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Opinión

6 de Noviembre de 2026

Crítica de película / “Caballo Salvaje Nueve”: Héroes de su propia historia

Foto autor Cristián Briones Por Cristián Briones

Ambientada en el Chile previo al Golpe de Estado de 1973, "Caballo Salvaje Nueve", de Martin McDonagh, sigue a dos agentes de la CIA en un viaje a Rapa Nui que cruza amistad, violencia y cinismo político. En su columna, Cristián Briones aborda la comedia negra protagonizada por John Malkovich y Sam Rockwell, una historia sobre hombres despreciables y la incómoda pregunta de quiénes terminan siendo los héroes de la historia.

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“Caballo Salvaje Nueve” (“Wild Horse Nine”) es una película sobre dos agentes de la CIA apostados en Chile en los meses previos al Golpe Militar de 1973. O, en rigor, del viaje de esos dos amigos a la Isla de Pascua Rapa Nui para que uno de ellos cumpla un último deseo. Es el relato sobre dos amigos, hombres ruines y despreciables que no merecen el más mínimo de empatía, ni la buscan tampoco. Una comedia negra sobre una forma de política tan vigente hoy como hace 50, 100 o 1.000 años. Contradictoria en sus situaciones, personajes y temáticas; cargada de paisajes bellísimos y humor seco; de un cinismo encantador y por sobre todo, una mirada a cómo siempre nos declaramos los buenos de la historia, aunque en el fondo, sepamos la verdad.

Y esto último aplica tanto a la pantalla como a nosotros en las butacas.

Chris, el innegablemente extraordinario y casi seguro en la papeleta de los próximos premios Oscar, John Malkovich, es el agente de la CIA que las emprende hacia la pieza polinésica de nuestro país. Sam Rockwell interpreta a su compañero, Lee, quien es enviado a acompañarlo por MJ, Steve Buscemi, el jefe de ambos en la misión de desestabilizar el gobierno de Salvador Allende. Como toda historia de espías que se precie, todos tienen motivos ulteriores, aunque Chris es bastante más cínico al respecto, algo muy notorio en todos los encuentros que tienen con Mónica y Alicia, las estudiantes interpretadas por Mariana Di Girolamo y Ailín Salas. Un viaje a la isla puesta en pantalla de forma preciosa por Ben Davis, fotógrafo de cabecera del director Martin McDonagh desde su segundo largometraje.

Chris y Lee son hombres despreciables. Asesinos fríos y calculadores al servicio de un sistema imperialista y carentes totalmente de remordimientos. Es su trabajo. Son buenísimos en ello. Pero “Caballo Salvaje Nueve” no está aquí para hablar de sus víctimas, o para poner matices en sus acciones. Está permitido reírse con ellos, tomarles cariño, y sentir que sólo son piezas en un juego tan añejo como gigantesco, pero McDonagh tampoco tiene la intención de que olvides quienes son. De ahí que la violencia aparezca en pantalla justamente para devolver el peso a los mismos matices que esbozan los personajes.

Y el escenario es perfecto para esos protagonistas. Un arquetipo para nada ajeno al director londinense, las sombras de “En Brujas” y “Los Espíritus de la Isla“ se pueden ver temáticamente en aspectos como los códigos rotos o la amistad masculina. O el contraste de la belleza del entorno versus lo fallido de sus habitantes. Pero es el panorama sociopolítico el que afecta el viaje y le da sentido a diálogos y monólogos. Y no necesariamente el momento político vivido cuando la CIA estaba colaborando y financiando un Golpe de Estado con los distintos actores que lo llevaron a cabo. Es bastante más contingente que eso. En todo ese cinismo de la pluma de McDonagh, hay un cierto fatalismo crepuscular. No es que haya pasado antes y volverá a ocurrir. No es cíclico. Es una sola historia, y se sigue contando en la misma tecla. Está el poder, sus ejecutores, y los que terminarán sus días con un tiro en la nuca.

No hay una actitud condescendiente en las formas políticas de “Caballo Salvaje Nueve“, sus protagonistas son los malos de la historia en todas sus versiones excepto en la propia. Pero sigue siendo su historia. Y esa es una de amistad y del dolor de la pérdida entre esos hombres miserables. Muchos verán en el desarrollo de esa relación una contradicción básica con el necesario juicio moral a sus protagonistas, pero si a McDonagh no le interesa llevar a un tribunal ético a sus creaciones de ficción, de la misma forma en que sus reflejos en el mundo real nunca pasaron por un banquillo, tampoco debiera interesarnos a nosotros como espectadores. Es quizás la dosis perfecta de la acidez en la película y sus textos.

En esto hay un conflicto exquisito que termina desperdigado entre la audiencia. En sí existe la posibilidad de redención para los protagonistas. En sí hay una moraleja en los entresijos de la historia. Desde esta tribuna la respuesta es negativa. No parece ser la intención de McDonagh el dejar que el catolicismo de sus personajes les de una opción de unción ad portas de la muerte. Les escribe como profesionales en su oficio, y les da la opción de hacer algo medianamente noble, única y exclusivamente porque no cambiará nada excepto el estado de ánimo de quien lo abrace.

Y esta es la más afilada de las formas que esgrime McDonagh. No es el escenario político en donde pone a los estadounidenses como tejedores de horrores por venir. No es el personaje de Mariana Di Girolamo como una idealista enfrentada a la realidad que se avecina. No es el historial de atentados cometidos por Chris. Es la escala de ese entramado. Ninguno de ellos tiene realmente el control de la historia macro. Y es sólo la perspectiva de lo vivido y hecho la que les da esa lucidez.

Quizás puede parecer provinciano, quizás es la clave de la película. Pero es Mónica quien tiene la llave del fondo de esta historia. McDonagh lo insinúa coqueteando con el punto débil de Chris: el IRA. La suya es una declaración de principios. No vamos a ganar. Cuando mucho podemos caer peleando. Quizás, con algo de suerte, con el viento acariciando el cabello.

Eso, y sólo eso, es ser el héroe de la historia.

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