chiloé.
—Además, filmaron durante el invierno. ¿Qué dificultades implicó llevar un rodaje a la isla en esas condiciones?
—Fue una locura, una obsesión por lograrlo. Era la primera vez que lograba filmar una película de invierno de verdad. La película anterior, “Caleuche”, no la filmé en invierno y quedé con gusto a poco. Había que cambiar los cielos digitalmente, colocar otras cosas, bruma falsa, y no me gustó. Esa sensación se ve más plástica.
Ahora el desafío fue ese. Por eso fue muy difícil, porque había que crear una logística, coordinar bien las jornadas, estudiar muy bien las locaciones, llevar todo un equipo y coordinar también con equipos locales, con gente de producción de allá.
Estábamos con barro casi hasta las rodillas, el clima cambiaba a cada rato. Si no llovía, había una llovizna que mojaba incluso más que la lluvia. Pero necesitábamos impregnarnos de eso y se nota en la película. Cuando los actores hablan, les sale un humito de la boca. Habría que tener como 200 máquinas de humo para lograr esa bruma espectacular, real, de Chiloé, esos cielos y esas nubes.
Todo eso se logró por hacer el esfuerzo enorme de trabajar allá en pleno invierno, rescatar ese Chiloé más atmosférico, más mitológico.
—Esta es tu octava película. ¿Qué lugar ocupa el cine de terror dentro del panorama del cine chileno? ¿Sigue siendo algo minoritario?
—Es increíble, porque llevo más de 20 años haciendo cine de terror y fantástico. Sin querer, sin saberlo, me convertí en un precursor del cine moderno latinoamericano de terror, eso me lo hicieron ver afuera otros colegas.
Sin embargo, no soy un invitado favorito a los festivales tradicionales, y menos los chilenos. Me parece anecdótico. Afuera sí, en festivales internacionales. Y no es una queja ni un resentimiento, sino que simboliza que el cine fantástico sigue siendo en Chile algo minoritario, algo que no está dentro de la norma habitual del cine chileno.

—¿Hacía dónde apunta la tendencia local?
En general, hay una tendencia hacia el naturalismo, hacia el drama, y creo que olvidamos que en lo fantástico podemos hablar mucho de nosotros. El caso de “Kalkutún, Juicio a los Brujos” es evidente. Esta historia fue real, habla de política, de poder, del proceso de los personajes. Mailén es una niña que tiene que enfrentarse al Estado.
Si bien hay directores que están trabajando en el género, algunos incluso haciendo películas afuera, somos una minoría, somos muy poquitos. Creo que tiene que ver con el miedo de empoderarnos de nuestra historia, de nuestro lado fantástico.
Ahora, por ejemplo, viene Halloween y vamos a ver películas de terror que hablan de otro folclore, de otras miradas y visiones. Tenemos nuestros propios miedos, nuestro propio folclore, que habla de nosotros mismos. Creo que es una catarsis más sana vivir nuestro propio miedo y expresarlo.



